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viernes, 4 de septiembre de 2026

Los nietos de las víctimas


 Rodrigo Sorogoyen, nieto de Antonio del Amo

Lucy Marcos del Rey, nieta del periodista procesado Pío Marcos Cuadrado, hace unas semanas se puso en contacto conmigo porque desde Puebla (México) está recopilando información acerca de la trayectoria de su abuelo. El sumario de quien fuera censor de prensa durante la guerra lo analicé en La colmena (pp. 105-110), le mandé una copia de la documentación utilizada e iniciamos una colaboración para completar el relato de este periodista afiliado al PCE en junio de 1938.

El juez Manuel Martínez Gargallo y su secretario instruyeron el sumario de quien, por el escaso protagonismo alcanzado durante la guerra, creyó estar a salvo en la Victoria. Sin embargo, Pío Marcos Cuadrado fue denunciado por el industrial Manuel Carazo Jiménez y lo detuvieron el 24 de mayo de 1939. A partir de ese momento, y como preso en las abarrotadas cárceles de la época, se inicia una instrucción que finaliza el 17 de noviembre con un auto resumen, donde el titular del Juzgado Militar de Prensa propone el sobreseimiento de la causa.

No obstante, un izquierdista nunca salió indemne de aquel juzgado militar y Manuel Martínez Gargallo, tras los correspondientes informes de su secretario, añade una nota al auto resumen. El procesado podía quedar en libertad «sin perjuicio de que dada la filiación netamente izquierdista del mismo y la colaboración por él prestada a la causa roja se le imponga un correctivo de tipo disciplinario o gubernativo, siempre que no se estimara bastante la prisión preventiva que lleva sufriendo».

El auditor estimó que era suficiente con medio año en la cárcel por haber sido «muy rojo» y el 29 de noviembre de 1939 salió en libertad. Nada más se sabía acerca de su futuro, que suponía difícil con cuarenta y cinco años y después de la experiencia en unas cárceles donde la salud siempre corría peligro. Ahora, gracias a la información facilitada por Lucy Marcos del Rey, sabemos que la familia terminó en México y que el periodista falleció en Madrid el 3 de junio de 1943. Pío Marcos Cuadrado sobrevivió a la cárcel, pero no llegó a los cincuenta años.

Las estadísticas dan cuenta de un preso puesto en libertad tras el sobreseimiento de su causa judicial. La realidad revelada por estos trabajos de la microhistoria indica que Pío Marcos Cuadrado no solo padeció medio año de cárcel en unas condiciones inhumanas, sino que falleció poco después, como tantos otros republicanos que pasaron por una experiencia similar.

Luz Recuero Jiménez, la esposa del periodista que hizo todo lo posible para ayudarle durante la instrucción, también falleció en Madrid, pero le sobrevivió hasta el 21 de diciembre de 1972. La viuda no tuvo la oportunidad de contar en público lo sucedido con su marido. Ni siquiera en privado, supongo, por la escasa información que nos ha llegado. Ahora Lucy Marcos del Rey, como tantos familiares de las víctimas, intenta reconstruir la trayectoria de su abuelo y contará con nuestra colaboración en todo lo que sea preciso.

Mientras tanto, el cineasta Rodrigo Sorogoyen, que acaba de estrenar con gran éxito una película protagonizada por Javier Bardem, ya dispone del sumario de Antonio del Amo, su abuelo y también director de cine. Habrá que esperar algunos meses para completar la información, pero estará lista para la publicación de Final de trayecto en 2027, justo cuando Rodrigo Sorogoyen esté a punto de iniciar una nueva película, que en este caso estará centrada en la Guerra Civil en la que su abuelo fue un documentalista al servicio del ejército republicano. Ahora conoce mucho mejor su relato, gracias a una historia que alimenta la memoria con una información contrastada.


martes, 1 de septiembre de 2026

La culminación de un trabajo de investigación


 

En 2014, cuando la familia de Diego San José se puso en contacto conmigo y me facilitó la documentación relacionada con el escritor, nunca imaginé que la tarea de analizarla me llevara a otra mucho más amplia. El consejo de guerra que condenó a muerte al autor madrileñista me descubrió una realidad que solo conocía a grandes rasgos: la represión durante la posguerra. A partir de ese momento, procuré contextualizar su caso mediante la consulta de otros casos de similares características y el resultado fue Nos vemos en Chicote (2015). El ahora reeditado libro nunca pretendió ser una monografía sobre los consejos de guerra, sino un ensayo acerca del concepto de la banalidad del mal aplicado a una serie de personajes históricos que intervinieron en aquellos sumarísimos de urgencia.

El trabajo lo completé con la edición de las memorias carcelarias de Diego San José en 2016 y otras publicaciones paralelas de menor entidad. Desde ese momento, alrededor de 2017, mis investigaciones versaron sobre otros temas ajenos a una violencia que, siendo necesario su conocimiento, procuro mantener lejos. Incluso me resulta desagradable su análisis desde un punto de vista histórico.

Las circunstancias conocidas por cualquier lector de este blog me hicieron cambiar de orientación como investigador a finales de 2020. A partir de entonces, decidí emprender una tarea de largo alcance: el análisis de los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945.

Tras la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), ahora llega La colmena, el tercer volumen de una tetralogía que culminará con Final de trayecto, una monografía ya redactada a la espera de consultar un sumario cuya copia solicité antes del verano.

En total, unas dos mil páginas dedicadas a estos consejos de guerra a partir de la documentación sumarial, completada con la localizada en diferentes archivos públicos y privados. El objetivo está casi culminado. Solo resta publicar el último volumen y jubilarme poco después, con la satisfacción de haber realizado a mi edad una investigación cuya envergadura parece propia de quienes conservan el ánimo de la juventud.

Las conclusiones las he desgranado en diferentes entradas de este blog y volverán a aparecer con motivo de algunos trabajos que me han encargado. Mientras discurre el consiguiente debate, hasta el presente positivo por la recepción de los volúmenes publicados, el balance me lleva a una experiencia que nunca terminaré de agradecer: el contacto con los familiares de las víctimas de aquella represión.

El trabajo comenzó gracias a unos familiares especialmente implicados en la recuperación de la memoria de Diego San José, pero ha continuado con otros muchos contactos que me han dado alegrías. Hasta el presente, porque en fechas recientes he hablado con el cineasta Rodrigo Sorogoyen, nieto del también director cinematográfico Antonio del Amo, y la semana pasada me escribió una nieta de Pío Marcos Cuadrado, que se encuentra en México y anda a la búsqueda de información acerca de su abuelo. Ambos ya tienen en su poder la documentación sumarial relacionada con sus familiares, cuentan con mi ayuda para fundamentar la memoria de la familia y, sobre todo, juntos podremos completar el relato que debemos a estas víctimas de la represión franquista.

La redacción de dos mil páginas a partir de una documentación primaria y en gran medida inédita supone un trabajo complejo. El desánimo ha aparecido en algunas ocasiones. También el cansancio, pero esos contactos con los familiares y la necesidad de aportar a cada víctima un relato de lo sucedido me han permitido superar los malos momentos. El objetivo está prácticamente alcanzado y, una vez divulgados sus resultados, habrá que cumplir con lo explicitado en el último título: el final del trayecto iniciado en mayo de 1982, cuando conseguí la beca de investigación que me permitió incorporarme a la universidad donde había estudiado la carrera.

Ahora, justo cuando comienza un nuevo curso, mirar hacia atrás produce vértigo, pero también la satisfacción de un trabajo realizado sin desmayo porque me ha acompañado la salud, cuento con la ayuda de una familia magnífica y disfruto junto a unos compañeros con los que comparto objetivos al servicio de la universidad pública.

Por cierto, este blog ha superado las cuatrocientas mil visitas a finales de agosto. La cifra ayuda a afrontar un nuevo curso.

jueves, 5 de junio de 2025

Los sumarios de tres censores de prensa


 Portada ilustrada por Eugenio Rosado Rivas. Fuente: Tebeosfera

El tercer tomo de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945 incluirá un capítulo que no cuenta con antecedentes en la bibliografía sobre la represión franquista. Me refiero a los procesamientos de tres censores de prensa al servicio de los republicanos: Eugenio Rosado Rivas, Pío Marcos Cuadrado y Enrique Capdevila Pérez.

Al igual que en anteriores ocasiones, enlazo al final la publicación del preprint del correspondiente capítulo en el Repositorio de la Universidad de Alicante con el objetivo de someterlo a la consideración de los colegas con los que estoy colaborando en este empeño investigador.

A continuación, reproduzco los primeros párrafos de los apartados dedicados a los tres censores de prensa que fueron procesados:

El dibujante que nunca fue fusilado

Los censores suelen ser personajes oscuros y discretos por la naturaleza de su tarea. Salvo excepciones como la de Arturo Barea, la tónica se mantuvo entre los presentes en el bando republicano durante la Guerra Civil. La discreción y el anonimato a veces contrastan con la proyección pública de estos individuos en otros ámbitos. Al margen de lo sucedido con Camilo J. Cela, el caso del dibujante jerezano Eugenio Rosado Rivas ejemplifica esta circunstancia minoritaria. Las ilustraciones para las portadas de novelas de los años veinte, la colaboración con la firma de Rivas en semanarios relevantes como Buen Humor y otros dibujos que fue esparciendo en la prensa le convirtieron en un artista reconocido. También fue médico, escritor, poeta y pintor, según la ficha suya publicada en Tebeosfera. La ausencia de trabajos especializados sobre su trayectoria impide comprobar esta variedad de facetas, así como los supuestos amores con la joven poeta Gloria Fuertes. Sin embargo, resulta fácil detectar un grave error de la ficha. Eugenio Rosado Rivas no fue fusilado por milicianos republicanos en 1938, pues quien ejerciera como censor adscrito a la Junta Delegada de Defensa sobrevivió a la guerra y poco después acabó procesado en un sumarísimo de urgencia (AGHD, 64105).

Don Pío, un censor «muy rojo, blasfemo e indeseable»

Pío Marcos Cuadrado nació en Medina del Campo el 18 de abril de 1894. Su trayectoria vital fue la propia de una persona anónima con escasas posibilidades de protagonizar los trabajos de los historiadores. Después de un despido por sus actividades sindicales en el ámbito ferroviario se traslada a Madrid. Allí compatibiliza la profesión de contable con la colaboración en la agencia de noticias Febus y la presencia en periódicos como La Voz. Sin que aparezca su firma en la hemeroteca y en tareas auxiliares, aquellas que le permitieron ser amigo del polifacético Enrique Herreros (1903-1977), hombre de buen humor y mejor talante, aparte de avalista en momentos difíciles.

El incógnito censor: Enrique Capdevila Pérez

La documentación exhumada en Perder la guerra y la historia permitió identificar a Enrique Capdevila Pérez como censor de prensa nombrado por la madrileña Junta Delegada de Defensa. Dada esta circunstancia, consulté el sumario 67900 del AGHD para examinar el consejo de guerra al que fue sometido el también «jefe de negociado de tercera clase» en la Caja Postal de Ahorros, con un modesto sueldo de seis mil pesetas anuales que pronto le llevó a la búsqueda del pluriempleo. La primera conclusión es que el procesado fue un hombre de suerte. Al menos, en comparación con otros muchos republicanos que apoyaron al gobierno desde el inicio de la guerra. Y, además, los militares nunca supieron de su condición de censor. Ni siquiera indagaron acerca de sus actividades al servicio de la citada junta, a pesar de que la relación con la misma figura desde que fuera denunciado por un compañero de trabajo.

 http://hdl.handle.net/10045/154292

 


sábado, 21 de diciembre de 2024

Enrique Herreros, hombre bienhumorado y solidario avalista


 Enrique Herreros (1904-1977)

Rafael Azcona me explicó que sus conocidos se dividían en dos categorías: aquellos que, si se cruzaban por la acera de enfrente, le permitían el alivio de evitar el encuentro y aquellos amigos que, si se daba la misma circunstancia, le obligaban gustosamente a cambiar de acera para saludarles y pegar la hebra. El polifacético Enrique Herreros formaba parte del segundo grupo porque era un hombre bienhumorado capaz de seducir con sus historias a tirios y troyanos. 
El propio Rafael Azcona me hizo reír contándome anécdotas de la faceta de su amigo como mánager de Sarita Montiel, una actividad que fue una de las muchas desarrolladas a lo largo de una biografía donde Enrique Herreros derrochó talento, curiosidad y el escepticismo de quienes saben del humor como una mirada incompatible con el fanatismo o el entusiasmo desmedido.
La lectura de los sumarísimos de urgencia de la posguerra nos adentra en las miserias humanas, pero a veces hay luces relacionadas con la presencia, entre los propios vencedores, de personas dispuestas a presentarse en un juzgado militar para avalar a los procesados. Lo suelen hacer porque les conocen desde hace años y saben de su incapacidad para cometer delitos. También por agradecimiento tras haber salvado la vida gracias a quienes ahora tienen la suya en juego. Los motivos son importantes, pero lo sustancial es esa solidaridad humana en unos tiempos donde lo habitual era la represión para aniquilar al vencido.
En mis estudios, los victimarios aparecen con nombre y apellidos porque la maldad no es fruto del destino colectivo, sino de la voluntad de quienes la practican. También la consiguiente responsabilidad individual, como nos enseñara Hannah Arendt. No se trata de señalar para escarnecer, sino de conocer para andar avisados,
Sin embargo, puestos a conocer, prefiero encontrar los testimonios de esos avalistas solidarios que intentaron salvar a tantos procesados de la jurisdicción militar. Sus nombres y apellidos deben constar como reconocimiento por haber mantenido un rescoldo de solidaridad y una posibilidad de reconciliación cuando todo parecía abocado a la venganza en nombre de una Victoria marcada por la represión.
El 20 de julio de 1939, Enrique Herreros declaró en el Juzgado Militar de Prensa a favor del periodista Pío Marcos Cuadrado, del que probó su intervención en la liberación de colegas perseguidos durante la guerra (AGHD, 30218). El genial cartelista y cineasta había hecho la guerra en la redacción de La Ametralladora, en el San Sebastián del bando nacional, pero al volver a Madrid para colaborar en La Codorniz no dudó a la hora de solidarizarse con un republicano detenido al que no considera «persona peligrosa para el Glorioso Movimiento Nacional y que si ha colaborado en la época roja en la prensa o en algún organismo rojo no lo ha hecho por verdadera ideología, sino por imposición de las circunstancias y la necesidad de vivir».
El juez Manuel Martínez Gargallo era la antítesis de Enrique Herreros, aunque ambos procedían de las revistas de humor anteriores a la guerra. Le escucharía, pero impertérrito y en compañía de su secretario continuaría con la instrucción del sumario. Así funcionaba una jurisdicción militar donde los testimonios de solidaridad podían ser obviados sin dar explicaciones.
De nuevo, y recordando lo dicho por Rafael Azcona, cabe establecer dos categorías entre los vencedores de la guerra. Los partidarios de una represión inmisericorde para que la Victoria fuera total y aquellos que, sabiendo de la necesidad de convivir con el otro, pronto tendieron puentes hacia una reconciliación. Los primeros se impusieron durante décadas, pero la Transición fue posible porque, al cruzarse por la calle, un individuo atravesó la calzada para saludar a otro.