La brevedad, si es una
opción voluntaria acompañada de la claridad, supone un desafío capaz de alentar
una escritura quintaesenciada. La agradecemos. Sobre todo, tras
comprobar diariamente que el ruido apenas deja escuchar las voces de acuerdo
con las enseñanzas machadianas.
Estos días he tenido la
oportunidad de leer dos folletos de unos buenos amigos, José Ramón Giner y
Justo Serna. El primero ha publicado La vida interior. Cuadernos, 2006-2011 (Salamanca,
Kadmos, 2025) y el de mi colega valenciano responde al título de Qué es la
historia (Madrid, Silex, 2025).
Los objetivos de ambos folletos
son dispares. Quien fuera director del Servicio de Publicaciones de la UA
escribe un diario repleto de jugosas reflexiones al calor de algunas fechas de
los cinco años del título. Justo Serna sintetiza en apenas sesenta páginas décadas
de reflexión sobre su tarea como historiador.
José Ramón Giner fija en
breves párrafos experiencias dignas de un comentario o una reflexión siempre
capaces de transcenderlas. El catedrático aporta un conjunto de ideas medulares
para comprender la práctica histórica. Nada parece asemejarles. Sin embargo,
ambos coinciden en el acierto a la hora de buscar una escritura capaz de
dialogar con el lector.
Las anotaciones de La
vida interior requieren una lectura con las dosis adecuadas y
preferentemente poco antes de terminar la jornada. Así, hartos de perder el
tiempo con tanta banalidad de una sociedad hiperconectada e incapaz de
detenerse a observar, nos llevamos a la cama algo sustancial, aunque a veces
tenga una apariencia anecdótica. La calidad del estilo ayuda a conseguir este objetivo.
El folleto de Justo Serna
demuestra que lo fundamental de un saber compartido cabe en unas pocas páginas.
Bien leídas y espaciadas, sus argumentos invitan a la reflexión ulterior.
También al subrayado de algunas frases como un sucedáneo de la conversación,
que acabamos iniciando con el autor para mejorar nuestra comprensión de la
Historia.
Ambos folletos responden
a un espíritu ponderado, respetan el debido escepticismo de lo ensayístico y no
aspiran a tener la última palabra. Al contrario, suponen una invitación
constante a que completemos lo escrito con nuestras propias reflexiones, a que
dialoguemos en una conversación al margen de los habituales ruidos y, por lo
tanto, provechosa sin menoscabo del placer gratuito de charlar.
La observación al modo
azoriniano enriquecida por la reflexión de una «vida interior» y el deseo de
compartir lo más sustancial de una tarea profesional de años, sin necesidad de
acumular páginas de aparente erudición, son motivos de agradecimiento y de
lectura tan gozosa como provechosa. La he culminado con notas manuscritas a la
espera de que, en un folleto o vete a saber dónde, pueda seguir esa
conversación y aplicar lo aprendido gracias a dos amigos amantes de la palabra
pausada, ponderada y justa. También en la extensión de lo breve por voluntad
propia.
Pdta. La discreción de
José Ramón Giner impide que disponga de una foto suya para completar esta
entrada. Baste con el enlace a sus artículos publicados en El País:

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