martes, 20 de enero de 2026

Los verdugos y las víctimas, de Laurence Rees


 Laurence Rees

Un historiador debe ser consciente de sus limitaciones, de las propias y las circunstanciales. La tarea presupone delimitar la materia objeto de estudio, seleccionar los materiales accesibles y abarcar lo viable en un determinado marco temporal, sabiendo que por el camino quedarán pendientes objetivos cuya relevancia histórica es incuestionable.

La investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores abarca un período concreto, desde 1939 hasta 1945, porque en el mismo se concentró la inmensa mayoría. Incluso podríamos haber sido más restrictivos, puesto que a partir de 1943 empiezan a ser casos aislados o derivados de actuaciones vinculadas con la posguerra. Esta delimitación deja fuera las actuaciones represivas, por la vía judicial o extrajudicial, que contra estos colectivos tuvieron lugar durante la guerra. No las ignoramos, pero están al margen de la materia seleccionada para la investigación.

Así resulta sorprendente la acusación, lanzada desde ámbitos ajenos a lo académico, de que solo nos ocupamos de víctimas relacionadas con el bando republicano. Desde el 1 de abril de 1939, todos los escritores y periodistas procesados forman parte de los vencidos. Algún caso aislado hay de figuras que anduvieron entre ambos bandos y, al final, corrieron una suerte similar. Sin embargo, es obvia la inexistencia de figuras de ambos colectivos que, siendo vencedores, sufrieran las consecuencias de un consejo de guerra.

Aquello que queda fuera de un objetivo de investigación trazado con coherencia no es ignorado. Simplemente se desecha, a estos efectos, tras la debida justificación, que debe estar presente en la exposición de los presupuestos de la investigación. El error puede estar en estos últimos, pero en tal caso habría que reconsiderarlos a la luz de una crítica acerca de su pertinencia y coherencia, no de los objetivos dejados al margen con los iniciales.

Ahora bien, hay materias cercanas a la del objetivo trazado que cuentan con una bibliografía cuya consulta ayuda a contextualizar nuestra aportación. Así, por ejemplo, cabe interesarse por lo sucedido con Pedro Muñoz Seca, José María Hinojosa, Alfonso Rodríguez Santamaría y otros hombres de letras que cayeron víctimas de la violencia republicana. Lo conozco gracias a diferentes trabajos consultados, pero sus casos quedan fuera del objetivo establecido sin que esta circunstancia suponga la negación de una evidencia.

De la misma manera, la España de 1939-1945 no fue una excepción en un contexto de violencia relacionada con la II Guerra Mundial. La bibliografía sobre la misma nada dice acerca de los consejos de guerra de periodistas y escritores españoles, pero nos permite entender numerosas circunstancias que forman parte de la relación entre verdugos y víctimas en un determinado marco histórico.

En la medida de mis posibilidades, procuro conocer las obras básicas acerca del tema para encontrar respuestas, enfoques y un contexto que ayuda a entender lo sucedido en nuestro país. El último título que he sumado a esta bibliografía, que a veces ni siquiera cito porque forma parte de mi formación para afrontar la tarea seleccionada, es Los verdugos y las víctimas (2008), del historiador británico Laurence Rees.




A la espera de leer En la mente nazi (2025), la labor de este prestigioso colega me ha permitido conocer una serie de testimonios fuera de mi alcance y dignos de una reflexión. Laurence Rees ha tenido la fortuna de trabajar como documentalista para la BBC y viajar por los más remotos lugares para analizar las causas de la violencia ejercida por quienes vivieron en estados totalitarios durante la II Guerra Mundial. El resultado es una bibliografía basada en testimonios excepcionales que vienen acompañados de una certera reflexión sobre su significado.

Gracias a libros como los citados, sabemos de los mecanismos mentales que operan en las víctimas, pero sobre todo descubrimos un terreno menos explorado: los presentes en la mente de los verdugos al cabo de los años, cuando se han integrado socialmente dejando atrás un período donde ejercieron una violencia a menudo terrorífica.

Laurence Rees ha sido tildado de pesimista por quienes conciben la historia como un ejercicio de consolación. El supuesto pesimismo es la voluntad de no disimular la realidad concreta observada con una cercanía que disipa cualquier ambigüedad. Vistos de cerca y al cabo de los años, los testimonios de los verdugos resultan demoledores por lo que protagonizaron. También por la incapacidad de esos sujetos para observarlo desde una perspectiva donde prevalezca el sentido crítico o el reconocimiento de la culpabilidad.

La memoria de los verdugos excepcionalmente accede a testimoniar su pasado. Uno de los requisitos es hacerlo desde un blindaje necesario para su propia supervivencia. El menor atisbo de culpabilidad reconocida, de arrepentimiento o asomo de la necesidad del perdón supone un riesgo para su presente e integridad mental, sobre todo cuando hablamos de una violencia extrema. De ahí que hablen, como excepción, pero desde el silencio de lo obviado, que el historiador debe suplir con el recurso de otras fuentes para el conocimiento del lector.

Laurence Rees nunca ha escrito sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores, pero me enseña a entenderlos porque en los mismos intervienen víctimas y verdugos. Solo cabe leer estos testimonios, sacar conclusiones y reflexionar sobre su posible aplicación al caso analizado.

En definitiva, si no escribimos sobre algunas víctimas o acerca de lo sucedido en otros países por aquellos años, no es una cuestión de ignorancia, sino de una obviedad apuntada al principio: nuestra tarea presupone delimitar la materia objeto de estudio, seleccionar los materiales accesibles y abarcar lo viable en un determinado marco temporal.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario