miércoles, 8 de julio de 2026
La web consejosdeguerra.es supera el centenar de sumarios analizados
martes, 30 de junio de 2026
César Mariano Calderón Pérez, un periodista declarado en rebeldía mientras estaba encarcelado
Ayer el AGHD me remitió
la copia digital del sumario 48041 cuyo único procesado es el periodista César
Calderón Pérez. Al examinarlo, comprobé que el mismo era un funcionario del
Canal de Lozoya que también trabajó durante la guerra como corresponsal en los
frentes para los diarios La Libertad y El Liberal.
El 7 de septiembre de
1939, el auditor mandó instruir el sumario 48041 al Juzgado Permanente n.º 4 de
Funcionarios. También podría haberlo remitido al Juzgado Militar de Prensa,
pero prevaleció el criterio de ser un funcionario y, sobre todo, se tuvo en cuenta
que todas las denuncias procedían de compañeros de trabajo en el Canal de
Lozoya.
Los denunciantes
presentan a César Calderón Pérez como capitán de las milicias, agente del SIM y
«enemigo de toda persona de orden y de derechas». Nadie presenta las
correspondientes pruebas. Tal y como era preceptivo en estos casos, las fichas
de las denuncias debían ser ratificadas mediante declaración en el juzgado. Así
se hizo en septiembre de 1939, empeorando todavía más la caracterización del
encausado.
El 12 de septiembre de
1939, el Canal de Lozoya remite al juzgado un informe indicando que César
Calderón Pérez se encontraba en un campo de concentración de Argelia y que el
23 de agosto había sido separado definitivamente del servicio con pérdida de todos
sus derechos y subsiguiente baja en el escalafón del cuerpo al que pertenecía.
El 15 de diciembre de
1939, la jefatura provincial de FET y de las JONS le acusa de escribir
«artículos canallescos» en la prensa republicana. Le considera, por lo tanto,
«un indeseable y elemento peligroso» para el Glorioso Movimiento Nacional.
El 2 de enero de 1940, la
Dirección General de Seguridad informa al juez que César Calderón Pérez «se
marchó a Francia unos tres o cuatro meses antes de la liberación de esta
capital». La circunstancia parece contradictoria con lo afirmado por el Canal de
Lozoya, pero el juez instructor, tras publicar las correspondientes requisitorias
en la prensa, el 6 de febrero de 1940 considera al encausado en rebeldía
procesal. El 19 del mismo mes el caso resulta sobreseído tras el acuerdo
adoptado tres días por el auditor. Finalmente, el 7 de junio de 1944 el sumario
queda archivado.
La documentación de los
consejos de guerra de periodistas y escritores está plagada de errores. Si
vamos a las páginas de La Libertad y El Liberal, comprobamos que
César Calderón Pérez era en realidad César Mariano Calderón Pérez, corresponsal
de guerra especialmente activo durante los primeros meses de la misma. Su
nombre, César M. o César Mariano, también figura como redactor de La
Libertad (19-VI-1937 y 24-X-1937).
La sorpresa viene cuando,
en vez de creernos lo dicho por los responsables del Canal de Lozoya o la
Dirección General de Seguridad, vamos al listado de sumarios del AGHD. Allí
comprobamos que supuestamente hay dos procesados que responden a los apellidos
Calderón Pérez, uno es César y otro César Mariano.
En realidad, son la misma
persona y, lo más sorprendente, cuando en el sumario consultado le declaran en
rebeldía por creerle exiliado, el encausado ya había sido condenado en el
sumario 38811, que sería el prólogo de un largo caminar por el TERMC y el TNRP
hasta que el periodista fuera indultado tras recibir una descomunal multa nunca
pagada por ausencia de bienes.
A la espera de recibir la
copia digital del sumario 38811, probablemente instruido en el Juzgado Militar
de Prensa, solo cabe señalar el caos de la jurisdicción militar de la época. La
declaración como rebelde, por permanecer en el exilio, de quien estaba
condenado y encarcelado en la misma ciudad de Madrid merece una reflexión.
Los documentos son
imprescindibles para la labor de los historiadores, pero mienten a menudo,
tergiversan la realidad o simplemente evidencian las graves carencias de
quienes emprendieron una labor represiva sin un mínimo de organización o
cualificación, al menos a la vista del error aquí señalado. Otros muchos ya han
sido explicados a lo largo de la tetralogía cuyo tercer volumen, La colmena,
se pondrá a la venta el próximo 6 de julio.
viernes, 26 de junio de 2026
Objetivo cumplido: la tetralogía sobre los consejos de guerra
domingo, 21 de diciembre de 2025
La publicación de La colmena, el tercer volumen de la trilogía, ha sido aprobada por la UA
AL
FINAL DEL TRAYECTO.
LOS
CONSEJOS DE GUERRA DE PERIODISTAS Y ESCRITORES (1939-1945)
ÍNDICE
- El
final del trayecto
- Pornógrafos
y bohemios en las cárceles de la Victoria
- Las
«extrañas» víctimas de la represión franquista
- Los
periodistas en el sumario de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD)
- Enrique
Meneses Puertas no fue condenado a muerte
- La
denuncia preventiva de un periodista
- La
suerte del periodista y escritor Eduardo García Marcili
- Procesado
por taquimecanógrafo: José Ferrándiz Casares
- El
proceso de un monárquico, republicano y falangista: José Tarí Navarro
- El
consejo de guerra de Francisco Fernández Albors
- La
tardía condena a muerte de un periodista conservador
- Manuel
Izquierdo Esteban, taquimecanógrafo de Mundo Obrero
- El
condenado a muerte que leía a Gabriel Miró
- José
Fragero Pozuelo, falangista y confidente del SIM
- Kafka
en la jurisdicción militar
- El
cronista de guerra Fernando F. Revuelta
- Antonio
Gallego Carretero, periodista fusilado
- La
suerte de Francisco Baleriola Arroyo
- La
«corresponsal obrera» Concha Santalla
- La
solidaridad de los hermanos Alba Cortina
- Miguel
Hernández y la judicialización de la Historia
domingo, 12 de octubre de 2025
Kafka en la jurisdicción militar de la Victoria
El periodista José de la Flor Ruiz no ha pasado a los anales de la historia por su trabajo
durante el período republicano, cuando dirigió el Noticiero sevillano hasta
su desaparición en 1933 y se trasladó a la capital para incorporarse a Diario
de Madrid, pasando después como redactor a Ahora. Desde febrero de
1937 trabajó como confeccionador en Política, el órgano de Izquierda
Republicana, y allí permaneció sin demasiado protagonismo hasta la finalización
de la Guerra Civil.
José de la Flor Ruiz
andaba cerca de los cincuenta años, era padre de cinco hijos y, dada la
modestia de su labor periodística en periódicos republicanos, consideró que
ante los vencedores prevalecería su condición de «hombre de orden» que había
dirigido una publicación derechista en Sevilla.
Las primeras semanas de
la Victoria parecieron darle la razón. El periodista permaneció algunos días en
la pensión donde vivía a la espera de trasladar a su familia, refugiada en
Denia durante la guerra, a Sevilla y buscar un futuro profesional. Mientras
tanto, José de la Flor Ruiz tuvo la precaución de poner tierra por en medio y
buscar una casa en Villalba del Rey para vivir con su esposa y cinco hijos. El
periodista afrontaba la situación de paro forzoso gracias a la ayuda de un
hermano, que le hacía periódicas transferencias.
Al parecer, y por razones
difíciles de entender, el sevillano debía trasladarse a la localidad de Huete
para hacer efectivas esas transferencias. Allí, el 27 de mayo de 1939 fue
detenido por un falangista que conocía su condición de periodista y, sin mediar
un interrogatorio, le trasladaron a la cárcel de la citada localidad conquense.
El destino de las quinientas pesetas procedentes del hermano es un misterio a
la luz del sumario 128351 del AGHD.
El 9 de enero de 1940, el
sevillano fue trasladado a Uclés, también en la provincia de Cuenca. El centro
penitenciario sería uno de los improvisados por entonces para acoger la
avalancha de prisioneros republicanos y allí, con la excepción de un aislado interrogatorio,
el periodista pasó meses y meses sin tener conocimiento de su procesamiento.
El 9 de noviembre de
1941, treinta meses después de su detención, el juzgado militar de Huete
comunicó a la auditoría que el sumario del periodista había sido elevado a
plenarios. El traslado de lo instruido al tribunal debió ser caótico. Al cabo
de los años nadie sabía el número del sumario o la pena dictada. Ni siquiera si
se había celebrado el correspondiente consejo de guerra. José de la Flor Ruiz
era un prisionero que, desde el punto de vista documental, había quedado en el
limbo.
El 22 de enero de 1942,
sin la correspondiente documentación, le trasladaron al penal de Ocaña y, con
un paso intermedio por la cárcel de Porlier, el periodista acabó en la de Santa
Rita el 4 de marzo del citado año. Al menos, estaba en el limbo, pero en la
capital y preso poco después en la prisión provincial de Madrid. Los
responsables de las diferentes instituciones penitenciarias indagaron acerca del
procesamiento sin aclarar la situación del procesado. En definitiva, el
sevillano siguió en el limbo del silencio administrativo.
Camino del sexto año en
las cárceles de la Victoria sin haber sido procesado, José de la Flor Ruiz el
28 de noviembre de 1944 se dirige por carta al capitán general de la I Región
Militar. El motivo es comprensible: «desde la fecha en que fue detenido hasta
hoy han transcurrido sesenta y seis meses sin que el compareciente haya sido
juzgado ni sepa a disposición de qué autoridad se encuentra».
El capitán general dio
traslado de la carta al auditor, quien el 15 de febrero de 1945 ordenó instruir
«diligencias previas» (sic) «en averiguación de la situación de dicho
recluso, al no haber sido localizado el procedimiento en el que fue encartado».
El sumario 128351 del AGHD es el resultado de esta labor donde nunca hubo una
justificación o una disculpa por un encarcelamiento de casi seis años sin
mediar un «procedimiento».
El teniente coronel Pedro
de Llorente Miralles fue el instructor como titular del Juzgado Militar
Permanente n.º 22. La Dirección General de Seguridad le remite un informe sobre
el sevillano fechado el 3 de marzo de 1945. La policía también iba a ciegas en
este caso: «Se tienen referencias no confirmadas de que a la terminación de la
pasada campaña fue detenido, juzgado y condenado a la última pena por hechos
ocurridos en Denia (Alicante), donde tenía evacuada a su esposa y tres hijos
menores».
Al margen de que sería
notable la desaparición de la documentación relacionada con una condena a
muerte, es cierto que la esposa e hijos estuvieron en la localidad alicantina
(CDMH, PS-Madrid, 2522.121). Sin embargo, no me constan esos «hechos ocurridos»
y la detención tuvo lugar en Huete, mientras que la familia residía en Villalba
del Rey.
El instructor debió hacer
caso omiso de lo apuntado por la DGS en relación con la supuesta condena a
muerte y prestaría más atención a los testimonios de quienes declararon a favor
de José de la Flor Ruiz. Todos le consideraron como «una persona de orden», de
ideología derechista y sin peligro para el Glorioso Movimiento Nacional.
El 16 de abril de 1945,
el periodista se dirige al instructor «en súplica de que le sea concedida la
libertad o en caso contrario sea juzgado por los tribunales competentes». El
teniente coronel Pedro de Llorente Miralles no contestó al sevillano, pero trasladó
la petición al auditor.
Sin mediar explicaciones,
ni mucho menos un reconocimiento del error cometido para facilitar una
compensación, el 22 de mayo de 1945 el auditor concede la libertad a quien
fuera detenido el 27 de mayo de 1939. El 1 de junio de 1945, al cabo de seis
años, José de la Flor Ruiz fue excarcelado y pudo reencontrarse con su esposa
e hijos. Por entonces, ya había cumplido los cincuenta años y, después de la
experiencia penitenciaria, dudo que disfrutara de una salud para afrontar el
futuro.
Kafka recurrió a la
imaginación para concebir situaciones kafkianas todavía inquietantes. Los historiadores de lo
sucedido en la jurisdicción militar de la Victoria, que no la posguerra,
sabemos que para encontrarlas no hace falta recurrir a castillos o conversiones
monstruosas. Los sumarios prueban que todo era posible gracias a la mediocridad
añadida a la violencia.
martes, 2 de septiembre de 2025
«La represión de 'la gente de pluma'»
jueves, 24 de julio de 2025
Una pintada enigmática
La caminata diaria, por
consejo médico y costumbre de toda la vida, es una oportunidad para la
observación y la consiguiente reflexión, aunque sean las propias de un flâneur.
El requisito es prescindir de cualquier artilugio tecnológico al servicio
de la distracción y confiar en el atractivo de unas calles que siempre
sorprenden si media la curiosidad y la atención del caminante.
Desde hace unas semanas
paseo al atardecer por una acera donde alguien, sin firma o siglas, ha escrito
una enigmática frase: «Despierta Europa». La pintada no debió ser un acto
aislado, puesto que también la he encontrado en otras calles del barrio. Cabe,
pues, hablar de una posible campaña de concienciación cuyas motivaciones
desconozco.
A pesar de la ausencia de
signos de exclamación, al principio pensé en un exhorto a Europa lanzado por un
vecino. Tal vez, ante una constatada somnolencia del continente, alguien
cercano se ha visto en la obligación de despertarlo para vete a saber qué
propósito. Vistas algunas manifestaciones recientes, supongo un temor a que
Europa sea musulmana y, de ahí, la necesidad de un despertar a modo de Cruzada.
Al ver la pintada, especulo sobre si Europa se habrá sentido aludida. Lo dudo,
pero carezco de datos para establecer la recepción de una iniciativa cuyo
origen es un misterio.
La hipótesis acerca del
sentido de la pintada ha dado un giro copernicano esta semana. La ausencia de
los signos de exclamación, la literalidad sin añadidos, puede conducirnos a una
frase descriptiva o enunciativa. El vecino, atento desde su atalaya, habrá
observado un despertar de Europa y lo comunica a la vecindad.
Esta interpretación
habría requerido un distinto orden sintáctico: «Europa despierta», pero tampoco
hay que ser quisquilloso cuando lo acuciante de la noticia, el despertar del
continente, obliga a lanzarse a la calle para dar la buena nueva; o la mala,
porque también hay musulmanes entre la vecindad.
Ahora bien, ¿de qué
Europa se trata? Cuesta imaginar a todo un continente somnoliento o dispuesto a
dar un manotazo al despertador. Yo apenas conozco una minúscula parcela y la
veo muy diversa. Supongo que la experiencia es común. Por lo tanto, ¿cómo darle
un solo rostro, despierto o somnoliento, a esa señora que nadie termina de
conocer?
Mi vecino puede haberla
identificado en medio de una alucinación quijotesca, aunque la misma haya
sustituido los libros de caballerías por las redes sociales, donde la fantasía
del desbarre campa con la normalidad de lo cotidiano. Vete a saber…
La interpretación de la
frase estaría más acotada si mediara una coma capaz de justificar la ausencia
de los signos de exclamación. En tal caso, el vecino habría mostrado una calma,
incluso una educación, infrecuente cuando alguien se ve impelido a realizar una
pintada con nocturnidad y algo de alevosía. La urgencia de la misión justifica
los posibles errores sintácticos. Incluso los ortográficos.
La exégesis de la pintada
me distrae como cualquier detalle observado en mi diario deambular. La
especulación es gratuita y, claro está, las hipótesis son tan inocuas como la
propia pintada, que merece una sonrisa por el esfuerzo carente de sentido
práctico.
El problema de la
interpretación surge con otras frases enigmáticas, por una pésima redacción, como
las presentes en los sumarísimos de urgencia. Sus autores no son émulos del
oscuro Góngora, sino unos oficiales con escasas destrezas lingüísticas que
escriben con la impunidad de quienes nunca dan cuenta de sus actuaciones. Ni
siquiera repasan el texto antes de entregarlo porque, gracias a la omnipotencia
de la jurisdicción militar, ellos son los únicos intérpretes posibles y nadie
puede discutirles. Los demás, aunque seamos filólogos, debemos limitarnos a
constatar el asombro y disimular las faltas de ortografía para no ensuciar
nuestros trabajos. Otras suciedades no se limpian ni con el mejor detergente.
sábado, 5 de julio de 2025
Periodistas represaliados: la necesidad de completar la tarea
viernes, 13 de junio de 2025
El sumario de un «dibujante retocador» de Heraldo de Madrid
Heraldo de Madrid. Fuente: Wikipedia
El
maltrato a los detenidos y la tortura durante los interrogatorios policiales no
dejan huellas documentales en los sumarios. Sin embargo, la lógica permite
intuirlos cuando comparamos lo supuestamente declarado en la sede policial con
lo reconocido en la cárcel ante el juez instructor y/o su secretario, que se
desplazaban a la misma para interrogar al procesado. El contraste puede ser de
matices o escaso relieve, pero a veces las diferencias son notables. Entonces
cabe suponer que el detenido recibió un trato brutal hasta firmar una falsa
acusación contra sí mismo o asumir como propios actos ajenos. El caso de
Salvador Prieto Martínez es ejemplar en este sentido. También incluye mentiras
de los agentes que le detuvieron fácilmente desmontables a partir de otros
documentos incluidos en el sumario. Nadie pidió responsabilidades al comprobar
lo absurdo de la primera declaración. Ni siquiera se tomó nota de unas
contradicciones que dejaban en mal lugar, el de la tortura para obtener la
firma en falsas declaraciones, a unos agentes que sabían de su inmunidad.
El borrador del capítulo dedicado a Salvador Prieto Martínez, una vez revisado, aparecerá en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores, pero su versión provisional ya se puede consultar en el Repositorio de la Universidad de Alicante a la espera de posibles indicaciones o correcciones de otros colegas:
jueves, 5 de junio de 2025
Los sumarios de tres censores de prensa
El
tercer tomo de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y
escritores durante el período 1939-1945 incluirá un capítulo que no cuenta con
antecedentes en la bibliografía sobre la represión franquista. Me refiero a los
procesamientos de tres censores de prensa al servicio de los republicanos:
Eugenio Rosado Rivas, Pío Marcos Cuadrado y Enrique Capdevila Pérez.
Al
igual que en anteriores ocasiones, enlazo al final la publicación del preprint
del correspondiente capítulo en el Repositorio de la Universidad de
Alicante con el objetivo de someterlo a la consideración de los colegas con los
que estoy colaborando en este empeño investigador.
A
continuación, reproduzco los primeros párrafos de los apartados dedicados a los
tres censores de prensa que fueron procesados:
El
dibujante que nunca fue fusilado
Los
censores suelen ser personajes oscuros y discretos por la naturaleza de su
tarea. Salvo excepciones como la de Arturo Barea, la tónica se mantuvo entre
los presentes en el bando republicano durante la Guerra Civil. La discreción y
el anonimato a veces contrastan con la proyección pública de estos individuos
en otros ámbitos. Al margen de lo sucedido con Camilo J. Cela, el caso del
dibujante jerezano Eugenio Rosado Rivas ejemplifica esta circunstancia
minoritaria. Las ilustraciones para las portadas de novelas de los años veinte,
la colaboración con la firma de Rivas en semanarios relevantes como Buen
Humor y otros dibujos que fue esparciendo en la prensa le convirtieron en
un artista reconocido. También fue médico, escritor, poeta y pintor, según la
ficha suya publicada en Tebeosfera. La ausencia de trabajos
especializados sobre su trayectoria impide comprobar esta variedad de facetas,
así como los supuestos amores con la joven poeta Gloria Fuertes. Sin embargo,
resulta fácil detectar un grave error de la ficha. Eugenio Rosado Rivas no fue
fusilado por milicianos republicanos en 1938, pues quien ejerciera como censor
adscrito a la Junta Delegada de Defensa sobrevivió a la guerra y poco después
acabó procesado en un sumarísimo de urgencia (AGHD, 64105).
Don
Pío, un censor «muy rojo, blasfemo e indeseable»
Pío
Marcos Cuadrado nació en Medina del Campo el 18 de abril de 1894. Su
trayectoria vital fue la propia de un tipo anónimo con escasas posibilidades de
protagonizar los trabajos de los historiadores. Después de un despido por sus
actividades sindicales en el ámbito ferroviario se traslada a Madrid. Allí
compatibiliza la profesión de contable con la colaboración en la agencia de
noticias Febus y la presencia en periódicos como La Voz. Sin que
aparezca su firma en la hemeroteca y en tareas auxiliares, aquellas que le
permitieron ser amigo del polifacético Enrique Herreros (1903-1977), hombre de
buen humor y mejor talante, aparte de avalista en momentos difíciles.
El
incógnito censor: Enrique Capdevila Pérez
La
documentación exhumada en Perder la guerra y la historia permitió
identificar a Enrique Capdevila Pérez como censor de prensa nombrado por la
madrileña Junta Delegada de Defensa. Dada esta circunstancia, consulté el
sumario 67900 del AGHD para examinar el consejo de guerra al que fue sometido
el también «jefe de negociado de tercera clase» en la Caja Postal de Ahorros,
con un modesto sueldo de seis mil pesetas anuales que pronto le llevó a la
búsqueda del pluriempleo. La primera conclusión es que el procesado fue un
hombre de suerte. Al menos, en comparación con otros muchos republicanos que
apoyaron al gobierno desde el inicio de la guerra. Y, además, los militares
nunca supieron de su condición de censor. Ni siquiera indagaron acerca de sus
actividades al servicio de la citada junta, a pesar de que la relación con la
misma figura desde que fuera denunciado por un compañero de trabajo.
martes, 3 de junio de 2025
Los sumarios de Heliodoro Fernández Evangelista
La
vida da sorpresas. La noche del 17 al 18 de julio de 1936 no parecía abocada a
registrar grandes sucesos. El redactor dedicado a los mismos en La Libertad,
Heliodoro Fernández Evangelista (1892-1966), se disponía a pasarla en la
DGS a la espera de que hubiera algo notable para comunicarlo a la redacción. Al
cabo del tiempo, comentó con su colega Eduardo de Guzmán que aquella fue una de
las noches más tranquilas de las muchas pasadas a la espera de la noticia .
El
foco de atención estaba todavía lejos de la capital, en el territorio de los
generales africanistas, pero no tardaría en llegar a un Madrid donde el miembro
de la APM desde 1925 ya era un veterano redactor de La Libertad, un
periódico republicano del que sería redactor-jefe en una fecha que auguraba un
difícil futuro: el 25 de enero de 1939. Pocas semanas después fue detenido y,
de haber caído su caso en el Juzgado Militar de Prensa, la pena de muerte o de treinta años suponía
una posibilidad, al igual que sucediera con otros directores y redactores-jefe
de las cabeceras republicanas. El escalafón periodístico era determinante para
las condenas.
La
trayectoria de Heliodoro Fernández Evangelista durante la guerra incluía otros
hitos que habrían sido graves en el baremo del citado juzgado. El 15 de enero
de 1937 fue nombrado representante de La Libertad en la APP y, en
septiembre de ese año, su nombre figura como vocal segundo en la candidatura
del Frente Popular para la junta directiva de la misma. Estos datos, conocidos
en las dependencias del Juzgado Militar de Prensa, auguraban una instrucción
abocada a un duro auto resumen. Sin embargo, Heliodoro Fernández Evangelista
tuvo la suerte de que le detuvieran en relación con un asunto de porteras
encabezadas por Engracia García Belmonte y que nadie le recordara su trabajo
como periodista. Ni siquiera para comunicar la detención a Manuel Martínez Gargallo,
que nunca perdió el tiempo interrogando a serenos, porteras y sirvientas. Su
especialización era la gente de pluma y solo ahí fue inflexible.
El
7 de abril de 1939, Matilde Serrano Monera, su esposo el funcionario Joaquín
Sáinz de Baranda y Gorostegui y el también funcionario Eustaquio Castresana
Guinea, todos ellos de probada solvencia moral y vecinos de la calle Príncipe
de Vergara, 4, denunciaron a la portera Engracia García Belmonte, su hija
Elvira Blanes García, su yerno Julio Valenciano Pérez y el sereno Baldomero
Marrón Álvarez. Los cuatro miembros del Madrid sainetesco son los encausados
del sumario 2861 del AGHD. También figura Heliodoro Fernández Evangelista, que
tardaría algunas semanas en aparecer porque su denuncia en el SIPM, cursada el
11 de abril por el delineante Ignacio Teresa Marquina, pasó por unas
diligencias previas hasta que el sumario desembocó en el Juzgado Permanente n.º
4. Allí el periodista debió declarar acerca de lo sucedido en Príncipe de
Vergara, 4, pero nadie se interesó por su trabajo en La Libertad. Ni
siquiera en la redacción de Mundo Obrero, según la entusiasta denuncia
del delineante que le consideraba como «elemento destacado de izquierdas». El
motivo estaba alejado de las redacciones: mientras Ignacio penaba en las
cárceles republicanas, Heliodoro ocupó su domicilio y, al finalizar la guerra,
los muebles del piso confiscado habían desaparecido.
El
periodista queda recluido en Porlier a la espera de que el sumario avanzara. El
9 de septiembre de 1939, llega el informe de la Guardia Civil acerca de
Heliodoro Fernández Evangelista, al que considera vinculado con el PSOE.
También cita su trabajo en La Libertad, «dedicándose desde el citado
periódico a revolucionar al público en sentido extremista». Justo en ese
momento el caso debiera haber pasado al Juzgado Militar de Prensa, máxime
cuando la Guardia Civil añade que publicó «toda clase de injurias para el
Glorioso Ejército Nacional, animando al ejército rojo a que resistiera hasta
que no quedara un hombre en pie de guerra, y animándolos a hacer toda clase de
salvajadas». La acusación habría sido constitutiva de un delito de rebelión
militar en el juzgado del capitán Manuel Martínez Gargallo, pero Heliodoro tuvo
suerte en un reparto que prueba la arbitrariedad con que se actuó.
El
4 de marzo de 1940 llega el informe de los servicios de investigación de FET y
de las JONS. Los falangistas no averiguan nada acerca de las actividades
periodísticas de Heliodoro Fernández Evangelista, pero señalan que durante la
guerra convivía con una mujer soltera y ambos disfrutaban de una «magnífica»
situación económica, dejando entrever algún manejo complementario al de ocupar
el domicilio del delineante que finalmente les denunciaría. Los meses pasan,
con el periodista en Porlier sin ser interrogado, y el 2 de septiembre de 1940
la Brigada de Investigación recuerda que Heliodoro era de «ideas extremistas»,
«vivió con toda clase de comodidades» y se dedicó a «la propaganda roja». Sin
embargo, la policía fue incapaz de ver el nombre del encausado en la prensa y
piensa que no formó parte de algún comité. El trabajo de la citada brigada fue
precario para fortuna del redactor-jefe de La Libertad.
Los
servicios de investigación de FET y de las JONS vuelven a redactar un informe
el 5 de septiembre de 1940. Los falangistas afirman que durante la guerra el
periodista ocupó el piso de Príncipe de Vergara, 4, gracias a la intervención
de Encarna García Belmonte, la portera del edificio. Aparte de convivir en
pecado con la amante, Heliodoro amuebló lujosamente el domicilio con enseres
requisados al tiempo que, mediante artes que cabe suponer ilegales, disponía de
otros tres pisos en Madrid.
El
informe parece contradictorio con la denuncia, pues el primero afirma que el
periodista trajo muebles requisados y el segundo que desaparecieron los
originales. En cualquier caso, resulta evidente que el encausado era un
sospechoso merecedor de un proceso para dilucidar sus responsabilidades en
materia de incautaciones. Así lo dicta la lógica represiva de aquella
jurisdicción militar. Sin embargo, el 9 de septiembre de 1940, cuatro días
después de tan preocupante informe, Heliodoro Fernández Evangelista sale de la
cárcel sin mediar alguna justificación u orden. El milagro se produjo. Mientras
tanto, la portera Encarna García Belmonte, que lo negó todo, tuvo más
complicaciones, pues en su caso el sobreseimiento no llegó hasta enero de 1944.
El
paso por las cárceles de la Victoria o los consejos de guerra imprimía un
carácter indeleble. El zamorano Heliodoro Fernández Evangelista salió bien
parado por razones que no constan en el sumario 2861, pero el masón acabaría
procesado por el TERMC de Madrid, que el 19 de octubre de 1943 le condenó a
doce años conmutados por seis de confinamiento en Salamanca. El periodista no
los cumpliría por una probable falta de control de la policía y se convertiría
en un sospechoso habitual que, antes o después, volvería a pisar las
comisarías.
Así
sucedió el 27 de marzo de 1946, cuando Heliodoro Fernández Evangelista estaba
tomando unos vinos en el bar La Perla de la calle Bravo Murillo en compañía de
unos amigos. Uno de ellos, al parecer, entregó un manifiesto de IR a Joaquín
Ruiz del Río, antiguo policía durante la guerra que había pasado veintidós
meses en la cárcel hasta salir absuelto. Leído el texto, «en cuyo contenido se
atenta contra los principios fundamentales del Estado español», el republicano
arrepentido se presentó al día siguiente en la comisaría para denunciar a
Francisco Fernández Romero «por actividades de tipo comunista» (AGHD, 135277).
La
Brigada Político-Social actuaba rápido en estas ocasiones. El mismo día 28
detiene al denunciado, un empleado de cuarenta años, casado y natural de
Linares. Francisco Fernández Romero reconoce su paso por la cárcel tras un
consejo de guerra celebrado en Albacete, donde estuvo destinado como policía al
servicio de los republicanos. De ahí vendría su amistad con el denunciante,
pero declara que el manifiesto no era suyo, sino del periodista Heliodoro
Fernández Romero, que ese mismo día es detenido y presta declaración en
comisaría. Aparte de reconocer su afiliación a Unión Republicana antes de la
guerra y su trabajo en la redacción de La Libertad, sin ocupar ningún
cargo sindical o político, explica que recibió en su buzón el manifiesto por su
condición de periodista, «con el único objeto de que lo conociera estando
conceptuado entre sus amistades como un represaliado y, por lo tanto, como
persona de izquierdas». De hecho, por entonces se encontraba confinado en
Madrid a resultas de una condena del TERMC.
Los
tiempos de la represión eran más llevaderos por entonces, siempre que los
detenidos no estuvieran vinculados con grupos comunistas o anarquistas. Ambos
interrogados, Francisco y Heliodoro, quedan en libertad condicional y a
disposición del Juez Especial de Masonería y Comunismo, que recibe las
declaraciones junto con un ejemplar del manifiesto A la opinión pública
española, firmado por la Comisión Ejecutiva del Consejo Nacional de
Izquierda Republicana.
El
5 de junio de 1946, la DGS emite un informe sobre Francisco Fernández Romero.
Por entonces había vuelto a trabajar en Unión Eléctrica Madrileña tras superar
sus reiterados problemas con las autoridades militares, que le detuvieron en
más de una ocasión por su condición de policía al servicio de los republicanos.
Sin embargo, a esas alturas de la posguerra Francisco parecía arrepentido y la
valoración de su conducta es positiva, como corrobora la Guardia Civil en su
informe del 14 de junio de 1946.
La
declaración de Francisco ante el juez instructor tiene lugar el 8 de abril de
aquel año y, como es previsible, niega cualquier relación con los grupos
clandestinos. De hecho, se limitó a recibir el manifiesto de mano de Heliodoro
y, sin leerlo siquiera, lo entregó a los falangistas Joaquín Ruiz del Río y
Antonio Pérez. El primero, como converso al falangismo, se apresuró a
denunciarlo.
El
protagonismo pasa entonces a Heliodoro, del cual la Guardia Civil emite un
informe fechado el 15 de junio de 1946 que repite los redactados con motivo del
primer consejo de guerra. La declaración ante el implacable coronel Enrique
Eymar Fernández tiene lugar el 9 de abril. Heliodoro Fernández Evangelista
todavía se consideraba periodista y, por esa condición añadida a la de
represaliado, le conocerían quienes mandaban por Correos textos como el citado
manifiesto. El declarante dice haberlos quemado «sin concederles importancia».
Si en esta ocasión entregó el firmado por el Consejo Nacional de Izquierda
Republicana a su amigo Francisco solo fue por suponerle, a esas alturas,
policía en activo.
El
coronel Enrique Eymar Fernández no creería semejante declaración de quien
suponía estar en el bar La Perla junto con un policía de confianza. La coartada
resulta inverosímil, pero también es cierto que aquellos republicanos le
debieron parecer inofensivos a quien debía perseguir a enemigos de mayor
altura. El coronel redacta un detallado auto resumen el 20 de mayo de 1947, lo
eleva al auditor y este dicta el sobreseimiento once días después.
Heliodoro
y Francisco eran unos derrotados, su voluntad de mantener los rescoldos del
republicanismo no suponía problema alguno para el régimen y ambos salieron en
libertad, aunque sin volver a Salamanca en el caso del periodista sobre el que
pesaba una orden de confinamiento como antiguo masón. Al fin y al cabo, toda
España era una prisión y, como le sucediera en la ficción a Martín Marco, estos
derrotados siempre estarían bajo el temor de un edicto publicado en la prensa,
una llamada a declarar o un amigo que, después de tomar unos vinos, acudiera
presto a presentar la denuncia porque nunca eran suficientes los méritos
contraídos ante «las jerarquías» del régimen franquista. Visto el panorama, era
de agradecer permanecer fuera de la cárcel, aunque con la posibilidad de volver
por cualquier vino tomado en compañía poco fiable
domingo, 1 de junio de 2025
El sumario del «comité rojo de ABC»
Portadas del ABC incautado y publicado en Madrid durante la Guerra Civil
El 26 de mayo de 1939, el mecánico Francisco Gallego Cano denuncia en el Juzgado de la Causa General de Madrid que su hijo Francisco, empleado de Prensa Española, estuvo escondido en su domicilio de la calle Fuencarral, n.º 30, por ser militante de Renovación Española. Allí, concretamente el 14 de agosto de 1936, fue localizado y detenido por unos milicianos de la FAI junto con un policía. El joven, que había formado parte de las milicias de la citada organización derechista, fue conducido a la comisaría de Buenavista, la Dirección General de Seguridad y, finalmente, a la cárcel de Las Ventas para terminar apareciendo su cadáver en una cuneta de la carretera de Andalucía. El padre sospecha que los responsables del asesinato son los miembros del «comité rojo de ABC», pero desconoce sus nombres y pide a la autoridad militar que abra la correspondiente investigación para esclarecer los hechos y depurar las responsabilidades (AGHD, 113451).
El texto abajo enlazado con su publicación en el Repositorio de la Universidad de Alicante es el borrador del capítulo dedicado a este episodio en La colmena, el tercer volumen de la trilogía sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945. La publicación del mismo tendrá lugar en 2026. Mientras tanto, quedo a la espera de posibles observaciones de los colegas que investigan los temas relacionados con la represión a lo largo del citado período. La historia es una tarea colectiva y en permanente construcción:
http://hdl.handle.net/10045/154146
domingo, 10 de noviembre de 2024
Las armas contra las letras: el primer borrador del tercer volumen. La solidaridad de las universidades de Cádiz y Alicante
El pasado día 14 de
octubre declaré en la Audiencia Provincial de Cádiz con motivo de la
demanda interpuesta por uno de los hijos del alférez Baena Tocón. El formato de
una declaración en sede judicial difiere mucho de una conferencia o cualquier
otro habitual en el ámbito académico. Esta circunstancia me permitió manifestar
lo fundamental acerca de quien fuera secretario del Juzgado Militar de Prensa,
pero sin el orden en la exposición que requiere un trabajo de carácter
histórico.
A partir de la
documentación recopilada durante estos años de investigación, he escrito un borrador de lo que
será el capítulo dedicado al alférez Baena Tocón en el tercer volumen de la
trilogía sobre los consejos de guerra contra periodistas y escritores durante
el período 1939-1945. El segundo se encuentra en prensa.
El objetivo de incluirlo
temporalmente en el catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante,
como en anteriores ocasiones, es ponerlo a disposición de otros especialistas
para su revisión, ampliación o rectificación. La historia es una tarea colectiva
y, afortunadamente, cuento con un grupo de colegas que comparten los mismos
motivos de interés en un clima de colaboración e intercambio de información.
Por último, mañana se
reúne la Junta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de
Alicante. El orden del día incluye un punto relacionado con los compañeros de
la Universidad de Cádiz que, junto con la Asociación de Historia Contemporánea,
la Comisión Cívica para la recuperación de la memoria democrática de Alicante, Memorialistas de Jerez de la Frontera y
la Fundación Miguel Hernández, se solidarizaron conmigo a raíz de la vista oral
celebrada en Cádiz. Los textos de los respectivos comunicados se encuentran en anteriores
entradas de este blog. Una vez sometido a votación el punto del orden del día,
incluiré el correspondiente enlace. Por lo pronto, os paso el del borrador
citado a la espera de cualquier sugerencia o indicación que permita ampliarlo y
mejorarlo:
http://hdl.handle.net/10045/148818
PD. La Junta de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alicante, en su reunión del 12 de noviembre de 2024, ha aprobado por unanimidad el siguiente texto:
jueves, 7 de noviembre de 2024
El segundo volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores
A principios del presente
año publicamos Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de
periodistas y escritores, 1939-1945. El compromiso asumido entonces fue que
el segundo volumen de la trilogía estaría en las librerías al cabo de un año.
El reto era complejo, pero ayer entregué a la editorial el original de Perder
la guerra y la historia. La represión de periodistas y escritores, 1939-1945.
El cambio en el título se
deriva del tipo de casos analizados en este volumen y el nuevo subtítulo
intenta integrar lo sucedido en los consejos de guerra en un marco más amplio,
el de la represión sufrida por los escritores y periodistas durante aquellos
aciagos años.
Ahora quedan unos meses
por delante donde hay que maquetar y revisar a conciencia el texto con ayuda de
mis compañeros del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante y
los amigos de la editorial Renacimiento. El trabajo es lento, pero si todo va
bien a principios de 2025 tendremos el nuevo volumen en las librerías para
ahondar en el conocimiento de lo sucedido en el Juzgado Militar de Prensa y
otros órganos de la jurisdicción militar.
Mientras tanto, esta
semana he empezado a redactar el tercer volumen a la espera de que me lleguen
las decenas de sumarios solicitados al Archivo General e Histórico de Defensa.
La elaboración de esta culminación de la trilogía será más lenta por el volumen
de la documentación solicitada, pero espero tenerla lista a finales de 2026.
Os copio el índice de Perder
la guerra y la historia:
ÍNDICE
- Introducción
- Fotografía
Mendoza en el Madrid de 1943
- El
procesamiento del «novelista más guapo del mundo»
- El
proceso del capitán Saltatumbas
- De
la frivolidad al penal: la trayectoria de Santiago de la Cruz
- Un
consejo de guerra contra el ABC republicano
- Antonio
Buero Vallejo condenado a muerte
- Joaquín
Dicenta Alonso, «espíritu anarquizante e inmoral»
- La
peculiar trayectoria de Manuel García Bengoa
- El
consejo de guerra de Rosario del Olmo
- La
continuidad de la represión: Matilde Zapata, Rosario del Olmo y Amalia Carvia
- La
represión nunca olvida: Aurora Bertrana y M.ª Bueno Núñez de Prado
- Antonio
Agraz, anarquista y desesperado
- Francisco
Escola Besada en el punto de mira
- El
periodista Ricardo Flores murió en la cárcel
- Los
consejos de guerra de Ramiro Gómez Zurro
- La
«rebeldía» del masón Mateo Hernández Barroso
- Un
periodista de «moralidad intachable»: Antoni Pugués Guitart
- La
condena del conserje que fue periodista: Antonio Uriel
- La
petición de indulto de Vicente Ramón Esteban
- Condenado
a muerte y desconocido: Eduardo de Castro Escandell
- El
destino del comediógrafo César García Iniesta
- La
inocencia del «chequista» Enrique Peinador
- Epílogo
- Bibliografía













