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sábado, 31 de agosto de 2024

Doy fe y testimonio. El papel del secretario instructor o de causa


Carnet de periodista de Serafín Adame. AGHD, sumario 33590

Las competencias de un «secretario de causa» durante la instrucción de un sumario están contempladas en el Código de Justicia Militar de 1890 (Gaceta de Madrid, 4 y 5 de octubre de 1890, arts. 141-142), vigente en la posguerra tras haber sido parcialmente modificado mediante órdenes y decretos publicados a lo largo del conflicto y poco después.

El historiador está obligado a distinguir entre la teoría basada en la legislación y la práctica derivada de los hechos constatados documentalmente, prevaleciendo esta última en caso de contradicción parcial o total. Sin olvidar lo especificado en el citado código, concretamente en el artículo 141, en mis investigaciones he procurado describir el conjunto de actividades de los secretarios instructores a partir de lo observado en los sumarios.

Estas actividades, por su realización en el marco de los sumarísimos de urgencia, desbordan las inicialmente previstas en el citado código y cuentan con un amplio reflejo en mis libros dedicados a los consejos de guerra. A los mismos me remito, pero cabría recordar que, en la fase inicial de la instrucción y al menos en el Juzgado Militar de Prensa, destaca la elaboración de un documento por parte del secretario que termina siendo decisivo para la posterior trayectoria del sumario.

A modo de ejemplo, podemos consultar el sumario 33590 del AGHD. Mariano Espinosa Pascual, Serafín Adame Martínez, Antonio Fernández de Lepina y Sotero Antonio Barbero Núñez fueron los procesados en el mismo. El secretario instructor elabora un documento para cada uno de ellos con un encabezamiento similar al abajo transcrito:

«DOY FE Y TESTIMONIO. De que en este Juzgado Especial obra una ficha en la que se encuentran recogidos los informes suministrados a esta Auditoría de Guerra por personas y entidades de absoluta solvencia con respecto a las actividades profesionales de Serafín Adame Martínez, lo que copiado literalmente dice así:»:




 AGHD, sumario 33590

El documento redactado en esta ocasión por el alférez Baena Tocón conculca las más elementales garantías jurídicas por las razones ya explicadas en mis libros. En concreto, la supuesta ficha nunca queda incluida en el sumario, nadie aporta indicación alguna sobre su localización y, por supuesto, los documentos originales no están a disposición de quienes participan en el consejo de guerra. El defensor, nombrado poco antes de celebrarse el plenario, jamás los puede consultar, pero tampoco el fiscal o los miembros del tribunal. Por lo tanto, la palabra del secretario instructor o de causa es la única garantía de una literalidad convertida en un artículo de fe.

Esas fichas recopilan informes ahora desaparecidos que fueron suministrados «por personas y entidades de absoluta solvencia». Sin embargo, las desconocemos y jamás podremos verificar la solvencia de los testimonios o informes, al margen de las delaciones anónimas. Tampoco lo puede hacer el juez instructor, que nunca actúa para contrastar esta información, sino para confirmarla o ampliarla mediante diligencias y declaraciones.

El documento, elaborado a partir de fuentes convertidas en anónimas a efectos procesales, no solo es la base de la instrucción en un sumarísimo de urgencia. También desempeña idéntica función con respecto a la sentencia en la mayoría de los procesos. Uno de los rasgos notorios de estos procedimientos es que, a falta de una verdadera instrucción, entre el punto de partida de la misma y el de llegada, la sentencia, apenas hay diferencias de calado.

Por lo tanto, lo escrito en estos documentos de los secretarios condiciona de manera decisiva las condenas, que a veces eran de muerte y casi siempre durísimas. De ahí la responsabilidad de estos oficiales, que a menudo introducían valoraciones acerca de lo publicado por el procesado y hasta algún dato curioso donde la subjetividad es evidente.

En el abajo reproducido a modo de ejemplo, el alférez Baena Tocón califica al comediógrafo Serafín Adame como «persona de ideas marcadamente izquierdistas», que «publicaba notas, artículos, gacetillas, etc., todo ello de marcado carácter marxista».

Serafín Adame (1901-1979) fue un estrecho colaborador de Enrique Jardiel Poncela. Quienes conocemos sus obras humorísticas, así como sus críticas teatrales, sabemos que la posibilidad de que una gacetilla suya fuera de «marcado carácter marxista» entra en el ámbito de la humorada absurda.

Los anónimos informantes o delatores veían marxistas hasta debajo de las piedras y lo hacían constar con el consiguiente agravamiento de la suerte de los procesados, que a veces acabaron en un paredón ante un pelotón de ejecución. La responsabilidad es notable, pero estos sujetos nunca pasaron de ser unos colaboradores necesarios donde otros eran los verdaderos responsables de la represión.



Carmen Pereira Barrera, Carmen Flores. Fuente: El Periódico de Extremadura

A modo de ejemplo chusco, y ampliamente comentado en el volumen que aparecerá en 2025, el documento reproducido acusa a Serafín Adame por haber criticado a la cupletista Carmen Flores como responsable de un cuplé quintacolumnista. El episodio es digno de un relato novelesco, pero quede aquí apuntado a la espera de la citada publicación.

 

 

 


 

jueves, 28 de septiembre de 2023

El silencio en torno a Serafín Adame y Santiago de la Cruz


La represión sufrida por los escritores, periodistas y dibujantes durante la posguerra tuvo en la mayoría de los casos una continuidad en forma de silencio y marginación. Algunos represaliados consiguieron salir adelante adaptándose a las nuevas circunstancias políticas, a veces desde el anonimato de un seudónimo o como "negros" de otros autores. Ese fue el caso del comediógrafo Serafín Adame, que junto con su amigo y colaborador Santiago de la Cruz Touchard obtuvo un gran éxito durante la Guerra Civil gracias al estreno en Madrid de la comedia asainetada ¡Yo soy un señorito! La reseña publicada en La Libertad el 4 de octubre de 1938 da cuenta de la excelente acogida dispensada a esta obra que contaba con la música del maestro Quiroga.
Serafín Adame Martínez y Santiago de la Cruz Touchard pasaron el mal trago de los consejos de guerra, cuyo análisis publicaré en el segundo volumen de Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento, en prensa), pero también por el calvario de la marginación y el silencio. El primero de los citados esquivó parte de las consecuencias escribiendo desde el anonimato o colaborando como «negro» de otros comediógrafos, hasta que en la última fase del franquismo consiguió tener una respetada página teatral en el diario Pueblo e incluso reconocimientos por su trayectoria creativa.
Santiago de la Cruz Touchard, según me confirma su nieta Sandra Sutherland, debió buscarse la vida trabajando para la prensa de Méjico tras su salida de la cárcel. A su vuelta, ya en las postrimerías del franquismo y de acuerdo con el testimonio de su amigo Fernando Collado, ejerció como corresponsal de la prensa mexicana y relaciones públicas de empresas de ese país que pretendía abrirse camino en una España sin relaciones diplomáticas con quienes acogieron a los exiliados republicanos.
En ese contexto de silencio y marginación he sabido -gracias al blog Papeles flamencos, de donde tomo la imagen- que la obra estrenada en plena Guerra Civil fue repuesta en enero de 1947, concretamente en el madrileño Teatro Cómico. Las críticas, como es previsible, no aluden a las circunstancias por las que atravesaban los autores ni tampoco al estreno en 1938. El silencio al respecto es absoluto, pero al menos los dos autores tuvieron la oportunidad de constatar que su apuesta por el teatro popular también podía tener un hueco en la cartelera del franquismo. Un hueco silenciado y casi anónimo, como el de tantos republicanos de las letras que sufrieron la persecución de las armas.
El enlace del blog de donde he tomado la imagen es el siguiente:

sábado, 2 de septiembre de 2023

El consejo de guerra de SAM (Serafín Adame Martínez) y sus colegas de ABC


 

Los historiadores del teatro, al menos quienes hemos trabajado sobre el período republicano, conocemos el seudónimo de SAM como el de un destacado crítico teatral, que durante la Guerra Civil escribió en las páginas de un ABC incautado por las fuerzas leales al gobierno y convertido en órgano de la Unión Republicana. Su labor como crítico y cronista de los escenarios fue constante a lo largo de esos meses del Madrid sitiado. Una vez terminada la guerra, Serafín Adame Martínez permaneció en la capital hasta que fue detenido el 5 de julio de 1939 junto a sus compañeros Mariano Espinosa Pascual, Antonio Fernández Lepina y Sotero Antonio Barbero Núñez. 

Los cuatro periodistas del ABC incautado que se publicó en Madrid, en paralelo con la edición sevillana de la misma cabecera, fueron los protagonistas del sumario 33590 depositado en el Archivo General e Histórico de Defensa (Madrid). El correspondiente sumarísimo de urgencia fue instruido por el Juzgado Militar de Prensa entre el 5 de julio de 1939 y el 11 de octubre del mismo año, con unas prisas y una dedicación que prueban un especial interés por parte de los instructores. 

El correspondiente consejo de guerra concluyó con una sentencia dictada el 3 de noviembre de 1939 por un tribunal cuyo presidente era el teniente coronel retirado Arturo Iruretagoyena. Mariano Espinosa Pascual fue condenado a muerte, mientras que los otros tres procesados lo fueron a penas de treinta años. Su delito era una adhesión a la rebelión militar por haber sacado adelante el ABC republicano, que tuvo otras víctimas encabezadas por el fusilado Augusto Vivero.

El análisis del sumario tendrá un capítulo específico en el segundo volumen de Las armas contra las letras, o en la edición ampliada de la misma obra, pero el motivo de esta entrada es el hallazgo de la ficha como periodista de Serafín Adame Martínez. La misma se encuentra entre la documentación depositada en el sumario 33590 del Archivo General e Histórico de Defensa y permite poner rostro a una de las víctimas de la represión que analizo en la citada monografía.

El detalle del carnet con la foto parece menor, pero no lo es para un investigador. Llevo años consultando los fondos de los archivos militares y a menudo echo de menos la posibilidad de poner rostro a las víctimas. Algunas, las más conocidas, lo tienen por diferentes fuentes, pero otras carecen de esas fotos que tan necesarias resultan para personalizar las historias de represión de aquellos periodistas, escritores y dibujantes.

La posibilidad se hace real gracias al excelente trabajo de los técnicos y los archiveros del Archivo General e Histórico de Defensa, que al igual que sus compañeros de otros centros trabajan con una documentación a menudo deteriorada por el paso del tiempo y la incuria en que se mantuvo hasta hace relativamente poco. Gracias a su profesionalidad, el rescate de esta documentación es posible y la consulta permite rastrear huellas depositadas durante décadas, a la espera de que alguien reconstruya la historia de esta represión ejercida contra periodistas, escritores y dibujantes republicanos.

La edición facsimilar de los sumarios de Miguel Hernández me permitió conocer de primera mano esa profesionalidad y dedicación de los archiveros. La investigación en curso me ha reafirmado la impresión y, por lo pronto, tenemos la oportunidad de ver a SAM vestido con uniforme, una de las circunstancias que pesaron a la hora de ser condenado a treinta años de reclusión.