domingo, 19 de noviembre de 2023
Los servicios de inteligencia identifican a Santiago de la Cruz Touchard
miércoles, 25 de octubre de 2023
Santiago de la Cruz: de novelista galante a redactor de Mundo Obrero
La preparación del segundo volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 me ha permitido conocer la trayectoria de Santiago de la Cruz Touchard (1901-1968), del cual ya hemos hablado en este blog con motivo de sus colaboraciones en el diario Mundo Obrero, que junto a sus actividades como miliciano le llevaron al procesamiento en consejo de guerra y posterior condena.
Uno de los datos hasta cierto punto sorprendentes de su trayectoria es que, antes de la Guerra Civil, era letrista de canciones populares como «Gol del Madrid» o «¡Viva la mujer!», incluso de «El negro salió mandanga», que por sus títulos parecen poco acordes con su militancia comunista y colaboración en el citado órgano del PCE. El recuerdo del caso de José Luis Salado, el director de La Voz, nos permite suponer que esta dualidad entre lo frívolo y lo comprometido no era tan extraña en aquella época de cambios tan drásticos como acelerados.
A la búsqueda de esos antecedentes de quien pasó por las cárceles franquistas antes de marchar a México, he consultado el volumen Pecados que Dios perdona (1925), donde el debutante Santiago de la Cruz y Touchard -la aristocrática «y» desaparecería durante la guerra- recopila cinco narraciones breves de carácter galante y con una orientación cercana a la de Álvaro Retana, a quien el joven narrador dedica el libro.
El volumen prologado por Juan Ferragut, otro habitual de la prensa republicana durante la guerra, agrupa los relatos titulados La loca del cuarto de azul, Pecados que Dios perdona, ¡Bendita ilusión!, La quería él y La venganza, todos en la línea de una literatura galante bastante menos atrevida que la de Álvaro Retana
El mismo volumen anuncia otras novelas del autor cuya aparición sería sucesiva: De la vida canalla, A conquistar Madrid con once reales -novela autobiográfica-, La odiosa familia y Muñecos de bazar, calificada como «novela no recomendable» para suscitar el interés del lector aficionado a los relatos galantes. Asimismo, al final del volumen se anuncia la inmediata aparición de Lo que estaba escrito. Un drama de la vida canalla, presentada como una «novela de emoción, fina sensualidad y arte».
El catálogo de la Biblioteca Nacional de España no da cuenta de estas obras, que ni siquiera sabemos si acabaron publicándose. La circunstancia es habitual en las colecciones de narraciones breves de los años veinte. No obstante, haremos nuevas búsquedas por si podemos localizar alguna de ellas, en especial la presentada como novela autobiográfica, porque nos interesa conocer la trayectoria de quien en 1925 se fotografiaba como un joven elegante capaz de poner una aristocrática «y» entre sus apellidos y, apenas diez años después, llevaba el casi reglamentario mono azul de los milicianos. Su evolución, como la del citado José Luis Salado, rompe los moldes de una bibliografía solo atenta a los nombres consagrados por el canon. Y, por cierto, recordemos que el singular Álvaro Retana también acabó en las cárceles franquistas, donde la frivolidad y la sensualidad de la galantería serían un lejano recuerdo.
jueves, 5 de octubre de 2023
Santiago de la Cruz, periodista condenado a muerte
Santiago
de la Cruz Touchard (1901-1968) es el letrista de canciones como «Gol del
Madrid» o «¡Viva la mujer!», incluso de «El negro salió mandanga», que nos
remiten a un autor tan popular como ocurrente en el mundo de las variedades. La
relación de estos y otros muchos títulos similares no cuadra con la imagen
habitual de un literato comprometido, pero el madrileño también era un
militante comunista que alcanzó el grado de Mayor Jefe de la 1ª Brigada de
Caballería, según consta en la documentación del CDMH, y escribió en Mundo
Obrero desde septiembre de 1936 hasta enero de 1937. En la página
cinco del número correspondiente al 12 de septiembre de 1936 le vemos
fotografiado mientras entrevista al ministro de Instrucción Pública y Bellas
Artes, el comunista Jesús Hernández (p. 5), a quien volvería a entrevistar el
26 del mismo mes para reclamar «¡Escuelas, muchas escuelas!». Santiago de la
Cruz Touchard también se desplazó a Toledo para dar el 9 de septiembre la
última hora del asedio al Alcázar y entrevistó en Madrid al teniente coronel
Emilio Herrera, un «sabio» que publicaba artículos sobre aeronáutica en la
prensa soviética (15-IX-1936). Más adelante, quien compartía la cabecera con
César Arconada escribió sobre la necesidad de militarizar las milicias
(14-X-1936) y defendió la creación de la Guardia Nacional Republicana como
alternativa democrática a la Guardia Civil (3-XI-1936). La trayectoria de
Santiago de la Cruz Touchard como periodista de Mundo Obrero fue tan
intensa como fugaz, pues el letrista de canciones frívolas resultó movilizado y
pasó a combatir el fascismo con las armas.
Al
finalizar la guerra, su militancia antifascista tan alejada de los parámetros
habituales en la investigación académica le llevó a dos sumarísimos de urgencia
y el 16 de enero de 1940 fue condenado a muerte por un tribunal militar. A
diferencia de lo sucedido con Manuel Navarro Ballesteros, su compañero de
redacción, el general Franco no lo incluyó entre los destinados al paredón y
Santiago de la Cruz Touchard vería conmutada la pena por otra de treinta años
que luego pasó a ser de veinte. Finalmente, después de cinco años de cárcel en
cárcel, el periodista, dramaturgo y letrista salió en libertad condicional o
«atenuada» el 19 de mayo de 1944. La vida debía comenzar de nuevo a los
cuarenta y cuatro años y, el 12 de octubre de 1946, Día de la Raza, el
represaliado solicita el indulto al capitán general de la I Región Militar.
La
documentación del sumario 38819 del AGHD está repartida en dos entradas del
catálogo por un error en la transcripción del segundo apellido, Tuuchard. El
citado no incluye la instrucción y la sentencia del consejo de guerra. Los
archiveros han subsanado el problema y en adelante el sumario podrá ser
consultado en su totalidad. A la espera de la correspondiente copia, suponemos
que la instrucción correría a cargo del Juzgado Militar de Prensa encabezado
por Manuel Martínez Gargallo. La producción periodística del encausado es
notable por la filiación política del medio donde apareció y estos casos solían
ser competencia de la especialización del citado juez y sus secretarios, que
por fortuna tuvieron dificultades para acceder a los fondos de Mundo Obrero
y realizar los correspondientes informes sobre unos artículos convertidos en
pruebas de cargo.
Tampoco
conocemos todavía la composición del tribunal que lo condenó a muerte por el
delito de rebelión militar, pero es fácil adivinar que los militares no
tendrían demasiadas dudas al respecto sabiendo la filiación política del
letrista de «Mi carioca» y, además, su participación como oficial en el
ejército republicano. Santiago de la Cruz Touchard sería condenado por el
delito de rebelión militar, que se utilizó por entonces a modo de comodín de
imposible justificación histórica. Los cinco años pasados en aquellas cárceles
-siendo uno de los trece presos que protagonizaron un acto de protesta en el
temible penal de Valdemoceda (Burgos) en el invierno de 1941- le dejarían sin
el humor necesario para volver a escribir «¡Tira p’a Jeré! ¡Arre, caballito!»,
la zambra con música del popular maestro Quiroga que le daría días de gloria
cuando en colaboración con Serafín Adame estrenó ¡Yo soy un señorito! en
octubre de 1938 (véase la entrada del pasado 28 de septiembre). De hecho, a resultas de aquel acto de rebeldía contra el
adoctrinamiento jesuítico en el penal burgalés fue trasladado, junto al
historiador del arte Juan Antonio Gaya Nuño (AGHD, 3560), a Las Palmas, donde
estaba localizado uno de los penales con fama de aniquilar cuerpos y almas.
Vista
la oportunidad de cerrar este capítulo de palizas carcelarias, batallones de
trabajo y penales similares a un campo de concentración nazi, Santiago de la
Cruz Touchard pidió el indulto, pero el fiscal lo informó desfavorablemente el
29 de abril de 1947. Y, además, añadió una nota poco habitual en estos
documentos que prueba la especial inquina contra el comunista del mundo de las
variedades: «Otrosí digo: caso de ser indultado el rematado, dados sus
antecedentes, debe previamente acreditarse si ha presentado a su debido tiempo
la declaración retractación a que le obliga el art. 7 de la Ley de 1 de marzo
de 1940 (BO, n.º 62) y, caso afirmativo, que se un testimonio de la resolución
dictada por el Tribunal de la Masonería y el Comunismo». El objetivo resulta
evidente: el rojo en cuestión no debía quedar en paz en su domicilio de la
calle García Morato, n.º 107 y el TERMC completaría la labor represiva iniciada
con el consejo de guerra.
Lo
incompleto del sumario citado, a la espera de analizar también el 54703 del
AGHD, impide conocer el desarrollo del consejo de guerra, pero al menos hay
copia de lo que fue considerado como hechos probados para condenar a Santiago
de la Cruz Touchard por rebelión militar: «Al estallar el Glorioso Movimiento
Nacional colaboró como redactor de Mundo Obrero, dejándolo en octubre de
1936 [el dato es erróneo] por enrolarse como voluntario en el V Regimiento,
donde le hicieron comandante de Caballería y, más tarde, jefe de la Brigada de
Caballería, así como también desempeñó el cargo de jefe de una Escuela de
Capacitación. Exaltado izquierdista, fue un elemento preponderante en el PC. Su
labor como redactor de Mundo Obrero consistió en el servicio de
información en departamentos oficiales». Los datos son parcialmente erróneos,
pero es indudable que el instructor y el fiscal actuaron conociendo la
trayectoria del antifascista. De acuerdo con el catálogo de la BNE, en 1925
había publicado la novelita Pecados que Dios perdona con la probable
sonrisa de un paternalismo comprensivo en materia tan venial como pecaminosa.
Los vencedores dijeron actuar en nombre del Altísimo, pero Santiago de la
Cruz Touchard comprobaría que puestos a perdonar fueron menos magnánimos.
A
pesar de estos antecedentes del «rematado» que en Valdemoceda permaneció de pie
frente al Santísimo en el transcurso de una solemne misa, el auditor general le
declaró indultado el 5 de mayo de 1947, aunque lo pone a disposición del
Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Allí
continuaron sus penas como tantos otros represaliados de unos tribunales casi
superpuestos para evitar cualquier escapatoria. No obstante, por lo pronto el
capitán general de la I Región Militar firmó la concesión del indulto el 17 de
mayo de 1947.
La
citada fecha marcaría el inicio de una nueva etapa de su vida que requería el
silencio con respecto al pasado de la militancia antifascista, incluso en el
ámbito familiar. Gracias al coraje y el trabajo de su compañera, la familia de
Santiago de la Cruz superó los años más duros de la represión. No obstante,
cuando pudieron marcharon a Méjico en busca de un futuro que en España se le
había negado. Allí el letrista estableció contactos que resultarían decisivos
para encontrar un hueco en la vida laboral. Según su amigo del mundo teatral
Fernando Collado (pp. 621-2), Santiago de la Cruz Touchard volvería a reanudar
sus quehaceres profesionales como corresponsal en Madrid de periódicos
mejicanos y empresas publicitarias. Asimismo, su simpatía y calidad humana le
llevaron a ser jefe de relaciones públicas de diversas agencias
internacionales. Estas actividades le permitirían salir adelante hasta 1968,
cuando falleció en Madrid, pero es probable que en su fuero interno recordara
los tiempos de la II República y hasta se sintiera orgulloso de que Rafael
Alberti le dedicara, según su citado amigo, el conocido poema Galope, aquel
popularizado por Paco Ibáñez y tantas veces cantado en los mítines o recitales
del antifascismo: «¡A galopar,/ a galopar,/ hasta enterrarles en el mar!». Tal
vez Santiago de la Cruz Touchard recordara los conocidos versos, pero los
llevaría en el exclusivo bagaje de los recuerdos íntimos, que ni siquiera
podría compartir con los amigos del buen humor encabezados por el crítico
cinematográfico Alfonso Sánchez.
Ahora solo queda investigar en profundidad este caso para que sea incluido en el segundo tomo, o la ampliación, de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, en prensa).



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