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sábado, 17 de agosto de 2024

Ferragosto con Dino Risi y Nanni Moretti


 

Cuando llega agosto temo la proximidad del ferragosto. Nunca he traducido el término italiano al castellano, pero su sonoridad permite suponer fechas de calor extremo con pomeriggios carentes de canciones y una ciudad cerrada. El objetivo es superarlas sin ceder en materia de civilizada urbanidad.

El empeño no tiene lugar en Roma. La dificultad aumenta en una ciudad más calurosa y desprovista de los encantos de la capital italiana. Una solución es viajar hacia un norte cada vez más ansiado. La alternativa parece lógica, pero las circunstancias familiares a veces impiden esa escapatoria, que coincidiría con la de millones de personas. El dato es desalentador.

Un apaño es recurrir a la agencia de viajes de la literatura y el cine. Allí programo un recorrido alrededor de mi habitación, de acuerdo con las enseñanzas de Xavier de Maistre. Otras veces, más nacional, pido una aventura a lomos de Clavileño. Cervantes lo concibió como motivo de burla, pero sus prestaciones son una maravilla si partes de la convicción de hacer realidad lo soñado.

Gracias a Clavileño y sin necesidad de vendarme los ojos -al revés, teniéndolos bien abiertos-, me he trasladado en varias ocasiones al pueblecito de la costa atlántica donde Jacques Tati disfrutó de sus vacaciones en 1953. Procuro alojarme en el Hôtel de la Plage, sacar la raqueta, seguir con la pipa en la boca e intentar ligar, como un caballero, con la rubia enigmática a la que un existencialista da la chapa con paródica insistencia.

El veraneo en aquella playa es tranquilo y, sobre todo, me fascina que los veraneantes lleven manga larga. Incluso chaqueta, como el marido que pasea con su esposa a cierta distancia. La vestimenta permite suponer una temperatura civilizada. Visto con el humor blanco de Jacques Tati, ese pueblecito donde nada cambia gracias al cine es un destino al alcance de los bienhumorados.

Otras veces, Clavileño me traslada a un tiempo más cercano y a la mismísima Roma, donde encuentro a Nanni Moretti deambulando en una vespa. Ferragosto supone calor y desbandada, pero el vehículo elegido permite disfrutar de la brisa. Dado que el cineasta ya lo ha sustituido por un patinete eléctrico, alquilo uno y le sigo mientras observamos los edificios, especulamos sobre una película acerca de un pastelero trotskista en la Italia de los cincuenta, como musical, y damos la tabarra al tipo del Mercedes descapotable:




El viaje merece la pena porque termina en un baile latino. Desde hace décadas, comparto con Nanni Moretti la fascinación por quienes tienen gracia natural cuando participan en esas fiestas. Él observa, como en otra escena de Caro Diario, cuando ve una película de Silvana Mangano, pero pronto da unos pasos sin quitarse el casco. Basta; los míos son igualmente tímidos, aunque suficientes para compartir la alegría de lo admirado.

Si ferragosto permite la reflexión, me sitúo junto a Jean-Louis Trintignant en una habitación. Allí ambos estudiamos una oposición. A veces, resulta necesario levantar la vista de los libros y asomarse a la ventana para contemplar todo cerrado por la escapada de los romanos. Entonces, como cada año, aparece Vittorio Gassman a bordo de un Lancia descapotable y, con la excusa de llamar por teléfono, acaba subiendo.

El peligro ya lo tenemos en casa. También la tentación. Por eso comprendo a Roberto cuando accede a los requerimientos de Bruno y, en otras ocasiones con voluntad más férrea, le lanzo una filípica acerca de los riesgos de dejarse llevar por la invitación de un tipo extrovertido, caradura y fanfarrón, aunque carismático: «¡Desátate, lánzate a la vida, haz como yo!».

Dino Risi, Ettore Scola y Ruggero Maccari escribieron un guion perfecto para esta road movie de 1962. Il sorpasso no es el de Enrico Berlinguer que esperé durante los años setenta, sino el de dos sujetos contrapuestos que coinciden en un fin de semana. Gracias al descapotable, el tercer protagonista, deambulan sin plan fijo a la búsqueda de diversión. La disfrutan a ritmo de twist y Roberto, de la mano de Bruno, tiene la primera oportunidad de vivir intensamente:




Un fin de semana a todo ritmo da para mucho. El encuentro de los protagonistas permite observar, con la sutileza de lo captado a través de los detalles, que el desvergonzado Bruno y el pusilánime Roberto son dos solitarios. Uno refugiado en la juerga como si no hubiera un mañana y otro en el estudio porque solo existe ese mañana.

La síntesis se impone a la vista del espectador que empatiza con ambos, aunque por razones distintas. La amistad, con su aprendizaje vital, puede ser la clave para que esa cesión mutua termine siendo una realidad. Así lo esperamos tras acompañarlos en bailes, ligues, tomaduras de pelo y unas ganas locas de vivir. También en la irresponsabilidad de poner un Lancia a una velocidad donde la tragedia es frecuente:




El accidente resulta inevitable como desenlace. Bruno se salva porque es un tipo con suerte, pero Roberto fallece justo cuando comenzaba a disfrutar de la vida. Algunos afirman que la escena, rodada de manera que transmite angustia por la irresponsabilidad, supone una moraleja. Tal vez por eso pasó la censura del franquismo, pero esa muerte no es una impostación, sino una circunstancia verosímil por sus concreciones más allá de los accidentes automovilísticos.

Roberto necesita salir de su habitación en pleno ferragosto, pero de la mano de Nanni y no de Bruno. El primero convence con una mirada argumentada, ocurrente y sensible. El segundo es un tipo invasivo, también egoísta. Su verborrea arrastra a los demás gracias al carisma, convertido en un señuelo capaz de esconder la soledad de quien necesita fanfarronear en cualquier momento.

Puesto a elegir, prefiero el patinete o a Clavileño, que siempre tiene la batería cargada, para emprender esa necesaria escapada. Sin prisas ni agobios, dejándome llevar por la mirada consciente que permite disfrutar de un sorpasso solo justificado por la posibilidad de descubrir. A veces un paso de baile o la oportunidad de dar unos balonazos en un campo solitario, como en Caro diario. En otras ocasiones, para terminar en un hotel frente a la playa donde el tiempo detenido preserva las sonrisas con Jacques Tati. En cualquier caso, la escapada la haría en el destartalado vehículo de Monsieur Hulot porque subir en el Lancia de Bruno es una temeridad.

Eso sí, cuando puedo disfrutar del espectáculo sin necesidad de levantarme del sillón, prefiero fanfarronear gracias al inolvidable claxon de un vehículo tan tentador como peligroso. Las contradicciones, en el ámbito de la ficción, se sobrellevan sin necesidad de acabar estampado contra un camión o despeñado por un acantilado. Las disyuntivas de la vida, con el aviso de una buena película, resultan menos trágicas y permiten los matices de la racionalidad. Incluso en ferragosto.

miércoles, 7 de agosto de 2024

Los atracos imperfectos


Los atracos perfectos son una leyenda con el encanto de lo imposible. Al menos, en las películas clásicas que conozco. Todavía recuerdo el asombro con que seguí la meticulosa preparación del golpe en The Killing (1956), de Stanley Kubrick. Una obra maestra de la planificación criminal. Todo parece racionalmente encaminado hacia el éxito, pero… hay un imprevisto que lo impide. Al ver la maleta caer y los billetes volar, uno piensa que por entonces los españoles ataban las maletas con cuerdas. No planificaban, pero eran supervivientes.

El golpe se ejecuta, pero los billetes vuelan. La censura española respiraría tranquilizada por la supuesta moraleja. El público, no obstante, se queda con la miel en los labios y resignado. Ni siquiera los ladrones profesionalizados, una condición que reclama Tony Leblanc tras tomar contacto con las bandas de Chicago, lo consiguen y los de Stanley Kubrick no dejan de ser unos pringados.

Tony Leblanc protagoniza Sabían demasiado (1962), de Pedro Lazaga, donde la chica es Conchita Velasco, una ye-yé, que nunca hizo de mujer fatal como las del cine negro. Teodoro, El Señorito, lidera una banda castiza dedicada al menudeo de carteras con José Luis Ozores como especialista. Sus miembros tienen un buen conformar y solo aspiran a jugar al futbolín, pero el líder sueña con Chicago.

El espíritu de superación nunca se le niega a un emprendedor del naciente desarrollismo. Sin embargo, lo novedoso del atraco perfecto queda diluido en las tradiciones patrias, que también abarcan el carterismo visto con mirada paternal. Los malos nacionales son entrañables, mientras que los verdaderos vienen del extranjero con la pretensión de malear a sus colegas que, ante todo, son españoles. Incluso a la hora de delinquir.

Toda aspiración a la perfección, aparte de inútil y desalentadora, invita a la parodia, que en la España de mediados de siglo tenía sabor costumbrista. La imperfección de una banda donde coexisten Pepe Isbert, Manolo Gómez Bur y José Luis López Vázquez resulta más divertida, aparte de garantizar un desenlace alentador bien visto por la censura. Si sueñan con el atraco perfecto, para salir de pobres, todos recordamos que en aquella España la perfección era de corto vuelo.

Las parodias de los atracos menudearon en distintas cinematografías nacionales, pero fueron los italianos, de la mano de Mario Monicelli, quienes sentaron cátedra. I soliti ignoti (1959), aquí titulada Rufufú para desenfocar la mirada del director, presenta una inolvidable banda comandada por Vittorio Gassman. También le acompaña Marcello Mastroianni, pero con una impagable boina y el brazo en cabestrillo. La condición delictiva de los demás atracadores supone una invitación a la sonrisa.

Una escena clave de estas películas es el cónclave nocturno para preparar el golpe que sacará de la pobreza a quienes solo sobreviven. Y la puesta en común en torno a las herramientas, que deben estar a la altura de un botín cercano y modesto. Mario Monicelli dispone del maestro Totó, que no solo las alquila a un precio razonable, sino que también las pondera y, como regalo, proporciona un consejo final para la reflexión: La prudenzia nom é mai troppo:




Con semejantes herramientas, a la altura de la profesionalidad de los atracadores, el golpe comienza mal y termina peor. Lo sabemos de antemano, pero sonreímos al comprobarlo, gracias a escenas como la de quienes andan por un tejado de cristal, sigilosamente, y se ven sorprendidos por una pareja con ganas de bronca. Todo se pone en contra:



La alternativa a tan desastroso golpe será trabajar. Marcello Mastroianni todavía tiene una edad que le permite emprender el fatigoso propósito, pero Pepe Isbert, en Los dinamiteros (1962), ejerce de jubilado. Su deseo es disponer de un mausoleo en condiciones. Al menos, apañado, y así disfrutar de la eternidad junto a su difunta mujer. Las frecuentes visitas al cementerio son motivo de comparaciones. También un acicate para dejarse embaucar por su colega de banco en el parque, que solo pretende ir a Mallorca para ver a las turistas:




El objetivo para un anciano trío de atracadores donde la abuela hace calceta es la caja de la mutua. Sus inflexibles responsables muestran una cicatería capaz de justificar la acción criminal para conseguir un mausoleo, un viaje rijoso y unos puritos para el hijo, porque la nuera no lo cuida bien.

Las pretensiones de los protagonistas de Atraco a las tres (1962), de José M.ª Forqué, también son comprensibles para el público español de la época, que vería con sorpresa una reflexión sobre el papel de la banca digna de quedar enmarcada:



La codicia rompe el saco de los empleados metidos a ladrones, pero no corremos un peligro moral porque el desenlace, aparte de desastroso como robo, demuestra que los españoles, en medio de un atraco, cultivamos la heroicidad, aunque sea a beneficio de la denostada banca.

Los verdaderos ladrones del desenlace en Atraco a las tres son extranjeros y, además, encabezados por Katia Loritz, por entonces especializada en papeles de foránea tan atractiva como peligrosa para los españolitos representados por López Vázquez. Su galantería, viviendo en compañía de Lola Gaos, está justificada. Nunca le terminará de conducir a la perdición porque, al fin y al cabo, es un apoderado de la banca nacional:



Cuando vi a López Vázquez como policía provisto de una metralleta para detener a una banda extranjera, en 091, policía al habla (1960), de José M.ª Forqué, comprendí que el destino de estos intérpretes no estaba ligado con las balaceras del cine negro. La película, con el asesoramiento de la propia policía, fue concebida para que confiáramos en los guardianes del orden. Iba en serio por ser propaganda con actores populares. En las parodias resultan mucho más creíbles. Como la aspiración a disponer de un mausoleo apañado, un viaje a Mallorca o «un abriguito de entretiempo».

Tony Leblanc y López Vázquez nunca acabaron siendo atracadores porque el género lo impedía, eran españoles y la censura habría rechazado semejante aspiración. Apenas importa. Viéndolos, junto a unos geniales actores de reparto, comprendemos la pequeñez de una cotidianidad en blanco y negro todavía ajena al color de la comedia del período desarrollista. Ya vendría con sus apariencias de modernidad bien entendida. Frente a este quiero y no puedo, prefiero el trasfondo de quienes, puestos a soñar por necesidad, aspiran a un mausoleo o un abriguito. Incluso un sonotone para la portera, que no todo va a ser sufrir en este valle de lágrimas.

Otro día hablaremos de los redimidos justo antes de morir. En el cine norteamericano protagonizan heroicidades, mientras que en el español del franquismo pretenden apaños de pocos vuelos. Salvo en los dramas históricos dedicados a ensalzar las glorias del Imperio, que fueron muchas, al parecer.