Un historiador debe ser
consciente de sus limitaciones, de las propias y las circunstanciales. La
tarea presupone delimitar la materia objeto de estudio, seleccionar los
materiales accesibles y abarcar lo viable en un determinado marco temporal,
sabiendo que por el camino quedarán pendientes objetivos cuya relevancia
histórica es incuestionable.
La investigación sobre
los consejos de guerra de periodistas y escritores abarca un período concreto,
desde 1939 hasta 1945, porque en el mismo se concentró la inmensa mayoría.
Incluso podríamos haber sido más restrictivos, puesto que a partir de 1943
empiezan a ser casos aislados o derivados de actuaciones vinculadas con la
posguerra. Esta delimitación deja fuera las actuaciones represivas, por la vía
judicial o extrajudicial, que contra estos colectivos tuvieron lugar durante la
guerra. No las ignoramos, pero están al margen de la materia seleccionada para
la investigación.
Así resulta sorprendente la
acusación, lanzada desde ámbitos ajenos a lo académico, de que solo nos
ocupamos de víctimas relacionadas con el bando republicano. Desde el 1 de abril
de 1939, todos los escritores y periodistas procesados forman parte de los vencidos.
Algún caso aislado hay de figuras que anduvieron entre ambos bandos y, al
final, corrieron una suerte similar. Sin embargo, es obvia la inexistencia de
figuras de ambos colectivos que, siendo vencedores, sufrieran las consecuencias
de un consejo de guerra.
Aquello que queda fuera
de un objetivo de investigación trazado con coherencia no es ignorado. Simplemente
se desecha, a estos efectos, tras la debida justificación, que debe estar
presente en la exposición de los presupuestos de la investigación. El error
puede estar en estos últimos, pero en tal caso habría que reconsiderarlos a la
luz de una crítica acerca de su pertinencia y coherencia, no de los objetivos
dejados al margen con los iniciales.
Ahora bien, hay materias
cercanas a la del objetivo trazado que cuentan con una bibliografía cuya consulta
ayuda a contextualizar nuestra aportación. Así, por ejemplo, cabe interesarse
por lo sucedido con Pedro Muñoz Seca, José María Hinojosa, Alfonso Rodríguez
Santamaría y otros hombres de letras que cayeron víctimas de la violencia
republicana. Lo conozco gracias a diferentes trabajos consultados, pero sus
casos quedan fuera del objetivo establecido sin que esta circunstancia suponga
la negación de una evidencia.
De la misma manera, la
España de 1939-1945 no fue una excepción en un contexto de violencia
relacionada con la II Guerra Mundial. La bibliografía sobre la misma nada dice
acerca de los consejos de guerra de periodistas y escritores españoles, pero
nos permite entender numerosas circunstancias que forman parte de la relación
entre verdugos y víctimas en un determinado marco histórico.
En la medida de mis
posibilidades, procuro conocer las obras básicas acerca del tema para encontrar
respuestas, enfoques y un contexto que ayuda a entender lo sucedido en nuestro
país. El último título que he sumado a esta bibliografía, que a veces ni
siquiera cito porque forma parte de mi formación para afrontar la tarea
seleccionada, es Los verdugos y las víctimas (2008), del historiador
británico Laurence Rees.
A la espera de leer En
la mente nazi (2025), la labor de este prestigioso colega me ha permitido
conocer una serie de testimonios fuera de mi alcance y dignos de una reflexión.
Laurence Rees ha tenido la fortuna de trabajar como documentalista para la BBC
y viajar por los más remotos lugares para analizar las causas de la violencia
ejercida por quienes vivieron en estados totalitarios durante la II Guerra
Mundial. El resultado es una
bibliografía basada en testimonios excepcionales que vienen acompañados de una certera
reflexión sobre su significado.
Gracias a libros como los
citados, sabemos de los mecanismos mentales que operan en las víctimas, pero
sobre todo descubrimos un terreno menos explorado: los presentes en la mente de
los verdugos al cabo de los años, cuando se han integrado socialmente dejando
atrás un período donde ejercieron una violencia a menudo terrorífica.
Laurence Rees ha sido
tildado de pesimista por quienes conciben la historia como un ejercicio de
consolación. El supuesto pesimismo es la voluntad de no disimular la realidad
concreta observada con una cercanía que disipa cualquier ambigüedad. Vistos de
cerca y al cabo de los años, los testimonios de los verdugos resultan
demoledores por lo que protagonizaron. También por la incapacidad de esos
sujetos para observarlo desde una perspectiva donde prevalezca el sentido
crítico o el reconocimiento de la culpabilidad.
La memoria de los
verdugos excepcionalmente accede a testimoniar su pasado. Uno de los requisitos
es hacerlo desde un blindaje necesario para su propia supervivencia. El menor
atisbo de culpabilidad reconocida, de arrepentimiento o asomo de la necesidad
del perdón supone un riesgo para su presente e integridad mental, sobre todo cuando
hablamos de una violencia extrema. De ahí que hablen, como excepción, pero
desde el silencio de lo obviado, que el historiador debe suplir con el recurso
de otras fuentes para el conocimiento del lector.
Laurence Rees nunca ha
escrito sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores, pero me
enseña a entenderlos porque en los mismos intervienen víctimas y verdugos. Solo
cabe leer estos testimonios, sacar conclusiones y reflexionar sobre su posible
aplicación al caso analizado.
En definitiva, si no
escribimos sobre algunas víctimas o acerca de lo sucedido en otros países por
aquellos años, no es una cuestión de ignorancia, sino de una obviedad apuntada
al principio: nuestra tarea presupone delimitar la materia objeto de estudio,
seleccionar los materiales accesibles y abarcar lo viable en un determinado
marco temporal.
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