martes, 22 de julio de 2025

El condenado a muerte que leía a Gabriel Miró


 José Expósito Leiva. Fuente: Archivo de la Democracia. UA.

Del Puente de Vallecas a Caracas

El anarquista José Expósito Leiva (1918-1978) fue condenado a muerte en un consejo de guerra celebrado en Madrid el 29 de febrero de 1940, cuando el antiguo dependiente de la librería Tormos, sita en la calle Jacometrezo, apenas contaba veintiún años y llevaba preso casi uno habiendo pasado por el Campo de los Almendros, el alicantino castillo de Santa Bárbara, la plaza de toros de la misma localidad y las cárceles madrileñas de Conde de Toreno y Santa Engracia. El destino se había truncado para un tímido vecino del Puente de Vallecas que militaba en las Juventudes Libertarias desde 1935, fue declarado inútil por incapacidad física al ser movilizado en enero de 1938 -solo realizó tareas burocráticas- y gozaba de buena opinión entre el vecindario. Así se evidencia en los avales depositados en el sumario 48550 del AGHD, que incluso cuenta con el del alcalde del Puente de Vallecas firmado el 5 de julio de 1939. Tal vez fuera redactado a instancias de una madre dispuesta a hacer todo lo posible para salvar la vida de su hijo preso.

La dramática circunstancia de esta represión, iniciada cuando el colaborador de la página juvenil de Castilla Libre intentó huir camino del exilio desde el puerto de Alicante, la relata el ubetense en un libro que en su momento pasó desapercibido, tal vez por la coetánea avalancha de otras obras similares, y que convendría reeditar a tenor del valor testimonial y la calidad literaria del texto: Memorias de un condenado a muerte (1978). José Expósito Leiva lo terminó de escribir «en un lugar de España, a 20 de octubre de 1947», cuando el memorialista permanecía en la clandestinidad como destacado miembro de la CNT desde su excarcelación (BOE, 19-III-1944) y un mes antes de escapar al exilio, que le llevó a Francia y Méjico para terminar afincado en Caracas desde 1949 hasta su fallecimiento. El anarquista con vocación política llegó a ser ministro del gobierno republicano en el exilio durante el año 1947 y siempre mantuvo su militancia anarquista, aunque fuera apartado de la CNT desde 1961 por su postura favorable a la formación de un partido. La condición de periodista queda probada gracias a la corresponsalía de la Agence France-Presse, que ejerció en Venezuela mientras colaboraba en la prensa local.

José Expósito Leiva fue un activo propagandista de las Juventudes Libertarias desde noviembre de 1936, cuando dejó el empleo en la librería Tormos al ser requerido por su amigo Amor Buitrago González para llevar a cabo esa labor en distintas localidades de Ciudad Real y Cuenca. Allí, ambos, junto con Progreso Martínez, dieron charlas e intentaron constituir agrupaciones libertarias. La labor la completó en la capital dando una charla en Unión Radio el 12 de octubre de 1937 para recordar la solidaridad de Méjico con la España republicana. También colaboró con seis artículos publicados entre noviembre y diciembre de 1937 en Castilla Libre, cuya página juvenil estaba a cargo del citado amigo del Puente de Vallecas, y otros en Juventud Libre, según consta en sus declaraciones sumariales.

Las Juventudes Libertarias de la capital le nombraron secretario de organización hasta su movilización y, tras desempeñar tareas burocráticas en el ejército, José Expósito Leiva salió de Madrid cuando las tropas del general Franco ya estaban en sus calles. Tras un viaje repleto de incidencias y peligros, llegó al puerto de Alicante con la esperanza de embarcar rumbo al exilio. Las circunstancias de aquellos miles de republicanos ya las conocemos, el joven las compartió con toda su crudeza, estremecedora a tenor del testimonio arriba citado, y acabó con sus huesos en el campo de Los Almendros. Desde allí pasó a la prisión habilitada en el castillo de Santa Bárbara y, tras una escala en el campo de concentración de Albatera, terminó haciendo una ronda por diversas cárceles de Madrid y Pamplona. En total, cuatro años y medio hasta la puesta en libertad condicional, que aprovechó para incorporarse a la lucha antifranquista durante cuatro años. Gracias a su activismo, llegó a formar parte del comité nacional de la CNT hasta la salida clandestina del país a fines de noviembre de 1947, rumbo de un exilio que en su caso resultó definitivo.

A pesar de su juventud y una salud delicada, José Expósito Leiva colaboró en la prensa anarcosindicalista de Madrid durante la guerra y realizó actividades propagandísticas hasta su movilización. Por lo tanto, el miembro de las Juventudes Libertarias forma parte del colectivo de periodistas y escritores procesados en los consejos de guerra del período 1939-1945. Su caso lo estudiaremos a continuación, pero antes convendría detenernos en una obra cuya lectura resulta recomendable porque, más allá del testimonio acerca de la represión, el texto evidencia una voluntad estilística y una formación literaria poco habituales entre quienes, por su juventud y circunstancias, vivieron unos años donde la lectura se convirtió en un hábito que debía superar innumerables problemas.

Un testimonio a rescatar

Memorias de un condenado a muerte destaca en su género por la honestidad de un testimonio donde lo político o histórico queda en un segundo plano ante el dramatismo del momento y la calidad de la prosa. El joven dependiente de la librería Tormos y miembro del ateneo libertario del Puente de Vallecas, donde probablemente accedería a unas lecturas poco probables por su modesta condición social, albergaba una vocación literaria compatible con su compromiso militante. El propio José Expósito Leiva da pistas acerca del origen de la misma cuando explica que, siendo un «adolescente triste» -también «tímido» a tenor de lo reflejado en el sumario-, ya era lector de Heine, Dostoievski y Bécquer, aparte de haber redactado las primeras poesías con la voluntad de convertirse en un periodista y escritor.

La guerra frustró sus esperanzas literarias, que quedarían relegadas por la urgencia de la propaganda al servicio del bando republicano. La derrota de 1939 y el frustrado intento de partir al exilio convirtieron esas esperanzas en una quimera, pero hasta en aquellas dantescas cárceles José Expósito Leiva buscó la oportunidad de leer como una manera de aferrarse a lo perdido. Así lo cuenta, con una delicadeza notable capaz de transmitir la emoción, en unas memorias estremecedoras que relatan el drama de una represión brutal.

Un ejemplo, que entresaco por afectar a dos procesados de la trilogía dedicada a los consejos de guerra, es el maltrato sufrido por el comunista Manuel Navarro Ballesteros y el anarquista Eduardo de Guzmán, recién llegados a Madrid procedentes del campo de Albatera. Junto con el autor siguieron el mismo itinerario represivo. Los policías militares del SIPM que interrogaron y maltrataron a ambos sabían de sus colaboraciones periodísticas y orientación política. Provistos de fotografías publicadas en las cabeceras donde los dos futuros condenados a muerte trabajaron, les obligaron a tragar unas donde aparecían La Pasionaria y Buenaventura Durruti. La escena fue motivo de carcajadas por parte de los miembros de la policía militar. Tal vez el relato carezca de la precisión de una crónica. Tampoco la misma se respeta en varios momentos de la obra testimonial, que revela diferencias con respecto a la documentación sumarial, pero en la pluma de José Expósito Leiva prevalece la voluntad de transmitir el horror que conoció en primera persona junto a tantos otros procesados y condenados a muerte como los arriba citados.

El espanto de lo vivido en el puerto de Alicante a finales de marzo de 1939 y en el Campo de los Almendros lo conocemos gracias a distintas obras testimoniales o el relato, tan preciso, de un Max Aub capaz de sintetizar el horror y la desesperación del momento. No sucede así, al menos en la misma medida, cuando hablamos de lo vivido en el castillo de Santa Bárbara, donde fueron recluidos muchos de quienes pasaron por aquellos enclaves de la derrota republicana. José Expósito Leiva fue uno de ellos y nunca lo olvidó. Sus Memorias de un condenado a muerte podrían haber dado cuenta de su proceso judicial, pero el mismo casi le resultaría desconocido como a tantos otros encartados que apenas disponían de información sobre la marcha de los sumarios. La opción elegida pasa por la desesperación de un joven que ve cercana la muerte y, cuando escapa de la misma, desde la clandestinidad evoca con todo su dramatismo los momentos de torturas y maltratos que observó hasta su procesamiento. Faltan nombres y detalles para darles un valor más histórico que testimonial, pero queda una descripción donde la intervención de la imaginación, en algunos pasajes, solo potencia la conmoción del lector ante unas torturas que sabemos generalizadas a partir de numerosas evidencias. La enumeración de esos ejemplos del horror resulta innecesaria. Vista la voluntad literaria del autor que justificaría la reedición de la obra, prefiero quedarme con la imagen de un joven que llegó a la prisión de Pamplona con la compañía de dos libros: Contra esto y aquello, de Miguel de Unamuno, y El libro de Sigüenza, de Gabriel Miró. El gesto, de supervivencia entre la barbarie, merece un recuerdo.

Los carceleros destinados en Pamplona, donde tantos sucesos merecieron el recuerdo de los presos y hasta la atención de los historiadores, le incautaron ambos ejemplares sin necesidad de que pudieran propiciar «lecturas marxistas». En aquella fría y masificada institución penitenciaria la lectura de Unamuno o Miró, o de otros autores ajenos a la barbarie, estaba prohibida por las autoridades. José Expósito Leiva perdió su preciada posesión que le permitía un mínimo de aislamiento a través de la imaginación compartida. Lo lamentó como tantas otras pérdidas, incluida la juventud, pero mantuvo la pretensión de convertirse en un escritor capaz de emular a los mejores. El camino quedó frustrado por las circunstancias de una vida que terminó a miles de kilómetros del Puente de Vallecas. Al menos, mientras lo intentó emprender sin la urgencia de lo propagandístico, el ubetense disfrutó de la compañía de autores como los citados. Su evocación en un libro donde predomina el testimonio del espanto siempre supone una eficaz ayuda. La subyacente voluntad estilística, la propia de quien lee la prosa mironiana en medio de las miserias de aquellas cárceles, bien merece una reedición.


José Expósito Leiva. Fuente: Wikipedia

Condenados a muerte por propagandistas

Amor Buitrago González y José Expósito Leiva eran, además de amigos, dos jóvenes libertarios del Puente de Vallecas. El primero ya había sido detenido en febrero de 1934 porque, como hijo de Victorino Buitrago García (1892-1942), que acabaría fusilado, participó en el activismo anarquista desde los diecisiete años (Jiménez Herrera, 2024). Poco antes de la guerra, el muchacho repartía sus días entre la venta callejera de la prensa libertaria y la participación en las actividades del ateneo del Puente de Vallecas sin menoscabo de la lucha sindical en huelgas como la de la construcción de Madrid, que le llevaron a la cárcel poco antes de iniciarse la guerra. El golpe de Estado supuso su excarcelamiento.

A partir del 18 de julio de 1936, el militante natural de Puertollano ingresó en las Milicias Confederales de la Región Centro, mientras que su padre asumió tareas más cuestionables en la retaguardia. Amor Buitrago González en noviembre de 1936 se acercó a la librería de la calle Jacometrezo donde trabajaba su amigo y le convenció para convertirse en un activista al servicio del anarquismo. Junto con Progreso Martínez, los tres iniciaron un camino por Cuenca y Ciudad Real que a finales de marzo de 1939 terminó en Alicante, donde Amor fue detenido en compañía de su padre iniciando así un peregrinaje por los centros penitenciarios paralelo al de José Expósito Leiva hasta que ambos jóvenes fueron procesados en el sumario 48550 del AGHD.

Tras pasar por el Campo de los Almendros, el castillo de Santa Bárbara y ser trasladados a Madrid, el 2 de julio de 1939 los dos anarquistas comparecieron ante la Brigada de Investigación Política del SIPM. Amor, de veinte años, reconoce su militancia en la CNT y la FAI, aparte de ser miembro de la Federación Ibérica de Estudiantes Revolucionarios, una escisión de la FUE promovida por las Juventudes Libertarias. Los golpes que recibiría le llevaron a completar el currículo con las colaboraciones en Juventud Libre y Castilla Libre, donde era responsable de la página juvenil que acogió la publicación de seis artículos de su amigo. Dadas las fechas y la índole de la confesión, ese día le cayó una pena que nunca bajaría de los treinta años tras una conmutación de la máxima.

José Expósito Leiva, de veintiún años, no tuvo una suerte mejor. También reconoce la militancia anarquista, aunque la circunscribe a las Juventudes Libertarias de las que en julio de 1937 llegaría a ser secretario de organización del comité regional. Junto con Amor y Progreso, participó en actividades propagandísticas en localidades de Cuenca y Ciudad Real, así como en Madrid, concretamente en Unión Radio con la intervención dirigida a México, donde -según su declaración- «ensalzó los lazos de unión con el referido pueblo». La confesión de José es menos grave porque excluye a la CNT y, sobre todo, a la FAI, pero lo reconocido por su amigo también tenía consecuencias para quien le acompañó hasta el final. De ahí, tal vez, que lamentara su derrumbe y la consiguiente delación para salvar su vida. En realidad, ambos jóvenes estaban condenados desde que comparecieron ante la policía militar.

Dos días después, Amor Buitrago González volvió a declarar para ratificar lo dicho acerca de su actividad como propagandista. En lo referente a los artículos publicados en Castilla Libre, defendió «la necesidad de llegar a la unificación de todas las juventudes para la consecución de la alianza antifascista». La afirmación parece contraria a una hipotética exculpación. Asimismo, reconoce que impulsó la creación de la FIER como escisión de la FUE, pero intenta evitar la pena de muerte cuando se desvincula de cualquier acto violento: «Que su actuación se ha limitado a hacer intensa propaganda, sin que por su parte se hayan hecho registros, detenciones o asesinatos». Su padre, al parecer, no pudo afirmar algo similar y acabó fusilado (Jiménez Herrera, 2024).

El mismo día vuelve a declarar José Expósito Leiva, que sigue una táctica similar a la de su compañero: reconoce las actividades propagandísticas, aunque nunca por iniciativa propia, para a continuación quedar al margen de actos violentos que le pudieran llevar al paredón: «Que espera que las informaciones que se practiquen acreditarán que no ha participado en delitos sangrientos ni ha preconizado la violencia, o sea crímenes o persecuciones y que aunque públicamente no le había sido posible desautorizar la represión llevada a cabo por los propios anarquistas, privadamente la condenó siempre y en términos generales se manifestó contra los métodos del terror». Al margen de la táctica defensiva, la afirmación parece coherente con la actitud ante la violencia mostrada en sus citadas memorias.

Hasta este momento las actuaciones forman parte de unas diligencias previas. El 15 de septiembre de 1939, el auditor ordena la instrucción del sumario 48550 al Juzgado Permanente n.º 9. Su titular, el capitán Rafael de Villasanta Cruz, recopila varios avales de quienes conocían a José Expósito Leiva y solicita el correspondiente informe de la DGS. El mismo llega el 29 de diciembre y solo aporta como cargo la realización de una intensa actividad propagandística, que al parecer llevó al encartado a desplazarse a París con motivo del 1 de mayo de 1937. Asimismo, reconoce que el joven no sirvió en el ejército por su «inutilidad física» y, de manera un tanto sorprendente a tenor de otros informes, afirma que el encartado «está conceptuado como persona de buena conducta y calificado como persona tímida, ignorando haya cometido hechos delictivos contra personas de derechas». Es decir, puestos a acusarle, solo podían basarse en su actividad propagandística a favor de los libertarios. La misma bastó para condenarle a muerte.

El 3 de enero de 1940 llega el informe de la DGS sobre Amor Buitrago González, que es más comprometedor, puesto que lo relaciona con su padre en las actividades represivas llevadas a cabo en el Ateneo Libertario de Vallecas localizado en la calle Emilio Ortuño. La conclusión es diferente a la de su compañero: «entre la vecindad está conceptuado como elemento peligroso para el nuevo Régimen, pues no se ha dedicado nada más que a la persecución de personas de derechas». A la hora de la sentencia, ambos encartados quedaron equiparados sin entrar en distingos como los formulados por la DGS.

El 10 de enero de 1940 vuelve a declarar José Expósito Leiva, que traslada a su compañero la responsabilidad de las actividades propagandísticas donde participó y, como último recurso, argumenta una oposición a los comunistas. De hecho, considera que sus artículos en Castilla Libre suponen una crítica a las posturas defendidas por las JSU. El anticomunismo era un recurso habitual entre quienes suponían que la represión, en sus manifestaciones más graves, era una materia reservada para «los marxistas». En el caso de José Expósito Leiva pronto comprobaría su error de apreciación.

Una semana después volvería a declarar Amor Buitrago González, que insiste en desvincularse de las actividades represivas llevadas a cabo en el ateneo vallecano. Algo de verosimilitud tendría cuando varios vecinos se dirigieron al juzgado militar para avalarle. Nadie, en aquellas fechas, habría avalado a un reconocido chequista.

El 7 de febrero de 1940, el juez instructor redacta el correspondiente auto resumen, que no aporta novedades y se basa en las declaraciones y los informes recopilados. Así, ambos resultan acusados «de ser miembros antiguos de la CNT y de las Juventudes Libertarias, habiéndose dedicado durante el dominio rojo a hacer activísima propaganda a favor de la causa marxista». Nada importaba que los encartados fueran anarquistas y contrarios al marxismo, pues «son personas de malos antecedentes político-sociales». El derecho de autor seguido en la jurisdicción militar de la Victoria solo distingue entre malos y buenos.

El 21 de febrero, el fiscal Ramón del Orbe pide la pena de muerte para ambos, al tiempo que pone en búsqueda y captura a dos «camisas viejas» que habían avalado a los encartados como falangistas. La vista previa se celebra una semana después y al día siguiente, el 29, el tribunal presidido por el comandante F. Antonio Blázquez les condena a muerte sin añadir un solo cargo al de propagandistas. El auditor ratifica la sentencia el 11 de marzo y el destino queda a expensas de la voluntad de S.E., que permitió la conmutación de la pena de muerte por otra de treinta años en escritos con fecha del 21 de septiembre, en el caso de José, y el 19 de noviembre en el de Amor. Es decir, ambos veinteañeros estuvieron varios meses condenados a muerte y viendo las sacas de cada noche. Nunca lo olvidarían.

José Expósito Leiva salió antes de la cárcel que su compañero, pues Amor Buitrago González solicita el indulto el 16 de noviembre de 1945 y se lo conceden el 7 de marzo del año siguiente. Al final, cuando ya habían fusilado a su padre, los militares le encarcelaron más tiempo que a su amigo, que habría dejado de serlo a tenor de lo escrito en sus citadas memorias. En cualquier caso, ambos jóvenes perdieron la juventud en las cárceles de la Victoria, eran unos derrotados y, tras una etapa de clandestinidad, José Expósito Leiva huyó de España camino del exilio. Nunca volvió, pero se mantuvo fiel a sus ideales anarquistas y, supongo, a una sensibilidad literaria que le permitió disfrutar con las páginas de Miguel de Unamuno y Gabriel Miró.

 

 

 

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