miércoles, 11 de marzo de 2026

La concejala, la feminista y los ofendidos


 

El pasado 7 de marzo, con motivo de la celebración del Día de la Mujer, el Ayuntamiento de Collado Villalba (Madrid), programó la representación del monólogo Ser mujer a cargo de la actriz Susana Pastor. Apenas transcurridos unos minutos, ante la evidencia de haber utilizado el término «vagina» y otras crudezas similares sobre las experiencias de una señora de cuarenta años, la misma concejala que organizó el acto lo interrumpió para evitar que se siguiera ofendiendo al público.

La noticia roza lo estrafalario, pero dista de ser anecdótica. De hecho, mi participación en el último número de Don Galán, el dedicado a la censura teatral, versa sobre el alud de noticias semejantes durante la primavera de 2023, cuando se produjo un generalizado vuelco político en los ayuntamientos. El afán censorio reverdeció con fuerza y los escándalos, por la poca experiencia de los responsables políticos, se sucedieron.

Desde entonces, los munícipes con voluntad censoria han comprendido que no deben explicitarla hasta el punto de convertirla en una grabación viral, la que provocó al día siguiente la dimisión de la concejala preocupada por las ofensas de quienes hablan de sexualidad en un escenario. El problema para el partido de la dimitida no sería la censura, sino que la misma se había evidenciado de manera palmaria.

El oficio de censor requiere discreción e inteligencia. Así sucedía durante el franquismo, pero en democracia todavía parece más necesario evitar la contundencia de interrumpir una representación. Basta con vetar una obra o a un intérprete por su posicionamiento en algún tema conflictivo y, si el procedimiento no resultara efectivo, conviene buscar coartadas burocráticas o económicas. La casuística es amplia y cualquier teatrero no complaciente con el poder político aportaría ejemplos que pasan desapercibidos, quedan impunes y carecen de consecuencias electorales.

La concejala de Collado Villalba lleva años en política y sería ducha en estos procedimientos, pero el pasado 7 de marzo le pudo el pronto intolerante, se levantó de su butaca y se autoerigió en censora para preservar la moralidad o vete a saber qué. Simplemente, prevaleció su intolerancia y no midió las consecuencias de ser grabada con la consiguiente polémica.

Los censores durante el franquismo eran personas que nunca aparecían como censores. Si esta paradoja se daba en una dictadura despreocupada por mostrarse intolerante, en nuestra democracia podemos suponer que el papel del censor nunca es asumido en público. Al igual que algunos pecados, se comete, pero jamás se confiesa porque, además, cuenta con coartadas y los consiguientes procedimientos al servicio de la discreción.

Si no hubiera habido un móvil grabando la escena, la concejala seguiría en activo. Se acaloró, no midió y la pillaron. Algunos pensarán en un final feliz porque ha dimitido y el ayuntamiento anuncia una reposición del monólogo, que ahora incluso cuenta con una publicidad imposible para la compañía Xana Teatre, cuyo espectáculo parece poco prometedor a la vista de lo parcialmente conocido.

Sin embargo, lo sucedido en Collado Villalba preocupa como síntoma de una intolerancia que no siempre recurre a lo grotesco y a menudo alcanza sus objetivos de censura o cancelación. El análisis político aparece en estas noticias, centradas en lo llamativo e incapaces de aludir siquiera a otros casos menos espectaculares. Poco puedo añadir en este sentido, pero tal y como hice ayer en una conferencia sobre libertad de expresión pronunciada en un centro de la UNED, cabe partir del síntoma para examinar la enfermedad de una intolerancia que puede retrotraernos a los tiempos de los rosarios rezados a las puertas de los cines donde se proyectaba Gilda (1946).

Algunos pensarán en una exageración, pero hace unas semanas asistí a un espectáculo circense. Al aparecer en la pista unas contorsionistas chinas con maillot de gimnastas para realizar sus ejercicios, una señora de mediana edad las tildó de «desvergonzadas» por exhibir «demasiada carne» habiendo niños entre el público. Supongo que la ofendida nunca irá con sus nenes a una playa o a una competición de atletismo. Lo siento por los chavales, que acabarán descubriendo la existencia de la carne por otras fuentes, pero todavía lo siento más por una sociedad donde las muestras de intolerancia son grotescas como casi siempre, pero también han dejado de ser anecdóticas.

Pdta.: Lo sucedido en Collado Villalba viene de lejos y hasta parece recrudecerse. Para más información sobre los ofendidos y censores, véase:



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