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jueves, 2 de julio de 2026

Antonio de Hoyos y Vinent y la FAI


 Antonio de Hoyos y Vinent. Procedencia de la foto: luisantoniodevillena.es

Los literatos escriben sobre sus colegas y la propia literatura. La actividad es tan habitual como interesante para quienes en la universidad nos dedicamos a los estudios literarios. Siempre que contemos con el testimonio o la valoración crítica de un escritor, debemos tener en cuenta lo escrito e incorporarlo a la bibliografía consultada.

El problema, a veces, es el cuestionable rigor de esos textos. Al igual que ocurre en el ámbito universitario, encontramos algunos testimonios o comentarios donde parece no haber límites entre lo imaginado y lo analizado con el apoyo de alguna prueba. Las consecuencias suelen ser menores, pero en otras ocasiones esa imaginación no sujeta a la metodología académica contribuye a desvirtuar la imagen de la obra o el escritor objeto del comentario.

Luis Antonio de Villena merece todos mis respetos y he leído con interés algunos de sus trabajos sobre la literatura española del primer tercio del siglo XX. Sin embargo, al igual que otros colegas, muestra una relativa predisposición a ser imaginativo a la hora de perfilar los retratos de los escritores incorporados a sus libros como protagonistas de aquel mundo literario.

Un ejemplo es Antonio de Hoyos y Vinent, de cuya suerte procesal hasta su fallecimiento me ocupo en La colmena (2026, pp. 237-252). Al leer el capítulo que Luis Antonio de Villena le dedicó en Corsarios de guante amarillo. Sobre el dandismo (Madrid, Valdemar, 2003, pp. 117-126) encuentro una referencia sorprendente.

Según el especialista en el dandismo, «alguien» vio a Antonio de Hoyos y Vinent con «la insignia de la FAI prendida a una tenue de perfecto y atildado sportmen» (pp. 124-5). Luis Antonio de Villena podría haber citado la procedencia del testimonio para su verificación. No lo hace y el argumento de autoridad lo remite a «alguien» dando a entender que Antonio de Hoyos y Vinent exhibía una vinculación con la FAI.

La lectura de los numerosos artículos publicados por el dandi durante la Guerra Civil contradice esa supuesta vinculación con los más extremistas del movimiento anarquista. Lo declarado durante el consejo de guerra aleja todavía más cualquier sospecha en este sentido y hasta nos muestra una imagen distinta de la recreada por el especialista en los dandis.

Los artículos recopilados en el citado libro de Luis Antonio de Villena fueron escritos hace más de veinte años. No podían, por lo tanto, incluir lo publicado mucho después. El problema es que ese «alguien» probablemente solo estuvo pendiente de la ficción para crear una imagen a conveniencia de un «incendiario» Antonio de Hoyos y Vinent, que de por sí era un sujeto digno de una recreación literaria por sus singularidades biográficas.

Las tuvo, y en abundancia, pero en las mismas no me consta que figurara una vinculación con la FAI a tenor de la documentación procesal y, lo que es más decisivo en este sentido, a la vista de lo publicado en la prensa durante la Guerra Civil. Conviene, por lo tanto, ser prudentes en la caracterización de un sujeto histórico, aunque la realidad documentada nos estropee un relato a conveniencia como los propios de la ficción literaria.


miércoles, 27 de mayo de 2026

La fecha del nacimiento de Antonio de Hoyos y Vinent


 Antonio Hoyos y Vinent

La bibliografía sobre Antonio de Hoyos y Vinent siempre ha dado como fecha de nacimiento del escritor y periodista el 2 de mayo de 1884. Mi colega y buen amigo Eduardo Pérez Rasilla me informa de que el dato es incorrecto a la luz de la documentación consultada en el Archivo Histórico Nacional para la preparación de su edición crítica de La vejez de Heliogábalo en la editorial Amarillo. La verdadera fecha del nacimiento es el 3 de mayo de 1882. La corrección ya está hecha en las anteriores entradas de este blog dedicadas al aristócrata de fatal destino en las cárceles de la Victoria.



Eduardo Pérez Rasilla

La corrección, por desgracia, no ha llegado a tiempo para ser incluida en el capítulo «El destino trágico de un dandi: Antonio de Hoyos y Vinent», incluido en La colmena (pp. 237-252), el tercer volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores. El mismo ya se encuentra en la imprenta con una portada dedicada a la memoria del dibujante José Robledano y, si todo va según lo previsto, los ejemplares estarán en las librerías a lo largo del próximo mes de junio.



Agradezco a Eduardo Pérez Rasilla la información facilitada y, a la espera de poder reseñar en este blog su próxima edición de la citada novela de Antonio de Hoyos y Vinent, reitero mi disposición a utilizar este recurso para aportar datos sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores que, si nada lo impide, a finales de 2027 o principios de 2028 tendrán el cuarto volumen de la tetralogía iniciada con Las armas contra las letras (más información en la web consejosdeguerra.es).


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Un aristócrata en las cárceles de la Victoria: Antonio de Hoyos y Vinent


 

Los presos ejecutados durante la Victoria ascienden a casi cincuenta mil, pero la represión incluye una cifra de esta tragedia que nunca conoceremos, ni siquiera aproximadamente: la de presos fallecidos en las cárceles por su hacinamiento en unas pésimas condiciones de salubridad o la de aquellos que, excarcelados, murieron poco después como consecuencia de una experiencia dantesca. El colectivo de los periodistas y escritores ejemplifica esta última circunstancia.

El caso más conocido lo protagonizó Miguel Hernández, que sumó la condición de hombre joven al drama de la muerte por enfermedad y abandono. En 1939, el aristócrata Antonio de Hoyos y Vinent había dejado atrás su etapa de plenitud como dandi del monóculo con atuendos de fantasía y, además, llegó a la cárcel con serios problemas de salud al margen de la sordera total. Poco después, el «novelista pornográfico» y sujeto «moralmente indeseable», según el fiscal Leopoldo Huidobro, pasó a la enfermería por una ceguera en el ojo izquierdo, una grave disminución de la agudeza visual en el derecho y una ataxia locomotriz. La perspectiva vital del veterano literato anunciaba un final inminente si no mediaba la excarcelación o el traslado a un hospital.

El sumario es menos explícito en otros aspectos cuya influencia, sin embargo, resulta perceptible en los documentos. El «invertido» marqués tenía un «defecto». Como consecuencia del mismo, se hizo de izquierdas para presentarse en «los bajos fondos». Así consta en el sumario. Tal vez porque, según Ramón Gómez de la Serna, «amaba el arrabal». Todos lo sabían y su proceso (AGHD, 1442) ejemplifica el precio de la transgresión sexual durante la Victoria, pero los militares también conocían que aquel condenado a treinta años contaba con otra condena todavía más definitiva. Nadie la evitó o, al menos, adoptó las medidas necesarias para paliar una agonía en la cárcel.




Antonio de Hoyos y Vinent fue detenido el 30 de marzo de 1939. La rapidez de la actuación no vino determinada por la confusa amalgama ideológica de los quinientos artículos publicados en El Sindicalista, el órgano del partido liderado por su amigo Ángel Pestaña. La hemeroteca tuvo una presencia discreta en el sumario. La motivación más inmediata la conocería el joven inquilino que, aconsejado por conocidos o familiares, detuvo a su aristocrático casero de Príncipe de Vergara, n.º 12, se presentó ante las autoridades como falangista sin necesidad de lucir una «camisa vieja» y así borró de un plumazo las dudas acerca de su permanencia en Madrid durante la Guerra Civil.

Al fin y al cabo, los vencedores sabían que el propietario del citado edificio era un «invertido» capaz de llevar hombres a casa, preferentemente jóvenes con torsos de boxeador. También que en contra del criterio familiar decidió permanecer en la capital, comprometido con la II República mediante una notable constancia editorial y sin lucir el porte aristocrático de otros tiempos de esplendor, cuando el adinerado escritor lucía abrigos de pieles y elegantes sombreros. A la vista de semejante desviación del recto proceder de un aristócrata educado en Viena, los militares ya se ocuparían de encontrar las pruebas de su «adhesión a la rebelión» y dejarlo a buen recaudo, sin descartar la ejecución, que Antonio de Hoyos y Vinent evitó por innecesaria y atentatoria contra la fama de una familia aristocrática. Sus miembros bastante tenían con aquella oveja descarriada dispuesta a vivir en el Madrid «secreto y golfo» para recrearlo en las novelas cortas que triunfaron durante el período 1910-1925.

El análisis del sumario 1442 desmiente algunos pormenores acerca de los últimos días del escritor reiterados en la bibliografía y aparecerá en el correspondiente capítulo de La colmena. Antonio de Hoyos y Vinent tampoco fue una víctima en la línea de Miguel Hernández por los motivos del procesamiento y el comportamiento durante el mismo. Desde el primer momento, aunque nadie le hiciera caso en el Juzgado Militar de Prensa, el enfermo procuró la supervivencia y estuvo dispuesto a renegar de su pasado republicano, que el declarante diluye en un confuso marco de lealtades sin necesidad de faltar a la verdad. Ya en su primera declaración rechaza cualquier vinculación con el «marxismo», el sinónimo del mal en estos sumarísimos de urgencia, y se presenta como católico de toda la vida, monárquico como el resto de su familia y «siempre, siempre, español». Preguntado por su colaboración en la prensa republicana, que se extendió hasta el último momento, Antonio de Hoyos y Vinent recurriría a algún intérprete para manifestar que fue obligada por las circunstancias de la guerra. La táctica defensiva es habitual en los sumarísimos de urgencia, pero en este caso resalta la voluntad de borrar el pasado y ponerse a disposición de los vencedores para evitar que la muerte acelerara su paso.

A diferencia de lo reflejado en la bibliografía, Antonio de Hoyos y Vinent no fue completamente abandonado por los amigos y familiares. Varios de los primeros testimoniaron a su favor y, a tenor de un certificado de defunción presente en el sumario, cabe la posibilidad de que la familia interviniera para que el preso fuera excarcelado antes de fallecer el 11 de junio de 1940 en un domicilio de la calle Hermanos Miralles, n.º 54. Las dudas persisten porque el certificado está firmado cuatro años después y no constan documentos que confirmen esta excarcelación por compasión.

En cualquier caso, la sentencia del tribunal no por previsible dejó de ser dura. El 30 de octubre de 1939, el comandante Pablo Alfaro firmó una sentencia de veinte años por su adhesión a la rebelión como colaborador de la prensa republicana. El auditor consideró benévola la condena, devolvió el sumario al Juzgado Militar de Prensa y el capitán Manuel Martínez Gargallo dictó nuevas diligencias para agravarla. El hallazgo de una entrevista donde Antonio de Hoyos y Vinent se manifestó orgulloso de su apoyo a la II República bastó para que la condena, firmada en esta ocasión por el oficial Antonio Blázquez, el 20 de enero de 1940 pasara a ser de treinta años. La verdadera condena, la de una salud quebrantada sin los debidos cuidados, se cumplió cinco meses después.

Fruto de un bulo difundido por la prensa del bando sublevado, Antonio de Hoyos y Vinent apareció como asesinado por «las hordas rojas» en septiembre de 1936. La lista de los ejecutados también incluía a Jacinto Benavente y los hermanos Álvarez Quintero. El novelista bromeó ante esta circunstancia en un artículo publicado en El Sindicalista porque, al menos en sus colaboraciones, por entonces mantenía el ánimo y la confianza en la victoria republicana. Cuatro años después, el protagonismo de los represores cambió de bando y la muerte fue una realidad.

A partir de ese momento llegaron décadas de olvido hasta que su trayectoria volvió a interesar para un rescate tan necesario como necesitado de una consulta de la documentación sumarial. Antonio de Hoyos y Vinent fue una víctima poco previsible a tenor de lo subrayado por la bibliografía acerca de la represión, la impulsada por aquella jurisdicción militar donde tantas barbaridades tuvieron lugar. Recordarlo es compatible con el disfrute de sus anécdotas y peculiaridades en un Madrid secreto y golfo.

viernes, 1 de agosto de 2025

¿Dónde falleció Antonio de Hoyos y Vinent?


 Carnet de periodista de Antonio de Hoyos y Vinent depositado en el sumario 1442 del Archivo General e Histórico de Defensa

La bibliografía sobre Antonio de Hoyos y Vinent (1882-1940) es notable, pero no me consta que los autores de la misma hayan consultado el sumario 1442 del Archivo General e Histórico de Defensa. Esta carencia ha permitido la transmisión sin pruebas de algunas circunstancias biográficas relacionadas con la última etapa del escritor, que espero queden corregidas cuando aparezca el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra, donde el aristócrata afiliado al Partido Sindicalista contará con un extenso capítulo.

A partir de las memorias carcelarias de Diego San José, corroboradas en este punto por las del también preso Rafael Sánchez Guerra, se tiene como cierto que Antonio de Hoyos y Vinent falleció en la cárcel de Porlier completamente abandonado por su familia y allegados. La documentación del sumario, sin embargo, incluye varios avales para intentar salvarle de lo que parecía inevitable a tenor de su deplorable estado de salud y un certificado hasta ahora desconocido:

Según el certificado del 15 de enero de 1944, emitido a instancias del juez militar que lo creía fallecido en la cárcel y firmado por el juez municipal Enrique Gómez de la Granja, Antonio de Hoyos y Vinent falleció el 12 de junio de 1940 en un domicilio de la calle Hermanos Miralles, n.º 54 -ahora General Díaz Porlier-, del madrileño barrio de Salamanca.

El documento contradice lo supuesto por el propio juez militar y lo afirmado por Diego San José, así como otros autores que han concedido credibilidad al testimonio del compañero de la cárcel de Porlier. La memoria puede jugar estas pasadas y es posible que el amigo no recordara con exactitud lo sucedido en aquellas trágicas fechas. Sin embargo, también cabe la posibilidad de que el certificado incluyera datos falsos -el tiempo transcurrido hasta su firma es notable- por la presión de quienes cuatro años después no deseaban ser los responsables de la muerte en la cárcel de un aristócrata con una familia de vencedores.

De hecho, las consultas efectuadas durante estos años me han permitido constatar la existencia de documentos con datos falsos, a veces por errores de los redactores y en otras ocasiones por la voluntad de «reconstruir» documentalmente lo sucedido sin prestar atención a la necesaria coherencia. Los ejemplos están presentes hasta en el cuidado sumario de Miguel Hernández.

Las dos posibilidades acerca del lugar del fallecimiento por causas naturales son verosímiles. Incluso es posible que José M.ª de Hoyos y Vinent protagonizara la dramática escena descrita por Diego San José y, en el último momento, gestionara el traslado del hermano a un domicilio de la acomodada familia. En estos casos el historiador debe ponderar las diferentes versiones acerca de una misma circunstancia -la localización del fallecimiento-, que probablemente nunca aclararemos con absoluta certeza.

La duda es consustancial con el conocimiento, como subrayara Victoria Camps en un prontuario de recomendable lectura (Elogio de la duda, 2016) que tengo presente a la hora de escribir sobre temas históricos. La aparente firmeza de «la verdad» en las materias objeto de estudio supone a veces una impostura.

En cualquier caso, siempre es preferible dudar a partir de una documentación que contrasta con un testimonio que creer a pie juntillas el mismo por la falta de consulta de esa documentación. El acercamiento a la verdad requiere la suma de voces y fuentes que a menudo resultan discordantes, aunque en este caso coincidan en el drama de un fallecimiento tras pasar por la cárcel de Porlier, donde era difícil exagerar o destacar a la hora de protagonizar motivos para el recuerdo.


lunes, 30 de junio de 2025

El testimonio carcelario de Rafael Sánchez Guerra


 Rafael Sánchez Guerra. Fuente: Wikipedia

El original del tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores ya está listo, a falta de un nuevo repaso y la inclusión de algunas notas sacadas de la bibliografía publicada durante estas últimas semanas. El total de víctimas estudiadas se acerca al centenar, pero soy consciente de que todavía habrá algunas más y, por lo tanto, la investigación debe continuar.

El periodista y político Rafael Sánchez Guerra (1897-1964) apenas tuvo presencia en la prensa republicana durante la Guerra Civil y decidió quedarse en Madrid al finalizar la misma porque estaba convencido de que no iba a sufrir una dura represión. Sin embargo, junto con Julián Besteiro fue inmediatamente detenido y trasladado a la cárcel de Porlier a la espera de su consejo de guerra (AGHD, 129173, 7374), que le condujo por varias cárceles hasta el posterior exilio. Hoy mismo he pedido copia del sumario y, a la espera de poderlo consultar, he tenido la oportunidad de leer la versión francesa de sus memorias carcelarias, que aparecieron por primera vez en Buenos Aires.

Un ejemplar de Mes prisons. Memoires d’un «rouge» (París, Jean Vigneau, 1947) se encuentra depositado en la biblioteca de la UA gracias a una donación. El volumen ha sufrido el paso del tiempo. Hay que consultarlo con sumo cuidado, pero el trabajo merece la pena por el valor del testimonio de quien, desde luego, no era un «rojo». La ironía del subtítulo se percibe desde la primera página.

Esta circunstancia corrobora que la represión de los periodistas y escritores abarcó un conjunto que nunca debemos equiparar con el de los «rojos». Así lo explico en la trilogía y no merece la pena insistir en una de las tesis de la misma. Si doy cuenta de la consulta bibliográfica es porque, en esas destrozadas páginas editadas en París, he encontrado el testimonio acerca del paso por la cárcel de Porlier de dos víctimas presentes en mis trabajos: el periodista Javier Bueno, que apareció en el primer volumen, y el escritor Antonio de Hoyos y Vinent, que es uno de los protagonistas del tercero.

Rafael Sánchez Guerra está distanciado de ambos desde el punto de vista político. No obstante, sus palabras expresan la admiración que le merecieron por su actitud en la cárcel. Javier Bueno intentó refugiarse en la legación diplomática de Panamá al finalizar la guerra, pero fue sacado de la misma a base de golpes. La historia ya era conocida, pero impresiona la imagen de hombre físicamente destrozado que nos traslada Rafael Sánchez Guerra, El director de Claridad llegó a Porlier siendo consciente de que ya estaba condenado a muerte y con le visage meurtri de coups (p. 103).

Así sería interrogado durante la rápida instrucción que tuvo lugar en el Juzgado Militar de Prensa porque, entre abril y julio de 1939, apenas podría superar las huellas de la tortura a la que fue sometido en el momento de la detención. La circunstancia se percibe, de forma implícita, en el correspondiente sumario, donde encontramos a un hombre tan destrozado como consciente de su inmediato destino, aunque conservara la dignidad hasta el punto de ser motivo de varias anécdotas entre sus compañeros de prisión.

Rafael Sánchez Guerra también habla de la dignidad de otro preso destrozado, aunque en este caso por la enfermedad y la discapacidad física. Antonio de Hoyos y Vinent era una ruina cuando ingresó en Porlier, pero todavía tuvo la ocasión de mostrar su dignidad en el momento de recibir la visita de un vencedor de la guerra: su hermano. La consulta del correspondiente sumario matiza lo relatado en este sentido por Diego San José y Rafael Sánchez Guerra, pero queda la imagen de una dignidad que pronto acompañó a la tumba al noble convertido en sindicalista al servicio del partido de Ángel Pestaña.

Quede constancia.


viernes, 28 de febrero de 2025

Antonio de Hoyos y Vinent: asesinado en vida


 

Los medios utilizados para difamar cambian gracias en parte a los avances tecnológicos, pero las intenciones de los difamadores permanecen con la constancia de la maldad. Los bulos ya se empleaban como arma de combate en una guerra, la de 1936-1939, que no era solo «cultural». Cualquier falsedad valía con tal de desacreditar al enemigo. Incluso la divulgación del supuesto asesinato de quienes merecían la admiración de los patriotas. Así, el 28 de septiembre de 1936, El Día de Palencia publicó una «lista incompleta de los hombres ilustres, beneméritos de la Patria y la Ciencia, muertos a manos de los rojos». En la misma figuraban «beneméritos» por esas fechas tan preocupados, aunque vivos, como Jacinto Benavente, Wenceslao Fernández Flores o los hermanos Álvarez Quintero. Alguien en Sevilla, gracias al anonimato y a las órdenes del general Queipo de Llano, adelantó su paso a una mejor vida para justificar la sublevación contra «las hordas rojas».

El bulo de la muerte de estos prohombres «a manos de los rojos» llevaba varios días intoxicando la información acerca de la guerra, circuló por otros periódicos de la zona nacional y pronto llegó a la republicana; incluso a un Madrid donde periodistas como José Luis Salado ironizaban sobre estas noticias falsas divulgadas por radio desde Sevilla. La ebriedad chulesca de Queipo de Llano fue una constante de la propaganda republicana. El general, para entendernos en una terminología actual, era «carne de meme» con la pretensión de aliviar, mediante el humor de las caricaturas, el temor por sus amenazas.

El aristócrata y escritor Antonio de Hoyos y Vinent, que por entonces colaboraba en El Sindicalista para defender los postulados de Ángel Pestaña, supo de su condición de muerto en vida y tuvo ánimos para afrontar la noticia con humor: «Salgo a la calle, camino del periódico; pasan junto a mí dos señoras y se quedan mirándome con sobresaltada sorpresa. -Pero, ¿es usted? -Sí, señora; yo mismo: Hoyos y Vinent… -Pero, ¿no le han matado a usted los rojos? La radio de Sevilla… Lo comprendo todo. -Señora: agradezco el interés de usted. Siento defraudar el buen deseo de la radio de Sevilla; no sé si alguna vez sus amigos le darán esa satisfacción, pero los camaradas y compañeros no creo» (El Sindicalista, 18-IX-1936).

El dandi del monóculo había perdido popularidad en el Madrid de 1936, pero todavía era una figura identificable para quienes conocieron sus años dorados y prolíficos. El porte aristocrático con abrigos de piel y elegantes sombreros no pasaba desapercibido en el mundillo de las letras y las cabeceras periodísticas, donde Antonio de Hoyos y Vinent aunó vida con literatura al servicio de un decadentismo que a veces fue motivo de escándalo. También lo hubo en su distinguida casa cuando su madre acabó expulsándole harta de ver las paredes adornadas con las fotos de púgiles en plena faena. La afición por los torsos viriles, procedentes de los bajos fondos, nunca la ocultó porque «amaba el arrabal» (Gómez de la Serna), aunque sin caer en el exhibicionismo de un Álvaro Retana.

Su colega era más culto y serio, disfrutó del éxito durante las primeras décadas del siglo y, llegada la etapa republicana, plegó velas hasta el punto de ocuparse de cuestiones comprometidas de su país. Así continuó durante la guerra, cuando decidió quedarse en Madrid al servicio de quienes nunca pretendieron matarle. Muchos de los amigos de las letras pensaron que el sindicalismo de orientación anarquista era un fruto de su condición de snob. Tal vez acertaron. También cabe la extrañeza al leer unos textos donde confluyen tendencias de origen contrapuesto, pero es indudable que ese compromiso no fue fugaz, llegó hasta el final de la guerra y el madrileño lo pagó caro. Al final, los amigos de esa señora extrañada al verle por la calle nunca le perdonaron que escribiera con la esperanza de una paz para restaurar la legalidad republicana una vez vencidos «los invasores»:

Es la hora de infligir a los infatuados fascistas la lección suprema no solo aplicándoles un duro castigo con las armas en la mano, sino demostrándoles que no existe razón ninguna de superioridad. Muy al contrario, el pueblo español es fuerte, sereno, consciente, dueño de sus impulsos, organizador admirable de su lucha para la conquista del supremo derecho de la humanidad, del DERECHO A LA VIDA (El Sindicalista, 8-VIII-1936).

El decadentista de tantas novelas breves sobre el pecado y la noche del «Madrid secreto y golfo» todavía confiaba en la victoria gubernamental -«La hora de la victoria definitiva se acerca» (El Sindicalista, 21-VIII-1936)- y la consiguiente derrota de su propia familia. Así de desquiciados eran los tiempos de una guerra fratricida desencadenada por «los fascistas más o menos declarados» (El Sindicalista, 20-VIII-1936). No obstante, el Antonio de Hoyos y Vinent que decidió permanecer lejos de sus familiares en la capital sitiada -«Pase lo que pase continuaré en Madrid a la disposición del Gobierno para todo lo que me considere útil» (La Voz, 15-II-1937)-, hizo gala del humor, pero se llevaría un susto de muerte cuando supo de la citada lista de «los hombres ilustres». En la misma y por el capricho de un bulo figuraba su nombre entre «los muertos». La salud ya era bastante precaria a la espera de un empeoramiento que resultaría dramático, pero al marqués de Vinent todavía le quedaban fuerzas para reclamar la paz sin caer en la equidistancia.

Pdta. Ya se puede consultar el borrador o preprint del capítulo dedicado a Antonio de Hoyos y Vinent que aparecerá en el tercer volumen de la trilogía sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores. El texto permanecerá en el Repositorio de la Universidad de Alicante a la espera de posibles indicaciones o correcciones de otros colegas:

http://hdl.handle.net/10045/154690

viernes, 21 de febrero de 2025

Las dos sentencias del escritor Antonio de Hoyos y Vinent


 Antonio de Hoyos y Vinent. Fuente: Wikipedia

Las grandes cifras de las panorámicas históricas tienen su razón de ser, pero diluyen el impacto en las conciencias de casos concretos que, a veces, resultan más elocuentes porque es imposible apartar la vista y obviarlos. Así sucede con el procesamiento del escritor Antonio de Hoyos y Vinent (1882-1940), que fue detenido en Madrid cuando había cumplido los cincuenta y seis años, era sordo desde niño y casi ciego, aparte de sufrir otros graves problemas de salud por la malnutrición durante la guerra. Pocos meses después falleció sin necesidad de que le ejecutaran.

El representante del decadentismo y aristócrata de postín no ofreció la resistencia de un héroe tras haber colaborado en la prensa del Madrid sitiado. El 12 de septiembre de 1939, ya detenido, declaró que «fue siempre y es católico, monárquico y siempre, siempre, español» (AGHD, 1442). Antonio de Hoyos y Vinent estaba dispuesto a renegar de su pasado en las filas de Ángel Pestaña o a justificarlo de acuerdo con las directrices de los vencedores, pero su intento de salvar el pellejo resultó en vano. El juez Manuel Martínez Gargallo nunca flaqueó en las tareas judiciales relacionadas con la represión del enemigo.

El caos de la desbordada jurisdicción militar de la época permite encontrar documentos sorprendentes. El primero del sumario 1442 revela una duda a la búsqueda de una explicación. El procesado cuenta con dos sentencias en la misma causa. El Juzgado Permanente n.º 3 le condenó a veinte años el 30 de octubre de 1939 y el n.º 5 aumentó la condena hasta los treinta el 20 de enero de 1940. La justificación la encontramos en el propio sumario, pero también en el talante de quienes trabajaban en el Juzgado Militar de Prensa.

Antonio de Hoyos y Vinent estaba dispuesto a renegar de su pasado para que la condena fuera benévola. El aristócrata, además, contó con numerosos avalistas que le ayudaron durante la instrucción. El perdón parecía imposible en aquel contexto, pero el sumario revela la intención de no cebarse con un marqués cuyo estado de salud era lamentable. La muerte estaba cerca y, en atención a su familia de vencedores, no merecía la pena llegar a los extremos de otros casos protagonizados por periodistas republicanos.

El fiscal Leopoldo Huidobro, hombre de letras, siempre optó por el tremendismo a la hora de calificar los «hechos probados» de sus colegas. Aparte de presentarle como «moralmente indeseable» por su condición de «invertido» y «perfectamente izquierdista», le acusa de «snobismo» por estar al servicio del sindicalismo. La pena de muerte fue su petición en la vista previa del 30 de octubre de 1939. La defensa solicitó seis años porque Antonio de Hoyos y Vinent tenía «un complejo de inferioridad» y contaba con la eximente de ser sordomudo.

El tribunal presidido por el comandante Pablo Alfaro, el responsable de la condena a Miguel Hernández, dictó una sentencia a veinte años por los artículos publicados siendo un noble de «alta alcurnia» dedicado a defender «los ideales insanos del pueblo».

El auditor rechazó la sentencia y devolvió el sumario al instructor Manuel Martínez Gargallo para que realizara nuevas diligencias de manera que la definitiva resultara más drástica. La tarea fue encargada al alférez Baena Tocón, que el 25 de diciembre de 1939 celebró las Navidades firmando un informe donde subraya la «inversión sexual» de un procesado a veces «embriagado». Lo fundamental, no obstante, es la aportación de una entrevista de Antonio Otero Seco al marqués snob publicada el 15 de febrero de 1937 en La Voz.

La citada entrevista agravó la situación del procesado. Aunque aparecieron nuevos testigos dispuestos a avalarle como persona de derechas y de orden, la sentencia del segundo tribunal fue más acorde con los deseos del auditor: treinta años por renegar de la «alta alcurnia» y ponerse al servicio de «los ideales insanos del pueblo».

El análisis completo del proceso de Antonio de Hoyos y Vinent aparecerá en el tercer tomo de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Sus conclusiones desmontan las fantasías divulgadas por quienes novelan sin pisar un archivo militar, al igual que ocurre con los casos de Álvaro Retana y Pedro Luis Gálvez, que forman parte de Perder la guerra y la historia (Sevilla, Renacimiento-Universidad de Alicante, 2025).

Pdta. El borrador del capítulo dedicado a Antonio de Hoyos y Vinent ya se puede consultar en el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde permanecerá durante varios meses a la espera de posibles indicaciones facilitadas por otros historiadores o interesados en estos temas objeto de debate. Las mismas serán tenidas en cuenta de cara a la versión definitiva:

http://hdl.handle.net/10045/154690

Pdta. Según me informa mi colega Eduardo Pérez Rasilla, editor de La vejez de Heliogábalo en la editorial Amarillo, la verdadera fecha de nacimiento de Antonio Hoyos y Vinent es el 3 de mayo de 1882, según la documentación consultada en el Archivo Histórico Nacional.