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miércoles, 26 de junio de 2024

Periodistas republicanos: las cifras de la represión franquista


 

Javier Bueno, periodista fusilado


La colaboración entre investigadores tiene múltiples ventajas y permite evitar los errores a los que todos, incluso los más veteranos, estamos expuestos. Gracias a la generosidad de Juan Carlos Mateos Fernández, he podido consultar el preprint de Bajo el control obrero. La prensa diaria en Madrid durante la Guerra Civil, 1936-1939, una monumental obra que es el fruto de una investigación exhaustiva llevada a cabo durante décadas. Pronto la podremos consultar en la edición de Renacimiento, una editorial que así continuará con su voluntad de analizar la compleja y rica realidad del periodismo durante aquellos trágicos años. Los méritos del trabajo realizado por mi colega son numerosos, pero cabe esperar a la publicación del mismo para ponerlos de relieve en reseñas y comentarios.

Mientras tanto, quisiera aprovechar la consulta del original para trasladar al blog las cifras de la represión ejercida contra los periodistas republicanos que actualmente estudio en mi trilogía Las armas contra las letras. El trabajo de Juan Carlos Mateo Fernández, por su rigor y exhaustividad, merece una total confianza en este sentido y difícilmente otros estudios posteriores modificarán las cifras de un horror ya presente cuando consultamos los sumarios de tantos procesados.

En esta entrada me limitaré a dar las cifras de la represión ejercida contra los periodistas republicanos sin indicar los nombres para no quitar la exclusiva que corresponde a la anunciada edición en Renacimiento:

Periodistas ejecutados: 14

Habituales colaboradores de la prensa periódica ejecutados: 10

Periodistas muertos en prisión; 5

Periodistas muertos en combate, en el frente de batalla y en bombardeos enemigos: 10

Periodistas muertos en la retaguardia: 10

Periodistas condenados a muerte: 39

Periodistas condenados a penas de treinta años de cárcel: 21

Periodistas condenados a veinte años de prisión: 5

Periodistas condenados a penas de doce años de reclusión: 10

Periodistas condenados a seis años de cárcel: 5




Manuel Navarro Ballesteros, periodista fusilado

Aparte de la relación nominal de los periodistas republicanos que sufrieron diversas condenas, Juan Carlos Mateos Fernández facilita una relación de otros cuarenta y dos periodistas de los cuales sabemos que fueron procesados, pero desconocemos sus condenas. Tras localizar los sumarios de treinta y ocho en el Archivo General e Histórico de Defensa, reproduzco a continuación este listado junto a la numeración de sus sumarios, que cuando pueda consultarlos serán la materia de un cuarto volumen o formarán parte de una futura web donde recopile la paciente labor que ahora mismo estoy realizando tras la publicación de Nos vemos en Chicote (2015), Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022) y el primer volumen de Las armas contra las letras (2023), estando el segundo en la fase de informes para su posterior publicación en el caso de que sean positivos: 

- Esperanza Aguado: 33671, 3424

- Marcelino Álvarez Diosdado: 28309, 5477

- Teófilo Álvarez Lorenzo: 14534, 2935

- César Arnal Sierra: 8177, 1872, 14

- Francisco Baleriola Arroyo: 116378, 3304, 1

- José Blanco Serrano: 34600, 1001, 17

- Esteban Boj López: 112859, 3221 y 113054, 1168, 14

- Aurelio Capelo Téllez de Meneses: 28269, 3809

- Maximiliano Clavo Santos: 5456, 5244

- Justo de la Cueva Orejuela: 17322, 5609

- Heliodoro Fernández Evangelista: 135277, 6968 y 2961, 7650

- Veremundo Fernández Evangelista: 10998, 6207

- José de la Flor Ruiz: 128351, 7311

- Alfonso Galerón Egaña: 262, 5452

- Mariano García Rojas: 12329, 3081, 13

- Juan Girón Roches: 21267, 119, 5

- Cristina Hurtado Pérez: 12981, 5908

- Miguel Llopis Cantó: 2217, 16317, 8

- Miguel Maestre Ropero: 57163, 3317

- Pío Marcos Cuadrado: 30218, 6000

- José Martínez Piqueras: 104863, 4126

- Alfonso Muñoz Álvarez: 4505, 7961

- Félix Navajas Lozano: 1528, 6797

- César Ordax Avecilla: 55030, 4434; 135587, 7260 

- Cástor Patiño Sánchez: 129173, 7374

- Mariano Pascual Alonso: 117143, 3208 y 9442, 3208

- Arturo Pérez Camarero: 21588, 3420

- Marcos Pérez Martínez: 1039, 4013, 7

- Antonio Pérez Olmedo: 57148, 5434

- Eusebio Rebollo Esquivilla: 115077, 3939

- Antonio Roldán del Castillo: 49366, 110, 2

- Manuel Rosón Ayuso: 48759, 106, 19

- Luis Rubio Chamorro: 140189, 3519, 1; 50196, 5517 y 19643, 327, 4.

- Fermín Sabugo García: 42490, 5228

- José Joaquín Sanchis Zabalza: 126182, 7216 y 2241, 7216

- Miguel Vega de la Torre: 32084, 3528

- Antonio Vidal Moya: 1628, 366, 5

Agradezco de nuevo a Juan Carlos Mateos Fernández su generosidad por poner a mi disposición su monumental obra y en una entrada futura hablaremos de sus investigaciones relacionadas con Manuel Chaves Nogales, cuya trayectoria durante la Guerra Civil dista de lo publicado hasta ahora.


 

domingo, 12 de mayo de 2024

La condena del periodista Antoni Pugés Guitart


 

Fuente: Sumario 19533 del AGHD, de Madrid

Gracias a la consulta del sumario 19533 del Archivo General e Histórico de Defensa, he podido reconstruir el sumarísimo de urgencia seguido en Madrid contra el periodista manresano Antoni Pugés Guitart (1890-1941), que el 31 de noviembre de 1939 fue condenado a treinta años de reclusión mayor. 

El periodista y funcionario del Ministerio de Organización y Acción Sindical, ahora de Trabajo, fue acusado por su compañero Manuel Maranón Grande y el 3 de junio de 1939 resultó detenido en Madrid. La instrucción comenzó en el Juzgado Permanente de Funcionarios, n.º 7, pero el titular del mismo se inhibió en favor de su colega Manuel Martínez Gargallo, del Juzgado Militar de Prensa.

Antoni Pugés Guitart era un hombre católico afiliado a Izquierda Republicana. Hermano de una monja capuchina, padre de un alférez falangista, cuñado de un teniente de la misma orientación política, salvador de un teniente coronel franquista que se presentó voluntariamente en el juzgado para avalarle y un hombre que, en definitiva, contaba con los mejores avales para que su condena resultara mínima tras haber colaborado en Política, el órgano oficial de Izquierda Republicana.

La primera vez que fue sometido a un consejo de guerra, el 12 de agosto de 1939, el tribunal debió tener en cuenta los avales presentados y solo le condenó a quince años de reclusión menor, que prácticamente garantizaba una temprana puesta en libertad condicional. Sin embargo, el auditor rechazó la sentencia y mandó completar la instrucción con nuevas diligencias. Las mismas fueron dictadas por Manuel Martínez Gargallo, pero con resultados nulos, pues el segundo auto resumen no aporta nada nuevo al primero. El desenlace fue en esta ocasión bien distinto. Sin añadir ninguna prueba o testimonio, lo que en agosto de 1939 supuso una condena benévola, pocos meses después acabó en una dura condena que condujo a Antoni Pugés Guitart al penal de Ocaña. De allí le dejaron salir el 23 de octubre de 1941 para que pudiera morir en casa. El fallecimiento tuvo lugar apenas tres semanas después (La Prensa, 15-XI-1941).

La instrucción llevada a cabo en el Juzgado Militar de Prensa ejemplifica, como en otras ocasiones, la absoluta falta de garantías jurídicas de estos sumarísimos de urgencia, así como la aparición de acusaciones falsas o inexactas que carecían de cualquier prueba. La circunstancia se repite en numerosas ocasiones, pero en este caso sorprende todavía más por la relevancia y la significación de las personas que se presentaron voluntariamente para testimoniar a favor del encausado. Pocas veces hemos visto a una monja capuchina explicando el acendrado catolicismo de su hermano, un hijo alférez con varias menciones honoríficas por acciones de guerra defendiendo a su padre o un teniente coronel dispuesto a avalarle porque le salvó la vida durante el período republicano. Todo fue inútil. Estos vencedores, en su fuero interno, pronto comprenderían que su victoria había alumbrado un régimen capaz de condenar con la máxima dureza a quien consideraban una persona íntegra, católica, de moral intachable e incapaz de cometer un acto delictivo. 

El capítulo lo añadiré al original del segundo volumen de Las armas contra las letras, cuya finalización solo está pendiente de la consulta de los sumarios relacionados con el escritor Pedro Luis de Gálvez. Una vez finalizado el correspondiente capítulo, bastante extenso por la complejidad del caso, entregaré el original y, si el proceso sigue favorablemente el curso habitual, el próximo otoño tendremos publicado el volumen.

He copiado la imagen del carnet de Antoni Pugés Guitart como periodista de ABC en 1921 porque no hay ni una sola imagen en internet de este manresano, que ni siquiera aparece con un apartado propio en los estudios realizados sobre la represión de los escritores y periodistas durante la posguerra. Al menos, ya cuenta con una imagen para conocerle y pronto tendrá dedicado un capítulo para explicar su destino trágico en el Juzgado Militar de Prensa y el posterior consejo de guerra.


domingo, 14 de abril de 2024

El destino trágico de Ignacio Carral y Luis Sirval


La editorial Renacimiento publicó hace unos meses un texto de Ignacio Carral solo conocido por quienes nos dedicamos a la investigación sobre el periodismo republicano. Se trata del testimonio dedicado al compañero Luis de Sirval, asesinado en la Asturias de octubre de 1934 cuando intentaba dar cuenta de lo sucedido buscando una información de primera mano. El periodista valenciano supo demasiado, contaba con una información comprometedora y lo pagó con su vida antes de que pudiera darla a conocer. Su asesinato en una comisaría asturiana a manos de un legionario fue posteriormente un motivo de escándalo. «El caso de Luis de Sirval» forma parte de mi libro Hojas volanderas. Periodistas y escritores en tiempos de República (Sevilla, Renacimiento, 2011, pp. 354-379). Aquel trabajo me permitió conocer a Ignacio Carral, a quien dediqué un extenso capítulo en Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2017, pp. 19-69). Incluso elegí su imagen como portada en un homenaje al periodista que encarnaba como pocos la metáfora de las suelas gastadas, de patear la calle en busca de una información de primera mano:


El objetivo de esta investigaciones pasa por recuperar, al menos en parte, la obra de los autores estudiados cuando la misma resulta inaccesible para la inmensa mayoría de los lectores. Afortunadamente, el propósito de divulgar los trabajos de Ignacio Carral parece cumplido en lo fundamental, pues hace unos años la editorial La Uña Rota ya publicó Los otros en una excelente edición que recopila las diferentes entregas de aquellos reportajes:


Ahora, gracias a Renacimiento, Ignacio Carral y Luis de Sirval aparecen juntos de nuevo en el citado libro, que originalmente fue publicado con la inmediatez de lo urgente para denunciar el asesinato del colega y amigo con el posterior escándalo político. El episodio alumbra con intensidad la España inmediatamente anterior a la Guerra Civil. Luis de Sirval fue asesinado en octubre de 1934. Ignacio Carral murió de una angina de pecho un año después. Ambos eran representantes de lo mejor del periodismo republicano y no pudieron llegar vivos a los cuarenta años. Se fueron jóvenes, demasiado jóvenes, en un tiempo donde tantas trayectorias quedaron trágicamente truncadas. Al releer el libro dedicado a Luis de Sirval, revivimos la emoción de una juventud ilusionada y dramáticamente abocada a la muerte.

martes, 9 de abril de 2024

El consejo de guerra del ABC republicano


El segundo volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores ya está casi terminado a la espera de iniciar el largo proceso para su aprobación y, en su caso, posterior publicación. La investigación me ha permitido entrar en contacto con entidades como la SGAE y periódicos como ABC. Sus responsables se han mostrado interesados en conocer lo sucedido con los consejos de guerra protagonizados por los autores de la misma o los redactores de la citada cabecera. Fruto de ese interés es el artículo que Israel Viana hoy publica en ABC:


Israel Viana ha partido del texto que le remití con el borrador del capítulo dedicado al consejo de guerra donde fueron condenados cuatro periodistas vinculados con ABC y una entrevista por teléfono. Al final, se ha deslizado una imprecisión cuando me refiero a los alféreces. En realidad estoy hablando de los secretarios instructores. Es cierto que, a menudo, este cargo lo ocupaban alféreces con estudios universitarios, pero a lo largo de la investigación también he visto actuar como secretarios a tenientes, sargentos, cabos e, incluso, soldados. De la misma forma, en este sumario quien actúa de juez instructor es el secretario de otros instruidos en el propio Juzgado Militar de Prensa.

El borrador del capítulo tiene unos treinta folios donde detallo con la mayor precisión posible los pasos dados en este consejo de guerra cuyo sumario fue instruido en el Juzgado Militar de Prensa. La forzosa síntesis en un par de folios, como máximo, deja fuera numerosos detalles y siempre corre el riesgo de las imprecisiones. No obstante, lo fundamental queda resaltado porque le transmití al periodista la ausencia de garantías jurídicas de estos procesos cuyas sentencias son nulas desde la aprobación de la Ley de Memoria Democrática. Si algún lector necesita más información al respecto, pongo a su disposición el correspondiente archivo con el texto del capítulo y, como siempre, quedo a la espera de cualquier información que pudiera completar o matizar mi trabajo.

El titular está sacado de la conversación telefónica y queda matizado en el propio texto del artículo. Las condenas a muerte en serie se podían dictar en un tiempo breve que no necesariamente sería media hora. A menudo, en sumarios colectivos la vista previa y el plenario coincidían en el mismo día. Si tenemos en cuenta que, por los testimonios orales, las sesiones eran matinales o vespertinas, podemos suponer que la deliberación del tribunal no iría más allá de una hora de esa mañana o tarde donde se había celebrado la vista previa y el propio consejo de guerra. El caso de Miguel Hernández ejemplifica esta situación y hasta conocemos algunos pormenores de sus prisas gracias al testimonio de Eduardo de Guzmán.

Si el titular puede resultar un tanto llamativo por inexacto, conviene recordar algún ejemplo concreto. En el sumario 48310 del AGHD, el 5 de abril de 1940 el comandante Pablo Alfaro Alfaro señaló la vista previa para el día siguiente. En la misma se pidieron penas de muerte para el periodista Enrique Peinador Porrúa y más de cincuenta procesados. El consejo de guerra se celebró en una sesión única el 8 de abril de 1940 y la sentencia estableció cincuenta y cuatro penas de muerte. Cinco días después, el auditor ratificó la sentencia y el 27 de abril de 1940 fueron fusilados Benigno Mancebo Martín, Arturo Ledesma Sánchez, Agustín Aliaga de Miguel, José Delgado Prieto, Manuel Ramos Martínez, Fernando García Peña, Virgilio Escámez Mancebo, Leopoldo Carrillo Gómez, Juan Fidel Losa Petite, José Mª. Ovejero de Gante, Eloy de la Figuera González, Argimiro Giménez Hernández, Ángel del Río Herrera, Félix Huerto Tabernero, Federico Pérez Díaz, Mariano Cabo Pérez, Alberto Uriarte Presilla, Guillermo Fillola González, Luis Vázquez Tellez, Joaquín Valentín Pastrana, José Jurado Plaza, Mariano Albert Reigada, Mateo Castañar Canales, Salvador Aguado Cordón, José Sánchez Macías, Damián Sánchez Salguero, Juan de Dios Ríos Rosas, Antonio Ariño Ramis, Eleuterio Muñoz Alonso, Avelino Cabrejes Platero, Nicolás Hernández Macías, Cristóbal Pérez Cáceres, Juan Vera Vega, Juan Bernardo Martín, Juan de Dios García Paulino, Anastasio Fernández Moreno, Manuel Corchado Durán, Gonzalo Suárez Molino, Daniel Cuesta Cadalso, Florentino Gallastegui Gandarias, Pablo Gallastegui Gandarias, Luis García Llopis y Pablo Andújar García.


Si pongo los nombres de los fusilados y no la cifra total es por una simple cuestión de respeto a la memoria de estas personas, aquel que no tendría un tribunal capaz de dictar tantas sentencias de muerte en una misma mañana. Por cierto, el joven periodista y abogado Enrique Peinador Porrúa también fue fusilado. La acusación es una suma de contradicciones y falsedades, pero con las prisas nada se tuvo en cuenta. La historia, con todos los detalles, aparecerá en el segundo volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores.

martes, 19 de marzo de 2024

El periodista Carlos Rivera: republicano, represaliado y olvidado


Esta imagen la he localizado en un ejemplar de Mundo Gráfico publicado el 13 de enero de 1937, cuando el periodista Carlos Rivera, que normalmente escribía las crónicas del frente para el diario Informaciones, andaba a la búsqueda de milicianos ejemplares, como este anciano que todavía estaba dispuesto a combatir el fascismo de los sublevados. No fue el único singular por su aspecto y edad, pues más adelante, el 27 de enero de 1937, el joven que había debutado en la prensa segoviana entrevistó a Carmonita, un torero frustrado que encontró su lugar en el mundo combatiendo en las filas del antifascismo:

El republicano Carlos Rivera es uno de los muchos olvidados a los que intento dar voz con mi trilogía sobre los consejos de guerra de los periodistas y escritores. A veces, el empeño cuenta con bibliografía y documentos fácilmente accesibles. En otras ocasiones sucede lo contrario, pues solo parto de un nombre y unas fotos sin apenas apoyos de otro tipo. De hecho, el único sumario del Archivo General e Histórico que está a nombre de Carlos Rivera, el 12710, pertenece a otra persona con el mismo nombre. En realidad, el del periodista debe ser el 3151, que está catalogado con el nombre de Carlos Rivera Gómez. Lo he solicitado y ahora toca esperar unos meses hasta tenerlo para su análisis.

Mientras tanto, intentaré recopilar las crónicas de guerra publicadas en Informaciones, que no están en línea para los investigadores, y completaré todos los datos posibles de quien intervino como orador en mítines antifascistas, colaboró con Altavoz del Frente, fue herido en el frente de Huesca y acabó procesado en un consejo de guerra que precedió a su procesamiento por la el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas.

Carlos Rivera es un periodista que ni siquiera aparece en algunos estudios sobre sus colegas republicanos de la Guerra Civil. Un casi perfecto desconocido, pero estas dos fotos me permiten suponer una personalidad interesante que merece la pena rescatar. El trabajo acaba de comenzar y, por la lentitud de algunos trámites, la documentación solicitada tardará mucho en llegar. Apenas importa, por algunas fotos insólitas y sugestivas he llegado a escribir libros dedicados a olvidados sin biografía. Carlos Rivera, apuesto y joven, al menos tendrá un capítulo en el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores.




miércoles, 13 de marzo de 2024

La condena a muerte del comediógrafo César García Iniesta


 César García Iniesta. Fuente: Fundación Pablo Iglesias

La preparación del segundo tomo dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945 me ha permitido conocer a algunos autores teatrales de los que no tenía noticia, a pesar de los años dedicados al estudio del teatro de esta época. La nómina de quienes de una manera más o menos continuada subieron a los numerosos escenarios de las décadas de los veinte y treinta para recibir los aplausos de los estrenos es extensísima. La historia solo ha recogido una mínima representación, que no siempre hace justicia de lo sucedido en aquellos locales donde se sucedían los estrenos con una frecuencia ahora digna de asombro.
El funcionario, periodista, letrista y comediógrafo César García Iniesta es un buen ejemplo de este olvido generalizado. Su consejo de guerra (AGHD, 6260) acabó con una condena a muerte dictada el 22 de junio de 1940. Afortunadamente, se la conmutaron y el 28 de julio de 1947, cuando ya se encontraba en libertad condicional, le indultaron. Por entonces, el madrileño tenía sesenta y cinco años, estaba gravemente enfermo y, en contra de lo afirmado en su ficha de la Fundación Pablo Iglesias, parece improbable que terminara su vida en el exilio venezolano.
A pesar de su avanzada edad, César García Iniesta desplegó una intensa actividad en los escenarios del Madrid sitiado. Junto con el maestro Fernando Gravina, compañero suyo en la creación de zarzuelas como En un lugar de Aragón, el 1 de noviembre de 1936 estrenó el himno «¡Hermanos proletarios!» en el cine Tívoli, donde el PCE organizó un acto Pro Defensa de Madrid. Y en febrero de 1939, cuando la entrada de las tropas del general Franco ya era inminente, todavía participaba como orador en mítines organizados por el Frente Popular Antifascista. Entre ambas fechas, su presencia en los escenarios y en las cabeceras es una constante, que registra los estrenos de Yo soy un hombre, Herencias tristes y la adaptación teatral de la popular novela anticlerical El crimen del padre Amaro, de Eça de Queiroz.
Los instructores del sumario apenas supieron de estas actividades antifascistas, pero los escasos datos recopilados a partir de las denuncias de dos compañeros del Ministerio de Trabajo que acababan de ser sometidos a otros consejos de guerra sirvieron para dictar una condena a muerte. No le ejecutaron, tal vez por su avanzada edad y condición de enfermo, pero también le condenaron a una muerte civil que implica el silencio y el olvido.
El capítulo ya redactado para el anunciado segundo tomo no le devolverá el protagonismo. No obstante, su testimonio quedará registrado para evitar ese olvido a menudo injusto. Mientras tanto, incluyo en esta entrada su colaboración aparecida en el número de Crónica del 1 de agosto de 1937. El texto evidencia su concepción del papel que debía desempeñar el teatro en unos momentos tan difíciles para un Madrid sitiado y bombardeado:



Fuente: Hemeroteca Digital de la BNE

miércoles, 3 de enero de 2024

Una caricatura inédita de Ramón Puyol


 

El dibujante, ilustrador y caricaturista gaditano Ramón Puyol es uno de los protagonistas del primer volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores (1939-1945). Su detención en Madrid y posterior proceso merecerían los honores de una novela por la presencia de una serie de circunstancias rocambolescas, donde encontramos a falangistas dispuestos a vender documentación falsa, una hermana de Imperio Argentina con una singular trayectoria y un sumario cuyas declaraciones son documentos poco fiables. Al mismo tiempo, he debido desmentir bulos que circulan por Internet acerca del artista comunista, que disfrutó durante la década de los treinta de una notable popularidad.

Gracias a Susana y Sandra, dos nietas de Santiago de la Cruz Touchard, he tenido acceso al álbum familiar de quien fuera periodista republicano y condenado a muerte. En el mismo se encuentra esta inédita caricatura firmada por Ramón Puyol en la Valencia de 1937 y dedicada «al camarada Santiago de la Cruz». Ambos coincidieron en la redacción de Mundo Obrero y el caricaturista subraya de una forma tan ingeniosa como simpática que su compañero era un oficial de Caballería por entonces.

Ramón Puyol y su camarada vivían en 1937 momentos preocupantes, pero con la ilusión de la victoria. Llegada la derrota, ambos compartieron otros dominados por las cárceles y la represión, aunque el primero nunca dejó de dibujar -incluso como actividad que le permitía redimir parte de la condena- y el segundo jamás perdió el humor. A falta de la guitarra y la pajarita que tanto le singularizaban en las fotos, en la prisión de Las Palmas tuvo ánimos para modelar unas figurillas realizadas con huesos de pollo. Todavía las conserva la familia como parte de una herencia que ahora se está incrementando con la preparación del segundo volumen de Las armas contra las letras.


En el mismo álbum se encuentra esta otra caricatura dibujada durante la guerra y dedicada al propio Santiago de la Cruz, según se puede ver en el trazo ensortijado del pelo. Por desgracia, no he conseguido identificar al autor por lo borroso de la firma.

lunes, 1 de enero de 2024

Santiago de la Cruz junto con Sofía Loren y Cantinflas


 

El periodista Santiago de la Cruz Touchard fue condenado a muerte por su participación en la redacción de Mundo Obrero, su militancia en el PCE y, finalmente, su condición de oficial del ejército republicano. Véanse las entradas anteriores de este blog dedicadas a quien fuera una víctima de la represión franquista. Tras la conmutación, protagonizó un acto de rebelión en el durísimo penal de Valdenoceda (Burgos) y fue castigado con un traslado al no menos duro de Las Palmas, donde ni siquiera podía recibir la ayuda alimentaria de su familia. El paso por la cárcel fue especialmente traumático, pero desde su puesta en libertad intentó abrirse camino con un buen ánimo y una jovialidad que le granjearon numerosas amistades, incluso entre quienes simpatizaban con el franquismo.

La oportunidad de salir adelante junto con su esposa e hijos le llegó desde Argentina y Méjico, donde varias revistas dedicadas al cine y los espectáculos le nombraron corresponsal en Madrid. Santiago de la Cruz Touchard se convirtió en un embajador del cine español en América Latina y, al mismo tiempo, un introductor del cine de aquellos países en España, actividad que pronto extendió a la música mejicana llegando a componer rancheras. Por otra parte, tanto los productores españoles como los mejicanos apreciaron su labor informativa, que era de indudable importancia dada la intensidad de los intercambios cinematográficos entre ambos países durante las décadas de los cincuenta y los sesenta.

Como reconocimiento a este trabajo, Santiago de la Cruz Touchard fue premiado en los festivales de cine de San Sebastián, Valladolid y Huelva, aparte de formar parte de la junta directiva del Círculo de Escritores Cinematográficos. Incluso, en diciembre de 1957, viajó a Méjico invitado por la Asociación Nacional de Actores y varios productores de aquel país para participar en los actos celebrados con motivo del cuarto aniversario del fallecimiento de Jorge Negrete, que había gozado de una especial popularidad en España.

El álbum familiar de Santiago de la Cruz Touchard cuenta con numerosas fotografías suyas tomadas junto con los actores y cantantes a los que entrevistó. También productores y otras personalidades vinculadas al mundo del espectáculo. La lista es larga, pero a modo de ejemplo podemos citar a Orson Welles, Paco Rabal, Carmen Sevilla, Marisol, Ana Mariscal, Cesáreo González, Azorín, Benito Perojo, El Cordobés, Antonio Buero Vallejo, el Dúo Dinámico, Alfonso Paso…




Muchas de estas fotografías fueron tomadas en el local de Perico Chicote, centro neurálgico de los populares de la época, y otras con motivo de galas o entrevistas, a las que Santiago de la Cruz se solía presentar con su característica pajarita y otros rasgos de quien, además de ser miembro durante décadas de los Amigos de la capa, mostraba siempre una jovialidad compatible con la elegancia.




La imagen de este periodista triunfante en Méjico y reconocido por los cineastas españoles esconde el paso por una condena a muerte como preámbulo a años de cárcel. Quienes no supieran de esta historia, la mayoría, se quedarían sorprendidos, pero la evolución es propia de un hombre talentoso que supo abrirse camino sin mirar hacia atrás. Nunca le derrotaron por completo y, sin renunciar a sus ideales, Santiago de la Cruz Touchard triunfó en un país donde codearse con estrellas como Sofía Loren o Mariano Moreno, Cantinflas, era motivo de admiración y hasta de envidia. Puestos a imaginar, también la tendrían quienes le condenaron a muerte y veinte años después ignoraban el pasado de ese periodista jovial con pajarita y eterna sonrisa de buena persona.




Las fotos las publico gracias a la ayuda de sus nietas Sandra y Susana, con quienes estoy trabajando para que el periodista tenga su merecido capítulo en el segundo volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1919-1945.


miércoles, 29 de noviembre de 2023

Las armas contra las letras: próxima publicación


 

Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores (1939-1945), un ensayo coeditado por la editorial Renacimiento y el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante, tiene prevista su llegada a las librerías el próximo 15 de enero.

No obstante, el libro ya consta en las principales distribuidoras para hacer las oportunas reservas o realizar los pedidos a la espera de su publicación:

https://www.amazon.es/Las-armas-contra-las-letras/dp/8419791997

https://www.fnac.es/a10654845/Juan-A-Rios-Carratala-Las-armas-contra-las-letras

https://www.editorialrenacimiento.com/los-cuatro-vientos-serie-mayor/3027-las-armas-contra-las-letras.html

https://www.todostuslibros.com/libros/las-armas-contra-las-letras_978-84-19791-99-3

https://www.libreriacompas.com/es/libro/las-armas-contra-las-letras_470887

A partir de este momento, y mientras llegan los primeros ejemplares, empieza una larga tarea de difusión para dar a conocer un libro, el primero de una futura trilogía, que pretende dar voz a los periodistas y escritores republicanos que fueron procesados durante la posguerra. 

Este blog cumple la misma función aportando día a día lo más significativo o curioso de las investigaciones llevadas a cabo, pero las mismas tienen como objetivo final la preparación de una trilogía dedicada a quienes acabaron en un paredón o pasaron años de cárcel por ejercer la libertad de expresión en la prensa republicana. Por lo pronto, ya tenemos el primer volumen a punto de aparecer, mientras ultimo la redacción del segundo con la voluntad de que el tercero esté en las librerías antes de jubilarme. 

El propósito supone una media de 6-8 horas de trabajo al día porque la consulta de la documentación la completo con una amplia bibliografía, que incluye las obras publicadas por estos escritores. El trabajo es arduo, pero cada vez que contacto con un hijo o un nieto de estos escritores encuentro razones de sobra para llevarlo a cabo. Hoy mismo, Carlos, el hijo de Antonio Buero Vallejo me ha mandado una amplia documentación sobre el consejo de guerra seguido contra el dramaturgo y que terminó con una condena a muerte. El agradecimiento por la generosidad del gesto dará paso a un trabajo de varias semanas hasta redactar el correspondiente capítulo. 


lunes, 27 de noviembre de 2023

La frágil memoria del marqués de Luca de Tena


 

Foto: Elfidio Alonso Rodríguez. Fuente: ABC.es

La represión embarra hasta la memoria. A lo largo de la presente investigación, he encontrado una fábula recurrente: la de destacadas personalidades vinculadas con el franquismo que, cuando la dictadura ya boqueaba y el incierto futuro indicaba la conveniencia de blanquear el pasado, dijeron haber intentado salvar a alguien condenado en un consejo de guerra.

Quienes de verdad presentaron avales en los juzgados militares por solidaridad o agradecimiento con los procesados suelen callar y permanecen en el anonimato. Su gesto de humanidad, a veces arriesgado, ha quedado en silencio, salvo para la documentación de los sumarios. Siempre doy sus nombres en mis trabajos. Entre otras razones, porque la existencia de estas personas -obviamente vinculadas con los vencedores de la guerra- prueba que el franquismo no era monolítico y había gente dispuesta a procurar un cierto alivio en la represión que se cernió sobre los republicanos procesados.

Sin embargo, y por experiencia de varios casos relacionados con periodistas y escritores, quienes hablan en público o dejan un testimonio escrito acerca de su ayuda a algún represaliado nunca cuentan en esa documentación con una prueba de la misma. Solo tenemos su palabra de «personas de probada solvencia moral», pero sin una posibilidad de verificación y, a menudo, el testimonio incurre en contradicciones que indican la inequívoca presencia de la fabulación.

El caso de Miguel Hernández es paradigmático en este sentido. La fama o el prestigio del procesado favorece la proliferación de «salvadores» que nunca se presentaron ante un juzgado militar. La lista de quienes pretendieron salvar al poeta es larga, todavía es objeto de una indocumentada credulidad por parte de algunos periodistas y, sobre todo, parece inmune a las pruebas aportadas en Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022). Cuando una fábula ha circulado durante años casi queda convertida en un dogma cuyo cuestionamiento resulta incómodo.

Estas fábulas, a menudo utilizadas por quienes las profieren con desparpajo para procurar una memoria consoladora, solo pueden ser desmentidas mediante la consulta de la documentación que obra en los sumarios.  Sin embargo, también cabe otra posibilidad menos frecuente porque requiere la participación de la víctima. La relectura del volumen colectivo Periodismo y periodistas en la Guerra Civil (1987) me ha recordado una historia relacionada con las vicisitudes de ABC durante la guerra que no precisó de documentación alguna, por entonces inaccesible, porque fue la propia víctima quien puso en evidencia al fabulador.

Elfidio Alonso Rodríguez (1905-2001), el joven director canario del ABC republicano, salvó su vida porque pudo marcharse al exilio poco antes de terminar la guerra. Después de cincuenta años sin hablar en público, el ciclo de conferencias en que se basa el citado volumen le permitió citar un texto de Juan Ignacio Luca de Tena (1897-1975) extraído de su libro de memorias Mis amigos muertos publicado en 1971. En él escribe de su llegada a la redacción el mismo día en que las tropas del general Franco entraron en Madrid:

Bajó al cabo la redacción usurpadora con su director, don Elfidio Alonso, a la cabeza; entregaron la casa a Pastor y a Cuartero y enseguida se marcharon a la calle. Por cierto, que el tal don Elfidio fue condenado, semanas después, por un tribunal militar y que los nuevos directores de los periódicos de Madrid, José María Alfaro, Juan Pujol, Víctor de la Serna, Juan José Pradera, Joaquín Valdés y un servidor de ustedes, acudimos al Caudillo para pedirle el indulto del señor Alonso, quien, si vive que sea por muchos años, andará a estas horas paseándose por las calles de Madrid (1971: 322-323).

El republicano Elfidio Alonso Rodríguez no fue sometido a un sumarísimo de urgencia porque por entonces, durante la inmediata posguerra, estaba en un campo de concentración francés. De ahí saldría con destino a varios países donde permaneció exiliado. Y, afortunadamente, el periodista vivió hasta casi ser centenario, pero tardó mucho en pasear por Madrid porque tuvo la coherencia de esperar a la muerte del general Franco para volver. La entrada de las tropas en la redacción de ABC, con la consiguiente entrega del mando, no debió ser un acto entre caballeros que se comportan como aristócratas de una comedia de teléfonos blancos. La imagen solo reside en la capacidad fabuladora de quien afirma escribir unas memorias donde cita a colegas que nunca le iban a desmentir, entre otros motivos porque andaban igual de necesitados de ese blanqueamiento. 

Al menos, en 1986 a Elfidio Alonso Rodríguez le brindaron la oportunidad de hablar en público y demostrar, con una elegancia exquisita hacia el fallecido, que Juan Ignacio Luca de Tema había tergiversado la realidad, como su colega José María de Alfaro, que dijo haber intentado salvar a Miguel Hernández y calló acerca de su padre y presidente del tribunal que le condenó: el comandante Pablo Alfaro Alfaro.

Las personas de «probada solvencia moral» podían ser tan elegantes y cultas como el marqués de Luca de Tena, miembro de la RAE. No obstante, al cabo de los años, falsificaron el pasado con desparpajo de pícaro porque sabían que los suyos nunca se lo recriminarían. Y los otros, claro está, eran unos «rojos» como el periodista canario de Unión Republicana, que ni siquiera llamó mentiroso a quien, a la vista de las pruebas, lo había sido de una forma palmaria:

No deja de ser curioso este ejemplo de «información» objetiva de tan destacado periodista; pero lo es más aún que un consejo de guerra me haya condenado en ausencia y que el Caudillo concediera mi indulto, sin averiguar que por aquel entonces yo andaba tras el Pirineo evadiéndome de los campos de concentración franceses. Afortunadamente, todavía me faltaba recorrer mucho camino, hacer otros periódicos, ser espectador de más episodios de guerra y del nacimiento y desaparición de unos cuantos dictadores (VV. AA., 1987: 123).

Eso sí, por si acaso el periodista republicano hubiera mentido también, he comprobado que el sumario de su supuesto consejo de guerra no figura en el AGHD. A nombre de Elpidio Alonso Rodríguez está el 113451, pero por la numeración nunca pudo ser de 1939 o principios de 1940. Cabe la posibilidad, desconocida al parecer por el periodista, que fuera procesado en rebeldía. Según la tesis doctoral de María Gabino Campos, Vida y obra periodística de Elfidio Alonso Rodríguez (2002), el citado director de ABC formó parte del exilio.


domingo, 19 de noviembre de 2023

Los servicios de inteligencia identifican a Santiago de la Cruz Touchard


El periodista Santiago de la Cruz Touchard, poco después de finalizar la Guerra Civil, se encontraba preso en el campo de concentración de Navalperal de Pinares (Ávila). Quien fuera letrista de canciones populares, secretario del célebre charlista Federico García Sanchiz y novelista galante, aparte de dramaturgo de aires costumbristas, en 1934 ingresó en el PCE. Tras pasar por la redacción de Mundo Obrero como secretario del ministro Jesús Hernándezdurante la contienda llegó a ser comandante condecorado por su actuación en el frente de Brunete y Quijorna. El preso del citado campo de concentración era un oficial republicano que acabaría condenado a muerte el 16 de enero de 1940.
El 19 de mayo de 1939, el Servicio de Inteligencia de la Policía Militar (SIPM) mandó un telegrama al responsable del campo de concentración. El motivo era que, gracias a las proyecciones en el madrileño cine Fuencarral de la coproducción hispano-alemana titulada España heroica. Estampas de la Guerra Civil (1938), de Joaquín Reig, se había identificado al individuo que en el minuto trece aparece junto al embajador soviético. A su izquierda está Santiago de la Cruz Touchard; sonriente, satisfecho y con el puño en alto.
Los instructores del sumarísimo de urgencia que terminó con la condena a muerte no prestaron atención a esta prueba de cargo, que evidencia una vez más la utilización en la represión franquista de las imágenes filmadas por los republicanos. Vistos los dos sumarios de Santiago de la Cruz Touchard depositados en el AGHD, aquellos instructores disponían de otras pruebas gráficas. En concreto, dos fotos donde aparece el preso junto a La Pasionaria en la cárcel a principios de 1936 y entrevistado cuando estaba organizando una unidad de Caballería adscrita al Quinto Regimiento. Y, por otra parte, los vencedores habían incautado documentos y cartas que sirvieron para justificar una condena a muerte que, tras su conmutación, dio paso a un dramático deambular de cárcel en cárcel con castigos incluidos.
Santiago de la Cruz Touchard debió ser un hombre valeroso o una víctima de las torturas, pues en los interrogatorios admitió sin disimulos su militancia comunista hasta julio de 1938, cuando dice haber sufrido un atentado cuyo origen no aclara. No obstante, siguió leal al ejército republicano y en enero de 1939 todavía le identificamos como responsable de un centro de instrucción donde haría valer una formación militar iniciada entre 1919 y 1924, cuando era sargento de la policía indígena de Tetuán. Uno de sus tíos, el general republicano Manuel de la Cruz, prueba que la vocación militar estuvo presente en aquella familia, donde hay otros oficiales destacados.
Los servicios de inteligencia de los vencedores contarían con un denunciante capaz de identificar al protagonista del fotograma arriba reproducido, buscar su localización en un campo de concentración y ponerse en contacto con su responsable para añadir una prueba de cargo que, en aquel contexto, aseguraba una condena a muerte. 
La prueba ha quedado en el expediente durante ochenta y cinco años hasta que, al examinarla, me puse en movimiento, vi la citada película y recuperé en colaboración con mi hijo el fotograma del sonriente periodista. La película completa está disponible en la web de RTVE y forma parte del segundo capítulo de una serie realizada bajo la dirección de mi colega Julián Casanova.
El denunciante capaz de propiciar el fusilamiento de un preso no culminó su propósito. Santiago de la Cruz Touchard sobrevivió a múltiples dificultades tras ser indultado en 1947 y partir después al exilio en México. No obstante, pudo volver a Madrid en los años sesenta y conocer a su nieta Sandra, con quien se fotografió poco antes de fallecer.


Santiago de la Cruz Touchard mantiene la misma sonrisa que en el verano de 1936, pero en esta ocasión la compañía es más entrañable. Algo similar sucede en la siguiente fotografía, también tomada en el Madrid de principios de los años sesenta:


Sandra, la nieta, ahora es una destacada profesional de RTVE. Hoy, gracias a los servicios de inteligencia de quienes pretendieron terminar con la vida de su abuelo, ha descubierto que en la web de su propia empresa tenía unos fotogramas, apenas unos segundos, de un abuelo al que apenas pudo conocer y del que ignoraba, por el prudente silencio de quienes nunca comprometían a sus familiares, el pasado como novelista galante de aspecto refinado que luchó como miliciano antifascista y penó de cárcel en cárcel.
Vistas las fotos que me mandó Sandra y el fotograma recuperado, aparte de las incluidas en anteriores entradas de este blog (6 y 25 de octubre), me quedo con la imagen de un hombre sonriente y elegante, con esa pajarita como signo de distinción que le recordaría los tiempos en que se retrataba provisto de un bastón para subrayar su elegancia. Tal vez selecciono esa combinación, a partir de unos rasgos aislados, porque siempre habría sido la suya en el caso de haber podido vivir en una España democrática. No tuvo esa suerte, pero la memoria le devuelve al lugar donde es posible sonreír.


El extenso capítulo dedicado a Santiago de la Cruz Touchard aparecerá en la continuación de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2023), cuya aparición está prevista para marzo de 2025.

viernes, 10 de noviembre de 2023

Un nuevo listado de periodistas y escritores procesados


 

Foto: portada de un sumario conservado en el AGHD

La investigación sobre los consejos de guerra seguidos contra periodistas y escritores hasta el presente ha partido de un listado de víctimas elaborado gracias a la consulta de otros trabajos académicos. El método, centrándome en Madrid, me ha permitido localizar cerca de cincuenta sumarios. Unos veinte aproximadamente han sido analizados en Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento, en prensa). El resto lo estoy estudiando con vistas al segundo volumen. No obstante, siempre he tenido la sospecha de que había muchos más casos en Madrid. La colaboración de mi colega Juan Carlos Mateo Fernández me ha permitido confirmarla.

El AHN conserva dos documentos firmados por Juan Aparicio, delegado nacional de prensa, y dirigidos al fiscal instructor de la Causa General en Madrid, que por entonces estaba elaborando la «Pieza de la Prensa Roja». Las fechas de los documentos son el 1 de diciembre de 1941 y el 26 de febrero de 1942 (AHN-FC-Causa General, 1546, exp. 1). Juan Aparicio facilita al fiscal una «relación de los periodistas que actuaron durante la dominación roja en Madrid, y de los cuales se tienen sus instancias firmadas de puño y letra. Dirigidas a la Delegación de Propaganda y Prensa de la Junta Delegada de Defensa de Madrid roja. Archivadas en el Registro Oficial de Periodistas».

Ambos documentos proporcionan, sin duda, el listado más completo de los periodistas que trabajaron en Madrid durante la guerra. Y, además, incluyen información sobre las cabeceras donde colaboraron, los sindicatos o partidos a los que estuvieron afiliados y, en ocasiones, notas acerca de sus procesos de depuración, que cuando eran superados permitían su continuidad profesional.

A la vista de esos listados, el siguiente paso era comprobar en el catálogo del AGHD quiénes de esos periodistas habían sido sometidos a consejos de guerra en Madrid. El resultado es el siguiente, dejando al margen los sumarios que ya habían sido localizados por otros cauces. Indico solamente el nombre completo del periodista y el número de su sumario:

Natividad Adalia Cardillo, 2984 y otros; José Alarcón Díaz, 35; Félix Albero Trullén, 367; Andrés Alonso Gómez, 1019; Elpidio Alonso Rodríguez, 113451; Pedro Antequera Azpiri, 1420; Antonio Bravo Arias, 24498; Carlos Caballero Gómez de la Serna, 7391; Maximiliano Clavo Santos, 5456; Clemente Cimorra, 7646; José Domínguez López, 1955 y otros; Antonio Dorta Martín, 415; Heliodoro Fernández Evangelista, 135277 y otros; Veremundo Fernández Evangelista, 10998; Bibiano Fernández Osorio, 29879; Alfonso Galerón Egaña, 262; Gregorio Gallego García, 128984; José García Pradas, 27144; Mariano García Rojas, 12329; Abraham Guillén Sanz, 127233 y otros; Mariano Guzmán Espinosa, 57206; Antonio Hermosilla Rodríguez, 16144; Justo Hidalgo Monje, 13050 y otros; Manuel Izquierdo Esteban, 60352; Juan López Núñez, 9449; Agustín Martín Becerra, 7391 y otros; Ernesto Martínez Abad, 8032; Juan Martínez Piqueras, 104863; Rafael Morante Serrano, 56290; Alfonso Muñoz Álvarez, 4505, Ángel Muñoz Sanz, 119114; Antonio Nicas Amato, 36965; Cástor Patiño Sánchez, 129173; Enrique Peinador Porrúa, 48310; Marcos Pérez Martínez, 1039; Aselo Plaza Vinuesa, 34329 y otros; Antonio Pugués Guitart, 19533, Lázaro Somoza Silva, 117907; Miguel Vega de la Torre, 32084 y Manuel Zambruno Barrera, 49432.

El análisis de cuarenta casos nuevos requiere un período de trabajo de muchos meses, pero poco a poco lo iremos culminando. Al final, tendremos un panorama completo de todo lo sucedido en torno al Juzgado Militar de Prensa y otros juzgados que procesaron a periodistas, escritores y dibujantes.

 

domingo, 29 de octubre de 2023

Las armas contra las letras, en prensa y en la prensa


Los libros suelen contar con reseñas o algún eco en la prensa cuando aparecen publicados, pero a veces también los periodistas se hacen eco de la próxima publicación de alguno de ellos. Así ha ocurrido con Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento-Universidad de Alicante, 2023), que saldrá publicado a finales de año y, desde hoy y gracias a Cristina Martínez del diario Información, ya cuenta con su primera presencia en la prensa.
En el año 2015 publiqué Nos vemos en Chicote (Renacimiento-Universidad de Alicante), donde por primera vez analicé algunos casos de la represión ejercida contra los escritores, periodistas y dibujantes durante la posguerra. El ensayo tuvo una buena acogida en los medios académicos y fue reeditado en 2019, pero también fue objeto de una demanda judicial donde se me descalifica como investigador universitario. Al margen de la debida respuesta en sede judicial, mi obligación como catedrático es tomar nota de lo expuesto por el demandante y, en la medida de lo posible, intentar rebatir esa descalificación mediante una investigación exhaustiva y rigurosa sobre todo lo relacionado con la represión ejercida contra los citados colectivos, especialmente desde el Juzgado Militar de Prensa.
La tarea tuvo su primer hito con la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (Madrid, Ministerio de Defensa-Universidad de Alicante, 2022) y continuará con una trilogía de ensayos iniciada con Las armas contra las letras. Sus más de cuatrocientas páginas recopilan la información sobre una veintena de casos, pero todavía quedan por investigar otros muchos y será necesario contar con dos nuevos volúmenes para abarcar la práctica totalidad de los consejos de guerra cuyas víctimas fueron periodistas, escritores, dibujantes y fotoperiodistas.
La investigación me llevará varios años porque el trabajo en los archivos militares es lento y requiere mucha paciencia a la búsqueda de la documentación. Su finalización tal vez coincida con mi jubilación si tengo la suerte de disfrutar de una aceptable salud. Anunciar tareas ciclópeas a los sesenta y cinco años supone una osadía, pero el conocimiento de las penalidades sufridas por quienes ejercieron la libertad de expresión durante la etapa republicana me estimula a la hora de encontrar las necesarias fuerzas. Me habría gustado jubilarme abordando temas relacionados con el humor, que siempre han sido de mi agrado, pero sin abandonarlos lo haré con unos sumarísimos de urgencia absolutamente dramáticos. No obstante, y aunque parezca sorprendente, en algunos también es posible encontrar rasgos humorísticos, pues en lo más negro de una época atroz a veces surge el motivo para la sonrisa.
Mientras tanto, el blog irá dando noticia de mis investigaciones y está abierto a las indicaciones que me pueda hacer la comunidad académica o cualquier interesado por los temas aquí abordados. Por otra parte, y como es mi obligación, siempre estaré dispuesto a rectificar porque soy consciente del riesgo de cometer errores. La evolución de la ciencia pasa, de hecho, por una continua rectificación, pero siempre respetando la libertad de expresión y de cátedra, que es compatible con la controversia cuando el objetivo común es el conocimiento.



La presencia en la prensa se ha completado estos días con la noticia publicada en La Verdad, de Murcia, acerca de la mesa redonda del pasado día 30 dedicada a la memoria histórica en la que que participé junto a mis colegas César Oliva y Pedro María Egea:



viernes, 27 de octubre de 2023

El periodista Francisco Escola Besada seguía en el punto de mira


 

Foto: coronel Enrique Eymar Fernández

Los represaliados del franquismo siempre estaban en el punto de mira de la represión, aunque ya hubieran pasado por las cárceles y procuraran vivir en silencio su derrota. El periodista gaditano Francisco Escola Besada ejemplifica esta circunstancia propia de una condición indeleble a partir de una Victoria donde se era vencedor o vencido, con todas las consecuencias y a perpetuidad, siempre que las habilidades personales no obraran milagros de difícil e indecorosa explicación. Los hubo; y con el añadido de no dejar huellas documentales más allá del asombro provocado, en algunas ocasiones, por sus resultados verdaderamente milagrosos.

Francisco Escola Besada fue redactor de La Libertad durante la Guerra Civil y censor de prensa nombrado por el ministro de Gobernación Ángel Galarza, según declarara el periodista en el sumario seguido contra los miembros de la Alianza Republicana (AGHD, 139.728). Ambas tareas las llevó a cabo en Madrid hasta la entrada de las tropas del general Franco. El militante de Izquierda Republicana que había sido gobernador civil de Castellón desde abril de 1931 hasta junio de 1933, además de masón entre 1909 y 1921, reunía todos los atributos para que las autoridades militares le instruyeran un sumarísimo de urgencia. Sus consecuencias serían preocupantes a la vista de lo sucedido con los compañeros de las cabeceras republicanas. Sin embargo, y por razones que ignoramos, Francisco Escola Besada se libró de sufrir ese destino común entre los dedicados a las hojas volanderas que definiera Ramón M.ª del Valle-Inclán en Luces de bohemia (1924).

La buena suerte durante la inmediata posguerra le haría confiado y discreto a sus casi sesenta años, cuando el periodista procuraría pasar desapercibido en su domicilio de la calle Infantas, 23, entresuelo derecho. Lo peor de la represión había quedado atrás, pero la casi olvidada presencia en la logia Progreso, de Madrid, dejaría alguna huella documental en Salamanca, que al cabo del tiempo reaparecería para desgracia del azañista. Francisco Escola Besada fue detenido en abril de 1943 y puesto a disposición del TERMC (CDMH, ficheros 70, 76 y 77), que acabó condenándole a veinticinco años de prisión. La amortización de la pena le habría llevado a fechas solo imaginables en un nonagenario. Sin embargo, por fortuna el 15 de enero de 1945 salió en libertad provisional o atenuada, con la obligación de presentarse mensualmente en la Dirección General de Seguridad. El periodista podía pasear por la calle, pero se sentiría controlado y, a su edad, las ganas de aventuras políticas eran tentaciones del pasado. Su concreción en un presente tan coercitivo suponía una quimera.

Los relatos de los sumarios despiertan la imaginación del historiador. Al salir de la cárcel, los represaliados debían tener un imán especial, casi inexorable, y terminaban encontrándose por las calles de Madrid. Además de recordar los tiempos pasados en la prisión a la búsqueda de la supervivencia, los camaradas o simpatizantes tomaban café y, de acuerdo con las declaraciones, incluso hablaban de la situación política. Eso sí, en términos genéricos y meramente reflexivos o teóricos. La Brigada Político Social no les solía creer y sospechaba que, cuando dos o tres de ellos tomaban demasiados cafés juntos, había un inicio de confabulación contra el régimen. La consiguiente actuación no se hacía esperar.

Francisco Escola Besada conocía al abogado Justo Feria Salvador, un republicano de cincuenta y dos años que a veces aparece como José en el extenso sumario. Ambos correligionarios habían coincidido en la cárcel, se encontraron casualmente en Madrid y, a partir de ese momento, cambiaron «impresiones sobre la situación política y sus esperanzas en que el triunfo de las Naciones Unidas redundara en beneficio de la causa republicana», según la declaración del 16 de febrero de 1947 ante los agentes de la Brigada Político Social. La fecha es sorprendente si olvidamos la reiterada voluntad de reconstruir los sumarios con una cronología ficticia y algo singular. De hecho, en la posterior declaración del periodista ante el coronel Enrique Eymar Fernández, responsable de la instrucción, aparece que Francisco Escola Besada fue detenido el 17 de febrero de 1947; es decir, un día después del interrogatorio al que le sometió la Brigada Político Social. Los reconstructores de los sumarios, o quienes los redactaban cuando ya estaban más o menos finalizados, nunca tuvieron excesivo cuidado en lo referente a la coherencia cronológica.

El problema para Francisco Escola Besada es que el amigo también en libertad provisional estaba siendo investigado porque su bufete era el centro de reunión de varios republicanos. El periodista acudió al mismo en reiteradas ocasiones «conversando siempre sobre sus aspiraciones e ideales políticos». Allí encontró a su colega Manuel Otero Seco y otros republicanos, pero el redactor de La Libertad dice desconocer la existencia de una clandestina Alianza Republicana, que estaría promoviendo Justo Feria Salvador para agrupar distintos colectivos políticos, sociales y culturales. Es más, el veterano periodista era pesimista con respecto a la futura reunificación de los republicanos y, por su edad, los promotores de esa alianza tampoco confiarían demasiado en sus posibilidades de contribuir al empeño. El antiguo masón lo reconoce; aunque sin lamentarlo, claro está.

Así declara Francisco Escola Besada ante la Brigada Político Social poco después de haber vuelto a la prisión, que a su edad ya era un grave peligro para la salud con independencia de la futura condena. El 24 de febrero de 1947, el abogado Feria Salvador ratifica lo dicho por su amigo: «en las conversaciones sostenidas con un tal Escola no ha existido más que comentarios y anécdotas del tiempo viejo por ser un periodista del parlamento y buen conocedor de la política antigua». El coronel Enrique Eymar Fernández interroga como instructor al redactor de La Libertad al día siguiente. Francisco Escola Besada ratifica lo dicho en la primera declaración, pero matiza un párrafo que le parecería comprometedor. En concreto, no era verdad que ambos amigos cifraran sus esperanzas en «el triunfo de las Naciones Unidas», pues en sus amistosas reuniones «no se habló más que de la cuestión política en general, sin tratar del beneficio para la causa republicana del triunfo de las Naciones Unidas». Quien citara a Víctor Ruiz Albéniz como avalista nunca pensó que el organismo internacional pudiera alterar el discurrir político de la dictadura. Al menos, según una declaración donde la presencia del coronel, aunque resultara intimidatoria, debió ser menos coercitiva. La circunstancia se repite en otros muchos sumarios de la época.

Enrique Eymar Fernández pensaría que, habiendo tantos comunistas dispuestos a la subversión en las calles madrileñas, apenas merecía la pena insistir en el caso de un anciano republicano que discutía solo en términos teóricos y sin salir de su declarado pesimismo. El 1 de marzo de 1947, el coronel escribe al capitán general de la región militar y le propone la libertad provisional del periodista. La misma le llegaría trece días después, pero con la obligación de presentarse mensualmente en la Dirección General de Seguridad. Vista la cantidad de personas con esa obligación, suponemos que la espera en aquellos pasillos debió ser un acto tan habitual como masificado. La correspondiente foto no me consta, de la misma manera que no he encontrado todavía otras que testimoniaran estos actos administrativos, jurídicos o policiales. Ni siquiera en Redención, donde Martín Santos Yubero prefería mostrar presos atentos a las sabias palabras de Amancio Tomé, el director de la cárcel de Porlier que les arengaba para devolverlos a la buena senda.

La voluminosa instrucción del caso de la Alianza Republicana, que afectó a más de una docena de viejos republicanos, siguió adelante. En lo que respecta a Francisco Escola Besada, la Guardia Civil redacta un informe el 26 de noviembre de 1947. El mismo reitera circunstancias de filiación ya presentes en el sumario y añade una conclusión: el represaliado «es persona de ideal izquierdista y está considerado desafecto al Régimen». Cinco días después, la Dirección General de Seguridad reitera los datos acerca del periodista, pero añade que «observa buena conducta haciendo una vida retraída y se le considera como desafecto al Régimen». Este último rasgo era, como es lógico, indeleble y permitía encasillar al afectado como sospechoso habitual sin necesidad de pruebas. El derecho de autor imperante durante el franquismo no precisaba de estas últimas.

Un sesentón republicano ya no suponía demasiado peligro cuando había pasado una buena temporada en la cárcel y, además de pesimista, hacía vida retraída. El 10 de enero de 1948, el auditor general Ramón de Orbe ratifica la orden de libertad provisional dada por el juez instructor y Francisco Escola Besada, junto a otros republicanos, se libró de ser procesado en el consejo de guerra que presidiera el teniente coronel Domingo Martínez de Pisón y Nebot el 12 de marzo de 1948. Ese día varios recalcitrantes, a los ojos de los militares, fueron condenados a penas menores por su intento de organizar una Alianza Republicana capaz de agrupar a quienes podrían verse beneficiados por «el triunfo de las Naciones Unidas».

Las condenas fueron desde los seis años del citado abogado hasta uno para algunos de los correligionarios. Nada que ver con las dictadas cuando los procesados eran comunistas o similares. La verdadera cuestión era mantener controlada cualquier posibilidad de disidencia, por minoritaria o moderada que pudiera resultar. Así ningún viejo republicano albergaría la tentación de alterar su «vida retraída». El periodista Francisco Escola Besada tomó buena nota y sus huellas se perdieron hasta el presente. Ni siquiera tuvo la ocasión de justificar su pesimismo. El origen del mismo radicaría en la condición de quien, cumplidos los sesenta, sabría de una derrota sin tiempo para abrigar la esperanza, aunque fuera la remota de unas Naciones Unidas donde nadie manifestó preocupación por estas historias tan menores como anónimas. Ahora solo merecen la atención de quienes cultivamos la microhistoria documentada porque el resto de las metodologías, en cierta medida, tiende a la especulación, que permite afirmaciones contundentes y hasta imaginativas.

 

miércoles, 25 de octubre de 2023

Santiago de la Cruz: de novelista galante a redactor de Mundo Obrero

 


La preparación del segundo volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 me ha permitido conocer la trayectoria de Santiago de la Cruz Touchard (1901-1968), del cual ya hemos hablado en este blog con motivo de sus colaboraciones en el diario Mundo Obrero, que junto a sus actividades como miliciano le llevaron al procesamiento en consejo de guerra y posterior condena.

Uno de los datos hasta cierto punto sorprendentes de su trayectoria es que, antes de la Guerra Civil, era letrista de canciones populares como «Gol del Madrid» o «¡Viva la mujer!», incluso de «El negro salió mandanga», que por sus títulos parecen poco acordes con su militancia comunista y colaboración en el citado órgano del PCE. El recuerdo del caso de José Luis Salado, el director de La Voz, nos permite suponer que esta dualidad entre lo frívolo y lo comprometido no era tan extraña en aquella época de cambios tan drásticos como acelerados.

A la búsqueda de esos antecedentes de quien pasó por las cárceles franquistas antes de marchar a México, he consultado el volumen Pecados que Dios perdona (1925), donde el debutante Santiago de la Cruz y Touchard -la aristocrática «y» desaparecería durante la guerra- recopila cinco narraciones breves de carácter galante y con una orientación cercana a la de Álvaro Retana, a quien el joven narrador dedica el libro.


El volumen prologado por Juan Ferragut, otro habitual de la prensa republicana durante la guerra, agrupa los relatos titulados La loca del cuarto de azul, Pecados que Dios perdona, ¡Bendita ilusión!, La quería él y La venganza, todos en la línea de una literatura galante bastante menos atrevida que la de Álvaro Retana

El mismo volumen anuncia otras novelas del autor cuya aparición sería sucesiva: De la vida canalla, A conquistar Madrid con once reales -novela autobiográfica-, La odiosa familia y Muñecos de bazar, calificada como «novela no recomendable» para suscitar el interés del lector aficionado a los relatos galantes. Asimismo, al final del volumen se anuncia la inmediata aparición de Lo que estaba escrito. Un drama de la vida canalla, presentada como una «novela de emoción, fina sensualidad y arte».

El catálogo de la Biblioteca Nacional de España no da cuenta de estas obras, que ni siquiera sabemos si acabaron publicándose. La circunstancia es habitual en las colecciones de narraciones breves de los años veinte. No obstante, haremos nuevas búsquedas por si podemos localizar alguna de ellas, en especial la presentada como novela autobiográfica, porque nos interesa conocer la trayectoria de quien en 1925 se fotografiaba como un joven elegante capaz de poner una aristocrática «y» entre sus apellidos y, apenas diez años después, llevaba el casi reglamentario mono azul de los milicianos. Su evolución, como la del citado José Luis Salado, rompe los moldes de una bibliografía solo atenta a los nombres consagrados por el canon. Y, por cierto, recordemos que el singular Álvaro Retana también acabó en las cárceles franquistas, donde la frivolidad y la sensualidad de la galantería serían un lejano recuerdo.