jueves, 26 de marzo de 2026

Una clase de teatro en el teatro: El eunuco, de Terencio


 

Mis cursos de historia del teatro español siempre incluyen la asistencia a las representaciones que guarden un mínimo de relación con el temario. A veces resulta difícil por lo limitado de la oferta en la cartelera local, pero gracias a la colaboración del Secretariado de Cultura de la UA podemos participar en la siempre grata experiencia de las representaciones dirigidas a los centros docentes.

El pasado lunes tuvimos la oportunidad de ver la puesta en escena de El eunuco a cargo de La Nave de Argo, un grupo local impulsado por mi compañero Fernando Nicolás que tuvo la amabilidad de mantener una reunión con nosotros tras su trabajo para explicarnos el proceso de creación de la obra vista en el Paraninfo.

La Nave de Argo está dando pasos decisivos para una mayor proyección, incluso en el ámbito internacional, estoy seguro de que su entusiasmo tendrá la adecuada respuesta por parte del público y solo me resta felicitarles por su trabajo y reproducir dos de los comentarios escritos por los alumnos que asistieron a la representación, así como enlazar una reciente entrevista concedida a mi amigo Carlos Arcaya.




 

Hoy he ido al Paraninfo de la UA a ver El eunuco sin demasiadas expectativas. Iba porque el profesor de teatro nos insistió en que fuéramos. Sinceramente, no esperaba que una comedia romana del siglo II a. C. me fuera a remover tanto. Y lo hizo. Por partes.

Primero, el entretenimiento. Pensaba que no me iba a reír, pero ahí estaba yo, riéndome como si estuviera viendo una serie con mis amigos. La obra tiene un ritmo que engancha: los malentendidos se suceden, los personajes entran y salen con una energía contagiosa y el público se ha dejado llevar. Ha habido un momento, con Pelotus, que no he podido más. Me he reído tanto que la chica de al lado me ha mirado y ha empezado a carcajearse.

En medio de ese entretenimiento, me ha llegado la nostalgia. Yo antes hacía teatro y ver cómo los intérpretes esperaban, cómo respiraban antes de entrar, cómo se miraban en algunas escenas…, todo eso me ha devuelto a los ensayos, a las risas nerviosas antes de salir a escena, a esa sensación de que el escenario era el único sitio donde todo tenía sentido. De repente, sentada en la butaca, me ha dado una especie de pena bonita, de esas que casi agradeces. Y he pensado: «yo también estuve ahí».

Y por último ha llegado lo más esperado: el final feliz. Porque una comedia latina, bien hecha, te deja esa sensación de que, después de tanto enredo, el mundo puede volver a su sitio. Los abrazos, las reconciliaciones, las parejas que por fin se encuentran…, todo eso me ha llegado de una manera especial. Quizá porque, en el fondo, todos necesitamos creer que los enredos tienen solución y que el amor, por mucho que nos compliquemos, acaba imponiéndose.

He salido del Paraninfo con la cabeza en otra parte, pero antes de marchar nos hemos quedado un rato hablando con los intérpretes y nos hicimos una foto. Mientras posábamos, pensé que es otra de las experiencias del teatro que echo de menos: el rato de después, cuando todo ha terminado y te abrazas con los compañeros sabiendo que lo compartido ya es para siempre. Entonces me quedé pensando otra vez que, a lo mejor, echo de menos hacer teatro.

El eunuco es una obra divertida, pero para mí ha sido más que eso. Ha sido un reencuentro con algo que creía aparcado. Y, por eso, he aplaudido con ilusión.

Eva Berbegal



A menudo asociamos el estudio de una asignatura con la memorización de datos que posteriormente escupimos de forma casi bulímica en un trozo de papel al que llamamos examen. Durante décadas, la sociedad ha aceptado como moneda de uso corriente la idea de que vamos al colegio, instituto o universidad para aprender, aunque, tal vez, sería más preciso utilizar el término memorizar. Pero, ¿cuánto tiempo transcurre hasta que se nos olvida el contenido que hemos estudiado? ¿Dos semanas? ¿Tres, a lo sumo?

De ahí la importancia de combinar el aprendizaje memorístico con otras actividades que brinden al alumnado una perspectiva holística. Un ejemplo es asistir a representaciones teatrales, cuyo visionado permite analizar posibles paralelismos entre lo expuesto en las clases y su aplicación práctica. Asimismo, huelga decir que el poder poner cara y asociar la voz a distintos personajes favorece que estos dejen una impronta en el alumnado.

A lo largo de los setenta minutos de la representación, hemos asimilado de una manera orgánica y genuina varios conceptos clave: los personajes suelen funcionar mejor por pares en las obras de teatro, la relación entre el final de El eunuco y los dramas vistos en la asignatura de Teatro español del Siglo de Oro y la importancia de saber dosificar los momentos de mayor tensión dramática.

Sin embargo, creo, y en esto no soy original, que el éxito de esta actividad reside en haber derribado falsos prejuicios acerca del teatro, demostrando al público recién desembarcado en la playa del teatro que, incluso cuando se trata de una representación de un texto clásico, es posible adaptarlo a las sensibilidades del siglo XXI.

Por último, tras el coloquio con los intérpretes, hemos podido apreciar el sentimiento de hermandad que mostraban, lo que, al mismo tiempo, ha servido en mi caso para inocular el germen de la curiosidad por hacer teatro. No sé. Tal vez el próximo curso sea yo quien declame desde las tablas de un escenario.

Jorge Verdú

Entrevista en Radio Alicante:

https://cadenaser.com/comunitat-valenciana/2026/03/24/la-nave-argo-un-doble-grupo-de-teatro-escolar-y-amateur-que-revive-con-pasion-los-clasicos-grecolatinos-radio-alicante/

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