jueves, 8 de enero de 2026

Los «tontos» del cine cómico (1)


 Este poster de The kid (1921) estuvo en mi habitación durante años. Todavía me emociona.

A mediados de los años sesenta, los sábados por la mañana eran lectivos, pero a cambio los jueves por la tarde en nuestro colegio podíamos acudir a las sesiones cinematográficas programadas por la Organización Juvenil Española (OJE). El precio de la entrada era módico y mis padres permitieron que nunca me las perdiera.

Los pocos largometrajes que vimos eran reestrenos de los reestrenos. La sala debía pertenecer al circuito de la filmografía abocada al final de su trayectoria comercial y las cintas llegaban en unas condiciones lamentables. No obstante, la alternativa era quedarse en casa con algún tebeo ya leído o, en el caso de los elegidos por la fortuna, un televisor en blanco y negro, cuya única cadena cesaba su emisión a esa hora de los folletines radiofónicos.

Todavía recuerdo haber visto en aquella sala una película de Jerry Lewis, El profesor chiflado (1963), como algo excepcional por su novedad. La OJE debió tirar la casa por la ventana esa tarde. El comediante norteamericano desde entonces estuvo en la nómina de mis ídolos, pero lo habitual en aquellas sesiones era asistir a «los festivales» de Tom y Jerry, varios vetustos capítulos protagonizados por el gato y el ratón, o algunos cortometrajes de cine cómico de la etapa muda.

En mis clases, cuando comento las diferencias entre el teatro y el cine, recuerdo que el público del primero es capaz de condicionar la representación con su respuesta o actitud, mientras que el comportamiento del cinematográfico resulta indiferente durante la proyección de lo previamente grabado.

La obviedad cuenta con una excepción. Las respuestas enloquecidas que observé en aquella sala cuando se anunciaba la presencia de Tom y Jerry. Había niños que hasta se ponían de pie en las butacas de madera para manifestar, con alaridos, su entusiasmo por el gato y el ratón.

Tal era la implicación del público, que esos dibujos animados de acción continua, a menudo violenta, se convertían en otros todavía más animados de una acción ajena al respiro para continuar. Al menos, así los veíamos con la mirada ingenua de una infancia carente de referentes para comparar más allá de los dibujos en blanco y negro, que algunos compañeros podían ver en la televisión.

La proyección de cortometrajes del cine cómico de la etapa muda no solía incluir a figuras como Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd. Los motivos los ignoro, aunque cabe suponerlos gracias a la bibliografía consultada sobre la difusión de esa cinematografía en España. Los protagonistas de los vistos en el colegio solían ser de la segunda fila destacando Larry Semon, conocido entre nosotros como Jaimito, cuyos cortometrajes tuvieron una notable presencia en las salas de la posguerra.



Larry Semon, Jaimito

Jaimito nunca me hizo sonreír. Tampoco ahora, cuando recupero por motivos de estudio algunas de sus películas relegadas al olvido, Sin embargo, recuerdo el entusiasmo al ver las habladas con el doblaje de Stan Laurel y Oliver Hardy, cuyo peculiar español al llegar a casa compartía con mi padre porque había sido niño cuando se estrenaron en España. Y, sobre todo, me impactó la única película que pudimos ver de Charles Chaplin: Shouldier Arms (1918), un censurado mediometraje distribuido como ¡Armas al hombro!

La película de Charles Chaplin era diferente a todo lo visto hasta entonces en aquella sala donde Jaimito reinaba con sus gansadas. También con respecto al cine mudo que solían emitir en TVE cuando se producía algún desajuste horario en la programación. Lo utilizaban como relleno o solución de urgencia, pero lo disfrutaba porque reía con los maestros del slapstick que tanto me enseñaron acerca de las claves de lo cómico.

Desde aquellos años sesenta, nunca he dejado de admirar el alocado trabajo de los hombres de goma de Mack Sennett y los Keystone Cops, pero prefiero la filmografía de Buster Keaton y, sobre todo, la de Charles Chaplin, el genio que apenas pude conocer en el cine del colegio o en la televisión, donde había tantas tartas de merengue en el rostro o disparatadas persecuciones con los únicos policías capaces de propiciar una carcajada. El humor, que no la comicidad, es otra historia más compleja que he disfrutado desde la madurez e intento desentrañar en algunos de mis libros.

Ahora, cuando debo preparar una ponencia sobre la relación de la Generación del 27 con los caricatos del cine mudo, vuelvo a disfrutar con estos personajes de la infancia donde todo es una sorpresa a la espera de que, al cabo de los años, podamos descubrir su origen. Charles Chaplin supone un referente que me ha guiado durante décadas porque viendo sus películas compruebo que las emociones más elementales son universales. Sus colegas del cine mudo me hacen sonreír todavía porque nunca debemos dejar de ser niños. Lo agradezco, pero también gracias a muchos años de lecturas conozco las razones de la tristeza que a menudo se esconde en sus películas y, sobre todo, en el inevitable fundido en negro tras su finalización.

Mientras tanto, y de la mano de Rafael Alberti y Federico García Lorca, seguiremos hablando de estos «tontos» del cine cómico.

 


lunes, 5 de enero de 2026

Una reseña de Perder la guerra y la historia


Mi colega Cecilio Alonso acaba de publicar una extensa e interesante reseña de Perder la guerra y la historia (2025), el segundo volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Aparte de agradecer el generoso trabajo realizado, que me ayuda a perfilar mejor los siguientes volúmenes, facilito a continuación el enlace a la edición digital del Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, 101(1), 2025, pp. 433-442 para que los lectores del blog puedan leer la reseña:


Una vez revisado de nuevo el original de La colmena, el tercer volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores, esta semana iniciaré los trámites con el Secretariado de Publicaciones de la UA y la editorial Renacimiento para editarlo con la esperanza de que pueda estar en las librerías a finales del curso o, como mucho, a principios del siguiente. 
Mientras tanto, el segundo volumen pasará el próximo mes a estar en acceso libre y enlazado desde la web consejosdeguerra.es, donde el pasado diciembre hemos añadido tres nuevos casos hasta sumar un total de noventa y tres. El objetivo de la web es completar en junio de 2028 el análisis de todos los sumarios de los consejos de guerra de periodistas y escritores celebrados durante el período 1939-1945.
Al mismo tiempo, y gracias a los recursos facilitados por la IA, estamos desarrollando una herramienta tecnológica que facilite la lectura de esos sumarios para ayudar a los futuros investigadores de los mismos. El empeño es complejo y requerirá meses de investigación, pero merece la pena culminarlo mientras iniciamos los contactos para que los descendientes localizados de los periodistas y escritores represaliados puedan solicitar la anulación de los consejos de guerra por vía jurídica, una vez obtenida en 2022 la anulación genérica a través de la vía legislativa.



sábado, 3 de enero de 2026

José Luis Salado, periodista vallisoletano


 Caricatura de José Luis Salado

El pasado 23 de diciembre, mi colega Enrique Berzal de la Rosa, catedrático de la Universidad de Valladolid, publicó en El Norte de Castilla un artículo dedicado a recordar la figura del periodista José Luis Salado, que terminó en el exilio soviético tras haber protagonizado unos años intensos como cronista de espectáculos, entrevistador y otras facetas propias de quien consiguió vivir de su pluma atenta a las novedades de la época.
José Luis Salado es una de las figuras más atractivas con las que me he encontrado en estos últimos años. Gracias a la editorial Renacimiento, pude dedicarle un extenso capítulo en el volumen Hojas volanderas (2011) y luego en la misma editorial edité una recopilación de sus artículos publicados en La Voz durante la Guerra Civil. 
Este gratificante trabajo ha permitido incorporar a José Luis Salado a la nómina de periodistas republicanos que, encabezados por Manuel Chaves Nogales, merecen un recuerdo y la lectura de sus aportaciones. Abelardo Linares, responsable de Renacimiento, me pidió recientemente que completara la investigación con la edición de nuevos artículos del periodista vallisoletano. No podrá ser a lo largo del presente curso por tener varios compromisos pendientes, pero lo intentaré hacer durante el próximo.
Enrique Berzal de la Rosa en un estupendo artículo publicado en el periódico que dirigiera el siempre admirado Miguel Delibes recuerda la figura y la trayectoria de José Luis Salado, un vallisoletano que ha caído en el olvido en su propia ciudad natal por culpa del silencio que hasta hace poco se cernió sobre todos los periodistas republicanos.
Gracias a su artículo, los lectores de El Norte de Castilla habrán podido descubrir los datos fundamentales del vallisoletano y espero que pronto José Luis Salado se incorpore a la nómina de los hombres de letras recordados en la capital castellana. 
Enrique Berzal de la Rosa amablemente me ha autorizado para incorporar el citado artículo a este blog de manera que los lectores del mismo puedan compartir el recuerdo de José Luis Salado:


Damos las gracias a Enrique Berzal de la Rosa por su amable colaboración y esperamos que su labor como cronista, tan necesaria, tenga la debida continuidad en El Norte de Castilla.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Un cuatrimestre de objetivos cumplidos


 Sello de calidad FECYT concedido a Anales de Literatura Española

El cuatrimestre iniciado el pasado mes de septiembre -véase la entrada del 30 de agosto– ha finalizado con todos los objetivos cumplidos. La publicación del tercer volumen de los consejos de guerra de periodistas y escritores ha sido aprobada por la UA, mientras que el cuarto está en una fase avanzada. La revista que dirijo, Anales de Literatura Española, acaba de publicar su número 44, dedicado a la literatura del exilio republicano y preparado con la colaboración del grupo de investigación GEXEL. Al mismo tiempo, la revista ha renovado su sello de calidad FECYT y sigue en el cuartil Q1 como prueba de su positiva evolución durante estos últimos años. La web consejosdeguerra.es, presentada el pasado 15 de septiembre en el Parlamento Europeo, llegará en enero o febrero a los cien casos referenciados con el objetivo de culminar el trabajo en junio de 2028. El monográfico de Don Galán, la revista teatral del Ministerio de Cultura, sobre la censura durante el período franquista ya está terminado a la espera de su próxima presentación. He entregado tres trabajos para publicar en diferentes volúmenes y las tareas de investigación han sido completadas con las de divulgación, entre las que este blog ha ocupado un lugar destacado con unas cifras alentadoras: 82000 visualizaciones en 2025. Y, por supuesto, hemos culminado un nuevo cuatrimestre docente con la valoración a la que hice referencia en una anterior entrada.

Los objetivos del segundo cuatrimestre pasan por completar el trabajo de edición del tercer volumen de los consejos de guerra y culminar la investigación relacionada con el cuarto conforme me vaya llegando los sumarios del AGHD. Al mismo tiempo, he iniciado los contactos con la APM para completar la investigación con la documentación de su archivo. Y, a partir de enero, iniciaré los trámites para facilitar que las familias de las víctimas de esos consejos de guerra soliciten la anulación de los mismos por la vía judicial una vez conseguida por la legislativa.

No obstante, mi propósito es ir culminando este proyecto de investigación y dedicar mis dos últimos cursos en activo a otros temas. En este sentido, he iniciado los trabajos relacionados con el centenario de la Generación del 27 y estoy redactando otro dedicado a un joven comediógrafo, Adrián Perea, con motivo de su homenaje al siempre admirado Miguel Mihura.

Por otra parte, mi andadura al frente de Anales de Literatura Española terminará el próximo mes de junio con la publicación del número 45. El cambio debía haberse producido ahora, pero una feliz noticia relacionada con la maternidad lo ha pospuesto. Así, poco a poco, vamos dejando paso a los jóvenes profesores. Un proceso que vivo día a día porque también mi hijo ha debutado este curso como docente y, gracias a sus preguntas, tengo la satisfacción de volver a sentir el entusiasmo de lo novedoso.



La familia al completo el día de la lectura de la tesis doctoral de nuestro hijo

En realidad, mi propósito inicial era jubilarme en enero de 2026 tras cuarenta y cuatro cursos como investigador y docente en la UA. El trabajo me sigue ilusionando, pero estoy cansado y creo merecer un retiro junto a mi esposa también jubilada para escribir solo sobre cuestiones divertidas que nos permitan rememorar un pasado cuya presencia cada vez resulta más necesaria para afrontar el día a día.

Una circunstancia extraacadémica ha condicionado mi decisión de seguir en activo hasta junio de 2028 y jubilarme entonces como catedrático emérito de la UA, pues reúno los requisitos desde hace nueve años. La vanidad resulta absurda a estas alturas, pero en este caso se trata de una cuestión de dignidad por cuestiones que algún día explicaré con la debida franqueza. Mientras tanto, me quedo con el apoyo mostrado por mi familia y colegas, que este año a punto de finalizar ha tenido momentos de emoción y agradecimiento. Gracias a ellos, seguiré en activo, aunque el ánimo pida un descanso que considero merecido tras medio siglo de vida universitaria.

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Nuestra Brigitte Bardot


 

Los iconos cinematográficos de una época, cuando fallecen, dejan un reguero de recuerdos personales en nuestras experiencias como espectadores o personas de la calle. Brigitte Bardot nos ha dicho adiós a una respetable edad y tras unos cincuenta años alejada de las pantallas. El tiempo transcurrido desde su popularidad como actriz dificulta hablar del presente, el de sus campañas animalistas combinadas con un ideario conservador, y prefiero recordarla cuando en la España de los sesenta era sinónimo de la belleza inalcanzable, aquella que nos llegaba censurada, a cuenta gotas y gracias a referencias lindantes con lo mítico por desconocido.

Por aquel entonces, yo iba junto con mi padre a ver los partidos del Hércules C.F. en el vetusto estadio de La Viña. El espectáculo no siempre estaba en el escaso césped porque en las gradas muchos deseaban sentirse protagonistas. La ocasión para el consiguiente «lucimiento» llegaba con la presencia de una mujer que, con una cesta repleta de vasitos y dos botellas de coñac Soberano, intentaba ganarse la vida.

Aquella mujer tenía la cara deformada por un accidente que le dejó una cicatriz enorme. Las burlas de los aficionados eran crueles y, supongo, la vendedora habrá ganado el cielo tras aguantarlas con la resignación de tantas otras mujeres de la época ante las manifestaciones de un machismo desaforado.

Soberano era «cosa de hombres» como recordaba la publicidad de los anuncios cuando otra marca rivalizaba gracias a una lejana y hermosa mujer a lomos de un caballo blanco. También las bromas pesadas, que a menudo culminaban cuando algún aficionado, más ocurrente, llamaba Brigitte Bardot a aquella vendedora de coñac. La ocurrencia se convirtió en un clásico dominical porque siempre era recibida con risotadas de complicidad.




Todavía no había cumplido los diez años y, a esa edad, la curiosidad apenas permite entender las situaciones vividas. Sin embargo, recuerdo que mi padre nunca reía con esa supuesta broma y, además, cuando pedía su vasito de Soberano lo hacía con un respeto agradecido, tácitamente, por aquella mujer con su silencio y su mirada.

La lección del ejemplo fue suficiente. No para aprender un comportamiento feminista, sino para algo más básico y fundamental: ser educado y respetuoso con cualquier persona y, especialmente, con aquellas que peor suerte han tenido en el reparto de la vida. La aprendí y desde hace cincuenta años la imparto a mi alumnado sin necesidad de prédicas feministas porque lo básico de las mismas viene incluido en el ejemplo de la educación respetuosa con el prójimo.

Aquellos aficionados al fútbol de los sesenta apenas sabrían de la actriz francesa por sus películas porque las mismas andaban con problemas a causa de la censura. Sin embargo, sabían de su existencia por la prensa, alguna foto no demasiado atrevida y unas referencias que la vinculaban con lo prohibido y, al mismo tiempo, atractivo. Bastaba para soñar con una Brigitte Bardot que simbolizaba el máximo de la belleza deseada de tantas turistas, «las suecas», del desarrollismo de los años sesenta.

Cuando preparé Lo sainetesco en el cine español (1997) tuve la ocasión de hablar con Luis G. Berlanga. El cineasta todavía lamentaba no haber contratado a una jovencita francesa que la productora de Novio a la vista (1954) le ofreció para el reparto. La aspirante a debutante era Brigitte Bardot. El error del director fue mayúsculo, aunque anecdótico. La verdadera Brigitte Bardot, convertida en un icono de la época, nunca habría hecho carrera en la cinematografía española y cuando finalmente participó en la misma, con Las petroleras (1971), lo hizo al final de su carrera y en una película tan infame como digna del olvido en las necrológicas de la actriz.

Al cabo de los años conseguí ver algunos de los títulos de su filmografía con los más afamados directores del momento. Su rompedora belleza era incuestionable, pero sus interpretaciones me parecieron discretas. Apenas las recuerdo y las imágenes han quedado diluidas por el paso del tiempo. Sin embargo, evoco a menudo la figura de una joven que rompió limitaciones cuando, por ejemplo, lució su belleza en las playas de Cannes o Saint Tropez.

Esa muchacha francesa formaba parte del sueño imposible que empezó a anidar entre nosotros gracias al turismo y la emigración. Al contacto con una Europa que, por su distancia, parecía estar en otro planeta. He dedicado muchas páginas a contarlo e incluso, cuando juego a provocar a los colegas sesudos, explico que estos iconos eróticos contribuyeron a un cambio que la oposición al franquismo, tan heroica como anquilosada en sus planteamientos, se empeñaba en buscarlo por derroteros quiméricos.

Brigitte Bardot no es una actriz a la altura de la inconmensurable Sophia Loren. Tampoco estaba obligada a ello y, visto el cambio en el papel social de la mujer producido desde su aparición en las pantallas, cabe agradecerle su belleza y la capacidad de convertirla en un revulsivo para romper los tabúes de una época timorata.

Su imagen nos permitió ser conscientes de que un mundo más bello resultaba posible, incluso cercano, con el consiguiente ánimo de encontrarlo. Por el camino solo era necesario recordar la educación y el respeto, aquellos requisitos que también permiten una convivencia con quienes distan mucho de ser unos iconos, pero forman parte de una realidad cotidiana donde cabe la belleza. La respuesta silenciosa de aquella mujer del coñac, cuando mi padre le pedía una copita, me la enseñó.

 

 


viernes, 26 de diciembre de 2025

La historia solidaria de Diego y Antonio Alba Cotrina


 Diego Alba Cotrina, redactor de Oasis

El periodista extremeño Diego Alba Cotrina (1909-1981) no fue movilizado por su discapacidad física, pero combatió en las trincheras de las cabeceras republicanas y perdió la guerra antes de cumplir los treinta años. La perspectiva de quedarse en Madrid tras haber formado parte de la redacción de Mundo Obrero era preocupante, pero su cojera tampoco le permitiría ir demasiado lejos. Consciente del peligro que corría junto con sus colegas de la prensa, el también colaborador de El Sol, ABC y Blanco y Negro permaneció en la capital gracias a la hospitalidad de su hermano Antonio, un alférez del ejército vencedor al que sacó de una checa durante la guerra. La solidaridad fraternal, transmitida por fuentes de la propia familia, es una constante de este relato.

El amparo de una familia bien vista por los vencedores no suponía una garantía para evitar la detención, la cárcel y el sumarísimo de urgencia. Tampoco el de otras personas de derechas a las que el joven procedente de Alburquerque ayudó cuando estaba en condiciones de hacerlo. En cualquier caso, no había alternativas para Diego Alba Cotrina y solo cabía confiar en una suerte que, a tenor de lo visto en estos volúmenes dedicados a los periodistas y escritores, casi siempre era esquiva para los vencidos. El extremeño no fue una excepción, pero salió mejor parado que otros colegas y amigos.

La detención de Diego Alba Cotrina llegó pronto porque toda la población que había permanecido en Madrid estaba bajo sospecha. El 17 de junio le detuvieron acusándole de haber participado en un registro domiciliario durante «la época roja» y lo trasladaron a las dependencias policiales de la calle Almagro, 36, de sombrío recuerdo para muchos republicanos por la generalizada práctica de la tortura. Allí encontró detenidos a dos colegas y amigos: Manuel Navarro Ballesteros y Eduardo de Guzmán, que ya estaban camino de afrontar una condena a muerte como responsables de Mundo Obrero y Castilla Libre respectivamente. Su acusación era algo menor y, ante la posibilidad de salir libre, el primero le pidió que contactara con su novia para disponer de comida y el segundo que hiciera lo mismo con su madre, a la que pretendía tranquilizar tras varias semanas sin saber el paradero de quien pretendió exiliarse desde el puerto de Alicante.



Manuel Navarro Ballesteros

El 20 de junio Diego Alba Cotrina recobró la libertad y cumplió los encargos con la solidaridad que le caracterizaría a lo largo de su trayectoria biográfica. El extremeño llamó a la madre del periodista anarquista, le facilitó su localización y a partir de ese momento la mujer inició unas gestiones decisivas para que los militares conmutaran la pena de muerte de Eduardo de Guzmán. El otro encargo era más comprometido. Para llevarlo a cabo sin levantar sospechas, recurrió a su sobrino Antonio, de dieciséis años, que trabajaba en el picadero de su padre y se personó en el domicilio de la mecanógrafa Concepción García Morán. La joven de veintidós años había formado parte de la plantilla de Mundo Obrero y permanecía en libertad junto con su madre. La supuesta novia de quien fuera director de la cabecera comunista recibió el encargo y, agradecida porque Manuel Navarro Ballesteros le había traído alimentos de Valencia durante la guerra, intentó llevarle comida a las dependencias de la calle Almagro.

Concepción García Morán pronto encontró otro trabajo en el Madrid de la Victoria como mecanógrafa. Dado su horario laboral, la joven que vivía con su madre no podía llevar la comida personalmente al director de Mundo Obrero. La alternativa fue recurrir a su amiga Elena Iturrino Delvina, una perfecta desconocida en los archivos que realizó el encargo sin problemas los días 4, 5, 6 y 7 de julio. A partir del 8 le sustituyó Carmen Otero Pérez, de treinta años, antigua mecanógrafa del diario comunista y en paro desde el final de la guerra.

La necesidad de comer se solapaba con la solidaridad a menudo porque el objetivo predominante era sobrevivir en aquel Madrid. Ante la posibilidad de que el favor a la amiga le ayudara a encontrar trabajo gracias a las gestiones de Concepción, Carmen afrontó el peligro de entrar en las dependencias de la calle Almagro hasta que el domingo 9 tanto ella como su amiga fueron detenidas. Las autoridades penitenciarias no garantizaban la alimentación de los presos y, al mismo tiempo, sospechaban de quienes las suplían en este menester. La actitud es propia de quienes buscan el exterminio del «enemigo».

El motivo de la detención lo explican los agentes que así procedieron en la declaración efectuada ante la División de Investigación Política del SIPM, en la calle Alcalá, 82. Los policías destinados en las dependencias de la calle Almagro sospecharon que «las espléndidas comidas» recibidas por Manuel Navarro Ballesteros respondían a una iniciativa del Socorro Rojo, «ya que dicho sujeto había manifestado no tener parientes ni amigos en Madrid». El periodista comunista los tenía porque procedía de una familia numerosa, pero todos los miembros de la misma estaban encarcelados, huidos o deseosos de que nadie se acordara de su existencia.

La detención de Concepción García Marín y Carmen Otero Pérez, por llevar «espléndidas comidas» a un detenido sin fortuna ni familia, pronto acarreó la de Diego Alba Cotrina como responsable de la iniciativa solidaria en respuesta al encargo de los colegas recluidos en la calle Almagro. Ellas habían trabajado como mecanógrafas en Mundo Obrero durante la guerra, no pudieron justificar a satisfacción de los agentes la motivación de su solidaridad y quedaron encarceladas en Las Ventas, mientras que el periodista de la misma cabecera pasó a las dependencias penitenciarias de Conde de Torrijos.

Las cárceles de la época eran un horror de hacinamiento y miseria donde la supervivencia en buena medida dependía del azar. Allí permanecieron las dos mujeres, sin que los militares les formularan una acusación, hasta el 6 de marzo de 1940, cuando el auditor mando instruir el sumario 61571 al titular del Juzgado Militar Permanente n.º 17, el comandante José M.ª Sousa y Casani.

Los casos de ambas mecanógrafas acabarían sobreseídos poco después tras recabar las declaraciones de las detenidas y los informes acerca de su conducta durante la guerra y el Glorioso Movimiento Nacional. Para entonces habían pasado ocho meses en la cárcel por llevar comida al comunista Manuel Navarro Ballesteros. El sobreseimiento vino, en realidad, cuando se había consumado una brutal condena a la vista de las acusaciones que constan en el citado sumario del AGHD. La circunstancia conviene tenerla en cuenta a la hora de elaborar estadísticas cuyas cifras esconden estas realidades desveladas por la microhistoria. Las protagonistas de las mismas suelen ser mujeres que casi nunca constan en los anales.

El 9 de julio de 1939 tuvieron lugar las primeras declaraciones de los tres encausados del sumario instruido por el comandante José M.ª Sousa y Casini. La mecanógrafa Concepción García Morán reconoce que en mayo de 1937 ingresó en la redacción de Mundo Obrero, donde trabajó hasta el final de la guerra y entabló amistad con Manuel Navarro Ballesteros, aunque obvia que era su secretaria. La declarante también admite que estuvo afiliada al PCE y el SRI desde enero de 1938. No obstante, afirma que se apartó de estas organizaciones cuando pasaron a ser clandestinas. Niega haber mantenido relaciones con otros antiguos militantes y declara que su encuentro con Diego Alba Cotrina, a quien conoció en la citada redacción, fue casual. Por último, admite haber gestionado la entrega de comida al compañero detenido con la ayuda de Elena Iturrino Delvina y Carmen Otero Peláez, a quien acompañó ese mismo día 9 de julio por ser domingo y tener la jornada libre. La policía le estaba esperando al constatar que Manuel Navarro Ballesteros recibía «espléndidas comidas» sin tener familiares en Madrid.

Carmen Otero Peláez manifiesta que llevó la comida a las dependencias policiales de la calle Almagro los días 8 y 9 de julio por solidaridad personal con un antiguo compañero de trabajo y sin pertenecer al SRI. Pasó a prisión al igual que su amiga y Diego Alba Cotrina, que declara haber ingresado en Mundo Obrero para proteger a su hermano Antonio. La afirmación es propia de una estrategia defensiva. Allí permaneció como redactor hasta el final de la guerra y conoció a Manuel Navarro Ballesteros, Concepción García Morán y Elena Iturrino Delvina, de la que nunca se supo a lo largo del sumario.

El periodista que llegó a Madrid en 1932 y colaboró con reportajes sin firma en la revista Oasis (1934-1936), dirigida a un lector viajero con alto poder adquisitivo, debió pasar meses en paro a tenor de los datos que nos constan. En su declaración reconoce su afiliación al PCE y el SRI durante la guerra «por ser obligatorio para trabajar en el periódico», aunque dejó atrás esa militancia porque «desde que abandonó el periódico rompió toda relación con el partido y todos sus componentes». Por último, el extremeño afirma haber estado recluido en su domicilio, probablemente el de su hermano Antonio, tras la llegada de las tropas del general Franco. Motivos le sobraban a la vista de las detenciones de todos sus colegas que permanecieron en Madrid.

La historia de la solidaridad con Manuel Navarro Ballesteros se complica con la presencia de una relación personal difícil de probar. Diego Alba Cotrina afirma que Concepción era la secretaria y novia del director de Mundo Obrero, pero por razones obvias ella lo niega para evitar el agravamiento de su situación procesal. El careo entre ambos encartados, mandado realizar por los responsables del SIPM, no aclara la cuestión, pero el resultado es el mismo: los tres interrogados ingresaron en la cárcel el 9 de julio.

Las fechas de la documentación incluida en los sumarios a menudo deparan sorpresas o incoherencias desde el punto de vista jurídico. Cuando todavía los tres encartados permanecían encarcelados, sin mediar ninguna diligencia que permitiera avanzar la instrucción, el titular del Juzgado Militar Permanente n.º 20 decreta su libertad provisional el 13 de marzo de 1940.

Poco después llegaron los correspondientes informes, cuyo conocimiento era preceptivo para adoptar esa medida. En el caso de las dos mecanógrafas corroboraron la decisión de dejarlas en libertad, pero en el de Diego Alba Cotrina la llegada de los documentos supuso una nueva detención, que se produjo el 5 de febrero de 1941. El tiempo transcurrido para localizarle, inusualmente prolongado a tenor de otros casos de la época, hace presumible una protección por parte de su hermano Antonio, cuya intervención también resultaría decisiva para que Diego dispusiera de numerosos y significativos avales durante la instrucción del consejo de guerra.

Antes de ser puesto en libertad, el 18 de enero de 1940. Diego Alba Cotrina declaró por primera vez en el juzgado de instrucción. El periodista ratifica la anterior declaración ante el SIPM y explica que ingresó en la redacción de Mundo Obrero «con el fin de proteger y ayudar a su familia y a su hermano, que se encontraban en Madrid, todas personas de derechas». La cita de Antonio Alba, alférez del ejército, resultaría decisiva a la hora de su sorprendente puesta en libertad antes de que llegaran informes comprometedores para su suerte procesal.

Mientras tanto, Concepción García Morán encuentra en el informe de la DGS fechado el 4 de abril de 1940 un aval para su estrategia de defensa que terminaría en el sobreseimiento. La policía señala que trabajó en la redacción de Mundo Obrero y militó en el PCE, pero que la mecanógrafa lo hizo para solventar «la crítica situación económica de su casa» y, además, «ha proporcionado informaciones a elementos nacionales que estaban en Madrid y cotizaba para el Socorro Blanco». Ambas circunstancias parecen entrar en contradicción con su comportamiento al ayudar a Manuel Navarro Ballesteros cuando estaba detenido, salvo que en esta ocasión prevaleciera una relación sentimental por encima del posible doble juego mantenido a lo largo de la guerra.

El informe de FET y de las JONS del 9 de abril acerca de Concepción García Morán va en la misma dirección que el de la DGS. Aparte de reiterar la difícil situación familiar de la mecanógrafa, esta «facilitaba noticias a todas las personas de derechas que conocía teniéndoles al corriente de todo lo que sucedía en Mundo Obrero». Nunca sabremos si la secretaria y supuesta novia de Manuel Navarro Ballesteros fluctuó entre los dos bandos a lo largo de la guerra, pero es evidente que, para buscar el sobreseimiento, estaba dispuesta a renegar de un pasado capaz de resucitar cuando se mostró solidaria con quien iba camino del paredón.

El 15 de junio de 1940 la Guardia Civil remite al juzgado su informe sobre Diego Alba Cotrina. El periodista desde junio de 1937 «trabajó como redactor en Mundo Obrero demostrando gran entusiasmo y colaborando en favor de la causa marxista, publicó varios artículos firmados por él elogiando y defendiendo la causa roja y censurando a la vez la actuación de nuestro Glorioso Ejército y de nuestro invicto Caudillo». Además, «es posible sin poderlo concretar en exactitud estuviese afiliado al partido comunista, requisito indispensable para poder trabajar en la redacción de Mundo Obrero, simpatizó con la causa marxista y estaba sindicado en la UGT».

Al margen de las redundancias de un informe tan mal redactado como la mayoría de los consultados en estas investigaciones, cabe subrayar, esta vez como novedad, que el mismo incluye un aval favorable al periodista. Rafael Hernández Ramírez de Alda, jefe de redacción de Informaciones que también había trabajado como cronista en La Libertad, según su ficha depositada en el CDMH. El avalista califica al encartado como no peligroso para el Glorioso Movimiento Nacional y como amigo recuerda su comportamiento solidario con personas de derechas durante la guerra. Lo sorprendente del aval es que figure en un informe de la Guardia Civil.

El posterior informe de la DGS, aparte de contener falsedades obvias y malintencionadas sobre el momento de la llegada a Madrid del periodista, presenta a un Diego Alba Cotrina que desde las páginas de Mundo Obrero destacó «por su campaña criminal antinacional, como lo reflejan multitud de artículos publicados en dicho libelo», «en todos los cuales califica a los nacionales de asesinos e injuria a nuestros invictos generales».

De acuerdo con los parámetros del por entonces disuelto Juzgado Militar de Prensa, esta acusación podía acarrear una condena a treinta años de reclusión mayor que evitaría la de muerte porque el periodista nunca ocupó un puesto directivo en el órgano oficial del PCE. Para sustanciarla en un consejo de guerra solo se necesitaba un informe acerca de los artículos publicados por el extremeño.

Al igual que sucediera en los sumarios instruidos por el juez Manuel Martínez Gargallo, esa labor fue encomendada al oficial que actuaba como secretario judicial. El teniente Narciso Reyes Rodríguez es el encargado de certificar los artículos localizados de Diego Alba Cotrina en una colección de Mundo Obrero de la que nadie indica su ubicación. El documento del secretario instructor sería la única prueba de cargo presente en el posterior consejo de guerra.

Otra sorpresa de este sumario es el comportamiento de la fiscalía al calificar los hechos el 29 de agosto de 1941. La petición es de reclusión, pero sin indicar los años. Tal vez, el fiscal así allanaría el camino para la posterior sentencia benévola dictada por el tribunal reunido el 8 de octubre de 1941 bajo la presidencia del teniente coronel José Guadalajara, que por entonces ya conocería el alud de avales favorables a Diego Alba Cotrina. Dado que sus firmantes son autoridades políticas, militares y eclesiásticas, incluso otros periodistas, cabe pensar que los mismos llegaron al juzgado gracias a la intervención de Antonio Alba Cotrina, que nunca olvidó a un hermano capaz de salvarle la vida según el relato de su hijo en una entrevista concedida a la cadena SER el 19 de marzo de 2018.

El tribunal condenó al periodista a doce años de prisión mayor que fueron ratificados por el auditor el 28 de octubre de 1941. La sentencia se puede considerar benévola de acuerdo con lo visto en casos similares instruidos en el Juzgado Militar de Prensa, pero lo más positivo para el periodista es que unas pocas semanas después salió en libertad condicional (BOE, 5-XII-1941). Posteriormente y de acuerdo con lo habitual en estos sumarios, le juzgaría el Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas (CDMH, 75/00468) quedando indultado en 1944 porque tampoco tendría bienes sujetos a una posible expropiación. Los problemas judiciales siguieron durante años donde permaneció como sospechoso. No obstante, Diego Alba Cotrina, gracias a su hermano Antonio, los pudo afrontar en libertad condicional bajo la custodia del alférez, que así agradeció la solidaridad recibida durante la guerra.

La historia de Diego y Antonio reconforta al lector como todas aquellas donde predomina la hermandad por encima de las diferencias ideológicas o políticas. La solidaridad del primero fue correspondida por la del segundo, que también proporcionó trabajo a su hermano cuando salió de la cárcel con un futuro problemático. El historiador hace constar con agrado ese comportamiento que, de haberse extendido, habría dado lugar a una situación bien diferente a la vivida durante la Victoria.

Sin embargo, tras analizar decenas y decenas de sumarios, sabemos que esa fraternidad distó mucho de resultar habitual en los juzgados militares de la Victoria, por lo general poco o nada sensibles a los avales, los testimonios e informes favorables a los procesados. El balance de lo visto en el Juzgado Militar de Prensa nos recuerda la existencia de numerosos sumarios donde los avales fueron obviados cuando lo instruido pasó a los tribunales. Al igual que en tantas otras situaciones, el sistema represivo era el mismo, pero su aplicación dependía de la voluntad de quienes intervenían en los sumarísimos de urgencia. Diego Alba Cotrina no solo contó con la ayuda de su hermano Antonio, sino que también tuvo la suerte de caer en un juzgado donde el titular era más comprensivo que el juez instructor Manuel Martínez Gargallo.

 

 

martes, 23 de diciembre de 2025

Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!


 

La escena forma parte de los recuerdos de varias generaciones. Chencho se pierde cuando, en compañía del abuelo y cuatro hermanos, acude al mercadillo navideño de la madrileña Plaza Mayor. El episodio de La gran familia (1962), de Fernando Palacios, es dramático, pero aleccionador. El guionista Pedro Masó vivía el momento más brillante de su carrera cinematográfica y sabía de la necesidad de «sufrir» antes de sonreír con el alivio de comprobar la bondad natural de quienes, por ser españoles, eran unos «formidables» cuya solidaridad permitía encontrar al nene.

Ángel Pardo, el Chencho de la película, tenía cuatro años cuando se rodó aquel gran éxito del cine español. Su papel es el propio de un figurante que, en un momento determinado, cobra protagonismo, pero el intérprete apenas podía ir más allá de emocionarnos con su aspecto desvalido mientras deambula por la Plaza Mayor en busca de su familia. Gracias al flequillo rubio, el gorrito y el abriguito, solo necesita mostrar su cara de niño bueno para que sintamos la necesidad de cogerle de la mano a la espera del abuelo, que terminaría apareciendo con el rostro desencajado por el susto y agradecido por la bondad de los «formidables». Es decir, nosotros.

Aquel cine aleccionador del franquismo descansa en la solidaridad sin posibles fisuras de toda la colectividad. El ideal resulta tan hermoso como carente de base real, pero los pormenores de la realidad apenas importan cuando se presenta a una familia como la protagonista de la película. Todo es posible en ese mundo de la ficción en blanco y negro donde un aparejador obra milagros con su sueldo y justifica, de sobra, el baby boom que a tantos nos trajo al mundo.

La solidaridad de los padrinos, los hermanos, el portero, los vecinos, los periodistas, los policías… está en el guion porque era lo que tocaba en aquel esquema argumental tan eficaz como bien visto por las autoridades de la época. Sin embargo, cada vez que he disfrutado con esta comedia de Fernando Palacios me he hecho más partidario de Críspulo, el hermano trapisondista interpretado por Pedro Mari Sánchez.




Hace muchos años tuve la oportunidad de hablar en la UA con el actor que encarnó a Críspulo. Algunas conversaciones permanecen en el recuerdo. Pedro Mari Sánchez me lleva cuatro años, pero compartimos una infancia en aquel desarrollismo todavía en blanco y negro porque no daba para lujos. Me contó anécdotas del rodaje, reímos al recordar algunos episodios y, al final, terminamos hablando de la gorrita de cuero que lleva en la escena de la Plaza Mayor y durante esas Navidades en busca de Chencho.

Yo tenía una gorrita idéntica y llegadas las Navidades, que en Alicante nunca son tan frías, era preciso llevarla para «ir calentitos». La verdad es que aquellas gorritas al estilo de las lucidas en la hípica abrigaban poco. Al menos en comparación con el tradicional gorro de lana, pero lucían lo suyo en un querer y no poder bastante propio del momento. Su aspecto de aires foráneos era un síntoma de una época en la que tantas clases medias aspiraban a tener su cuota de modernidad, aunque la misma quedara reducida a un abriguito rígido y una gorrita incompatible con las exhibidas en las carreras de Ascot.

El problema es que, a diferencia de Críspulo, yo no era un trapisondista, sino un «niño bueno». Tal vez por eso siempre me han fascinado los trapisondistas, un término ahora perdido entre los recuerdos, como tantos otros de una época que cuesta evocar a la luz de un presente donde el pasado siempre parece sobrar o molestar.




Críspulo era un trapisondista de buen corazón como mandaban los cánones a los que se acogió aquella película. Podía lanzar un petardo en una cola -también era petardista-, pero solo para dispersar al personal y entrevistarse rápidamente con el rey mago. Puestos a ver a Dios, seguro que Su Majestad podía interceder para encontrar pronto a Chencho. Aquellos trapisondistas al estilo de Zipi y Zape alborotaban, embaucaban y enredaban, pero sin mala intención, como un desahogo propio de una edad donde cierto comportamiento anárquico resulta imprescindible.

Yo me acercaba más al modelo del «repelente niño Vicente» concebido por Rafael Azcona. No por la vanidad de lucir saberes impensables en la infancia, sino porque era capaz de quedar bien con las visitas y hasta de ser puesto como ejemplo de comportamiento frente al de tantos trapisondistas.

Al cabo del tiempo, creo que lo de ser «niño bueno» no luce demasiado en la vida. Los trapisondistas prevalecen, pero no los de buen corazón, sino aquellos que alborotan sin mesura hasta el punto de que nadie, absolutamente nadie, utiliza esa denominación para caracterizarlos. Son gamberros, porque la RAE debiera incluir en su definición de las trapisondas la carencia de una mala intención como la habitual en las gamberradas

No he vuelto a hablar con Pedro Mari Sánchez, que ha cumplido los setenta. Yo ando cerca de esa edad donde los niños buenos y trapisondistas, ya sin gorritas que no sean las necesarias para preservar la calvicie, confluyen en limitaciones capaces de evitar cualquier exceso. El presente entonces sigue abierto al disfrute mesurado, pero a condición de dejar hueco a un pasado donde fuimos niños con gorritas y abriguitos del modesto desarrollismo en blanco y negro.

La nostalgia es una engañifa, pero añorar la infancia supone una necesidad porque en ella cabe imaginar a «buenos» y «trapisondistas» empeñados en jugar al fútbol en un pasillo, «hacer el indio» durante una visita y hasta lanzar algún petardo, que es el privilegio disfrutado por Críspulo gracias a una ficción ajena a las limitaciones de la realidad.

Por eso todavía la disfrutamos, al menos en Navidades, y sonreímos al recordarla como si fuera la propia de nuestra infancia. El necesario desengaño lo dejamos para otra ocasión porque, ahí nos duele, en la vida carecemos de un guionista como el mejor Pedro Masó. Y puestos a compartir la edad de Pepe Isbert, sabemos de sobra que no todos somos unos «formidables» como los anunciados por Alberto Oliveras en la SER con el fondo musical de la sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorák.

 Pd.: En una entrada dedicada a Chencho, publicada el 24-XII-2024, creí que era mayor que el personaje interpretado por Ángel Pardo. En realidad, me lleva unos meses. Aclarado y reconocido este error, asumo la penitencia con la esperanza de que, al cabo de los años, esas diferencias ni se notan.