La solidaridad reconforta.
Por fortuna, hasta el presente la he mostrado con infinidad de víctimas y en
buena medida mi trabajo durante estos últimos años es, además de un deber de
memoria, un ejercicio de solidaridad con los escritores, periodistas y
dibujantes represaliados por ejercer el derecho a la libertad de expresión.
Ahora, a raíz de hacer
público un acoso de seis años y compartir una sentencia pendiente de
aclaración, esa solidaridad la he recibido hasta el punto de emocionarme. El apoyo de mi familia ya se mostró cuando me
acompañó con motivo de la declaración en el juzgado. He superado varias
oposiciones, pero un interrogatorio de tres horas en sede judicial, con una
escenografía que me recordaba las imágenes de delincuentes declarando, es duro
para quien solo ha hecho su trabajo como catedrático y, por el mismo, ha
recibido el máximo reconocimiento académico.
El alumnado también me ha
mostrado su solidaridad. Cada año, al principio del curso, explico la situación
en que me encuentro para que nadie tema tener a un energúmeno como profesor
tras ver la web de mi demandante. Al margen del temario, mis clases son una
defensa de la libertad de expresión y la tolerancia para establecer un clima de
diálogo que, de cara al futuro profesional del alumnado, supone la principal
enseñanza que les puedo transmitir. La respuesta es excelente y, ahora más que
nunca, siento el respeto y la solidaridad de mi alumnado.
Mis colegas ya lo han
manifestado, incluso de manera oficial, en reiteradas ocasiones, pero durante
estos días he recibido comunicados, mensajes, abrazos, sonrisas y muestras de
apoyo que me abruman. La propia rectora, ante el Consejo de Gobierno de la UA,
me manifestó su solidaridad. La agradezco porque resume el sentir de la
comunidad universitaria, que es incompatible, por los propios estatutos de la
universidad, con quienes rehúyen el debate y judicializan la historia a la
búsqueda de una condena para quien manifiesta ideas contrarias o distintas.
También desde el ámbito
político los apoyos han sido significativos. Todos son motivo de agradecimiento
y, por resumirlos en un solo texto, copio a continuación el publicado en El
País (28-III-2025). Su autor es Ximo Puig, ex president de la GV y
actual embajador de España en la OCDE:
«Miguel
Hernández. A
Miguel lo dejaron morir en la cárcel de Alicante, que es como decir que lo
mataron. Era el año 42, tal día como este viernes. Desde su muerte solo ha
habido un culpable, y es kafkiano lo que hemos conocido: se condena al
prestigioso profesor de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio
Ríos Carratalá por ser leal con su compromiso científico y escribir en un libro
el nombre de una de las personas que formaron parte del tribunal que sentenció
al poeta de Orihuela y valorar su actuación.
Hablo
con él, cara a cara. Es un hombre tranquilo, fuerte, sereno. Compartimos
perplejidad. Es peligroso, como una garra suave detrás de la ventana, que el
miedo pueda atenazar a los escritores, investigadores y profesores que buscan
llenar los viejos silencios con la justicia poética. Sería letal que el miedo
secuestrara a la ciudadanía de un Estado democrático y de Derecho.
El
del 1942 era un Estado con unos órganos judiciales ilegales e ilegítimos.
Aquella farsa franquista sentenció a Miguel. Hoy, al modo kafkiano de El
Proceso, sentencian a un profesor por dar luz a la memoria. Incomprensible.
Quizás sólo nos quede esperar, como el poeta, que nos dejen la esperanza».
Los apoyos y las muestras
de solidaridad también han venido desde el ámbito de los medios de
comunicación, donde la sentencia ha producido la perplejidad de la que escribe
Ximo Puig. Ayer hablé con Nieves Concostrina, la popular periodista de la SER.
Aparte de manifestar públicamente su solidaridad, acordamos colaborar en la tan
necesaria tarea de divulgar la historia contra la acción de quienes pretenden
el olvido o la erradicación de la memoria democrática.
Y así podría ir sumando nuevos ejemplos de una reacción solidaria que me abruma. Solo deseo dar las gracias a todos con la confianza de que, aunque harto de sufrir un acoso de seis años, seguiré adelante y mañana, frente a la tumba de Miguel Hernández, pensaré que la memoria de aquellos represaliados merece el esfuerzo de aguantar la difamación constante de una persona.
Pd.: Con fecha del 3 de septiembre de 2025, la junta directiva de la Asociación de Historiadores de la Comunicación ha publicado en su web el siguiente comunicado, que también ha sido remitido a todos los asociados:
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