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lunes, 22 de junio de 2026

Guerra total en torno a Guerra total


 Manuel Chaves Nogales

Hace unos días recibí un correo de mi amigo y editor Abelardo Linares donde adjuntaba una serie de enlaces a diferentes artículos relacionados con la reciente publicación de Guerra total, una colección de narraciones atribuidas a Manuel Chaves Nogales por quien también incluye en la edición de Renacimiento un extenso epílogo para justificar esta atribución que, al parecer, está resultando controvertida.

Estas polémicas son saludables en la medida que ayudan a esclarecer el motivo de las mismas, pero a menudo derivan en unos alicortos enfrentamientos personales que solo interesan a quienes participan con un intercambio de textos donde abundan las alusiones personales y las «puyas» propias de unos duelos con unos protagonistas progresivamente solos y abocados a darse alguna «calabazada».

La atribución de los referidos textos a Manuel Chaves Nogales carece de «la pistola humeante», pero me parece justificada y plausible a la espera de que otros colegas puedan aportar más datos. Si se expresan en los términos utilizados por mi maestro Andrés Amorós, las dudas con respecto a esa atribución suponen un acicate para ahondar y matizar, dos tareas imprescindibles en cualquier estudio filológico. Otros artículos, con descalificaciones, remiten a enfrentamientos que desconozco y que tampoco deseo conocer.

Tal y como apunté en una entrada anterior, podría participar en esta polémica aportando algún dato y hasta hipótesis basadas en mis años enfrascado en el estudio de los consejos de guerra seguidos contra escritores y periodistas. De hecho, algunas de las reticencias mostradas por quienes dudan o se oponen a la atribución de los textos a Manuel Chaves Nogales pueden quedar despejadas al observar circunstancias análogas que afectaron a varios de sus colegas cuando afrontaron los sumarísimos de urgencia.

Me niego a participar, por ahora, en esta polémica. La razón básica es fácil de entender: lo primero es disfrutar con los textos rescatados del olvido por Abelardo Linares y puestos a disposición de los lectores en una edición que cuenta con el prólogo de otro amigo, Ignacio Martínez de Pisón.




Tanto Ignacio como yo somos partidarios del disfrute literario y poco amigos de los enfrentamientos con tintes personales. Ambos hemos tenido la oportunidad de leer unos textos magníficos, sean o no de Manuel Chaves Nogales, y siempre cabe agradecerlo invitando a otros lectores para compartir un momento que nos remite a la mejor narrativa de esa época tan dramática.

Tiempo habrá de polemizar o, mejor, intercambiar pareceres. Lo primero es disfrutar y agradecer que, si los textos son del periodista sevillano, contamos con nuevos motivos para situarle entre los mejores y, si prevalece una opción distinta, también cabe felicitarse porque Manuel Chaves Nogales dista mucho de ser un fenómeno aislado.

Dejemos que la polémica transcurra por cauces más sosegados. Mientras tanto, disfrutemos con una lectura que destaca entre tanto texto propagandístico o sujeto a las urgencias del momento. En mi opinión, Guerra total es un ejemplo de buena narrativa con independencia de cualquier autoría. Merece nuestra atención y antes o después llegará el momento, cuando se haga una edición crítica, de ponderar razones a favor de las distintas opciones. La tarea requerirá mesura, conocimiento y desapasionamiento.


viernes, 1 de mayo de 2026

Manuel Chaves Nogales a la luz de los archivos


 Manuel Chaves Nogales

Hace unos meses, mientras analizaba el sumario del consejo de guerra de José Robledano, encontré un documento donde el secretario judicial transcribe un fragmento del libro de actas de la Agrupación Profesional de Periodistas. La fecha de lo transcrito es el 18 de octubre de 1936. El texto da cuenta de la participación de Manuel Chaves Nogales en la defensa de la II República, llegando hasta el punto de ofrecerse para desempeñar las funciones de comisario político.

El hallazgo me sorprendió a la luz de lo escrito meses después en el célebre prólogo de A sangre y fuego (1937), donde el periodista se considera posible víctima de ambos bandos, viéndose obligado a salir de Madrid el mismo día en que el gobierno partió hacia Valencia. La pregunta es obvia: ¿Cómo podía ser una víctima del bando republicano quien se postula como comisario del mismo?

Desde entonces, intuyo que la mayoría de los comentarios sobre el citado prólogo prescinde de la documentación relacionada con el pasado inmediato del autor. Puestos a disfrutar y hasta teorizar a partir de un texto tan brillante como los relatos a los que precede, es más cómodo escribir sin pasar meses o años en los archivos.

La comodidad también supone libertad en este caso. Si la exégesis se limita al texto, prescindiendo de una farragosa documentación, las posibilidades de ajustar la interpretación a los propios intereses, o deseos, aumentan porque no pasan por la justificación documental. Ni siquiera deben ser coherentes a la luz del comportamiento del autor durante las semanas anteriores.

Semejante libertad resulta cuestionable desde el punto de vista filológico e histórico. Como lectores, podemos hacer uso de la misma para sacar conclusiones sin necesidad de enmarcar el prólogo en su contexto histórico. El problema es que los filólogos y los historiadores nunca debemos prescindir de la condición de lectores, pero también somos investigadores capaces de indagar acerca de las claves del texto analizado.

Al cabo de quince años leyendo documentos relacionados con la Guerra Civil, desconfío de la literalidad de los mismos. Sus autores estaban sujetos a tremendas presiones (violencia, miedo, venganzas…) y, a menudo, esos textos son un instrumento para seguir vivos o libres. También para justificarse y defenderse cuando el propio comportamiento dista de ser heroico o ejemplar.

Manuel Chaves Nogales es un excelente escritor y periodista. La lectura de sus obras fascina y sus artículos destacan sobre tantos otros coyunturales y prescindibles. Sin embargo, el andaluz también se vio sacudido por una guerra que puso a prueba la coherencia de quienes la padecieron.

En la línea de lo expuesto por Francisco Espinosa o José Luis García Martín, Manuel Chaves Nogales en el prólogo de A sangre y fuego, convertido en un manifiesto de la tercera España, procura justificar su decisión de abandonar el Madrid sitiado. El texto merece una reflexión frente a tantos otros de carácter maniqueo, pero resulta incoherente con aspectos destacados de su trayectoria durante los meses anteriores, desde que en agosto de 1936 regresara a la capital procedente del extranjero.




La investigación en los archivos ya había dado frutos en este sentido. Ahora, gracias a Juan Carlos Mateos, conocemos mejor lo sucedido en aquel Madrid, donde Manuel Chaves Nogales nunca fue perseguido y aparecía como un defensor de la legalidad republicana. Su condición de víctima es una suposición para igualar a ambos bandos y justificar su marcha al exilio, donde fundamentalmente siguió siendo un republicano, como prueban los relatos agrupados en Guerra total.

El historiador debe comprender más que juzgar. Nunca condenaría al periodista por procurar salvarse cuando el riesgo era máximo. Tampoco por permanecer lejos de Madrid y hasta de España. Su decisión es comprensible y respetable, aunque no sea materia de héroes, como algunos de los colegas que decidieron permanecer en la ciudad sitiada

Ahora bien, deducir de esa necesidad de justificación una teoría acerca de la tercera España me parece un exceso, solo comprensible a la luz de la escasa frecuentación de los archivos. No es el caso de Juan Carlos Mateos desde antes de 1996, cuando leyó su monumental tesis doctoral ahora ampliada con nueva documentación.

Las relativas incoherencias de la trayectoria de Manuel Chaves Nogales durante unos meses tan complejos, donde otras incoherencias fueron frecuentes, no restan valor literario y periodístico a su producción. La humanizan y aportan matices de complejidad, que merece la pena indagar para huir de glorificaciones o mitos, que en un contexto tan poco noble como el de la guerra suelen carecer de una base sólida.

A diferencia de Juan Carlos Mateos, no observo una «ceremonia santificadora» (p. 27) ni el neochavismo como una nueva «religión» (p. 57). Tal vez la clave de la construcción de un mito en torno al periodista sea más sencilla, al margen de sus indudables méritos como autor.

Los mitos se construyen a base de simplificadas conclusiones tan reforzadas por la insistencia como alejadas de su confrontación con una realidad como la archivística, siempre compleja y repleta de dudas o circunstancias incompatibles con la mitificación.

La construcción de esos mitos no solo es un trabajo menos gravoso. También resulta atractivo y agradecido por los lectores, las editoriales y las instancias académicas. Manuel Chaves Nogales estuvo por encima de la mayoría de sus colegas, pero hacerlo sobresalir como un hito aislado facilita que los responsables de esa mitificación sobresalgan a la par. Y mantengan una imagen patrimonial de lo construido.

La mesura no ha estado a la altura de la exhaustividad documental en la investigación de Juan Carlos Mateos. El capítulo comprendido entre las páginas 75-149 es prescindible porque hay otras formas de defender las propias conclusiones. No obstante, me preocupa la observación de algunos errores en la bibliografía universitaria sobre Manuel Chaves Nogales. Lo mejor es corregirlos y, sobre todo, resituar al periodista en un marco menos excepcional, pero más creíble. No perderá así su acrisolada brillantez y dejará de ser motivo de especulaciones a veces interesadas.




Mientras tanto, la opción más satisfactoria es leer con creciente interés relatos como los agrupados en Guerra total (Renacimiento, 2026), la segunda parte de A sangre y fuego, una obra imprescindible que comprenderemos mejor a la luz de la documentada trayectoria de su autor. Manuel Chaves Nogales ni fue santo ni digno de una mitificación, pero consiguió algo más valioso: dejarnos unos relatos que invitan al disfrute y la reflexión, ahora más centrada gracias a un aporte documental que merece ser tenido en cuenta.

Pdta.: Sobre esta publicación, véase también la entrada dedicada el pasado 21 de abril por José Luis García Martín en su blog Crisis de papel. Así como los comentarios de quienes protagonizan un «duelo al sol» del que disfrutaré en fechas próximas. Nada más apasionante que asistir a las polémicas donde se habla o escribe con el acarreo de muchas lecturas.


sábado, 4 de abril de 2026

Guerra total, de Manuel Chaves Nogales


 Manuel Chaves Nogales

Los hallazgos literarios todavía son posibles si nos ocupamos de una época como la II República, cuando tantos textos quedaron sepultados en folletos de escasa circulación o en publicaciones periódicas con colecciones a menudo perdidas o diezmadas. Si a estas circunstancias añadimos la muerte, el exilio o el procesamiento de numerosos autores, incluso la utilización de esas mismas publicaciones como pruebas de cargo en los consejos de guerra, la posibilidad de encontrar textos significativos y hasta ahora desconocidos aumenta.

La búsqueda de esas joyas bibliográficas requiere una dedicación constante a lo largo de muchos años. La ejemplifica con singular tesón Abelardo Linares, como bibliófilo atento a las publicaciones periódicas de este período y editor de Renacimiento, cuyo catálogo tanto ha contribuido al conocimiento de una Edad de Plata que, por responder a esa denominación, no debiera circunscribirse a una limitada nómina de grandes autores y obras maestras.

La labor de recuperación de ese catálogo ha añadido numerosas teselas a un mosaico complejo que, a menudo, cuestiona las líneas trazadas por los manuales literarios. El desafío se encuentra ahora fundamentalmente en la recuperación de lo publicado en las revistas y periódicos, que a estas alturas debiera estar digitalizado en mejores condiciones para facilitar la labor de los investigadores.

De hecho, desde que empecé a interesarme por esta época comprendí que había dos repúblicas: la de los libros escritos a partir de otros libros y la de aquellos que también partían de esas fuentes a menudo relegadas al olvido. La primera suele ser previsible, mientras la segunda -más caótica por heterogénea- depara sorpresas a quienes confían en lo establecido por las «brillantes síntesis» de los manuales.



Abelardo Linares

El tesón depara satisfacciones cuando el hallazgo se convierte en un acontecimiento literario. La más reciente llamada telefónica de Abelardo Linares, siempre ilusionado con sus trabajos, incluyó una sorpresa mayúscula: la inminente publicación de una colección de relatos atribuidos a Manuel Chaves Nogales que podían ser la continuación de su más reconocida obra: A sangre y fuego.

La labor periodística del escritor andaluz es un pozo sin fondo que ha requerido el trabajo de varios colegas. Gracias a sus aportaciones, poco a poco vamos completando los cientos de artículos que una vez exiliado Manuel Chaves Nogales repartió por publicaciones de diferentes países hasta su temprana muerte. Sin embargo, todavía no podemos hablar de unas obras completas y así lo confirma Guerra total. Episodios de la guerra civil española.

Bajo este título, Renacimiento está a punto de publicar una serie de relatos que no aparecieron con el nombre de Manuel Chaves Nogales, sino con distintos seudónimos. Al margen de las argumentadas razones expuestas por el editor e Ignacio Martínez de Pisón, autor del prólogo, la lectura de los mismos tiene un aire de familia que nos recuerda la experiencia de leer A sangre y fuego.

La relevancia del hallazgo justifica que ahora aparezca con el título de Guerra total, pero en una futura edición crítica que debiera elucidar algunas cuestiones esos relatos deben integrarse, como una segunda parte, en A sangre y fuego. A falta de una prueba definitiva, no albergo la menor duda de que fueron escritos por Manuel Chaves Nogales, un autor por entonces con poderosas razones para recurrir a seudónimos, incluso prestados.

Tiempo habrá para analizar hasta qué punto estos relatos matizan nuestro conocimiento del genial escritor. También la consulta de documentos hasta ahora olvidados, como los recopilados por Juan Carlos Mateos, nos ayudará en este sentido. Mientras tanto, gocemos con la lectura de unos relatos que están a la altura de lo mejor escrito acerca de la Guerra Civil y van a constituir un acontecimiento literario durante esta primavera.

Gracias a Abelardo Linares, he tenido la oportunidad de leerlos antes de su publicación. Incluso de participar en las pruebas de imprenta. La impresión que perdura es la del lector y, como tal, me engancharon hasta el punto de que los leí sin descanso. Habrá que examinarlos de nuevo, anotar, reflexionar…, pero lo fundamental es que Manuel Chaves Nogales me ha permitido adentrarme en aquellos aciagos días con una nueva perspectiva.

Lo agradezco como lector y solo cabe que los amantes de la obra del autor andaluz, que ya somos legión gracias a la labor de rescate emprendida por varios colegas, nos felicitemos por este hallazgo posible gracias al tesón de Abelardo Linares. Tenerlo como editor y amigo es una verdadera suerte y ahora, además, con un nuevo motivo de agradecimiento que pronto será colectivo por la inminente publicación de Guerra total.

Más información en:

https://www.editorialrenacimiento.com/catalogo/3399-guerra-total.html



sábado, 3 de enero de 2026

José Luis Salado, periodista vallisoletano


 Caricatura de José Luis Salado

El pasado 23 de diciembre, mi colega Enrique Berzal de la Rosa, catedrático de la Universidad de Valladolid, publicó en El Norte de Castilla un artículo dedicado a recordar la figura del periodista José Luis Salado, que terminó en el exilio soviético tras haber protagonizado unos años intensos como cronista de espectáculos, entrevistador y otras facetas propias de quien consiguió vivir de su pluma atenta a las novedades de la época.
José Luis Salado es una de las figuras más atractivas con las que me he encontrado en estos últimos años. Gracias a la editorial Renacimiento, pude dedicarle un extenso capítulo en el volumen Hojas volanderas (2011) y luego en la misma editorial edité una recopilación de sus artículos publicados en La Voz durante la Guerra Civil. 
Este gratificante trabajo ha permitido incorporar a José Luis Salado a la nómina de periodistas republicanos que, encabezados por Manuel Chaves Nogales, merecen un recuerdo y la lectura de sus aportaciones. Abelardo Linares, responsable de Renacimiento, me pidió recientemente que completara la investigación con la edición de nuevos artículos del periodista vallisoletano. No podrá ser a lo largo del presente curso por tener varios compromisos pendientes, pero lo intentaré hacer durante el próximo.
Enrique Berzal de la Rosa en un estupendo artículo publicado en el periódico que dirigiera el siempre admirado Miguel Delibes recuerda la figura y la trayectoria de José Luis Salado, un vallisoletano que ha caído en el olvido en su propia ciudad natal por culpa del silencio que hasta hace poco se cernió sobre todos los periodistas republicanos.
Gracias a su artículo, los lectores de El Norte de Castilla habrán podido descubrir los datos fundamentales del vallisoletano y espero que pronto José Luis Salado se incorpore a la nómina de los hombres de letras recordados en la capital castellana. 
Enrique Berzal de la Rosa amablemente me ha autorizado para incorporar el citado artículo a este blog de manera que los lectores del mismo puedan compartir el recuerdo de José Luis Salado:


Damos las gracias a Enrique Berzal de la Rosa por su amable colaboración y esperamos que su labor como cronista, tan necesaria, tenga la debida continuidad en El Norte de Castilla.

miércoles, 24 de julio de 2024

Una acusación falsa contra José Luis Salado


 

Gracias a Juan Carlos Mateos Fernández, he conocido un texto publicado en 2012 por Sergio Campos Cacho, quien colaboró en un libro colectivo dedicado a Manuel Chaves Nogales coordinado por Juan Bonilla y Juan Marqués (Sevilla, La Isla de Siltolá, 2012). En la página 51 del volumen, según la transcripción que me pasa mi amigo, el ahora desvelador de la «violencia roja» antes de la Guerra Civil se refiere a un artículo de José Luis Salado dedicado al periodista sevillano en La Voz, aunque para el autor el responsable del mismo es un «anónimo periodista». Reproduzco a continuación lo transcrito por Juan Carlos Mateos Fernández:

«El 8 de junio de 1937 el diario La Voz le dedica la sección Tiro al blanco, un tipo de columna habitual en la prensa republicana desde la que se amenazaba y se acusaba a ciertas personas que solían terminar con un tiro en la nuca o despanzurrados en una cuneta».

Al recopilar los artículos de José Luis Salado para publicarlos en la editorial Renacimiento-Espuela de Plata, comprobé la suerte de quienes aparecían como destinatarios de esos tiros al blanco. Salvo error por mi parte, no me consta que ninguno terminara con un tiro en la nuca o despanzurrado en una cuneta. Juan Carlos Mateos Fernández ha realizado la misma comprobación para llegar a una idéntica conclusión. Si estoy equivocado, rectificaría a la vista de las correspondientes pruebas.

Sergio Campos Cacho lanza la acusación, sin citar a José Luis Salado, pero no aporta un solo nombre para concretarla. La táctica es frecuente. El párrafo transcrito difunde un bulo que supone una gravísima acusación para el periodista de La Voz. Tal vez solo sea un despiste, pero Sergio Campos Cacho también puede haber incurrido en este error por su cercanía a los planteamientos de autores como Andrés Trapiello y Arcadi Espada.

Recordemos que el primero de los citados, en su reseña de Las armas contra las letras, cometió un significativo lapsus al confundir los tiros al blanco de José Luis Salado con unos supuestos tiros de gracia (véase la entrada del 10 de febrero de 2024). Si ambos parten del prejuicio de que un artículo es la antesala de un asesinato, las pruebas resultan innecesarias para lanzar el bulo con la involuntaria complicidad de una mayoría de lectores incapaces de comprobar su falta de veracidad.

Esta práctica de «la máquina del fango», tan frecuente, tiene repercusiones graves para la memoria de los autores afectados. Si yo hubiera escrito la barbaridad de que un miembro del Cuerpo Jurídico era el responsable de un tiro en la nuca por haber realizado una diligencia judicial, ahora no solo me enfrentaría a un juicio, sino que además lo tendría perdido con razón por mi absoluta falta de profesionalidad.

Sergio Campos Cacho puede estar tranquilo en este sentido. Afortunadamente, nadie le demandará por una supuesta intromisión en el honor de ese «periodista anónimo», pero José Luis Salado merece una rectificación. Si la viera publicada, confiaría en el rigor profesional de quien ahora anda desvelando la «violencia roja», que la hubo, pero que debe quedar al margen de los bulos.

domingo, 21 de julio de 2024

Andrés Trapiello y «ese Mateos»


Hace unos días recibí en mi móvil un mensaje de un compañero que había sufrido una durísima crítica de Andrés Trapiello tras publicar un libro donde cuestiona lo dicho por el ensayista acerca de Manuel Chaves Nogales. La polémica siempre puede resultar interesante, pero con la condición de que discurra por los cauces del respeto mutuo y la corrección académica, que es incompatible con cualquier manifestación de la prepotencia o la mala educación. 
Al parecer, Andrés Trapiello no siempre lo entiende así y se dirigió en unos términos inaceptables a mi compañero, que lleva casi cuarenta años de investigación a las espaldas para sustentar sus publicaciones. Gracias a Ricardo Robledo y su blog, he dado réplica a esta destemplanza de quien nunca evita una polémica, aunque presuponga que su rival forma parte de la «gente escuderil». Tantos años dedicados a leer a Cervantes, con provecho y brillantez, debieran haberse traducido en otra actitud más respetuosa, pero Andrés Trapiello parece haber pasado por alto ese consejo quijotesco. Una verdadera lástima.
Os paso el correspondiente enlace a mi texto:


También incluyo el texto sin editar:

ANDRÉS TRAPIELLO Y «ESE MATEOS»

La mesura debiera imperar en cualquier texto crítico o polémico, pero la desmesura parece más efectiva en un panorama mediático donde la mayoría pretende marcar territorio y sobrevivir. El precio a pagar resulta caro. Por el camino, se pierden las formas, el respeto y hasta la educación.

La historia es una tarea colectiva. Desde hace unos meses colaboro con Juan Carlos Mateos Fernández para intercambiar información y documentos, revisarnos mutuamente los borradores y evitar errores. Otros aparecerán en nuestras publicaciones por los despistes lógicos cuando se maneja un considerable conjunto de datos. No es grave. Todos los historiadores debiéramos ser revisionistas; al menos, en el sentido de someter lo publicado a continua revisión teniendo en cuenta las aportaciones de los colegas.

Esta colaboración, que en mi caso extiendo a compañeros de distintas ideologías o planteamientos, no presupone una identificación, sino un respeto. Gracias al mismo, las diferencias pasan a formar parte de un diálogo tan enriquecedor como necesario en una tarea donde sobran los subrayados y tantos matices resultan precisos.

En ese marco de colaboración, Juan Carlos conoce la reseña que Andrés Trapiello publicó de Las armas contra las letras. La descalificación de mi monografía como una fabulación dio paso a una réplica donde le invitaba al debate. Nunca hubo una aceptación del mismo y el editor quedó contento porque la polémica favoreció las ventas.

Ahora Juan Carlos, dolido, me remite otra crítica de Andrés Trapiello con motivo de la publicación de Junto al pueblo en armas (Sevilla, Renacimiento, 2024), un adelanto de dos monografías sobre la prensa republicana durante la Guerra Civil que están a punto de aparecer en la misma editorial.

Juan Carlos es el autor de una tesis doctoral sobre el control obrero de esa prensa que data de 1996. Desde entonces, siendo ya su trabajo abrumador, ha completado la investigación hasta acumular una información exhaustiva sobre cualquier aspecto de los diarios republicanos durante la guerra.

Los casi cuarenta años dedicados a una investigación merecen respeto, sobre todo cuando uno ha escrito Las armas y las letras en unos meses y con la perspectiva de ganar un premio. No parece verlo así Andrés Trapiello, que dice desconocer al autor y se refiere al mismo como «ese Mateos».

Mi colega cuenta con publicaciones que conocemos quienes escribimos sobre la prensa republicana, salvo -al parecer- Andrés Trapiello, aun estando Manuel Chaves Nogales entre los periodistas analizados. Sin embargo, con tan solo leer el prólogo a una recopilación de editoriales publicados en Ahora durante los meses que el sevillano pasó en el Madrid de la guerra, llega a una conclusión: «ese Mateos» quiere cargarse al periodista porque participa del sectarismo y el fanatismo de otros historiadores de la izquierda, como Francisco Espinosa.

Quienes conozcan al historiador extremeño sabrán que presentarle como fanático o sectario es un absurdo que no se corresponde con su personalidad. Yo disiento de algunas de sus conclusiones, incluso leo con interés a Javier Cercas, pero aprendo de su sabiduría y, sobre todo, sonrío cuando tengo la oportunidad de hablar con una persona solidaria.

Algo similar me ocurre con Juan Carlos. Yo introduciría algunos matices en sus conclusiones sobre Manuel Chaves Nogales, pero agradezco la amplísima información que me presta y, sobre todo, la respeto como un trabajo riguroso que contrasta con otros dedicados al sevillano.

La mitificación de Manuel Chaves Nogales, basada en una obra de calidad innegable, parece no admitir dudas, contradicciones y ambigüedades como autor coherente que desde el principio abogó por la tercera España. Otros, menos entusiastas por la frecuentación de los archivos y las hemerotecas, pensamos que en su trayectoria durante la guerra hay aristas y comportamientos que requieren una justificación.

Manuel Chaves Nogales fue humano, como tantos otros que buscaron la supervivencia en un sálvese quien pueda donde la coherencia era un lujo. Juan Carlos prueba que no siempre la tuvo el sevillano. Pero, si solo salváramos a los coherentes en todos los aspectos durante una guerra civil, probablemente nos quedaríamos con sombras o fantasmas. El análisis de esta obviedad no supone «cargarse» a un autor, sino devolverle una complejidad arrebatada por quienes le han mitificado.

En cualquier caso, las aportaciones de mi colega son una invitación a la polémica, que debe discurrir por los cauces del respeto. Los mismos resultan incompatibles con llamar a alguien «ese Mateos», ignorar una tarea de décadas como sustento de sus opiniones y pensar que las valoraciones contrarias siempre son el fruto del sectarismo y el fanatismo.

Tengo la impresión de que Andrés Trapiello nunca evita una polémica. La actitud es legítima, pero linda con comportamientos que reciben denominaciones poco prestigiosas en el mundo de las letras, donde las armas nunca deben ser unas cachiporras. Allá él, con la seguridad de que encontrará eco en un país donde la moderación pasa por ser flojedad de espíritu.

No obstante, le invito a una reflexión. En los próximos meses, cuando aparezcan los dos libros de «ese Mateos» que ya conoce, seguro, Andrés Trapiello probablemente recibirá un disgusto compartido con otros partidarios de la mitificación de Manuel Chaves Nogales. Conviene prepararse, tomarlo con calma y volver a los cauces de la discusión pausada donde el respeto resulta fundamental. Merece la pena y, de paso, Andrés Trapiello ahí se reencontrará con personas que apreciamos sus obras, aunque seamos sectarios, fanáticos y hasta fabuladores.

 


viernes, 19 de julio de 2024

Manuel Chaves Nogales , ocurrente padrino


 Manuel Chaves Nogales y su esposa

El militar y periodista Leopoldo Bejarano Lozano formaba parte de «la gente del trueno» y, como personaje capaz de pasar de manera destacada a las páginas de Rafael Cansinos Assens, donde tantos tipos peculiares hay, era conocido por su carácter pendenciero, que en más de una ocasión le llevó a batirse en duelo.

Su colega Isidro Corbinos recuerda en sus memorias de la Guerra Civil publicadas en Santiago de Chile que Leopoldo Bejarano, por una probable cuestión de faldas, debió comparecer en un duelo a pistola en Carabanchel Bajo, una localización que aporta una nota casticista a la cuestión.

El padrino de Leopoldo Bejarano era su colega Manuel Chaves Nogales, un escritor predispuesto para el humor sin menosprecio de la aventura. El apadrinado, consciente de lo estipulado en 1900 por el marqués de Cabriñana en su obra Lances entre caballeros, «el casticismo de la caballerosidad», se presentó en el lugar establecido provisto de un «levitón de guardarropía y una alta chistera».


El marqués de Cabriñana


Sin embargo, el anónimo contrincante y probable ofensor por cuestiones de celos se presentó de manera desastrada. En concreto, desprovisto del abrigo y con sombrero de fieltro. Una vergüenza, vamos.

Justo en el momento en que las pistolas ya estaban desenfundadas y los reglamentarios pasos a medio dar, Manuel Chaves Nogales gritó un ¡alto! capaz de paralizar a los asistentes. Según su posterior argumentación, el duelo no se podía culminar porque uno de los caballeros, aparte de desastrado, gozaba de ventaja al ofrecer el vestuario reglamentario, el de la guardarropía, un «mejor blanco».

El otro padrino, acostumbrado al regateo dialéctico, propuso que ambos se batieran en mangas de camisa, pero el escandalizado sevillano adujo que esta posibilidad también estaba vetada en el «proyecto de bases para la redacción de un código del honor en España» que publicara don José de Urbina y Ceballos Escalera (Madrid, 1860-1937), el citado marqués de Cabriñana.

Ante el recurso propio de un abogado en apuros, los dos padrinos convinieron la cancelación definitiva del duelo a pistola mediando un probable empate técnico, que Leopoldo Bejarano pronto celebraría en su tasca habitual porque seguía vivo y con ganas de atormentar a la familia, según lo visto en el sumario del consejo de guerra que procesó al grupúsculo constituido en torno al local de Fotografía Mendoza.

El periodista salmantino, que es un bolsín de anécdotas, no solo perteneció a la gente del trueno, sino que supo «caer en blando» al finalizar la Guerra Civil. Sus andanzas como procesado en un sumarísimo de urgencia, con una condena sorprendentemente benévola por sus contactos con los vencedores y algunas cuestiones que no aportan prestigio de cara a la memoria, forman parte del más alocado capítulo incluido en el segundo volumen de mi trilogía sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945.

A la espera de su publicación, baste ahora recordar que quien pretendió alistarse en la División Azul mientras estaba procesado por segunda vez, con el consiguiente agradecimiento de su esposa, se salvó de un probable tiro gracias a Manuel Chaves Nogales. El mérito del sevillano es notable, pero no creo que deba contribuir a la mitificación que algunos han hecho del mismo porque obvian algunos documentos de 1936.



Por cierto, la obra del marqués de Cabriñana ha sido reeditada por la editorial Renacimiento. La leeré con atención durante este verano por si, en otoño, debo recurrir a una estratagema como la aducida por Manuel Chaves Nogales para evitar algún lance de honor.


jueves, 18 de julio de 2024

Una necrológica de Antoni Pugués i Guitart


Mi colega Juan Carlos Mateos Fernández me ha facilitado el borrador de una monografía centrada en la trayectoria de Manuel Chaves Nogales entre agosto de 1936, cuando el periodista regresa a Madrid, hasta noviembre del mismo año. La obra abunda en información poco o nada atendida hasta el presente y la futura publicación contribuirá a conocer mejor al sevillano, tan interesante siempre y, a veces, mitificado con la consiguiente tergiversación de los hechos históricos.
A la espera de la publicación, para la que he sugerido algunas modificaciones, Juan Carlos Mateos Fernández me ha proporcionado una abundante documentación que me permite conocer mejor a los periodistas que fueron procesados en consejos de guerra. 
El manresano Antoni Pugués i Guitart fue uno de ellos, según lo explicado en la entrada del pasado 12 de mayo. Ya había fijado, gracias a la prensa barcelonesa, la fecha de defunción del mismo. El dato era desconocido en las pocas referencias al citado periodista. Ahora la puedo corroborar por una breve necrológica publicada en El Alcázar el 15 de noviembre de 1941. Juan Carlos Mateos Fernández ha transcrito el texto:
«víctima de una repentina angina de pecho, ha fallecido repentinamente en su casa de Ciudad Lineal el antiguo periodista don Antonio Pugués Guitart. A su viuda e hijos, especialmente a su primogénito Jorge, oficial del Ejército, expresamos nuestro más sentido pésame, al tiempo que rogamos a los lectores una oración por el eterno descanso de su alma».
La necrológica aparecería gracias a la intervención del citado oficial del Ejército, pero -como es previsible- nada dice acerca de que el «antiguo periodista» había sido apartado de su trabajo por un consejo de guerra que le condenó. Poco antes de fallecer, y probablemente por su delicado estado de salud, el manresano fue puesto en libertad, justo para morir -no tan repentinamente- en su domicilio junto a su mujer e hijos.
La aparición de la necrológica en el diario falangista es un gesto de humanidad, pero mantiene el silencio acerca de la represión. En la inmensa mayoría de los casos que he estudiado ni siquiera hubo ocasión para tener un gesto similar.

miércoles, 26 de junio de 2024

Periodistas republicanos: las cifras de la represión franquista


 

Javier Bueno, periodista fusilado


La colaboración entre investigadores tiene múltiples ventajas y permite evitar los errores a los que todos, incluso los más veteranos, estamos expuestos. Gracias a la generosidad de Juan Carlos Mateos Fernández, he podido consultar el preprint de Bajo el control obrero. La prensa diaria en Madrid durante la Guerra Civil, 1936-1939, una monumental obra que es el fruto de una investigación exhaustiva llevada a cabo durante décadas. Pronto la podremos consultar en la edición de Renacimiento, una editorial que así continuará con su voluntad de analizar la compleja y rica realidad del periodismo durante aquellos trágicos años. Los méritos del trabajo realizado por mi colega son numerosos, pero cabe esperar a la publicación del mismo para ponerlos de relieve en reseñas y comentarios.

Mientras tanto, quisiera aprovechar la consulta del original para trasladar al blog las cifras de la represión ejercida contra los periodistas republicanos que actualmente estudio en mi trilogía Las armas contra las letras. El trabajo de Juan Carlos Mateo Fernández, por su rigor y exhaustividad, merece una total confianza en este sentido y difícilmente otros estudios posteriores modificarán las cifras de un horror ya presente cuando consultamos los sumarios de tantos procesados.

En esta entrada me limitaré a dar las cifras de la represión ejercida contra los periodistas republicanos sin indicar los nombres para no quitar la exclusiva que corresponde a la anunciada edición en Renacimiento:

Periodistas ejecutados: 14

Habituales colaboradores de la prensa periódica ejecutados: 10

Periodistas muertos en prisión; 5

Periodistas muertos en combate, en el frente de batalla y en bombardeos enemigos: 10

Periodistas muertos en la retaguardia: 10

Periodistas condenados a muerte: 39

Periodistas condenados a penas de treinta años de cárcel: 21

Periodistas condenados a veinte años de prisión: 5

Periodistas condenados a penas de doce años de reclusión: 10

Periodistas condenados a seis años de cárcel: 5




Manuel Navarro Ballesteros, periodista fusilado

Aparte de la relación nominal de los periodistas republicanos que sufrieron diversas condenas, Juan Carlos Mateos Fernández facilita una relación de otros cuarenta y dos periodistas de los cuales sabemos que fueron procesados, pero desconocemos sus condenas. Tras localizar los sumarios de treinta y ocho en el Archivo General e Histórico de Defensa, reproduzco a continuación este listado junto a la numeración de sus sumarios, que cuando pueda consultarlos serán la materia de un cuarto volumen o formarán parte de una futura web donde recopile la paciente labor que ahora mismo estoy realizando tras la publicación de Nos vemos en Chicote (2015), Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022) y el primer volumen de Las armas contra las letras (2023), estando el segundo en la fase de informes para su posterior publicación en el caso de que sean positivos: 

- Esperanza Aguado: 33671, 3424

- Marcelino Álvarez Diosdado: 28309, 5477

- Teófilo Álvarez Lorenzo: 14534, 2935

- César Arnal Sierra: 8177, 1872, 14

- Francisco Baleriola Arroyo: 116378, 3304, 1

- José Blanco Serrano: 34600, 1001, 17

- Esteban Boj López: 112859, 3221 y 113054, 1168, 14

- Aurelio Capelo Téllez de Meneses: 28269, 3809

- Maximiliano Clavo Santos: 5456, 5244

- Justo de la Cueva Orejuela: 17322, 5609

- Heliodoro Fernández Evangelista: 135277, 6968 y 2961, 7650

- Veremundo Fernández Evangelista: 10998, 6207

- José de la Flor Ruiz: 128351, 7311

- Alfonso Galerón Egaña: 262, 5452

- Mariano García Rojas: 12329, 3081, 13

- Juan Girón Roches: 21267, 119, 5

- Cristina Hurtado Pérez: 12981, 5908

- Miguel Llopis Cantó: 2217, 16317, 8

- Miguel Maestre Ropero: 57163, 3317

- Pío Marcos Cuadrado: 30218, 6000

- José Martínez Piqueras: 104863, 4126

- Alfonso Muñoz Álvarez: 4505, 7961

- Félix Navajas Lozano: 1528, 6797

- César Ordax Avecilla: 55030, 4434; 135587, 7260 

- Cástor Patiño Sánchez: 129173, 7374

- Mariano Pascual Alonso: 117143, 3208 y 9442, 3208

- Arturo Pérez Camarero: 21588, 3420

- Marcos Pérez Martínez: 1039, 4013, 7

- Antonio Pérez Olmedo: 57148, 5434

- Eusebio Rebollo Esquivilla: 115077, 3939

- Antonio Roldán del Castillo: 49366, 110, 2

- Manuel Rosón Ayuso: 48759, 106, 19

- Luis Rubio Chamorro: 140189, 3519, 1; 50196, 5517 y 19643, 327, 4.

- Fermín Sabugo García: 42490, 5228

- José Joaquín Sanchis Zabalza: 126182, 7216 y 2241, 7216

- Miguel Vega de la Torre: 32084, 3528

- Antonio Vidal Moya: 1628, 366, 5

Agradezco de nuevo a Juan Carlos Mateos Fernández su generosidad por poner a mi disposición su monumental obra y en una entrada futura hablaremos de sus investigaciones relacionadas con Manuel Chaves Nogales, cuya trayectoria durante la Guerra Civil dista de lo publicado hasta ahora.


 

jueves, 9 de mayo de 2013

El hombre que estaba allí: Chaves Nogales

Os paso el enlace a un excelente documental sobre el periodista Chaves Nogales:


http://elhombrequeestabaalli.wordpress.com/

La calidad y el interés de este homenaje merecen los apoyos necesarios para su difusión pública.