Del Puente de Vallecas a Caracas
El
anarquista José Expósito Leiva (1918-1978) fue condenado a muerte en un consejo
de guerra celebrado en Madrid el 29 de febrero de 1940, cuando el antiguo
dependiente de la librería Tormos, sita en la calle Jacometrezo, apenas contaba
veintiún años y llevaba preso casi uno habiendo pasado por el Campo de los
Almendros, el alicantino castillo de Santa Bárbara, la plaza de toros de la
misma localidad y las cárceles madrileñas de Conde de Toreno y Santa Engracia.
El destino se había truncado para un tímido vecino del Puente de Vallecas que
militaba en las Juventudes Libertarias desde 1935, fue declarado inútil por
incapacidad física al ser movilizado en enero de 1938 -solo realizó tareas
burocráticas- y gozaba de buena opinión entre el vecindario. Así se evidencia
en los avales depositados en el sumario 48550 del AGHD, que incluso cuenta con
el del alcalde del Puente de Vallecas firmado el 5 de julio de 1939. Tal vez
fuera redactado a instancias de una madre dispuesta a hacer todo lo posible
para salvar la vida de su hijo preso.
La
dramática circunstancia de esta represión, iniciada cuando el colaborador de la
página juvenil de Castilla Libre intentó huir camino del exilio desde el
puerto de Alicante, la relata el ubetense en un libro que en su momento pasó
desapercibido, tal vez por la coetánea avalancha de otras obras similares, y
que convendría reeditar a tenor del valor testimonial y la calidad literaria
del texto: Memorias de un condenado a muerte (1978). José
Expósito Leiva lo terminó de escribir «en un lugar de España, a 20 de octubre
de 1947», cuando el memorialista permanecía en la clandestinidad como destacado
miembro de la CNT desde su excarcelación (BOE, 19-III-1944) y un mes antes de
escapar al exilio, que le llevó a Francia y Méjico para terminar afincado en
Caracas desde 1949 hasta su fallecimiento. El anarquista con vocación política
llegó a ser ministro del gobierno republicano en el exilio durante el año 1947
y siempre mantuvo su militancia anarquista, aunque fuera apartado de la CNT
desde 1961 por su postura favorable a la formación de un partido. La condición
de periodista queda probada gracias a la corresponsalía de la Agence France-Presse,
que ejerció en Venezuela mientras colaboraba en la prensa local.
José
Expósito Leiva fue un activo propagandista de las Juventudes Libertarias desde
noviembre de 1936, cuando dejó el empleo en la librería Tormos al ser requerido
por su amigo Amor Buitrago González para llevar a cabo esa labor en distintas
localidades de Ciudad Real y Cuenca. Allí, ambos, junto con Progreso Martínez,
dieron charlas e intentaron constituir agrupaciones libertarias. La labor la
completó en la capital dando una charla en Unión Radio el 12 de octubre de 1937
para recordar la solidaridad de Méjico con la España republicana. También
colaboró con seis artículos publicados entre noviembre y diciembre de 1937 en Castilla
Libre, cuya página juvenil estaba a cargo del citado amigo del Puente de
Vallecas, y otros en Juventud Libre, según consta en sus declaraciones
sumariales.
Las
Juventudes Libertarias de la capital le nombraron secretario de organización
hasta su movilización y, tras desempeñar tareas burocráticas en el ejército,
José Expósito Leiva salió de Madrid cuando las tropas del general Franco ya
estaban en sus calles. Tras un viaje repleto de incidencias y peligros, llegó
al puerto de Alicante con la esperanza de embarcar rumbo al exilio. Las
circunstancias de aquellos miles de republicanos ya las conocemos, el joven las
compartió con toda su crudeza, estremecedora a tenor del testimonio arriba
citado, y acabó con sus huesos en el campo de Los Almendros. Desde allí pasó a
la prisión habilitada en el castillo de Santa Bárbara y, tras una escala en el
campo de concentración de Albatera, terminó haciendo una ronda por diversas
cárceles de Madrid y Pamplona. En total, cuatro años y medio hasta la puesta en
libertad condicional, que aprovechó para incorporarse a la lucha antifranquista
durante cuatro años. Gracias a su activismo, llegó a formar parte del comité
nacional de la CNT hasta la salida clandestina del país a fines de noviembre de
1947, rumbo de un exilio que en su caso resultó definitivo.
A
pesar de su juventud y una salud delicada, José Expósito Leiva colaboró en la
prensa anarcosindicalista de Madrid durante la guerra y realizó actividades
propagandísticas hasta su movilización. Por lo tanto, el miembro de las
Juventudes Libertarias forma parte del colectivo de periodistas y escritores
procesados en los consejos de guerra del período 1939-1945. Su caso lo
estudiaremos a continuación, pero antes convendría detenernos en una obra cuya
lectura resulta recomendable porque, más allá del testimonio acerca de la
represión, el texto evidencia una voluntad estilística y una formación
literaria poco habituales entre quienes, por su juventud y circunstancias,
vivieron unos años donde la lectura se convirtió en un hábito que debía superar
innumerables problemas.
Un
testimonio a rescatar
Memorias
de un condenado a muerte destaca en su género por
la honestidad de un testimonio donde lo político o histórico queda en un
segundo plano ante el dramatismo del momento y la calidad de la prosa. El joven
dependiente de la librería Tormos y miembro del ateneo libertario del Puente de
Vallecas, donde probablemente accedería a unas lecturas poco probables por su
modesta condición social, albergaba una vocación literaria compatible con su
compromiso militante. El propio José Expósito Leiva da pistas acerca del origen
de la misma cuando explica que, siendo un «adolescente triste» -también
«tímido» a tenor de lo reflejado en el sumario-, ya era lector de Heine,
Dostoievski y Bécquer, aparte de haber redactado las primeras poesías con la
voluntad de convertirse en un periodista y escritor.
La
guerra frustró sus esperanzas literarias, que quedarían relegadas por la
urgencia de la propaganda al servicio del bando republicano. La derrota de 1939
y el frustrado intento de partir al exilio convirtieron esas esperanzas en una
quimera, pero hasta en aquellas dantescas cárceles José Expósito Leiva buscó la
oportunidad de leer como una manera de aferrarse a lo perdido. Así lo cuenta,
con una delicadeza notable capaz de transmitir la emoción, en unas memorias
estremecedoras que relatan el drama de una represión brutal.
Un
ejemplo, que entresaco por afectar a dos procesados de la trilogía dedicada a
los consejos de guerra, es el maltrato sufrido por el comunista Manuel Navarro
Ballesteros y el anarquista Eduardo de Guzmán, recién llegados a Madrid
procedentes del campo de Albatera. Junto con el autor siguieron el mismo
itinerario represivo. Los policías militares del SIPM que interrogaron y
maltrataron a ambos sabían de sus colaboraciones periodísticas y orientación
política. Provistos de fotografías publicadas en las cabeceras donde los dos
futuros condenados a muerte trabajaron, les obligaron a tragar unas donde
aparecían La Pasionaria y Buenaventura Durruti. La escena fue motivo de
carcajadas por parte de los miembros de la policía militar. Tal vez el relato
carezca de la precisión de una crónica. Tampoco la misma se respeta en varios
momentos de la obra testimonial, que revela diferencias con respecto a la
documentación sumarial, pero en la pluma de José Expósito Leiva prevalece la
voluntad de transmitir el horror que conoció en primera persona junto a tantos
otros procesados y condenados a muerte como los arriba citados.
El
espanto de lo vivido en el puerto de Alicante a finales de marzo de 1939 y en
el Campo de los Almendros lo conocemos gracias a distintas obras testimoniales
o el relato, tan preciso, de un Max Aub capaz de sintetizar el horror y la
desesperación del momento. No sucede así, al menos en la misma medida, cuando
hablamos de lo vivido en el castillo de Santa Bárbara, donde fueron recluidos
muchos de quienes pasaron por aquellos enclaves de la derrota republicana. José
Expósito Leiva fue uno de ellos y nunca lo olvidó. Sus Memorias de un
condenado a muerte podrían haber dado cuenta de su proceso judicial, pero
el mismo casi le resultaría desconocido como a tantos otros encartados que
apenas disponían de información sobre la marcha de los sumarios. La opción
elegida pasa por la desesperación de un joven que ve cercana la muerte y,
cuando escapa de la misma, desde la clandestinidad evoca con todo su dramatismo
los momentos de torturas y maltratos que observó hasta su procesamiento. Faltan
nombres y detalles para darles un valor más histórico que testimonial, pero
queda una descripción donde la intervención de la imaginación, en algunos
pasajes, solo potencia la conmoción del lector ante unas torturas que sabemos
generalizadas a partir de numerosas evidencias. La enumeración de esos ejemplos
del horror resulta innecesaria. Vista la voluntad literaria del autor que
justificaría la reedición de la obra, prefiero quedarme con la imagen de un
joven que llegó a la prisión de Pamplona con la compañía de dos libros: Contra
esto y aquello, de Miguel de Unamuno, y El libro de
Sigüenza, de Gabriel Miró. El gesto, de supervivencia entre la
barbarie, merece un recuerdo.
Los
carceleros destinados en Pamplona, donde tantos sucesos merecieron el recuerdo
de los presos y hasta la atención de los historiadores, le incautaron ambos
ejemplares sin necesidad de que pudieran propiciar «lecturas marxistas». En
aquella fría y masificada institución penitenciaria la lectura de Unamuno o
Miró, o de otros autores ajenos a la barbarie, estaba prohibida por las
autoridades. José Expósito Leiva perdió su preciada posesión que le permitía un
mínimo de aislamiento a través de la imaginación compartida. Lo lamentó como
tantas otras pérdidas, incluida la juventud, pero mantuvo la pretensión de
convertirse en un escritor capaz de emular a los mejores. El camino quedó
frustrado por las circunstancias de una vida que terminó a miles de kilómetros
del Puente de Vallecas. Al menos, mientras lo intentó emprender sin la urgencia
de lo propagandístico, el ubetense disfrutó de la compañía de autores como los
citados. Su evocación en un libro donde predomina el testimonio del espanto
siempre supone una eficaz ayuda. La subyacente voluntad estilística, la propia
de quien lee la prosa mironiana en medio de las miserias de aquellas cárceles,
bien merece una reedición.
Condenados
a muerte por propagandistas
Amor
Buitrago González y José Expósito Leiva eran, además de amigos, dos jóvenes
libertarios del Puente de Vallecas. El primero ya había sido detenido en
febrero de 1934 porque, como hijo de Victorino Buitrago García (1892-1942), que
acabaría fusilado, participó en el activismo anarquista desde los diecisiete
años (Jiménez Herrera, 2024). Poco antes de la guerra, el muchacho repartía sus
días entre la venta callejera de la prensa libertaria y la participación en las
actividades del ateneo del Puente de Vallecas sin menoscabo de la lucha
sindical en huelgas como la de la construcción de Madrid, que le llevaron a la
cárcel poco antes de iniciarse la guerra. El golpe de Estado supuso su
excarcelamiento.
A
partir del 18 de julio de 1936, el militante natural de Puertollano ingresó en
las Milicias Confederales de la Región Centro, mientras que su padre asumió
tareas más cuestionables en la retaguardia. Amor Buitrago González en noviembre
de 1936 se acercó a la librería de la calle Jacometrezo donde trabajaba su
amigo y le convenció para convertirse en un activista al servicio del
anarquismo. Junto con Progreso Martínez, los tres iniciaron un camino por
Cuenca y Ciudad Real que a finales de marzo de 1939 terminó en Alicante, donde
Amor fue detenido en compañía de su padre iniciando así un peregrinaje por los
centros penitenciarios paralelo al de José Expósito Leiva hasta que ambos
jóvenes fueron procesados en el sumario 48550 del AGHD.
Tras
pasar por el Campo de los Almendros, el castillo de Santa Bárbara y ser
trasladados a Madrid, el 2 de julio de 1939 los dos anarquistas comparecieron
ante la Brigada de Investigación Política del SIPM. Amor, de veinte años,
reconoce su militancia en la CNT y la FAI, aparte de ser miembro de la
Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios, una escisión de la FUE
promovida por las Juventudes Libertarias. Los golpes que recibiría le llevaron
a completar el currículo con las colaboraciones en Juventud Libre y Castilla
Libre, donde era responsable de la página juvenil que acogió la publicación
de seis artículos de su amigo. Dadas las fechas y la índole de la confesión,
ese día le cayó una pena que nunca bajaría de los treinta años tras una
conmutación de la máxima.
José
Expósito Leiva, de veintiún años, no tuvo una suerte mejor. También reconoce la
militancia anarquista, aunque la circunscribe a las Juventudes Libertarias de
las que en julio de 1937 llegaría a ser secretario de organización del comité
regional. Junto con Amor y Progreso, participó en actividades propagandísticas
en localidades de Cuenca y Ciudad Real, así como en Madrid, concretamente en
Unión Radio con la intervención dirigida a México, donde -según su declaración-
«ensalzó los lazos de unión con el referido pueblo». La confesión de José es
menos grave porque excluye a la CNT y, sobre todo, a la FAI, pero lo reconocido
por su amigo también tenía consecuencias para quien le acompañó hasta el final.
De ahí, tal vez, que lamentara su derrumbe y la consiguiente delación para
salvar su vida. En realidad, ambos jóvenes estaban condenados desde que
comparecieron ante la policía militar.
Dos
días después, Amor Buitrago González volvió a declarar para ratificar lo dicho
acerca de su actividad como propagandista. En lo referente a los artículos
publicados en Castilla Libre, defendió «la necesidad de llegar a la
unificación de todas las juventudes para la consecución de la alianza
antifascista». La afirmación parece contraria a una hipotética exculpación.
Asimismo, reconoce que impulsó la creación de la FIER como escisión de la FUE,
pero intenta evitar la pena de muerte cuando se desvincula de cualquier acto
violento: «Que su actuación se ha limitado a hacer intensa propaganda, sin que
por su parte se hayan hecho registros, detenciones o asesinatos». Su padre, al
parecer, no pudo afirmar algo similar y acabó fusilado (Jiménez Herrera, 2024).
El
mismo día vuelve a declarar José Expósito Leiva, que sigue una táctica similar
a la de su compañero: reconoce las actividades propagandísticas, aunque nunca
por iniciativa propia, para a continuación quedar al margen de actos violentos
que le pudieran llevar al paredón: «Que espera que las informaciones que se
practiquen acreditarán que no ha participado en delitos sangrientos ni ha
preconizado la violencia, o sea crímenes o persecuciones y que aunque
públicamente no le había sido posible desautorizar la represión llevada a cabo
por los propios anarquistas, privadamente la condenó siempre y en términos
generales se manifestó contra los métodos del terror». Al margen de la táctica
defensiva, la afirmación parece coherente con la actitud ante la violencia
mostrada en sus citadas memorias.
Hasta
este momento las actuaciones forman parte de unas diligencias previas. El 15 de
septiembre de 1939, el auditor ordena la instrucción del sumario 48550 al
Juzgado Permanente n.º 9. Su titular, el capitán Rafael de Villasanta Cruz,
recopila varios avales de quienes conocían a José Expósito Leiva y solicita el
correspondiente informe de la DGS. El mismo llega el 29 de diciembre y solo
aporta como cargo la realización de una intensa actividad propagandística, que
al parecer llevó al encartado a desplazarse a París con motivo del 1 de mayo de
1937. Asimismo, reconoce que el joven no sirvió en el ejército por su
«inutilidad física» y, de manera un tanto sorprendente a tenor de otros
informes, afirma que el encartado «está conceptuado como persona de buena conducta
y calificado como persona tímida, ignorando haya cometido hechos delictivos
contra personas de derechas». Es decir, puestos a acusarle, solo podían basarse
en su actividad propagandística a favor de los libertarios. La misma bastó para
condenarle a muerte.
El
3 de enero de 1940 llega el informe de la DGS sobre Amor Buitrago González, que
es más comprometedor, puesto que lo relaciona con su padre en las actividades
represivas llevadas a cabo en el Ateneo Libertario de Vallecas localizado en la
calle Emilio Ortuño. La conclusión es diferente a la de su compañero: «entre la
vecindad está conceptuado como elemento peligroso para el nuevo Régimen, pues
no se ha dedicado nada más que a la persecución de personas de derechas». A la
hora de la sentencia, ambos encartados quedaron equiparados sin entrar en
distingos como los formulados por la DGS.
El
10 de enero de 1940 vuelve a declarar José Expósito Leiva, que traslada a su
compañero la responsabilidad de las actividades propagandísticas donde
participó y, como último recurso, argumenta una oposición a los comunistas. De
hecho, considera que sus artículos en Castilla Libre suponen una crítica
a las posturas defendidas por las JSU. El anticomunismo era un recurso habitual
entre quienes suponían que la represión, en sus manifestaciones más graves, era
una materia reservada para «los marxistas». En el caso de José Expósito Leiva
pronto comprobaría su error de apreciación.
Una
semana después volvería a declarar Amor Buitrago González, que insiste en
desvincularse de las actividades represivas llevadas a cabo en el ateneo
vallecano. Algo de verosimilitud tendría cuando varios vecinos se dirigieron al
juzgado militar para avalarle. Nadie, en aquellas fechas, habría avalado a un
reconocido chequista.
El
7 de febrero de 1940, el juez instructor redacta el correspondiente auto
resumen, que no aporta novedades y se basa en las declaraciones y los informes
recopilados. Así, ambos resultan acusados «de ser miembros antiguos de la CNT y
de las Juventudes Libertarias, habiéndose dedicado durante el dominio rojo a
hacer activísima propaganda a favor de la causa marxista». Nada importaba que
los encartados fueran anarquistas y contrarios al marxismo, pues «son personas
de malos antecedentes político-sociales». El derecho de autor seguido en la
jurisdicción militar de la Victoria solo distingue entre malos y buenos.
El
21 de febrero, el fiscal Ramón del Orbe pide la pena de muerte para ambos, al
tiempo que pone en búsqueda y captura a dos «camisas viejas» que habían avalado
a los encartados como falangistas. La vista previa se celebra una semana
después y al día siguiente, el 29, el tribunal presidido por el comandante F.
Antonio Blázquez les condena a muerte sin añadir un solo cargo al de
propagandistas. El auditor ratifica la sentencia el 11 de marzo y el destino
queda a expensas de la voluntad de S.E., que permitió la conmutación de la pena
de muerte por otra de treinta años en escritos con fecha del 21 de septiembre,
en el caso de José, y el 19 de noviembre en el de Amor. Es decir, ambos
veinteañeros estuvieron varios meses condenados a muerte y viendo las sacas de
cada noche. Nunca lo olvidarían.
José
Expósito Leiva salió antes de la cárcel que su compañero, pues Amor Buitrago
González solicita el indulto el 16 de noviembre de 1945 y se lo conceden el 7
de marzo del año siguiente. Al final, cuando ya habían fusilado a su padre, los
militares le encarcelaron más tiempo que a su amigo, que habría dejado de serlo
a tenor de lo escrito en sus citadas memorias. En cualquier caso, ambos jóvenes
perdieron la juventud en las cárceles de la Victoria, eran unos derrotados y,
tras una etapa de clandestinidad, José Expósito Leiva huyó de España camino del
exilio. Nunca volvió, pero se mantuvo fiel a sus ideales anarquistas y,
supongo, a una sensibilidad literaria que le permitió disfrutar con las páginas
de Miguel de Unamuno y Gabriel Miró.
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