El pasado 7 de marzo, con
motivo de la celebración del Día de la Mujer, el Ayuntamiento de Collado
Villalba (Madrid), programó la representación del monólogo Ser mujer a
cargo de la actriz Susana Pastor. Apenas transcurridos unos minutos, ante la
evidencia de haber utilizado el término «vagina» y otras crudezas similares sobre las experiencias de una señora de cuarenta años, la
misma concejala que organizó el acto lo interrumpió para evitar que se siguiera
ofendiendo al público.
La noticia roza lo
estrafalario, pero dista de ser anecdótica. De hecho, mi participación en el
último número de Don Galán, el dedicado a la censura teatral, versa
sobre el alud de noticias semejantes durante la primavera de 2023, cuando se
produjo un generalizado vuelco político en los ayuntamientos. El afán censorio
reverdeció con fuerza y los escándalos, por la poca experiencia de los
responsables políticos, se sucedieron.
Desde entonces, los munícipes
con voluntad censoria han comprendido que no deben explicitarla hasta el punto
de convertirla en una grabación viral, la que provocó al día siguiente la
dimisión de la concejala preocupada por las ofensas de quienes hablan de sexualidad en un escenario. El problema para el partido de la dimitida no sería la censura, sino
que la misma se había evidenciado de manera palmaria.
El oficio de censor
requiere discreción e inteligencia. Así sucedía durante el franquismo, pero en
democracia todavía parece más necesario evitar la contundencia de interrumpir
una representación. Basta con vetar una obra o a un intérprete por su
posicionamiento en algún tema conflictivo y, si el procedimiento no resultara
efectivo, conviene buscar coartadas burocráticas o económicas. La casuística es
amplia y cualquier teatrero no complaciente con el poder político aportaría
ejemplos que pasan desapercibidos, quedan impunes y carecen de consecuencias
electorales.
La concejala de Collado
Villalba lleva años en política y sería ducha en estos procedimientos, pero el
pasado 7 de marzo le pudo el pronto intolerante, se levantó de su butaca y se
autoerigió en censora para preservar la moralidad o vete a saber qué. Simplemente,
prevaleció su intolerancia y no midió las consecuencias de ser grabada con la consiguiente polémica.
Los censores durante el
franquismo eran personas que nunca aparecían como censores. Si esta paradoja se
daba en una dictadura despreocupada por mostrarse intolerante, en nuestra
democracia podemos suponer que el papel del censor nunca es asumido en público.
Al igual que algunos pecados, se comete, pero jamás se confiesa porque, además,
cuenta con coartadas y los consiguientes procedimientos al servicio de la
discreción.
Si no hubiera habido un
móvil grabando la escena, la concejala seguiría en activo.
Se acaloró, no midió y la pillaron. Algunos pensarán en un final feliz porque
ha dimitido y el ayuntamiento anuncia una reposición del monólogo, que ahora incluso
cuenta con una publicidad imposible para la compañía Xana Teatre, cuyo espectáculo parece poco prometedor a la vista de lo parcialmente conocido.
Sin embargo, lo sucedido en
Collado Villalba preocupa como síntoma de una intolerancia que no siempre
recurre a lo grotesco y a menudo alcanza sus objetivos de censura o
cancelación. El análisis político aparece en estas noticias, centradas en lo
llamativo e incapaces de aludir siquiera a otros casos menos espectaculares.
Poco puedo añadir en este sentido, pero tal y como hice ayer en una conferencia
sobre libertad de expresión pronunciada en un centro de la UNED, cabe partir
del síntoma para examinar la enfermedad de una intolerancia que puede
retrotraernos a los tiempos de los rosarios rezados a las puertas de los cines
donde se proyectaba Gilda (1946).
Algunos pensarán en una
exageración, pero hace unas semanas asistí a un espectáculo circense. Al
aparecer en la pista unas contorsionistas chinas con maillot de gimnastas para
realizar sus ejercicios, una señora de mediana edad las tildó de
«desvergonzadas» por exhibir «demasiada carne» habiendo niños entre el público.
Supongo que la ofendida nunca irá con sus nenes a una playa o a una competición
de atletismo. Lo siento por los chavales, que acabarán descubriendo la
existencia de la carne por otras fuentes, pero todavía lo siento más por una
sociedad donde las muestras de intolerancia son grotescas como casi siempre,
pero también han dejado de ser anecdóticas.
Pdta.: Lo sucedido en Collado Villalba viene de lejos y hasta parece recrudecerse. Para más información sobre los ofendidos y censores, véase:


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