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domingo, 19 de noviembre de 2023

Los servicios de inteligencia identifican a Santiago de la Cruz Touchard


El periodista Santiago de la Cruz Touchard, poco después de finalizar la Guerra Civil, se encontraba preso en el campo de concentración de Navalperal de Pinares (Ávila). Quien fuera letrista de canciones populares, secretario del célebre charlista Federico García Sanchiz y novelista galante, aparte de dramaturgo de aires costumbristas, en 1934 ingresó en el PCE. Tras pasar por la redacción de Mundo Obrero como secretario del ministro Jesús Hernándezdurante la contienda llegó a ser comandante condecorado por su actuación en el frente de Brunete y Quijorna. El preso del citado campo de concentración era un oficial republicano que acabaría condenado a muerte el 16 de enero de 1940.
El 19 de mayo de 1939, el Servicio de Inteligencia de la Policía Militar (SIPM) mandó un telegrama al responsable del campo de concentración. El motivo era que, gracias a las proyecciones en el madrileño cine Fuencarral de la coproducción hispano-alemana titulada España heroica. Estampas de la Guerra Civil (1938), de Joaquín Reig, se había identificado al individuo que en el minuto trece aparece junto al embajador soviético. A su izquierda está Santiago de la Cruz Touchard; sonriente, satisfecho y con el puño en alto.
Los instructores del sumarísimo de urgencia que terminó con la condena a muerte no prestaron atención a esta prueba de cargo, que evidencia una vez más la utilización en la represión franquista de las imágenes filmadas por los republicanos. Vistos los dos sumarios de Santiago de la Cruz Touchard depositados en el AGHD, aquellos instructores disponían de otras pruebas gráficas. En concreto, dos fotos donde aparece el preso junto a La Pasionaria en la cárcel a principios de 1936 y entrevistado cuando estaba organizando una unidad de Caballería adscrita al Quinto Regimiento. Y, por otra parte, los vencedores habían incautado documentos y cartas que sirvieron para justificar una condena a muerte que, tras su conmutación, dio paso a un dramático deambular de cárcel en cárcel con castigos incluidos.
Santiago de la Cruz Touchard debió ser un hombre valeroso o una víctima de las torturas, pues en los interrogatorios admitió sin disimulos su militancia comunista hasta julio de 1938, cuando dice haber sufrido un atentado cuyo origen no aclara. No obstante, siguió leal al ejército republicano y en enero de 1939 todavía le identificamos como responsable de un centro de instrucción donde haría valer una formación militar iniciada entre 1919 y 1924, cuando era sargento de la policía indígena de Tetuán. Uno de sus tíos, el general republicano Manuel de la Cruz, prueba que la vocación militar estuvo presente en aquella familia, donde hay otros oficiales destacados.
Los servicios de inteligencia de los vencedores contarían con un denunciante capaz de identificar al protagonista del fotograma arriba reproducido, buscar su localización en un campo de concentración y ponerse en contacto con su responsable para añadir una prueba de cargo que, en aquel contexto, aseguraba una condena a muerte. 
La prueba ha quedado en el expediente durante ochenta y cinco años hasta que, al examinarla, me puse en movimiento, vi la citada película y recuperé en colaboración con mi hijo el fotograma del sonriente periodista. La película completa está disponible en la web de RTVE y forma parte del segundo capítulo de una serie realizada bajo la dirección de mi colega Julián Casanova.
El denunciante capaz de propiciar el fusilamiento de un preso no culminó su propósito. Santiago de la Cruz Touchard sobrevivió a múltiples dificultades tras ser indultado en 1947 y partir después al exilio en México. No obstante, pudo volver a Madrid en los años sesenta y conocer a su nieta Sandra, con quien se fotografió poco antes de fallecer.


Santiago de la Cruz Touchard mantiene la misma sonrisa que en el verano de 1936, pero en esta ocasión la compañía es más entrañable. Algo similar sucede en la siguiente fotografía, también tomada en el Madrid de principios de los años sesenta:


Sandra, la nieta, ahora es una destacada profesional de RTVE. Hoy, gracias a los servicios de inteligencia de quienes pretendieron terminar con la vida de su abuelo, ha descubierto que en la web de su propia empresa tenía unos fotogramas, apenas unos segundos, de un abuelo al que apenas pudo conocer y del que ignoraba, por el prudente silencio de quienes nunca comprometían a sus familiares, el pasado como novelista galante de aspecto refinado que luchó como miliciano antifascista y penó de cárcel en cárcel.
Vistas las fotos que me mandó Sandra y el fotograma recuperado, aparte de las incluidas en anteriores entradas de este blog (6 y 25 de octubre), me quedo con la imagen de un hombre sonriente y elegante, con esa pajarita como signo de distinción que le recordaría los tiempos en que se retrataba provisto de un bastón para subrayar su elegancia. Tal vez selecciono esa combinación, a partir de unos rasgos aislados, porque siempre habría sido la suya en el caso de haber podido vivir en una España democrática. No tuvo esa suerte, pero la memoria le devuelve al lugar donde es posible sonreír.


El extenso capítulo dedicado a Santiago de la Cruz Touchard aparecerá en la continuación de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2023), cuya aparición está prevista para marzo de 2025.

miércoles, 25 de octubre de 2023

Santiago de la Cruz: de novelista galante a redactor de Mundo Obrero

 


La preparación del segundo volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 me ha permitido conocer la trayectoria de Santiago de la Cruz Touchard (1901-1968), del cual ya hemos hablado en este blog con motivo de sus colaboraciones en el diario Mundo Obrero, que junto a sus actividades como miliciano le llevaron al procesamiento en consejo de guerra y posterior condena.

Uno de los datos hasta cierto punto sorprendentes de su trayectoria es que, antes de la Guerra Civil, era letrista de canciones populares como «Gol del Madrid» o «¡Viva la mujer!», incluso de «El negro salió mandanga», que por sus títulos parecen poco acordes con su militancia comunista y colaboración en el citado órgano del PCE. El recuerdo del caso de José Luis Salado, el director de La Voz, nos permite suponer que esta dualidad entre lo frívolo y lo comprometido no era tan extraña en aquella época de cambios tan drásticos como acelerados.

A la búsqueda de esos antecedentes de quien pasó por las cárceles franquistas antes de marchar a México, he consultado el volumen Pecados que Dios perdona (1925), donde el debutante Santiago de la Cruz y Touchard -la aristocrática «y» desaparecería durante la guerra- recopila cinco narraciones breves de carácter galante y con una orientación cercana a la de Álvaro Retana, a quien el joven narrador dedica el libro.


El volumen prologado por Juan Ferragut, otro habitual de la prensa republicana durante la guerra, agrupa los relatos titulados La loca del cuarto de azul, Pecados que Dios perdona, ¡Bendita ilusión!, La quería él y La venganza, todos en la línea de una literatura galante bastante menos atrevida que la de Álvaro Retana

El mismo volumen anuncia otras novelas del autor cuya aparición sería sucesiva: De la vida canalla, A conquistar Madrid con once reales -novela autobiográfica-, La odiosa familia y Muñecos de bazar, calificada como «novela no recomendable» para suscitar el interés del lector aficionado a los relatos galantes. Asimismo, al final del volumen se anuncia la inmediata aparición de Lo que estaba escrito. Un drama de la vida canalla, presentada como una «novela de emoción, fina sensualidad y arte».

El catálogo de la Biblioteca Nacional de España no da cuenta de estas obras, que ni siquiera sabemos si acabaron publicándose. La circunstancia es habitual en las colecciones de narraciones breves de los años veinte. No obstante, haremos nuevas búsquedas por si podemos localizar alguna de ellas, en especial la presentada como novela autobiográfica, porque nos interesa conocer la trayectoria de quien en 1925 se fotografiaba como un joven elegante capaz de poner una aristocrática «y» entre sus apellidos y, apenas diez años después, llevaba el casi reglamentario mono azul de los milicianos. Su evolución, como la del citado José Luis Salado, rompe los moldes de una bibliografía solo atenta a los nombres consagrados por el canon. Y, por cierto, recordemos que el singular Álvaro Retana también acabó en las cárceles franquistas, donde la frivolidad y la sensualidad de la galantería serían un lejano recuerdo.

jueves, 5 de octubre de 2023

Santiago de la Cruz, periodista condenado a muerte


 

Santiago de la Cruz Touchard (1901-1968) es el letrista de canciones como «Gol del Madrid» o «¡Viva la mujer!», incluso de «El negro salió mandanga», que nos remiten a un autor tan popular como ocurrente en el mundo de las variedades. La relación de estos y otros muchos títulos similares no cuadra con la imagen habitual de un literato comprometido, pero el madrileño también era un militante comunista que alcanzó el grado de Mayor Jefe de la 1ª Brigada de Caballería, según consta en la documentación del CDMH, y escribió en Mundo Obrero desde septiembre de 1936 hasta enero de 1937. En la página cinco del número correspondiente al 12 de septiembre de 1936 le vemos fotografiado mientras entrevista al ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, el comunista Jesús Hernández (p. 5), a quien volvería a entrevistar el 26 del mismo mes para reclamar «¡Escuelas, muchas escuelas!». Santiago de la Cruz Touchard también se desplazó a Toledo para dar el 9 de septiembre la última hora del asedio al Alcázar y entrevistó en Madrid al teniente coronel Emilio Herrera, un «sabio» que publicaba artículos sobre aeronáutica en la prensa soviética (15-IX-1936). Más adelante, quien compartía la cabecera con César Arconada escribió sobre la necesidad de militarizar las milicias (14-X-1936) y defendió la creación de la Guardia Nacional Republicana como alternativa democrática a la Guardia Civil (3-XI-1936). La trayectoria de Santiago de la Cruz Touchard como periodista de Mundo Obrero fue tan intensa como fugaz, pues el letrista de canciones frívolas resultó movilizado y pasó a combatir el fascismo con las armas.

Al finalizar la guerra, su militancia antifascista tan alejada de los parámetros habituales en la investigación académica le llevó a dos sumarísimos de urgencia y el 16 de enero de 1940 fue condenado a muerte por un tribunal militar. A diferencia de lo sucedido con Manuel Navarro Ballesteros, su compañero de redacción, el general Franco no lo incluyó entre los destinados al paredón y Santiago de la Cruz Touchard vería conmutada la pena por otra de treinta años que luego pasó a ser de veinte. Finalmente, después de cinco años de cárcel en cárcel, el periodista, dramaturgo y letrista salió en libertad condicional o «atenuada» el 19 de mayo de 1944. La vida debía comenzar de nuevo a los cuarenta y cuatro años y, el 12 de octubre de 1946, Día de la Raza, el represaliado solicita el indulto al capitán general de la I Región Militar.

La documentación del sumario 38819 del AGHD está repartida en dos entradas del catálogo por un error en la transcripción del segundo apellido, Tuuchard. El citado no incluye la instrucción y la sentencia del consejo de guerra. Los archiveros han subsanado el problema y en adelante el sumario podrá ser consultado en su totalidad. A la espera de la correspondiente copia, suponemos que la instrucción correría a cargo del Juzgado Militar de Prensa encabezado por Manuel Martínez Gargallo. La producción periodística del encausado es notable por la filiación política del medio donde apareció y estos casos solían ser competencia de la especialización del citado juez y sus secretarios, que por fortuna tuvieron dificultades para acceder a los fondos de Mundo Obrero y realizar los correspondientes informes sobre unos artículos convertidos en pruebas de cargo.

Tampoco conocemos todavía la composición del tribunal que lo condenó a muerte por el delito de rebelión militar, pero es fácil adivinar que los militares no tendrían demasiadas dudas al respecto sabiendo la filiación política del letrista de «Mi carioca» y, además, su participación como oficial en el ejército republicano. Santiago de la Cruz Touchard sería condenado por el delito de rebelión militar, que se utilizó por entonces a modo de comodín de imposible justificación histórica. Los cinco años pasados en aquellas cárceles -siendo uno de los trece presos que protagonizaron un acto de protesta en el temible penal de Valdemoceda (Burgos) en el invierno de 1941- le dejarían sin el humor necesario para volver a escribir «¡Tira p’a Jeré! ¡Arre, caballito!», la zambra con música del popular maestro Quiroga que le daría días de gloria cuando en colaboración con Serafín Adame estrenó ¡Yo soy un señorito! en octubre de 1938 (véase la entrada del pasado 28 de septiembre). De hecho, a resultas de aquel acto de rebeldía contra el adoctrinamiento jesuítico en el penal burgalés fue trasladado, junto al historiador del arte Juan Antonio Gaya Nuño (AGHD, 3560), a Las Palmas, donde estaba localizado uno de los penales con fama de aniquilar cuerpos y almas.

Vista la oportunidad de cerrar este capítulo de palizas carcelarias, batallones de trabajo y penales similares a un campo de concentración nazi, Santiago de la Cruz Touchard pidió el indulto, pero el fiscal lo informó desfavorablemente el 29 de abril de 1947. Y, además, añadió una nota poco habitual en estos documentos que prueba la especial inquina contra el comunista del mundo de las variedades: «Otrosí digo: caso de ser indultado el rematado, dados sus antecedentes, debe previamente acreditarse si ha presentado a su debido tiempo la declaración retractación a que le obliga el art. 7 de la Ley de 1 de marzo de 1940 (BO, n.º 62) y, caso afirmativo, que se un testimonio de la resolución dictada por el Tribunal de la Masonería y el Comunismo». El objetivo resulta evidente: el rojo en cuestión no debía quedar en paz en su domicilio de la calle García Morato, n.º 107 y el TERMC completaría la labor represiva iniciada con el consejo de guerra.

Lo incompleto del sumario citado, a la espera de analizar también el 54703 del AGHD, impide conocer el desarrollo del consejo de guerra, pero al menos hay copia de lo que fue considerado como hechos probados para condenar a Santiago de la Cruz Touchard por rebelión militar: «Al estallar el Glorioso Movimiento Nacional colaboró como redactor de Mundo Obrero, dejándolo en octubre de 1936 [el dato es erróneo] por enrolarse como voluntario en el V Regimiento, donde le hicieron comandante de Caballería y, más tarde, jefe de la Brigada de Caballería, así como también desempeñó el cargo de jefe de una Escuela de Capacitación. Exaltado izquierdista, fue un elemento preponderante en el PC. Su labor como redactor de Mundo Obrero consistió en el servicio de información en departamentos oficiales». Los datos son parcialmente erróneos, pero es indudable que el instructor y el fiscal actuaron conociendo la trayectoria del antifascista. De acuerdo con el catálogo de la BNE, en 1925 había publicado la novelita Pecados que Dios perdona con la probable sonrisa de un paternalismo comprensivo en materia tan venial como pecaminosa. Los vencedores dijeron actuar en nombre del Altísimo, pero Santiago de la Cruz Touchard comprobaría que puestos a perdonar fueron menos magnánimos.

A pesar de estos antecedentes del «rematado» que en Valdemoceda permaneció de pie frente al Santísimo en el transcurso de una solemne misa, el auditor general le declaró indultado el 5 de mayo de 1947, aunque lo pone a disposición del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Allí continuaron sus penas como tantos otros represaliados de unos tribunales casi superpuestos para evitar cualquier escapatoria. No obstante, por lo pronto el capitán general de la I Región Militar firmó la concesión del indulto el 17 de mayo de 1947.

La citada fecha marcaría el inicio de una nueva etapa de su vida que requería el silencio con respecto al pasado de la militancia antifascista, incluso en el ámbito familiar. Gracias al coraje y el trabajo de su compañera, la familia de Santiago de la Cruz superó los años más duros de la represión. No obstante, cuando pudieron marcharon a Méjico en busca de un futuro que en España se le había negado. Allí el letrista estableció contactos que resultarían decisivos para encontrar un hueco en la vida laboral. Según su amigo del mundo teatral Fernando Collado (pp. 621-2), Santiago de la Cruz Touchard volvería a reanudar sus quehaceres profesionales como corresponsal en Madrid de periódicos mejicanos y empresas publicitarias. Asimismo, su simpatía y calidad humana le llevaron a ser jefe de relaciones públicas de diversas agencias internacionales. Estas actividades le permitirían salir adelante hasta 1968, cuando falleció en Madrid, pero es probable que en su fuero interno recordara los tiempos de la II República y hasta se sintiera orgulloso de que Rafael Alberti le dedicara, según su citado amigo, el conocido poema Galope, aquel popularizado por Paco Ibáñez y tantas veces cantado en los mítines o recitales del antifascismo: «¡A galopar,/ a galopar,/ hasta enterrarles en el mar!». Tal vez Santiago de la Cruz Touchard recordara los conocidos versos, pero los llevaría en el exclusivo bagaje de los recuerdos íntimos, que ni siquiera podría compartir con los amigos del buen humor encabezados por el crítico cinematográfico Alfonso Sánchez.

Ahora solo queda investigar en profundidad este caso para que sea incluido en el segundo tomo, o la ampliación, de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, en prensa).

 


jueves, 28 de septiembre de 2023

El silencio en torno a Serafín Adame y Santiago de la Cruz


La represión sufrida por los escritores, periodistas y dibujantes durante la posguerra tuvo en la mayoría de los casos una continuidad en forma de silencio y marginación. Algunos represaliados consiguieron salir adelante adaptándose a las nuevas circunstancias políticas, a veces desde el anonimato de un seudónimo o como "negros" de otros autores. Ese fue el caso del comediógrafo Serafín Adame, que junto con su amigo y colaborador Santiago de la Cruz Touchard obtuvo un gran éxito durante la Guerra Civil gracias al estreno en Madrid de la comedia asainetada ¡Yo soy un señorito! La reseña publicada en La Libertad el 4 de octubre de 1938 da cuenta de la excelente acogida dispensada a esta obra que contaba con la música del maestro Quiroga.
Serafín Adame Martínez y Santiago de la Cruz Touchard pasaron el mal trago de los consejos de guerra, cuyo análisis publicaré en el segundo volumen de Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento, en prensa), pero también por el calvario de la marginación y el silencio. El primero de los citados esquivó parte de las consecuencias escribiendo desde el anonimato o colaborando como «negro» de otros comediógrafos, hasta que en la última fase del franquismo consiguió tener una respetada página teatral en el diario Pueblo e incluso reconocimientos por su trayectoria creativa.
Santiago de la Cruz Touchard, según me confirma su nieta Sandra Sutherland, debió buscarse la vida trabajando para la prensa de Méjico tras su salida de la cárcel. A su vuelta, ya en las postrimerías del franquismo y de acuerdo con el testimonio de su amigo Fernando Collado, ejerció como corresponsal de la prensa mexicana y relaciones públicas de empresas de ese país que pretendía abrirse camino en una España sin relaciones diplomáticas con quienes acogieron a los exiliados republicanos.
En ese contexto de silencio y marginación he sabido -gracias al blog Papeles flamencos, de donde tomo la imagen- que la obra estrenada en plena Guerra Civil fue repuesta en enero de 1947, concretamente en el madrileño Teatro Cómico. Las críticas, como es previsible, no aluden a las circunstancias por las que atravesaban los autores ni tampoco al estreno en 1938. El silencio al respecto es absoluto, pero al menos los dos autores tuvieron la oportunidad de constatar que su apuesta por el teatro popular también podía tener un hueco en la cartelera del franquismo. Un hueco silenciado y casi anónimo, como el de tantos republicanos de las letras que sufrieron la persecución de las armas.
El enlace del blog de donde he tomado la imagen es el siguiente: