viernes, 1 de mayo de 2026

Manuel Chaves Nogales a la luz de los archivos


 Manuel Chaves Nogales

Hace unos meses, mientras analizaba el sumario del consejo de guerra de José Robledano, encontré un documento donde el secretario judicial transcribe un fragmento del libro de actas de la Agrupación Profesional de Periodistas. La fecha de lo transcrito es el 18 de octubre de 1936. El texto da cuenta de la participación de Manuel Chaves Nogales en la defensa de la II República, llegando hasta el punto de ofrecerse para desempeñar las funciones de comisario político.

El hallazgo me sorprendió a la luz de lo escrito meses después en el célebre prólogo de A sangre y fuego (1937), donde el periodista se considera posible víctima de ambos bandos, viéndose obligado a salir de Madrid el mismo día en que el gobierno partió hacia Valencia. La pregunta es obvia: ¿Cómo podía ser una víctima del bando republicano quien se postula como comisario del mismo?

Desde entonces, intuyo que la mayoría de los comentarios sobre el citado prólogo prescinde de la documentación relacionada con el pasado inmediato del autor. Puestos a disfrutar y hasta teorizar a partir de un texto tan brillante como los relatos a los que precede, es más cómodo escribir sin pasar meses o años en los archivos.

La comodidad también supone libertad en este caso. Si la exégesis se limita al texto, prescindiendo de una farragosa documentación, las posibilidades de ajustar la interpretación a los propios intereses, o deseos, aumentan porque no pasan por la justificación documental. Ni siquiera deben ser coherentes a la luz del comportamiento del autor durante las semanas anteriores.

Semejante libertad resulta cuestionable desde el punto de vista filológico e histórico. Como lectores, podemos hacer uso de la misma para sacar conclusiones sin necesidad de enmarcar el prólogo en su contexto histórico. El problema es que los filólogos y los historiadores nunca debemos prescindir de la condición de lectores, pero también somos investigadores capaces de indagar acerca de las claves del texto analizado.

Al cabo de quince años leyendo documentos relacionados con la Guerra Civil, desconfío de la literalidad de los mismos. Sus autores estaban sujetos a tremendas presiones (violencia, miedo, venganzas…) y, a menudo, esos textos son un instrumento para seguir vivos o libres. También para justificarse y defenderse cuando el propio comportamiento dista de ser heroico o ejemplar.

Manuel Chaves Nogales es un excelente escritor y periodista. La lectura de sus obras fascina y sus artículos destacan sobre tantos otros coyunturales y prescindibles. Sin embargo, el andaluz también se vio sacudido por una guerra que puso a prueba la coherencia de quienes la padecieron.

En la línea de lo expuesto por Francisco Espinosa o José Luis García Martín, Manuel Chaves Nogales en el prólogo de A sangre y fuego, convertido en un manifiesto de la tercera España, procura justificar su decisión de abandonar el Madrid sitiado. El texto merece una reflexión frente a tantos otros de carácter maniqueo, pero resulta incoherente con aspectos destacados de su trayectoria durante los meses anteriores, desde que en agosto de 1936 regresara a la capital procedente del extranjero.




La investigación en los archivos ya había dado frutos en este sentido. Ahora, gracias a Juan Carlos Mateos, conocemos mejor lo sucedido en aquel Madrid, donde Manuel Chaves Nogales nunca fue perseguido y aparecía como un defensor de la legalidad republicana. Su condición de víctima es una suposición para igualar a ambos bandos y justificar su marcha al exilio, donde fundamentalmente siguió siendo un republicano, como prueban los relatos agrupados en Guerra total.

El historiador debe comprender más que juzgar. Nunca condenaría al periodista por procurar salvarse cuando el riesgo era máximo. Tampoco por permanecer lejos de Madrid y hasta de España. Su decisión es comprensible y respetable, aunque no sea materia de héroes, como algunos de los colegas que decidieron permanecer en la ciudad sitiada

Ahora bien, deducir de esa necesidad de justificación una teoría acerca de la tercera España me parece un exceso, solo comprensible a la luz de la escasa frecuentación de los archivos. No es el caso de Juan Carlos Mateos desde antes de 1996, cuando leyó su monumental tesis doctoral ahora ampliada con nueva documentación.

Las relativas incoherencias de la trayectoria de Manuel Chaves Nogales durante unos meses tan complejos, donde otras incoherencias fueron frecuentes, no restan valor literario y periodístico a su producción. La humanizan y aportan matices de complejidad, que merece la pena indagar para huir de glorificaciones o mitos, que en un contexto tan poco noble como el de la guerra suelen carecer de una base sólida.

A diferencia de Juan Carlos Mateos, no observo una «ceremonia santificadora» (p. 27) ni el neochavismo como una nueva «religión» (p. 57). Tal vez la clave de la construcción de un mito en torno al periodista sea más sencilla, al margen de sus indudables méritos como autor.

Los mitos se construyen a base de simplificadas conclusiones tan reforzadas por la insistencia como alejadas de su confrontación con una realidad como la archivística, siempre compleja y repleta de dudas o circunstancias incompatibles con la mitificación.

La construcción de esos mitos no solo es un trabajo menos gravoso. También resulta atractivo y agradecido por los lectores, las editoriales y las instancias académicas. Manuel Chaves Nogales estuvo por encima de la mayoría de sus colegas, pero hacerlo sobresalir como un hito aislado facilita que los responsables de esa mitificación sobresalgan a la par. Y mantengan una imagen patrimonial de lo construido.

La mesura no ha estado a la altura de la exhaustividad documental en la investigación de Juan Carlos Mateos. El capítulo comprendido entre las páginas 75-149 es prescindible porque hay otras formas de defender las propias conclusiones. No obstante, me preocupa la observación de algunos errores en la bibliografía universitaria sobre Manuel Chaves Nogales. Lo mejor es corregirlos y, sobre todo, resituar al periodista en un marco menos excepcional, pero más creíble. No perderá así su acrisolada brillantez y dejará de ser motivo de especulaciones a veces interesadas.




Mientras tanto, la opción más satisfactoria es leer con creciente interés relatos como los agrupados en Guerra total (Renacimiento, 2026), la segunda parte de A sangre y fuego, una obra imprescindible que comprenderemos mejor a la luz de la documentada trayectoria de su autor. Manuel Chaves Nogales ni fue santo ni digno de una mitificación, pero consiguió algo más valioso: dejarnos unos relatos que invitan al disfrute y la reflexión, ahora más centrada gracias a un aporte documental que merece ser tenido en cuenta.

Pdta.: Sobre esta publicación, véase también la entrada dedicada el pasado 21 de abril por José Luis García Martín en su blog Crisis de papel. Así como los comentarios de quienes protagonizan un «duelo al sol» del que disfrutaré en fechas próximas. Nada más apasionante que asistir a las polémicas donde se habla o escribe con el acarreo de muchas lecturas.


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