viernes, 26 de junio de 2026
Objetivo cumplido: la tetralogía sobre los consejos de guerra
viernes, 27 de febrero de 2026
La IA al servicio de la investigación y la docencia
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Un cuatrimestre de objetivos cumplidos
El cuatrimestre iniciado el pasado mes de septiembre -véase la entrada del 30 de
agosto– ha finalizado con todos los objetivos cumplidos. La publicación del
tercer volumen de los consejos de guerra de periodistas y escritores ha sido
aprobada por la UA, mientras que el cuarto está en una fase avanzada. La
revista que dirijo, Anales de Literatura Española, acaba de publicar su
número 44, dedicado a la literatura del exilio republicano y preparado con la colaboración
del grupo de investigación GEXEL. Al mismo tiempo, la revista ha renovado su
sello de calidad FECYT y sigue en el cuartil Q1 como prueba de su positiva evolución
durante estos últimos años. La web consejosdeguerra.es, presentada el pasado 15
de septiembre en el Parlamento Europeo, llegará en enero o febrero a los cien
casos referenciados con el objetivo de culminar el trabajo en junio de 2028. El
monográfico de Don Galán, la revista teatral del Ministerio de Cultura,
sobre la censura durante el período franquista ya está terminado a la espera de
su próxima presentación. He entregado tres trabajos para publicar en diferentes
volúmenes y las tareas de investigación han sido completadas con las de
divulgación, entre las que este blog ha ocupado un lugar destacado con unas
cifras alentadoras: 82000 visualizaciones en 2025. Y, por supuesto, hemos
culminado un nuevo cuatrimestre docente con la valoración a la que hice
referencia en una anterior entrada.
Los objetivos del segundo
cuatrimestre pasan por completar el trabajo de edición del tercer volumen de
los consejos de guerra y culminar la investigación relacionada con el cuarto
conforme me vaya llegando los sumarios del AGHD. Al mismo tiempo, he iniciado
los contactos con la APM para completar la investigación con la documentación
de su archivo. Y, a partir de enero, iniciaré los trámites para facilitar
que las familias de las víctimas de esos consejos de guerra soliciten la
anulación de los mismos por la vía judicial una vez conseguida por la
legislativa.
No obstante, mi propósito
es ir culminando este proyecto de investigación y dedicar mis dos últimos cursos
en activo a otros temas. En este sentido, he iniciado los trabajos relacionados
con el centenario de la Generación del 27 y estoy redactando otro dedicado a un
joven comediógrafo, Adrián Perea, con motivo de su homenaje al siempre admirado
Miguel Mihura.
Por otra parte, mi
andadura al frente de Anales de Literatura Española terminará el próximo
mes de junio con la publicación del número 45. El cambio debía haberse
producido ahora, pero una feliz noticia relacionada con la maternidad lo ha
pospuesto. Así, poco a poco, vamos dejando paso a los jóvenes
profesores. Un proceso que vivo día a día porque también mi hijo ha debutado
este curso como docente y, gracias a sus preguntas, tengo la
satisfacción de volver a sentir el entusiasmo de lo novedoso.
En realidad, mi propósito
inicial era jubilarme en enero de 2026 tras cuarenta y cuatro cursos como
investigador y docente en la UA. El trabajo me sigue ilusionando, pero estoy cansado y creo merecer un retiro junto a mi esposa también jubilada para
escribir solo sobre cuestiones divertidas que nos permitan rememorar un pasado
cuya presencia cada vez resulta más necesaria para afrontar el día a día.
Una circunstancia
extraacadémica ha condicionado mi decisión de seguir en activo hasta junio de
2028 y jubilarme entonces como catedrático emérito de la UA, pues reúno los
requisitos desde hace nueve años. La vanidad resulta absurda a estas alturas,
pero en este caso se trata de una cuestión de dignidad por cuestiones que algún
día explicaré con la debida franqueza. Mientras tanto, me quedo con el apoyo
mostrado por mi familia y colegas, que este año a punto de finalizar ha tenido
momentos de emoción y agradecimiento. Gracias a ellos, seguiré en activo,
aunque el ánimo pida un descanso que considero merecido
tras medio siglo de vida universitaria.
martes, 23 de diciembre de 2025
Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!
La escena forma parte de
los recuerdos de varias generaciones. Chencho se pierde cuando, en compañía del
abuelo y cuatro hermanos, acude al mercadillo navideño de la madrileña Plaza
Mayor. El episodio de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es
dramático, pero aleccionador. El guionista Pedro Masó vivía el momento más
brillante de su carrera cinematográfica y sabía de la necesidad de «sufrir»
antes de sonreír con el alivio de comprobar la bondad natural de quienes, por
ser españoles, eran unos «formidables» cuya solidaridad permitía encontrar al
nene.
Ángel Pardo, el Chencho
de la película, tenía cuatro años cuando se rodó aquel gran éxito del cine
español. Su papel es el propio de un figurante que, en un momento determinado,
cobra protagonismo, pero el intérprete apenas podía ir más allá de emocionarnos
con su aspecto desvalido mientras deambula por la Plaza Mayor en busca de su
familia. Gracias al flequillo rubio, el gorrito y el abriguito, solo necesita
mostrar su cara de niño bueno para que sintamos la necesidad de cogerle de la
mano a la espera del abuelo, que terminaría apareciendo con el rostro desencajado
por el susto y agradecido por la bondad de los «formidables». Es decir,
nosotros.
Aquel cine aleccionador
del franquismo descansa en la solidaridad sin posibles fisuras de la
colectividad. El ideal resulta tan hermoso como carente de base real, pero los
pormenores de la realidad apenas importan cuando se presenta a una familia como
la protagonista de la película. Todo es posible en ese mundo de la ficción en
blanco y negro donde un aparejador obra milagros con su sueldo y justifica, de
sobra, el baby boom que a tantos nos trajo al mundo.
La solidaridad de los
padrinos, los hermanos, el portero, los vecinos, los periodistas, los policías…
está en el guion porque era lo que tocaba en aquel esquema argumental tan
eficaz como bien visto por las autoridades de la época. Sin embargo, cada vez que
he disfrutado con esta comedia de Fernando Palacios me he hecho más partidario
de Críspulo, el hermano trapisondista interpretado por Pedro Mari Sánchez.
Hace muchos años tuve la
oportunidad de hablar en la UA con el actor que encarnó a Críspulo. Algunas
conversaciones permanecen en el recuerdo. Pedro Mari Sánchez me lleva cuatro
años, pero compartimos una infancia en aquel desarrollismo todavía en blanco y
negro porque no daba para lujos. Me contó anécdotas del rodaje, reímos al
recordar algunos episodios y, al final, terminamos hablando de la gorrita de
cuero que lleva en la escena de la Plaza Mayor y durante esas Navidades en
busca de Chencho.
Yo tenía una gorrita
idéntica y llegadas las Navidades, que en Alicante nunca son tan frías, era
preciso llevarla para «ir calentitos». La verdad es que aquellas gorritas al
estilo de las lucidas en la hípica abrigaban poco. Al menos en comparación con
el tradicional gorro de lana, pero lucían lo suyo en un querer y no poder
bastante propio del momento. Su aspecto de aires foráneos era un síntoma de una
época en la que tantas clases medias aspiraban a su cuota de modernidad,
aunque la misma quedara reducida a un abriguito rígido y una gorrita incompatible
con las exhibidas en las carreras de Ascot.
El problema es que, a
diferencia de Críspulo, yo no era un trapisondista, sino un «niño bueno». Tal
vez por eso siempre me han fascinado los trapisondistas, un término ahora
perdido entre los recuerdos, como tantos otros de una época que cuesta evocar a
la luz de un presente donde el pasado parece sobrar o molestar.
Críspulo era un
trapisondista de buen corazón como mandaban los cánones a los que se acogió
aquella película. Podía lanzar un petardo en una cola -también era petardista-,
pero solo para dispersar al personal y entrevistarse rápidamente con el rey
mago. Puestos a ver a Dios, seguro que Su Majestad intercedería para
encontrar pronto a Chencho. Aquellos trapisondistas al estilo de Zipi y Zape alborotaban,
embaucaban y enredaban, pero sin mala intención, como un desahogo propio de una
edad donde cierto comportamiento anárquico resulta imprescindible.
Yo me acercaba más al
modelo del «repelente niño Vicente» concebido por Rafael Azcona. No por la
vanidad de lucir saberes impensables en la infancia, sino porque era capaz de
quedar bien con las visitas y hasta de ser puesto como ejemplo de
comportamiento frente al de tantos trapisondistas.
Al cabo del tiempo, creo
que lo de ser «niño bueno» no luce demasiado en la vida. Los trapisondistas
prevalecen, pero no los de buen corazón, sino aquellos que alborotan sin mesura
hasta el punto de que nadie, absolutamente nadie, utiliza esa denominación para
caracterizarlos. Son gamberros, porque la RAE debiera incluir en su definición
de las trapisondas la carencia de una mala intención como la habitual en las
gamberradas
No he vuelto a hablar con
Pedro Mari Sánchez, que ha cumplido los setenta. Yo ando cerca de esa edad
donde los niños buenos y trapisondistas, ya sin gorritas que no sean las
necesarias para preservar la calvicie, confluyen en limitaciones capaces de
evitar cualquier exceso. El presente entonces sigue abierto al disfrute
mesurado, pero a condición de dejar hueco a un pasado donde fuimos niños con
gorritas y abriguitos del modesto desarrollismo en blanco y negro.
La nostalgia es una
engañifa, pero añorar la infancia supone una necesidad porque en ella cabe
imaginar a «buenos» y «trapisondistas» empeñados en jugar al fútbol en un
pasillo, «hacer el indio» durante una visita y hasta lanzar algún petardo, que
es el privilegio disfrutado por Críspulo gracias a una ficción ajena a las
limitaciones de la realidad.
Por eso todavía la
disfrutamos, al menos en Navidades, y sonreímos al recordarla como si fuera la
propia de nuestra infancia. El necesario desengaño lo dejamos para otra ocasión
porque, ahí nos duele, en la vida carecemos de un guionista como el mejor Pedro
Masó. Y puestos a compartir la edad de Pepe Isbert, sabemos de sobra que no
todos somos unos «formidables» como los anunciados por Alberto Oliveras en la
SER con el fondo musical de la sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák.
domingo, 21 de diciembre de 2025
La publicación de La colmena, el tercer volumen de la trilogía, ha sido aprobada por la UA
AL
FINAL DEL TRAYECTO.
LOS
CONSEJOS DE GUERRA DE PERIODISTAS Y ESCRITORES (1939-1945)
ÍNDICE
- El
final del trayecto
- Pornógrafos
y bohemios en las cárceles de la Victoria
- Las
«extrañas» víctimas de la represión franquista
- Los
periodistas en el sumario de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD)
- Enrique
Meneses Puertas no fue condenado a muerte
- La
denuncia preventiva de un periodista
- La
suerte del periodista y escritor Eduardo García Marcili
- Procesado
por taquimecanógrafo: José Ferrándiz Casares
- El
proceso de un monárquico, republicano y falangista: José Tarí Navarro
- El
consejo de guerra de Francisco Fernández Albors
- La
tardía condena a muerte de un periodista conservador
- Manuel
Izquierdo Esteban, taquimecanógrafo de Mundo Obrero
- El
condenado a muerte que leía a Gabriel Miró
- José
Fragero Pozuelo, falangista y confidente del SIM
- Kafka
en la jurisdicción militar
- El
cronista de guerra Fernando F. Revuelta
- Antonio
Gallego Carretero, periodista fusilado
- La
suerte de Francisco Baleriola Arroyo
- La
«corresponsal obrera» Concha Santalla
- La
solidaridad de los hermanos Alba Cortina
- Miguel
Hernández y la judicialización de la Historia
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Presentación de Bajo sospecha, de Ana Asión y Sergio Calvo
domingo, 30 de noviembre de 2025
¡Ay, Carmela!, de Sanchis Sinisterra: memoria y amor
La memoria es frágil. Lo
comprobamos, de manera simbólica, en el desenlace de la adaptación
cinematográfica de ¡Ay, Carmela! (1990), dirigida por Carlos Saura a
partir de un guion de Rafael Azcona. La pizarrita con el nombre de la
protagonista es la única identificación de su tumba, localizada fuera del
cementerio porque los responsables de su muerte ni siquiera le han reconocido
el derecho a un enterramiento digno.
Paulino y Gustavete, sus
compañeros de la compañía de «variedades a lo fino», la dejan allí cuando
emprenden un viaje hacia ninguna parte. Pronto, con la primera lluvia o ráfaga
de viento, esa pizarrita desaparecerá. Carmela quedará en el anonimato, como
tantas personas desaparecidas trágicamente durante la Guerra Civil y la
posguerra. A la muerte física, violenta, le sucederá la muerte definitiva por
la pérdida de la memoria.
La fragilidad de la
memoria es un futuro que suponemos tras finalizar una adaptación
cinematográfica cuyo tiempo dramático tiene un desarrollo lineal, desde que
Paulino y Carmela caen prisioneros de los militares hasta el asesinato de quien
se rebela frente a la humillación y muestra su solidaridad con otros condenados
a muerte.
Sin embargo, en la obra
original de José Sanchis Sinisterra (1987) asistimos a un tiempo invertido
gracias a las libertades que permite el convencionalismo teatral. La
protagonista de la obra ya ha fallecido cuando la misma comienza. Paulino
permanece en el teatro donde tuvo lugar el trágico suceso, humillado por los
militares como «artista» ahora destinado a barrer el escenario.
Allí se le aparece el
fantasma de Carmela. Su compañero todavía puede verla, incluso tocarla, con la
intensidad de una memoria tan viva como inmediata. Junto a ella y frente al
público revive los episodios de sus últimos días, desde que ambos cayeron
prisioneros en el frente de Aragón hasta la celebración de la velada artística
donde se produjo el trágico suceso, Sin embargo, poco a poco, a Paulino le
cuesta más verla, sentirla cercana, porque la memoria es frágil, aunque medie
el amor.
José Sanchis Sinisterra
escribió una magnífica obra sobre la fragilidad de la memoria y la necesidad de
revitalizarla mediante el recuerdo y el conocimiento para evitar la muerte
definitiva de quienes fallecieron. Su protagonista es Carmela, una modesta
artista de las variedades cuyo nombre evoca una popular canción de la época. La
conocemos como mujer apasionada, sincera y espontánea capaz de contagiar su
solidaridad de «madre» hacia los prisioneros que acabarán ejecutados al día
siguiente de la velada. Gracias al recuerdo compartido por Paulino, le damos
cuerpo y rostro. También voz en sus diálogos y canciones. La sentimos cercana.
Carmela es nuestra compañera mientras asistimos a una velada con su trastienda
de represión e imposiciones para la humillación del «enemigo». Sabemos de su
inocencia y nos rebelamos ante la violencia del asesinato como prólogo de un
olvido, el que le espera en una tumba pronto anónima.
Carmela es un personaje
con personalidad propia, pero también el epítome de tantas otras mujeres o
víctimas anónimas de aquella guerra donde la violencia fue la consecuencia de
una intransigencia incapaz de convivir con el diferente. Al final, cuando inevitablemente
nos sentimos arrastrados por su vitalidad, descubrimos que Carmela también es
nuestra compañera, la mujer que podemos descubrir viendo un álbum familiar de
fotos, investigando en un archivo militar o hablando con quienes procuran
mantener viva la memoria de una generación trágicamente truncada por la Guerra
Civil.
Gracias a José Sanchis
Sinisterra, todos empatizamos con Carmela, pero también somos Paulino. El
«artista», aquel que siente el orgullo de serlo, aunque sea en sus más modestas
manifestaciones, es cobarde y acomodaticio. Lejos de la espontánea rebelión de
su compañera, Paulino acata para sobrevivir. El precio a pagar resulta caro. No
solo pierde a Carmela, sino que también sacrifica su dignidad como artista
ahora destinado a barrer el escenario donde imaginó la posibilidad de triunfar.
Ambos, Paulino y Carmela,
son unos derrotados pronto convertidos en víctimas abocadas al olvido. El
destino de ella nos parece más trágico por mediar un asesinato, pero el de su
compañero también lo suponemos dramático porque, con el tiempo, le costará
recordar a quien amó. Así comprobará la fragilidad de la memoria cuando la
misma es un acto solo personal, sin el apoyo de quienes debieran tener la
responsabilidad de mantenerla viva.
José Sanchis Sinisterra
escribió su obra contra la política de «pasar página» sin haberla leído. La
misma imperaba de manera indiscutible cuando se celebró el cincuentenario de la
Guerra Civil. En 1986, las Carmela permanecían olvidadas en las cunetas de
numerosos caminos. Ni siquiera disponían de una pizarrita con su nombre junto
con las fechas de nacimiento y muerte.
Gracias a obras que han
procurado la recuperación de la memoria histórica para devolver su voz a
personajes olvidados, en la actualidad conocemos a muchas mujeres como Carmela
y hombres enamorados al estilo de Paulino. Todos permanecen en la modestia de
un lugar en la historia que linda con el anonimato de los personajes menores.
Apenas importa, los sentimos cercanos, empatizamos con ellos y, a través de sus
vicisitudes no desprovistas de contradicciones, comprendemos aquellos
dramáticos años que desgarraron a todo un país.
La fragilidad de la
memoria precisa de nuestra voluntad de recordar, investigar y conocer para
saber de un pasado que nunca nos debiera resultar ajeno. Paulino y Carmela nos
hablan de unas circunstancias históricas concretas en torno a la Guerra Civil,
pero la propia obra de José Sanchis Sinisterra ha sido trasladada a otros
contextos porque, en cualquier conflicto, siempre hay una modesta y anónima
pareja de enamorados cuyo dramático destino es una consecuencia de la Historia,
aquella que parece protagonizada exclusivamente por los líderes de los bandos
enfrentados.
La obra de José Sanchis
Sinisterra aboga por la necesidad de mantener viva la memoria histórica
personalizándola en quienes nos dejaron sin legarnos suficientes huellas para
el recuerdo. Basta con su presencia fragmentaria y hasta azarosa para
revitalizarla cuando media la voluntad de investigar y, sobre todo, conocer con
el objetivo de comprender.
¡Ay, Carmela! también
es una historia de amor. La palabra nunca aparece en las frecuentes discusiones
que mantienen dos protagonistas contrapuestos y, al mismo tiempo, enamorados.
La caracterización de Paulino supone el envés de la personalidad de Carmela.
Gracias a ese contraste, con su inevitable conflicto no desprovisto de humor,
asistimos entre interesados y divertidos a sus discusiones por los más variados
motivos. Los diálogos aportan la necesaria tensión dramática, pero al
escucharlos, más allá de las apariencias, percibimos que ambos están enamorados
y se necesitan mutuamente.
Tal vez las mejores
historias de amor sean aquellas donde nunca se pronuncia esa palabra porque el
concepto lo percibimos latente. Paulino y Carmela discuten sobre lo divino y lo
humano, incluso después de la muerte de ella. Solo porque están enamorados y
quieren mantener viva esa relación. A Carmela le quitan la vida por su gesto de
humanidad hacia otras víctimas. A Paulino le humillan como superviviente y le
dificultan, condicionando incluso la intimidad de sus recuerdos, la memoria de
quien ha dejado en una tumba condenada al anonimato.
Ambos, gracias a la exitosa
obra de José Sanchis Sinisterra, vuelven una y otra vez a los escenarios para
luchar contra quienes matan y humillan y, además, pretenden el olvido del
pasado para asegurar la exculpación. Frente a esta actitud, solo cabe recurrir
al conocimiento y la memoria con el objetivo de recuperar la historia de tantos
Paulinos y Carmelas que tuvieron el derecho de enamorarse, vivir y discutir
hasta el enfado porque en el fondo así se sentían juntos. También cercanos a
nosotros cuando hacemos uso de una memoria compartida.
Nota: La presente entrada está destinada al alumnado de la asignatura dedicada al teatro español del siglo XX que imparto en la Universidad de Alicante y cualquier otro interesado por el tema. Para completar la información, también se puede consultar la entrada de este mismo blog publicada el 11 de diciembre de 2024: https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/12/teatro-y-cine-en-la-espana-del-siglo-xx.html.
Asimismo, se puede consultar la entrevista que hice a José Sanchis Sinisterra el 11 de noviembre de 2005, cuya transcripción se encuentra en el catálogo de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/entrevista-a-jose-sanchis-sinisterra-11112005--0/html/009d23e2-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_0_
lunes, 17 de noviembre de 2025
Franco, chocolate y churros
Los 20 de noviembre eran
días festivos en Alicante. Durante mi estancia en el colegio San Fernando
(1964-1968), a pesar de que ya se habían celebrado los XXV años de
Paz, las vísperas de esa señalada fecha la ocupábamos en una visita a la
casa-prisión de José Antonio. Allí nuestros maestros, con la preceptiva camisa
azul, evocaban la ejemplaridad del sacrificio de un líder cuya imagen nos
resultaba tan familiar como las de Franco y el crucifijo. Juntos formaban una especie de Santísima Trinidad.
La visita, como expliqué en Contemos cómo pasó (2015), terminaba con una discusión acerca de si el mendrugo de la celda de José Antonio era el original o lo cambiaban cada año. Los puristas creían en la conservación milagrosa del pan. Los escépticos apuntábamos la posibilidad de la renovación porque, de haber sido un mendrugo de treinta años, aquello debería haberse convertido en un resto arqueológico.
Al final, todos juntos, jugábamos un improvisado partido de
fútbol en el patio de aquel recinto para culminar una visita donde unos chavales convertían
la pared de la ejecución en una portería. El acto era irrespetuoso, pero
tampoco parecía respetuoso hablar de fusilamientos y sacrificios ejemplares a
quienes llevábamos pantalones cortos por imperativo de la edad.
A lo largo del bachiller,
la festividad del 20 de noviembre en Alicante fue cada vez más extemporánea. La
conmemoración del fusilamiento apenas contaba con presencia en la
ciudad. Muchos aprovechaban la ocasión para desplazarse a otras localidades y
hacer una especie de black Friday sin saber del mismo. Mi padre decidió
que ir a Jumilla era una buena oportunidad de comprar vino. En otras ocasiones,
el destino fue Jijona para proveernos de turrón a un precio especial porque los
fabricantes eran «clientes del banco». Estos detalles de «los clientes»
determinaron varios hitos gastronómicos hasta mi entrada en la universidad.
A la altura de 1975, y
conocedor de las noticias, mi padre no programó un viaje en el «850» que sustituyó al «600» gracias a su condición de «apoderado del BV». La categoría
laboral figuraba en sus tarjetas de visita guardadas en una cajita de plástico.
La posesión de esa cajita la añoro, así como la entrega de la correspondiente
tarjeta donde ahora figuraría una cualificación que habría enorgullecido al «apoderado», un término que me gustaba tanto como el de «perito».
El 20 de noviembre de
1975 mi padre madrugó como todos los días. El hábito lo he heredado. Aquella
mañana vino a mi habitación, con su sempiterno batín granate, para decirme una
sola palabra: «¡Ya!». El resto de la implícita frase lo entendí al instante. A
partir de ese momento, el desconcierto en nuestras reacciones fue notable
porque «no había costumbre» de que Franco hubiera fallecido.
El alivio era notable.
Los partes del «equipo médico habitual», con su detallismo acerca de las
«madejas sanguinolentas», habían preparado el camino, pero algo sonado debía
hacerse. Mi padre sacó un billete de veinte duros y me mandó comprar una rueda
de churros, toda una rueda, y chocolate. Así, mojando los churros sin temor a
que se agotaran, contemplé al cariacontecido Arias Navarro en la tele o escuché
las noticias por la radio. La duda permanece, pero lo bien que me sentaron esos
churros es un dogma.
La muerte ajena nunca
debe ser motivo de alegría, y menos después de la carnicería a la que fue
sometido el general Franco para prolongar su vida, pero conviene reconocer que
a veces supone un alivio. El galán del No-Do era por entonces un personaje
patético que amenazaba con la inmortalidad. Los secundarios, al menos los
procedentes de familias derrotadas en 1939, esperábamos que la productora
contratara a un sustituto con mejor presencia. Valía cualquiera y así, con la
resignación de haber padecido el pasado, aceptamos al «campechano», que ya
sabría de las artes de un buen galán.
Aquella mañana del 20 de
noviembre de 1975 en casa no hubo una celebración más allá de los churros con
chocolate. Franco había fallecido, pero el franquismo seguía vivo. La comprobación
era tan sencilla como salir a la calle. El problema es que esa mentalidad de un
«régimen tenebroso de pícaros, patanes y meapilas» (Javier Cercas) no iba a
desaparecer gracias al «hecho biológico». La tarea para convertirnos en un
«país normal» (Iñaki Gabilondo) resultaba abrumadora y, sobre todo, no había un
manual de instrucciones. Menos todavía un «gran timonel» que nos orientara. No obstante, la necesidad de ser «normales» permitió que la dictadura, a diferencia del dictador, fuera derrotada poco a poco en la calle.
El aprendizaje de la
convivencia durante la Transición fue un empeño colectivo, pero nunca unánime. El franquismo estaba
en cualquier esquina y, visto el presente, parece capaz de mutarse para que no
podamos comer unos churros con chocolate sin temor de que se agoten o sin la
mala conciencia de que engordan. Qué le vamos a hacer. Siempre tendremos a mano
las galletas gracias a las pequeñas victorias en el empeño de ser «normales» para que nadie acabe como Bluff o José Robledano. Ni siquiera insultado o difamado, menos condenado, por pensar que las dictaduras donde mejor están es en el recuerdo de lo remoto.
miércoles, 12 de noviembre de 2025
«Si no tienes un 'hater'...»
El centenario de la
Generación del 27 forma parte del futuro inmediato. Los preparativos para
celebrarlo ya están en marcha. De hecho, cuento con tres invitaciones para
participar en iniciativas relacionadas con la efeméride y, lo confieso, me
ilusiona especialmente la experiencia de alojarme en la Residencia de
Estudiantes, donde estuvieron los creadores a los que he dedicado tantas horas
de estudio y docencia.
La «Generación del 27» es
una denominación tan exitosa como discutible por múltiples razones. El centenario
será una ocasión perfecta para someterla a crítica y analizar posibles
alternativas acordes con la riqueza literaria de ese período
de nuestras letras.
Así lo haremos, pero los historiadores
somos conscientes de la inutilidad de pretender reemplazar una denominación
exitosa en los medios de comunicación. Conviene, pues, aceptarla, aunque solo
sea para matizarla o reivindicar otras posibilidades. El camino
de esa revisión viene de largo y lo completaremos, tal vez, en el 27 sin
olvidar el núcleo de los poetas imprescindibles para caracterizar la
generación.
Los debates universitarios
son intensos, pero permanecen alejados de la visceralidad habitual en los medios de
comunicación. Las razones de este islote de racionalidad son múltiples. Yo
destacaría que, llegados a un mínimo de conocimientos sobre una materia, la
controversia permanece, aunque en unos términos donde también cabe hablar de un
consenso en lo básico por obvio.
En este marco de
preparativos, el pasado 26 de octubre leí una entrevista a Andrés Trapiello
cuyo titular me sorprendió: «El 27 me parece un grupo de poetas sin demasiado
recorrido» (Diario de Sevilla). El texto de las respuestas corrobora lo
entrecomillado en el titular, de tal manera que el entrevistado considera a
Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Rafael Alberti, por ejemplo, como
«poetas sin demasiado recorrido».
Andrés Trapiello piensa,
por el contrario, que José Bergamín, Luis Cernuda y Rosa Chacel son autores de
mayor recorrido y dignos de un interés preferente. La opción está justificada,
pero lo sorprendente es que pase por la boutade de minimizar el alcance
de un premio Nobel o un autor universal como Lorca.
A falta de explicaciones
en la propia entrevista, supongo que lo buscado es un titular llamativo para
marcar territorio. Si Andrés Trapiello se sumara a la corriente unánime del profesorado universitario, su protagonismo de cara a 2027 quedaría diluido y
apenas cotizaría. Sin embargo, puestos a pensar que Lorca es un poeta «sin
demasiado recorrido», su voz disidente sonará con fuerza y, al mismo tiempo, le
permitirá cuestionar una unanimidad vinculada con los defectos que suele
atribuir al mundo académico.
La respuesta argumentada es innecesaria porque no se trata de una polémica literaria, sino de una
estrategia para situarse ante una celebración que acarreará múltiples y, a
veces, bien pagadas colaboraciones. Quienes compartimos la suerte de no
depender del «mercado», por nuestra condición de funcionarios. permanecemos lejos de estas salidas de tono. Apenas cabe criticarlas. Solo lamentar
que, con tanta estrategia comunicativa, se pierda el tiempo para modular una
voz crítica que merece ser escuchada.
El Andrés Trapiello de
las «trifulcas periodísticas», cada vez más acentuadas, dista del autor de
algunos libros que me han permitido conocer mejor las letras españolas. Con
este último el debate merece la pena, mientras que con el de las columnas de El
Mundo solo lamento un tono faltón donde otros, más ingeniosos, le superan.
Ahora, como un paso más
en ese camino de los columnistas dispuestos a sobrevivir en la jauría periodística,
me entero de que Andrés Trapiello es un hater de mi colega Ignacio
Sánchez Cuenca (El País, 6-XI-2025). La respuesta del catedrático, cuyos artículos y libros leo con atención desde hace
tiempo, supone un ejemplo de moderación analítica y buen humor. Lo agradezco,
porque lo peor de un hater es la posibilidad de contagiar al «enemigo».
El historiador debe
consultar las fuentes primarias. En este caso, me ha bastado leer los artículos
«El dilema llega tarde» y «Tortilla de patatas, ¿con o sin cebolla» (El
Mundo, 13-IX-2025 y 25-X-2025) para comprobar la veracidad del análisis de
Ignacio Sánchez Cuenca.
El resultado desalienta
al lector porque el espacio privilegiado de una página en un medio de alcance
nacional merecería otros contenidos. Sin embargo, visto el panorama de la
prensa conservadora de Madrid, me temo que los mismos serían el primer paso
para la sustitución del colaborador, que parece obligado a ser tan hater del
«sanchismo» como sus colegas de El Mundo.
Una línea editorial
siempre merece un respeto, pero caer en las prácticas de un hater, cuando
alguien ha probado otras capacidades, es tan lamentable como la suma de
trifulcas de tantos columnistas. La supervivencia resulta dura en unos medios
precarios donde la independencia supone una quimera. Todos lo sabemos. La crítica paternalista
desde la perspectiva de un catedrático no procede, pero sí la
réplica bienhumorada. De lo contrario, al final solo oiríamos a los haters, hasta
el punto de pensar que escribir es rebajarse a la condición del obsesionado que
cree encarnar una lucha digna cuando en realidad procura su supervivencia.
viernes, 17 de octubre de 2025
IV Congreso Internacional Literatura y franquismo
José María Pou cuando
recibió el premio José Estruch a la mejor interpretación de la anterior
temporada me comento que, a sus ochenta años y después de más de medio siglo en
los escenarios, era consciente de que había llegado el momento de cerrar
puertas y ventanas. La frase quedó en mi memoria porque, con una sencilla
imagen, sintetizaba la inevitable despedida en cualquier actividad.
Yo también he empezado a
cerrar puertas y ventanas como catedrático en activo. Siempre he rechazado la
actitud de los colegas aferrados hasta el último día a sus cargos o
participando en cualquier actividad como si no hubiera un mañana. Semejante protagonismo suele ser un indicio de la negativa a dar el relevo, una
circunstancia que no se estudia, pero nos define.
Esta semana he
participado en uno de los últimos congresos a los que asistiré como
investigador en activo. Los primeros tuvieron lugar en los años ochenta y, a
estas alturas, son muchos los acumulados en una trayectoria donde esta
actividad resulta imprescindible.
Los profesores Fernando
Larraz y Diego Santos, de la Universidad de Alcalá, me invitaron a dar una
ponencia plenaria en el IV Congreso Internacional Literatura y franquismo:
Ortodoxias y heterodoxias. Acepté encantado porque la ocasión me permitía hacer
un balance del trabajo desarrollado en torno a los consejos de guerra de
periodistas y escritores durante el período 1939-1945 y, al mismo tiempo, contactar con la reciente promoción de investigadores de la
literatura durante el período franquista.
Ambos propósitos se
cumplieron. De regreso a casa, tengo una lista de nuevos contactos, proyectos
en los que colaboraré y, claro está, gestiones donde mi
firma tal vez facilite la consecución de los objetivos (tribunales, informes,
tesis, convenios…). La tarea me ocupará meses, pero la haré con
agrado porque es una manera de ayudar a los jóvenes investigadores, dar el
citado relevo y cerrar las puertas o las ventanas poniendo el protagonismo al
servicio de los compañeros.
No obstante, y después de
tantos congresos, el pasado jueves tuve una experiencia inédita. Al finalizar la ponencia, donde expliqué la tarea desarrollada en torno a los consejos de
guerra como respuesta a quienes han intentado censurarla por distintas vías,
incluida la descalificación profesional, los asistentes no solo
aplaudieron, sino que se pusieron en pie para hacerlo como sucede en los
teatros cuando una representación gusta mucho al público.
Los casi cien
investigadores me dieron así una muestra de solidaridad que se suma a otras ya recibidas, pero con la novedad del directo, que
convierte cualquier acto en un motivo de emoción. La sentí como nunca cuando vi
la respuesta de los compañeros, que así agradecieron una lucha por la libertad
de expresión y de cátedra compartida con la totalidad de quienes nos dedicamos
a esta tarea.
El resultado de la
ponencia fueron dos invitaciones de otras tantas editoriales para colaborar en
sus catálogos, ofertas de participación en distintos proyectos, contactos para
asesorar investigaciones…, pero sobre todo mucha solidaridad porque nadie, absolutamente
nadie, comprende un acoso de seis años por realizar el trabajo que me corresponde como catedrático.
Ya de regreso en casa, y
con nuevos sumarios por analizar remitidos por el Archivo General e Histórico
de Defensa, me siento con energías renovadas y la confianza de que, puestos a
cerrar las puertas y las ventanas de la actividad profesional, cuento con la
solidaridad de quienes con sus investigaciones me enseñan a valorar aspectos
inéditos de la cultura franquista. Nuestra labor pronto empezará a quedar
obsoleta frente a la protagonizada por la nueva hornada de historiadores. Así,
con la normalidad que debemos asumir, se habrá completado una cadena donde solo
somos un eslabón. No hace falta ser un Antonio Machado para comprenderlo y
actuar en consecuencia.
miércoles, 1 de octubre de 2025
La lectura de una tesis sobre Concha Alós
Ayer tuvo lugar en la
Universidad de Alicante la lectura de la tesis presentada por la doctoranda
Nieves Ruiz sobre la obra literaria de Concha Alós, que he dirigido durante
estos tres últimos cursos en el marco del Programa de Doctorado de Filosofía y
Letras de dicha universidad. La tesis obtuvo la máxima calificación de un
tribunal presidido por la doctora Helena Establier Pérez con la doctora Maja
Zovko como secretaria y el doctor Jobs Weigel como vocal.
La dirección de una tesis
doctoral es una tarea que requiere muchas horas de debates, consultas y
correcciones. El factor humano es esencial para estos menesteres y,
afortunadamente, he trabajado a gusto con Nieves. Incluso me ha contagiado su
entusiasmo como investigadora dedicada a analizar la trayectoria biográfica y
creativa de una novelista que nos dejó hace catorce años en unas circunstancias
penosas.
El acto de la lectura
tiene su ritual propio, que lo seguimos al pie de la letra, y ahora se abre una
nueva etapa para la ya doctora, que disfrutará de un año más de beca con el
objetivo de completar su currículo e intentar acreditarse como contratada
doctora y presentarse a las próximas convocatorias de plazas docentes.
La investigación
universitaria, sobre todo en sus primeras etapas, supone una labor intensa con
una escasa recompensa económica en el caso de disponer de una beca predoctoral.
La mensualidad apenas supera el salario mínimo interprofesional y, en el plazo
de tres años, hay que sacar adelante una tesis sin tener nunca la seguridad de contar
con una beca posdoctoral o una plaza universitaria para proseguir la labor como
investigador.
El riesgo de emprender
este camino es tan notable como la incertidumbre acerca del futuro profesional.
Yo siempre aviso en este sentido a quienes me comunican su voluntad de
doctorarse, pero también es verdad que las catorce personas que me buscaron
como director de su tesis y culminaron la tarea encontraron un acomodo en el
sistema educativo. Incluso ya cuento con dos jubiladas entre mis antiguas
doctorandas.
A Nieves Ruiz le sobran
ganas y entusiasmo para culminar esta tarea a la búsqueda de una plaza tan
necesaria para su futuro. Aquí o donde sea, porque las oportunidades surgen y
nunca hay que desaprovecharlas. Solo queda desearle la mejor de las suertes con
la seguridad de que contará con mi ayuda para lo que sea preciso. Incluso
aunque prosiga por los complejos caminos del feminismo y la ecología como vías
de conocimiento de los textos literarios. Unos caminos que he conocido con la
voluntad de no quedarme anclado en otros tiempos y el convencimiento de que
nunca terminamos de aprender.
domingo, 28 de septiembre de 2025
Una web dedicada a los periodistas y escritores represaliados
La pasada primavera
recibí la invitación para participar en un acto de homenaje a Miguel Hernández
que se iba a celebrar en la sede del Parlamento Europeo en Bruselas (véase la entrada del 24-IX-2025). Al margen
de que procuro responder positivamente a todas las oportunidades brindadas para
difundir mis trabajos de investigación, la propuesta merecía la pena
especialmente porque pocas veces tenemos la ocasión de conocer por dentro una
institución tan respetada por los demócratas europeos.
Acepté encantado y,
voluntariamente, asumí el compromiso de aportar alguna novedad para corresponder
a los organizadores. El resultado ha sido una web elaborada durante el verano
con mis compañeros del VIGROB 121 de la Universidad de Alicante, Memória,
Identitat i Ficcions (MIF).
El objetivo de la web https://consejosdeguerra.es/ es
ordenar la información relacionada con mis trabajos de investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el
período 1939-1945 y facilitar su consulta. Los primeros culminarán con el
tercer volumen de la trilogía, La colmena, cuya publicación está
prevista para 2026. A partir de entonces, cualquier novedad bibliográfica
aparecerá en el blog cuando no requiera un texto extenso y, en caso contrario,
utilizaré el Repositorio de la Universidad de Alicante enlazando el archivo
desde la citada web.
Al mismo tiempo, el
directorio de sumarios de la web permite acceder directamente a los datos
relacionados con cada caso y localizar las referencias bibliográficas
correspondientes para facilitar su consulta.
El objetivo, por lo
tanto, es recopilar lo investigado hasta el presente, seguir incorporando las
referencias de lo que vaya apareciendo en el futuro y, especialmente, facilitar
las consultas de los interesados.
Por otra parte, y de
acuerdo con la normativa a la que está sujeto el profesorado de la Universidad
de Alicante, las publicaciones que realizamos con fondos públicos, la
práctica totalidad, deben acabar contando con una copia de acceso libre en el Repositorio
de la Universidad de Alicante. Este requisito se suele cumplir pasado un año
desde la publicación en papel para preservar los derechos de las editoriales y
previa conformidad de las mismas.
Gracias a Renacimiento y
el Servicio de Publicaciones de la UA, ya disponemos de una copia de acceso
libre para Las armas contra las letras, en abril de 2026 se sumará la de
Perder la guerra y la historia y a finales de 2027 haremos lo mismo con La
colmena. La trilogía se sumará así a la edición de Los consejos de
guerra de Miguel Hernández, que es de acceso libre desde el primer momento
gracias al Ministerio de Defensa y la Universidad de Alicante.
El objetivo final es culminar el trabajo en junio de 2028 con todos los materiales bibliográficos publicados y de acceso libre para cualquier investigador. Lo fundamental ya está terminado, pero ahora queda aportar a la web https://consejosdeguerra.es/ lo pendiente de publicar y completarlo con el análisis de nuevos sumarios instruidos contra periodistas, escritores, caricaturistas y fotoperiodistas.
La web se actualizará al
final de cada mes. Gracias a la ayuda de quienes siguen este blog, entre todos
iremos corrigiendo los posibles errores, completando la información -nos queda
pendiente la localización de varias fotografías de los procesados- y buscando
nuevas referencias hasta tener un retrato completo, caso por caso, de lo
sucedido con estos colectivos durante un período marcado por la represión de
los derechos fundamentales. Cuento, por lo tanto, con vuestra ayuda para llegar
a esta meta en junio de 2028,
Para cualquier duda,
observación crítica o error detectado, mi email de contacto es ja.rios@ua.es.
Os agradezco de antemano vuestra ayuda, así como la prestada por los compañeros del VIGROB
121 que han hecho realidad esta web.














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