Algunas circunstancias
familiares tienen consecuencias imprevisibles. Yo soy catedrático de Literatura
Española gracias a mi padre, que con bastante sacrificio por su parte nos
compró libros y, sobre todo, nos transmitió el gusto por la lectura. Durante la
etapa escolar, casi completé la colección de Bruguera donde las más variadas
aventuras venían acompañadas, cada cuatro páginas, por una a modo de tebeo. Así
cabalgué por el Oeste, descubrí una isla del tesoro o acompañé a Julio Verne hasta
los más recónditos lugares. En definitiva, empecé a tener el hábito de la
lectura, que también es el de la imaginación.
El bachillerato, tras el temido
examen de ingreso, llegaba con tan solo diez años y entonces mi padre pensó que
las lecturas veraniegas debían ser más enjundiosas. Así decidió que, con
disciplina militar, leería un episodio nacional de Galdós en julio y
otro en agosto de cada verano empezando por Trafalgar.
Gracias a una compra
hecha a plazos, disponíamos de las obras completas del novelista editadas por
Aguilar en unos tomos que conservo en un lugar privilegiado de mi biblioteca.
Las páginas a dos columnas de letra apretada, el tacto del papel biblia, el ritual
de pasar la página con las manos limpias para no estropear la joya
bibliográfica de la casa y, finalmente, la colocación de la cinta roja a modo
de separador, antes de dejar el volumen en un rincón ajeno al polvo o el sol, me
acompañaron durante aquellas interminables tardes de verano.
Al cabo de los siete años
de bachiller leí la mayoría de los episodios nacionales de don Benito, a quien
mi padre respetaba como un oráculo. La tarea nunca supuso un esfuerzo y, si en
alguna ocasión me aburrí, también aprendí la conveniencia de estar aburrido sin
necesidad de molestar a los demás. Al fin y al cabo, el aburrimiento es un
aprendizaje, aunque ahora parece estar desacreditado.
Gracias a esa experiencia
lectora, cuando en la universidad estudié a Galdós bajo el magisterio de
Julio Rodríguez Puértolas todo me resultaba familiar y tuteaba tanto a
Fortunata como Jacinta sin olvidar a «la de Bringas», que pronto vi interpretada
por Concha Velasco. Y, por supuesto, en 1980 disfruté con la serie dirigida por
Mario Camus que cada semana convocaba a millones de espectadores en horario de
máxima audiencia. Por entonces, conviene recordarlo, Tele 5 y compañía ni
siquiera estaban en el futuro distópico.
Las lecturas de las obras
galdosianas fueron ampliándose hasta los años noventa porque impartía una clase
dedicada a la literatura del siglo XIX. Desde entonces, lo tengo abandonado
porque casi siempre acabo leyendo para escribir por obligación profesional. Sin
embargo, y paradójicamente, durante estos últimos años soy más consciente de la
huella de esas lecturas y encuentro su estela en autores actuales, que nunca
dudan a la hora de reconocer el magisterio del novelista canario.
Uno de esos autores, y
protagonista destacado en «la estantería de los amigos», es Ignacio Martínez de
Pisón. Como novelista fundamentalmente realista, gracias a una prometedora
iniciativa editorial de Sergio del Molino acaba de publicar un librito, Dos
tardes con Galdós (Alianza, 2026). Sus páginas, no llegan a cien, prueban el conocimiento del mundo galdosiano y constituyen un homenaje, rendido con
la sencillez que habría agradecido quien tantas muestras de mesura y
comprensión dio en sus obras.
Gracias a Ignacio, y a
una claridad expositiva a la que intento acercarme, he recordado las lecturas
de Galdós y, sobre todo, he comprendido mejor el porqué de su permanencia en mi
formación como lector. Hace años que explico el Siglo de Oro y al comenzar las
clases confieso ante el alumnado mis preferencias. Me gusta más Lope que
Calderón, pero sobre todo disfruto con Cervantes y me molesta a veces la obra
de Quevedo, a quien incluso caricaturizo por su incapacidad de empatizar con
personajes como el pobre Pablos de El Buscón. Góngora, por fortuna, no
forma parte del temario.
La contraposición entre
Cervantes y Quevedo me permite explayarme con el primero de acuerdo con lo
explicado por Antonio Muñoz Molina en El verano de Cervantes (2025) y, a
continuación, siempre añado la continuidad de Galdós en un punto esencial: la
voluntad de comprender, a sus personajes y a su propio mundo: «comprender en el
doble sentido del término: en el sentido de entender y en el sentido de tolerar
o transigir» (p. 59). Ignacio, que la comparte como novelista, la explica en
términos que debieran ser tomados como referencia por quienes nos abruman con
una «ciencia filológica» a menudo convertida en pedantería.
Dos tardes con Galdós es
un libro para leer con lápiz en la mano. No por el posible dato erudito o
novedoso, que no los hay en sus páginas, sino por la reflexión compartida capaz
de hacernos ver las huellas galdosianas todavía presentes en quienes nos
formamos con lecturas como las impuestas para cada verano de los setenta.
Tal vez mi padre nunca lo
supiera, pero gracias a esas tardes aprendí a respetar y comprender sin
mistificar una realidad que, por serlo, no permite demasiadas elucubraciones.
Así me lo explicó Rafael Azcona, otro entusiasta lector de Galdós, que nunca
caminó mirando al cielo porque sabía del peligro de tropezar con una piedra,
aquella de cuya existencia nos avisa don Benito sin necesidad de gritar y con
el lujo de detalles de un buen realista.
