A lo largo del curso, los
amigos y compañeros me mandan más de cincuenta volúmenes de ensayos u obras
literarias. Algunos los puedo leer en un plazo prudencial, pero otros no menos
interesantes deben esperar hasta la llegada del verano, cuando el fin de las
clases supone más tiempo para la lectura. El resultado es una pila de libros
que leo mientras intento superar el desánimo que acarrea un calor cada vez más
insoportable.
Luis García Trapiello, a
diferencia de su hermano Andrés, nunca ha prescindido de su primer apellido a
la hora de publicar. Tal vez porque como docente ahora jubilado no haya necesitado
recurrir a una identidad más comercial para sacar adelante, poco a poco, una
colección de volúmenes que prueban su indudable interés por varios géneros,
desde la poesía a la novela pasando por el ensayo.
Desde hace algún tiempo
mantenemos una relación de intercambio y amistad. A pesar de la distancia, nos
une una misma posición en temas fundamentales relacionados con la memoria
histórica y la literatura. Gracias a esa coincidencia, hace algunos meses me
mandó su novela Herederos de una guerra (Madrid, Incipit, 2014), que
está centrada en la Guerra Civil y, más en concreto, parte de las experiencias
de varios soldados en algunas de las más importantes acciones bélicas que
tuvieron lugar a lo largo de la misma.
Acabo de leerla con el
interés que merece una obra bien narrada y documentada capaz de trasladarnos el
horror de los escenarios bélicos. Poco o nada puedo comentar en este sentido.
La sinrazón de esos episodios violentos supone un referente inexcusable para
cualquier interesado en el conflicto, pero nunca la comento porque me considero
incapaz de aportar un solo matiz que no haya sido previamente expuesto por una
pluma más autorizada.
Estos episodios de
batallas como la de Teruel, tan brutal y mortífera, vienen en la novela
intercalados con algunos capítulos donde las voces son las de unos hijos de los
protagonistas, que intentan reflexionar acerca de la memoria familiar, la
determinada por una participación directa en los frentes más violentos de la
Guerra Civil. La perspectiva queda sintetizada en una frase pronunciada por uno
de estos descendientes: «Lo cierto es que no somos los hijos de la guerra.
Somos los hijos de quienes la hicieron» (p. 14).
A partir de constatar
esta evidencia tantas veces olvidada, los descendientes de los protagonistas
intentan poner en común las memorias familiares de quienes tuvieron una
presencia en el frente durante algunas de las batallas más cruentas. El
silencio imperó, con un criterio selectivo para obviar lo incómodo, al mismo
tiempo que el dogmatismo, pues estos antiguos soldados «tenían horror a que una
duda les rompiese las justificaciones de lo que se hizo y cómo se hizo» (p.
91).
El silencio acerca del
«pasado sucio» (Julio Aróstegui) se concreta en un punto clave que también ha
puesto de manifiesto Andrés Trapiello en varias ocasiones: en una guerra con
centenares de miles de muertos nadie aceptó haber matado. Lo imposible a partir
de la más elemental lógica se convierte en una realidad gracias al silencio por
una razón fácil de entender: «Si no fuese así, quienes hubiesen participado en
una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).
La circunstancia se
agrava en el caso de unos padres que, como tales y con posterioridad a su
participación en la guerra, han tenido un comportamiento positivo en el ámbito
familiar: «¿Cómo soportar, con esa forma de ser, el haber matado, el haber
visto morir a los amigos, el conocer los abusos cometidos por los suyos?» (p.
202).
La pregunta de los
descendientes queda en el aire porque la novela trata de comprender sin
enjuiciar. No obstante, la cuestión invita a la reflexión acerca de un silencio
que, si fue notable con respecto a la violencia de las batallas, todavía lo fue
en mayor grado en lo que respecta a la desplegada durante las acciones
represivas de la posguerra.
El soldado, en plena
batalla, a menudo mata para sobrevivir. Los perpetradores de la violencia
represiva carecen de esa coartada. Al cabo del tiempo su silencio resulta tan sepulcral
como fruto de un «pacto de sangre», de acuerdo con la terminología mafiosa. El
más mínimo cuestionamiento, la duda con respecto a lo hecho, podría haber
derrumbado un muro construido a lo largo de décadas y del cual participaron sus
familias o allegados.
La novela de Luis García Trapiello
nos lleva así a reflexionar sobre una circunstancia presente a lo largo de la
investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores: el
silencio de los perpetradores y, a menudo, la negación de lo sucedido, tanto en
un ámbito público como familiar. Un negacionismo que llega hasta el presente
sin el temor de caer a veces en lo absurdo.
La literatura puede
desvelar la realidad ocultada por ese silencio. También la ficción en general,
pero los historiadores de la represión tenemos más dificultades para llevar a
cabo esta tarea porque la imaginación debe ser sustituida por las pruebas
documentales, que a menudo son inexistentes por la propia naturaleza de unos
actos represivos de carácter extrajudicial.
Afortunadamente, los
sumarios de los consejos de guerra dejaron los nombres y las firmas de los
perpetradores relacionados con el cuerpo jurídico. Esa documentación permite
desvelar una parte significativa de lo realizado por quienes luego, al cabo de
los años, mantuvieron un silencio sepulcral acerca de estos episodios de su
pasado. Razones no les faltaron porque, como escribe Luis García Trapiello, «si
no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir
viviendo» (p. 196).




