Hace unos meses, mientras
analizaba el sumario del consejo de guerra de José Robledano, encontré un
documento donde el secretario judicial transcribe un fragmento del libro de
actas de la Agrupación Profesional de Periodistas. La fecha de lo transcrito es
el 18 de octubre de 1936. El texto da cuenta de la participación de Manuel
Chaves Nogales en la defensa de la II República, llegando hasta el punto de
ofrecerse para desempeñar las funciones de comisario político.
El hallazgo me sorprendió
a la luz de lo escrito meses después en el célebre prólogo de A sangre y
fuego (1937), donde el periodista se considera posible víctima de ambos
bandos, viéndose obligado a salir de Madrid el mismo día en que el gobierno
partió hacia Valencia. La pregunta es obvia: ¿Cómo podía ser una víctima del
bando republicano quien se postula como comisario del mismo?
Desde entonces, intuyo
que la mayoría de los comentarios sobre el citado prólogo prescinde de la
documentación relacionada con el pasado inmediato del autor. Puestos a
disfrutar y hasta teorizar a partir de un texto tan brillante como los relatos
a los que precede, es más cómodo escribir sin pasar meses o años en los
archivos.
La comodidad también
supone libertad en este caso. Si la exégesis se limita al texto, prescindiendo
de una farragosa documentación, las posibilidades de ajustar la interpretación
a los propios intereses, o deseos, aumentan porque no pasan por la
justificación documental. Ni siquiera deben ser coherentes a la luz del
comportamiento del autor durante las semanas anteriores.
Semejante libertad resulta
cuestionable desde el punto de vista filológico e histórico. Como lectores,
podemos hacer uso de la misma para sacar conclusiones sin necesidad de enmarcar
el prólogo en su contexto histórico. El problema es que los filólogos y los
historiadores nunca debemos prescindir de la condición de lectores, pero
también somos investigadores capaces de indagar acerca de las claves del texto
analizado.
Al cabo de quince años
leyendo documentos relacionados con la Guerra Civil, desconfío de la
literalidad de los mismos. Sus autores estaban sujetos a tremendas presiones
(violencia, miedo, venganzas…) y, a menudo, esos textos son un instrumento para
seguir vivos o libres. También para justificarse y defenderse cuando el propio
comportamiento dista de ser heroico o ejemplar.
Manuel Chaves Nogales es
un excelente escritor y periodista. La lectura de sus obras fascina y sus artículos
destacan sobre tantos otros coyunturales y prescindibles. Sin embargo, el
andaluz también se vio sacudido por una guerra que puso a prueba la coherencia
de quienes la padecieron.
En la línea de lo expuesto
por Francisco Espinosa o José Luis García Martín, Manuel Chaves Nogales en el
prólogo de A sangre y fuego, convertido en un manifiesto de la tercera
España, procura justificar su decisión de abandonar el Madrid sitiado. El texto
merece una reflexión frente a tantos otros de carácter maniqueo, pero resulta
incoherente con aspectos destacados de su trayectoria durante los meses
anteriores, desde que en agosto de 1936 regresara a la capital procedente del
extranjero.
La investigación en los
archivos ya había dado frutos en este sentido. Ahora, gracias a Juan Carlos
Mateos, conocemos mejor lo sucedido en aquel Madrid, donde Manuel Chaves
Nogales nunca fue perseguido y aparecía como un defensor de la legalidad
republicana. Su condición de víctima es una suposición para igualar a ambos
bandos y justificar su marcha al exilio, donde fundamentalmente siguió siendo
un republicano, como prueban los relatos agrupados en Guerra total.
El historiador debe
comprender más que juzgar. Nunca condenaría al periodista por procurar salvarse
cuando el riesgo era máximo. Tampoco por permanecer lejos de Madrid y hasta de
España. Su decisión es comprensible y respetable, aunque no sea materia de
héroes, como algunos de los colegas que decidieron permanecer en la ciudad
sitiada
Ahora bien, deducir de
esa necesidad de justificación una teoría acerca de la tercera España me parece
un exceso, solo comprensible a la luz de la escasa frecuentación de los
archivos. No es el caso de Juan Carlos Mateos desde antes de 1996, cuando leyó
su monumental tesis doctoral ahora ampliada con nueva documentación.
Las relativas incoherencias
de la trayectoria de Manuel Chaves Nogales durante unos meses tan complejos,
donde otras incoherencias fueron frecuentes, no restan valor literario y
periodístico a su producción. La humanizan y aportan matices de complejidad,
que merece la pena indagar para huir de glorificaciones o mitos, que en un
contexto tan poco noble como el de la guerra suelen carecer de una base sólida.
A diferencia de Juan
Carlos Mateos, no observo una «ceremonia santificadora» (p. 27) ni el
neochavismo como una nueva «religión» (p. 57). Tal vez la clave de la
construcción de un mito en torno al periodista sea más sencilla, al margen de
sus indudables méritos como autor.
Los mitos se construyen a
base de simplificadas conclusiones tan reforzadas por la insistencia como
alejadas de su confrontación con una realidad como la archivística, siempre
compleja y repleta de dudas o circunstancias incompatibles con la mitificación.
La construcción de esos
mitos no solo es un trabajo menos gravoso. También resulta atractivo y agradecido
por los lectores, las editoriales y las instancias académicas. Manuel Chaves
Nogales estuvo por encima de la mayoría de sus colegas, pero hacerlo sobresalir
como un hito aislado facilita que los responsables de esa mitificación
sobresalgan a la par. Y mantengan una imagen patrimonial de lo construido.
La mesura no ha estado a
la altura de la exhaustividad documental en la investigación de Juan Carlos
Mateos. El capítulo comprendido entre las páginas 75-149 es prescindible porque
hay otras formas de defender las propias conclusiones. No obstante, me preocupa
la observación de algunos errores en la bibliografía universitaria sobre Manuel
Chaves Nogales. Lo mejor es corregirlos y, sobre todo, resituar al periodista
en un marco menos excepcional, pero más creíble. No perderá así su acrisolada brillantez
y dejará de ser motivo de especulaciones a veces interesadas.
Mientras tanto, la opción
más satisfactoria es leer con creciente interés relatos como los agrupados en Guerra
total (Renacimiento, 2026), la segunda parte de A sangre y fuego,
una obra imprescindible que comprenderemos mejor a la luz de la documentada
trayectoria de su autor. Manuel Chaves Nogales ni fue santo ni digno de una
mitificación, pero consiguió algo más valioso: dejarnos unos relatos que
invitan al disfrute y la reflexión, ahora más centrada gracias a un aporte
documental que merece ser tenido en cuenta.
Pdta.: Sobre esta
publicación, véase también la entrada dedicada el pasado 21 de abril por José
Luis García Martín en su blog Crisis de papel. Así como los comentarios
de quienes protagonizan un «duelo al sol» del que disfrutaré en fechas
próximas. Nada más apasionante que asistir a las polémicas donde se habla o
escribe con el acarreo de muchas lecturas.
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