domingo, 3 de diciembre de 2017

Una nueva reseña de Suelas gastadas

José Ramón Giner, amigo y periodista, ha publicado una reseña de Suelas gastadas en el suplemento Artes y Letras del diario Información (30-XI-2017). Reproduzco a continuación el texto:



Miradas
PERIODISTAS DE AYER

José Ramón Giner


Yo llegué a conocer el periodismo de calle, un género que ya muy pocos deben practicar en la actualidad. Al contrario de lo que sucede hoy, la noticia no llegaba entonces hasta la mesa de las redacciones, y eran los propios periodistas quienes debían procurársela. Provisto de su cuaderno y su bolígrafo, el reportero salía cada mañana a la calle para no regresar a la redacción hasta media tarde, con las notas garabateadas de su trabajo. Como sucedía con el jazz de la época, el periodismo de aquellos años tenía mucho de improvisación. Las redacciones todavía conservaban un punto de bohemia que el avance imparable de la tecnología barrería unas décadas más tarde. Aquellos hombres habían hecho suya la respuesta de Chesterton —"señora, yo no sé nada: soy periodista"— y la exhibían con orgullo.
El profesor Juan Antonio Ríos acaba de publicar un libro, Suelas gastadas (*), en el que evoca a algunos de aquellos reporteros. No estamos —no se asuste el lector— ante uno de esos textos académicos que rehúyen deliberadamente la amenidad para fingirse serios. Hace tiempo que el profesor Ríos decidió abordar la escritura desde un plano más libre, más personal, sin perder ningún rigor por ello. Los suyos son trabajos de investigación, sí, pero lejos de ese supuesto carácter científico que han abrazado los estudios de humanidades y que tanto nos hace reír a algunos. ¿Hay algo más ridículo que un humanista tratando de imitar la objetividad de las ciencias?
No todos los protagonistas de Suelas gastadas son reporteros, en el sentido habitual de la palabra. Entre sus personajes hay periodistas en estado puro —Ignacio Carral, Luis Carandell, Xavier Vinader, Luisa Carnes—, pero también escritores como Francisco Candel o Vizcaíno Casas; incluso un verso suelto como Luis Cantero, a caballo entre el periodismo y la picaresca, que haría su carrera en las revistas del Grupo Zeta. Pese a las diferencias que existen entre ellos, todos presentan un punto común: son gente que para escribir pisa la calle, es decir, periodistas que hablan de lo que ven, de lo que conocen y no de lo que alguien les ha contado o de las notas que facilitan los gabinetes de prensa.
El libro del profesor Ríos no es sólo una evocación del trabajo de aquellos hombres que pisaron la calle para escribir sus crónicas. Es, también, una crítica al periodismo tal y como se practica hoy. Una crítica a la que no le faltan razones si pensamos que los últimos informes del Instituto Reuters muestran que algo más de la mitad de los lectores de prensa españoles no cree en la independencia de los medios de comunicación. Culpar en exclusiva de la situación a los periodistas y las empresas tal vez no sea del todo justo. A fin de cuentas, la prensa de una época es el reflejo de su sociedad. En cualquier caso, tiene razón Ríos cuando escribe que a los protagonistas de su libro "un periodismo a base de declaraciones de los mismos de siempre, gabinetes de prensa como inevitables filtros, tuits o píldoras de un pensamiento corto y reacciones compulsivas, nunca les hubiera fascinado."

(*) Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio (II República y Transición). Juan Antonio Ríos. Renacimiento - Publicaciones de la Universidad de Alicante.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Ignacio Martínez de Pisón escribe acerca de Suelas gastadas

Ignacio Martínez de Pisón, en su columna de La Vanguardia (24-XI-2017) ha escrito sobre Suelas gastadas:
Periodistas
Existe algún tratado sobre la historia del periodismo en España, pero no creo que exista ninguna historia de los periodistas españoles. El día en que alguien se decida a escribirla tendrá por fuerza que acudir a los libros de Juan Antonio Ríos Carratalá, acaso el investigador actual que más ha contribuido al rescate de las viejas historias de los viejos periodistas. En Hojas volanderas, libro suyo de hace seis años, desempolvaba la peripecia de varias figuras de la Segunda República. Uno de ellos era el antifascista vallisoletano José Luis Salado, que durante la Guerra Civil convirtió el articulismo en una virulenta arma de combate (no por casualidad su sección se titulaba “Tiros al blanco”). Otro era el catalán Mateo Santos, que el 19 de julio de 1936 se puso detrás de la cámara para dejar testimonio de lo que, para los anarquistas como él, era el comienzo de la revolución. Otro, el falangista bilbaíno Jacinto Miquelarena, un humorista ligero y elegante que acabaría lanzándose en París a las vías del metro...
Cuando uno se pone a escarbar en el pasado, suele ocurrir que una historia te lleva a otra historia y ésta a otra y a otra. Tomo prestado el símil de Andrés Trapiello, que escribió que a veces un libro es como un cesto de cerezas, del que no puedes sacar una sin que arrastre otras, que a su vez, etcétera. En Hojas volanderas contaba Ríos Carratalá algunas historias que arrastraban otras historias que sólo en su nuevo y muy reciente libro, Suelas gastadas, han alcanzado un desarrollo pleno. Por ejemplo, la del valenciano Luis de Sirval, que sería encarcelado en la Asturias revolucionaria de 1934 y moriría en prisión asesinado por un legionario de nombre tan rotundo e improbable como Iván Ivanoff.
A veces la relación entre dos historias es de analogía. Suelas gastadas indaga en los paralelismos existentes entre el periodismo de la Segunda República y el de la Transición, separadas por cuatro décadas pero unidas por una atmósfera común de ebullición social y transformación política: en definitiva, la República no fue sino una Transición que acabó mal (y viceversa). Así pues, no puede extrañar que el columnismo de los años treinta prefigure el de los setenta, y las viejas “notas parlamentarias” de Sirval habrían señalado el camino a quienes durante la Transición practicaron la crónica parlamentaria, entre los que destaca el nombre del barcelonés Luis Carandell. ¿Cómo no recordarlo en la televisión de los primeros años ochenta, con su frente despejada, su media sonrisa y esa voz rasposa que parecía relativizarlo todo? Era Carandell un periodista de sólida cultura y humor fino que desarmaba a los pomposos y los solemnes. Poseía además el raro don de caer bien, y la gente recordaba lo mucho que se había reído con su Celtiberia Show, ese escaparate en el que quedaban a la vista las vergüenzas de la España del desarrollismo, como la multa impuesta a un joven asturiano por “carraspeo al paso de la autoridad” o el cartel de “Se hablan idiomas por señas” que colgaba de la puerta de un restaurante para turistas.
Otro de los protagonistas de Suelas gastadas es el gran Xavier Vinader, del que se recuerda sobre todo el calvario judicial sufrido a primeros de los años ochenta. La historia es conocida: en 1980 Vinader fue acusado nada menos que de inducción al asesinato después de que ETA matara a dos ultraderechistas que aparecían mencionados en uno de sus reportajes. Vinieron luego la condena a siete años de prisión, la huida a París en busca de refugio, las masivas campañas de apoyo, el acuerdo final por el que el gobierno accedía a indultarle tras una estancia de dos meses en Carabanchel...
Si a Luis Carandell no llegué a conocerlo nunca, con Xavier Vinader sí tuve cierta amistad. Lo visité por primera vez en el año 2006. Por entonces andaba yo metido en la redacción de una novela sobre un confidente policial en la Barcelona de la Transición, y el productor Pedro Costa, para quien acababa de escribir un guión, me pasó el teléfono de Vinader y me recomendó que le llamara. Pedro Costa (muerto el año pasado, un año después que el propio Vinader) había sido periodista antes que cineasta, y la amistad entre ambos se remontaba a la primera etapa de Interviú. El reportaje con el que Vinader había debutado en la revista se titulaba “Cómo se fabrica un confidente”, así que ¿quién mejor que él para asesorarme para mi historia? Con una generosidad y una paciencia ilimitadas, Vinader no sólo resolvió mis dudas y compartió conmigo sus experiencias sino que me puso en contacto con personas de su confianza que también podían ayudarme, entre ellas algunas a las que por mí mismo no habría tenido acceso, como un antiguo inspector de la Brigada Político-Social que me dio no pocos detalles sobre la represión de finales del franquismo. Me ha alegrado reencontrarme con Xavier Vinader en las páginas de Suelas gastadas y descubrir que también a su autor, como a mí mismo, lo atendió y ayudó “sin perder nunca la sonrisa”.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Entrevista en La Memoria

Os paso la nota de prensa y el enlace a la entrevista emitida por Radio Andalucía con motivo de la edición de Suelas gastadas:




Periodistas y escritores comprometidos de la II República y la Transición, en ‘La Memoria’ - Entrevista con el catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá, autor del libro ‘Suelas gastadas’ - Una justicia postfranquista persiguió a los periodistas que denunciaron injusticias, corrupción y tramas golpistas durante la Transición RTVA/Isla de la Cartuja (Sevilla), 15 de noviembre 2017.- El programa La Memoria de Radio Andalucía Información (RAI), el espacio radiofónico pionero sobre la memoria histórica, dirigido y presentado por Rafael Guerrero, ofrece esta semana una entrevista con el catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá, a propósito de su último libro titulado ‘Suelas gastadas’, sobre periodistas y escritores en tiempos de cambio como la Segunda República y la Transición, editado por Renacimiento. Ignacio Carral, Ramón J. Sender, Luisa Carnés, Paco Candel, Luis Carandell o Xavier Vinader son ejemplos de escritores que escudriñaron en la cara más oculta de la realidad, arriesgando incluso sus vidas, como este último periodista catalán que tuvo que exiliarse a Francia tras ser condenado por denunciar las tramas ultraderechistas en connivencia con las fuerzas policiales de entonces, en una Transición democrática marcada por la inercia postfranquista con una libertad de expresión sometida a tremendas presiones. De hecho, hubo cientos de juicios sobre libertad de expresión contra periodistas. “La historia de la Transición hay que buscarla más en la revistas que en los libros, más en las hemerotecas que en las bibliotecas”, afirma el profesor Carratalá. El entrevistado critica a Ramón J. Sender, que se obsesionó con arremeter contra Azaña por la matanza de Casas Viejas en enero de 1933 en vez de culpabilizar al capitán Rojas “un auténtico asesino en serie”, como demostraría en su actuación represora tras el golpe militar en Granada. Carratalá desmonta el mito de Ramón J. Sender afirmando que “antepuso el relato novelado al rigor del relato periodístico”. La Memoria concluye con el repaso a la actualidad semanal sobre la memoria histórica en el Noticiero. RTVA/15/11/2017 Emisión.- Jueves, 16 de noviembre de 2017, a las 19 horas en Radio Andalucía Información. Redifusión, domingo siguiente a las 9 de la mañana. Frecuencias RAI.- http://www.canalsur.es/Frecuencias_Canal_Sur_Radio/825107.html Descarga en internet.- Los últimos programas, en “radio a la carta” de la web de la RTVA http://alacarta.canalsur.es/radio/programa/la-memoria/72 y el histórico de todos los programas, en el blog de ‘La Memoria’: http://blogs.canalsur.es/lamemoria/ Suscripción por internet.- Se aconseja la suscripción por el sistema podcasting, siguiendo las instrucciones en www.rtva.es a través de “radio a la carta”. También, seguimiento en la red social Twitter como @lamemoriaradio

http://www.canalsur.es/multimedia.html?id=1223510


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ramón J. Soria escribe sobre Manuel Martínez Gargallo

Ramón J.Soria ha publicado el siguiente texto en el número de Ctxt del 8 de noviembre de 2017:

El Jueves, raperos, chisteros, twitteros… comienzan a sufrir sin cuento la ley mordaza. Y este cuento se remonta a los polvos de estos lodos, o más atrás… va:
El juez. Imaginen que ustedes hacen chistes para los periódicos, caricaturas, humor gráfico, dibujitos, historietas… como hacen aquí J.R. Mora, Malagón, Pedripol, Luis Grañena, Boca del logo o las semblanzas políticas de Gerardo Tecé… La gente lee, los mira, sonríe, puede que algún lector se eche incluso una carcajada, o tal vez se moleste o incluso se moleste mucho si ese monigote le alude o le saca gordo o feo o el chiste le hace gracia hasta a su hijo. Cosas del humor que a veces es ácido, tosco, fino, surrealista, bestial. Qué más da, es humor.
Ahora imaginen que un juez les procesa por eso. Manda a sus fiscales o a sus funcionarios a las hemerotecas a que recorten esos chistes o esos articulillos para utilizarlos como pruebas de cargo y acusarles de cosas muy graves, por ejemplo: rebelión, rojez, injuria, vida desordenada, burla a la autoridad… cualquier cosa. Le detienen y le hacen un juicio, todo eso en unos días o unas pocas semanas. Entonces es usted condenado, por ejemplo, a la pena de muerte. Y le matan, por un chiste gracioso y hasta por uno sin gracia.
IMAGÍNENSE USTEDES YENDO A LA HEMEROTECA CON LAS TIJERAS PARA RECORTAR CHISTES DE REVISTAS ANTIGUAS, A VECES CON POCOS LECTORES, A VECES CON MUCHOS, PORQUE SU SUPERIOR LES HA MANDADO QUE BUSQUE “PRUEBAS” PARA QUE LA CONDENA A MUERTE NO PAREZCA LO QUE ES, UN AJUSTE DE CUENTAS
Esto ocurrió aquí, en nuestro país, esos juzgados legales estaban en un sitio que conoce usted bien si es de Madrid, los juzgados estaban en lo que es hoy el Palacio de la Prensa, un bonito edificio de los años veinte. El juez que procesaba y condenaba a muerte a los humoristas y periodistas se llamaba Manuel Martínez Gargallo. Copio las primeras líneas inocentes que hay de él en Wikipedia: “(1904 -1974), escritor, humorista y juez español que usó el pseudónimo de "Manuel Lázaro". Se le considera miembro de la llamada "Otra generación del 27", la de los humoristas discípulos de Ramón Gómez de la Serna, formada por Edgar Neville, Miguel Mihura, Pedro Muñoz Seca, Tono y Enrique Jardiel Poncela, entre otros.” Ya no copio más. Un tipo corriente, hasta majo, un colega de los humoristas que, tras la Guerra Civil, él mismo procesaría, juzgaría y condenaría a muerte. 
No escribo nada nuevo. El historiador Juan A. Ríos Carratalá cuenta y analiza todo esto en el ensayo Nos vemos en Chicote, publicado por la editorial Renacimiento hace dos años. Pocos libros, y hay muchos, sobre la inmediata posguerra, me han producido tanta perplejidad, tanto estupor y tanto espanto. Con este tema del callejero y la memoria histórica hemos descubierto que hablar de los verdugos es siempre muy molesto. Porque los verdugos no eran Pepe Isbert y compañía sino todos esos funcionarios y “mandados” que fabricaron e hicieron funcionar el bien engrasado aparato franquista de asesinar bajo el tenue barniz de la legalidad inventada. Jueces, fiscales, funcionarios y demás leguleyos condenando a muerte a un chistero por hacer un chiste años antes, sobre tal o cual tema, tal o cual político o militar o capitoste de derechas. Parece increíble. Una broma pesada. Un mal chiste con final trágico y poco cómico. Imagínense ustedes yendo a la hemeroteca con las tijeras para recortar chistes de revistas antiguas, a veces con pocos lectores, a veces con muchos, porque su superior les ha mandado que busque “pruebas” para que la condena a muerte no parezca lo que es, un ajuste de cuentas, una venganza, una forma absoluta de banalizar el mal, de asesinar porque sí, por fría voluntad de aniquilación.
Esa gente, esos verdugos, no tienen calles, ni salieron en las películas de Berlanga. Nadie los conoce, vivieron sus vidas tranquilamente, siguieron sus carreras y sus aburridos escalafones. Tras esa minuciosa escabechina cambiaron de destino, se jubilaron, murieron en paz tras recibir los santos sacramentos y muchas veces ni sus hijos sabían lo que hacían o si lo sabían prefirieron hacer como que no sabían o no se acuerdan. De todo hay. Repito lo que cuenta en extenso Ríos Carratalá, este juez, antes de ser juez, era escritor de cuentitos de humor entre 1926 y 1931 y publicaba en los muchos diarios que había entonces: Blanco y NegroABCCinegramasLa Gaceta LiterariaNuevo MundoBuen HumorCosmópolisOndasGutiérrez. Luego se hizo juez, suponemos que porque del humor se vivía mal y daba pocas perrillas o porque ser juez era más honorable y más temido. El caso es que durante la guerra llegó a capitán del cuerpo jurídico y, tras la guerra, fue nombrado juez instructor del Tribunal Especial de Prensa cuyo objetivo era procesar, detener, juzgar y condenar a escritores, periodistas y dibujantes más o menos afines a la república, más o menos chistosos y brillantes. Uno de estos periodistas condenados a muerte se llamaba Diego San José. Ustedes no le conocen.
El payaso. Saltemos ahora de personaje, vayamos al de la foto. Sí, es él aunque no lo parece. Parece el primo segundo de Fred Astaire, el medio hermano de Maurice Chevalier si no fuera por la cuenca vacía emborronada en la foto y ese brazo ausente. Ha quedado definido para la historia por unos cuantos brochazos gruesos: fundador, junto con Franco, de la Legión, bocazas, pendenciero, gallito con mala suerte… Con apenas diecisiete años ya era teniente segundo y se fue a hacer su primera guerra a Filipinas. Luego vuelve, se casa con la hija de un general, estudia cómo organizar el Tercio de Extranjeros, que se llamará, sin pecar de original, La Legión. Sus heridas no fueron demasiado heroicas. La primera en el pecho mientras andaba dando órdenes para la toma de Nador. La segunda en la pierna durante una retirada. La tercera en el brazo izquierdo cuando se acercó a primera línea de un combate a dar unas voces aguardentosas y arengar a los soldados, que era lo que de verdad se le daba bien. La cuarta en la mejilla y el ojo mientras daba órdenes para fortificar una loma recién tomada al enemigo marroquí. Le gustaban las valentonadas alejadas de cualquier prudencia estratégica y eso suele pagarse. Ya conocen su filosofía de vida, resumidas en los famosos lemas “¡Viva la muerte!” y “¡A mí la Legión!”. Desconozco si tuvo algo que ver con el tema de la cabra, pero no me extrañaría porque le pega.  Así que llega a la Guerra Civil con diversas discapacidades y no pudo seguir exponiéndose a ser herido a riesgo de quedarse sin otras partes del cuerpo que ya no tenía duplicadas. Dejará los tiros y las razzias a otros, se dedicará a dirigir por un tiempo la Oficina de Radio, Prensa y Propaganda. Pero lo que nos ha quedado de él fue la trifulca famosa con Miguel de Unamuno. No voy a repetir entera la siniestra historieta que tan bien ejemplifica el talante del franquismo hacia los que utilizaban la cabeza para pensar y no para embestir. Sólo copiaré un fragmento de lo que dijo Unamuno del personaje aquel día infausto y legendario de 1936: “(…). Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”. En estas ya sabemos que a Millán-Astray se le llenó la boca de espumarajos y soltó aquello o cualquier tremebundia semejante: “¡Muera la intelectualidad traidora!, ¡viva la muerte!” otros dicen que dijo “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” Tanto me da. A lo que Don Miguel, con dos huevos, genio y figura para tocar los cataplines a todo el mundo a lo largo de su vida, le repuso: éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. Y claro, con la Universidad atiborrada de falangistas y demás avifauna fascista, pelotera y sacra, aquello fue el acabose, iban a dar “hondonadas de ostias” a ese viejuco-vasco-mosca-cojonera. Pero no, se salvó de los capones, los “quetepegoleche” o de cuatro tiros que le hubieran metido con gusto muchos de los allí reunidos. Eso nos queda en la gran historiografía del quebrado Millán, su macarrismo africanista, sus altanería idiotesca, sus pocas lecturas y su breve filosofía funebrista simplicísimus. (para ampliar el evento y sus consecuencias). 
Apenas se conoce, por ejemplo, que era un romántico pichabrava. En 1941 se enamorará en una partida de cartas de Rita Gasset, hija de ministro republicano y prima de José Ortega y Gasset. Deja a su amante embarazada, se separa de su mujer y se va con su amor a Lisboa donde nacerá su hija, de nombre Peregrina. 
Tampoco se conoce otra causa que no le redime, ni le perdonaremos por ello la cosa del ¡viva la muerte!, el gusto por los tiritos, asustar a viejos filósofos o el chusco asunto de la cabra, pero nos puede dar un perfil algo más rico del personajillo. El caso es que a José Millán-Astray le gustaban mucho los artículos y novelitas del periodista Diego San José, eran compañeros de tertulia en el Gato Negro. Antes de la Guerra Civil. Cuando el fundador de la Legión llegaba al cafetín decían los tertulianos con guasa madrileña que habían llegado “los restos de Millán-Astray”. A Diego le apodaban “el menino” por su baja estatura. Ya se sabe que el humor grueso no mata y que el cachondeo, los motes o apodos chuscos entre amigotes siempre es bien tolerado. Incluso el periodista republicano le redactó las memorias a Millán antes de la Guerra. Después ya sería otra cosa. Se acabó el humor directo y libre por muchos años.
El plumilla. Así que pasemos ahora a conocer a Diego San José. Nos quedamos con él, pero podríamos citar y enhebrar la vida de otros muchos escritores, periodistas o humoristas que se cepilló el juez Manuel Martínez Gargallo. Por cierto, se me había olvidado que también condenó a muerte a Miguel Hernández. Manolito era un tipo muy eficiente en eso de limpiar España ¿tal vez porque el fanático juez sabía que la poesía era un arma cargada de futuro?  
Pero imaginen por un momento a Diego San José. Madrileño de pura cepa, regordete, amable, simpático, ya dijimos que bajito y ojos saltones como en un asombro permanente. Hay que reconocer que era un plumilla de raza, un periodista fértil, un escritor prolífico y famoso antes de la guerra: colaboraciones cómicas, comedias en verso y prosa, artículos regulares en el ABCLos Lunes de el ImparcialEl GloboLa MañanaEl Liberal, más de setenta novelitas cortas costumbristas, históricas, picarescas a la moda de entonces, quizá de un estilo demasiado añejo, también poesía, zarzuela, actualización de Fuenteovejunas y otras obras clásicas, más artículos algo relamidos y arcaicos, y hasta la letrilla famosa del villancico “arre borriquito” ¿alguien da más? Sí, once artículos de propina en El Liberal y El Heraldodefendiendo la legitimidad republicana o criticando los ademanes y hechos bestiales de las tropas facciosas (aunque él no militaba en ningún partido) ¿tal vez le trincaron por la envidia del ex chistero sin éxito y ahora grisáceo juez Martínez Gargallo? Quien sabe. Resumamos lo que llegó después. Consejo de guerra. Cargos: “delito de adhesión a la rebelión militar y los agravantes de perversidad del delincuente, trascendencia del delito y gravedad del daño causado”. Para alucinar.
LOS QUE A MÍ ME DAN MIEDO SON LOS OTROS, LOS GRISES LEGULEYOS, LOS JUECES QUE BUSCABAN PRUEBAS EN LAS HEMEROTECAS, LOS SECRETARIOS DEL JUZGADO QUE SE INVENTABAN CARGOS, LOS FISCALES QUE UTILIZABAN LA RETÓRICA RETORCIDA DE LAS NADERÍAS
¿Se imaginan la cara de Diego cuando se entera que quién le va a juzgar era su excompañero plumilla? ¿el acojono al descubrir que las pruebas de su “delito” son los artículos de prensa recortados por el secretario judicial de la Hemeroteca de Madrid y que a otros colegas les ha condenado a muerte por un solo chiste cualquiera? Primero es condenado a 12 años de cárcel, luego, insatisfecho el auditor con la “intensidad” de la sentencia, se revisa y se le condena a la pena de muerte. Café, mucho café. Pero más tarde se le conmuta a 30 años gracias a la intercesión de su compañero tertuliano mediohombre Millán-Astray al que la mujer del periodista irá a rogar in extremis. Suponemos que Millán hace sus llamadas: ¡Oye Paco, qué cojones, ni se os ocurra fusilar al menino, que es amigo de farra y le conozco! Cárcel madrileña de Porlier, traslado a la terrible prisión de la Isla de San Simón, en Redondela, luego a la cárcel de Vigo ¿Sobra decir que las cárceles de entonces poco tenían que envidiar en el trato y las condiciones a los campos de concentración de los nazis?, ¿que el número de presos y presas muertas por esas condiciones de hacinamiento, maltrato, torturas, enfermedades sin tratar, frío y mala alimentación es interminable? ¿que el condenado por ese mismo juez, Miguel Hernández, fue uno de esos muertos tras una agonía espantosa? Al menos Diego tiene suerte y buenos amigos que dieron la cara por él. Saldrá de la cárcel a los pocos años, cinco, que no son pocos ni lo serán nunca porque de esos años terribles no se recuperará nunca. Logró encontrar trabajo gracias su amigo José Regojo. Volverá a colaborar de cuando en cuando en la prensa, con el ojo negro de la censura puesto siempre en su pluma. Publicará sobre todo en El Faro de Vigo, bajo seudónimo y escribirá más de 80 o 90 libros que ya no verán nunca la luz. Muere en el 1962. Muchos años después. Muchos, muchos, porque el miedo aún duró mucho tiempo en el corazón de los vencidos y los aplastados. En 1988, se publica la obra donde cuenta sus penurias y duras supervivencias de preso kafkiano. Lo titula De cárcel en cárcel. Su lectura acongoja y acojona a partes iguales a poco que uno se ponga en su pellejo. Pero en estas memorias ni siquiera cita los nombres de sus acusadores, de todos esos funcionarios banales, de sus verdugos, ¿por miedo a pesar del tiempo transcurrido? ¿porque no merecen el honor de ser siquiera recordados o denunciados en un humilde libro? Más bien porque estamos inaugurando los años sesenta y los jueces franquistas siguen en ejercicio y cierto general de vocecita siniestra, baja estatura, barriguita fajada, andar poco airoso, megalómano, necio y bastante espantajo tanto de joven como ahora de viejo sigue dando mucho miedo. Y desde el periodismo cientos de plumillas babosos, pelotas y corifeos, los Pemanes y los Giménez Caballeros, asimilables y recambios más jóvenes siguen haciendo la ola a Franco, a sus desmanes, a su marco legal, a lo que hizo y por qué y hasta cuándo…
Si, es verdad, Millán Astray era un payaso macarra y como él hubo muchos militares, religiosos, facinerosos, falangistas, banqueros, estraperlistas y tragasables. De ellos ya hemos hablado muchas veces y por fortuna sus nombres y gestas van desapareciendo del callejero y apareciendo en la historia tal como de verdad fueron: aprovechados, asesinos, miserables, brutos, retorcidos, tramposos, ladrones... Pero los que a mí me dan miedo son los otros, los grises leguleyos, los jueces que buscaban pruebas en las hemerotecas, los secretarios del juzgado que se inventaban cargos, los fiscales que utilizaban la retórica retorcida de las naderías, los policías que daban hostias para arrancar mentiras, toda esa horda silenciosa que “banalizaba el mal” y eran unos “mandaos” aunque luego, al acabar la dictadura, se escaquearon, se hicieron los olvidadizos, se jubilaron de todo y fueron tipos honorables que tomaban vermú e iban de paseo por el espolón. Esos sí que dan terror y no los Millán Astray a los que se le iba la fuerza por la boca y eran aplastados y convertidos en insignificantes hormigas gritonas por las palabras afiladas y sabias de un anciano profesor de 72 años llamado Don Miguel. Me asustan, me asustarán siempre los tipos como Manuel Martínez Gargallo, los obedientes, los hombres grises, los “mandaos”. Y también una sociedad que se encogió de hombros y no les dijo nada cuando aún era tiempo, ni tampoco después, ni ahora. 

lunes, 23 de octubre de 2017

Un escritor en las cárceles franquistas

El escritor y crítico Rafael Narbona ha publicado en Revista de Libros una excelente reseña de mi edición de la obra de Diego San José:

Ignoraba que Diego San José, y mi padre, Rafael Narbona, habían mantenido una relación de cordial amistad, pese a que les separaban casi tres décadas. Diego San José nació en 1884 en Madrid. Mi padre, en Córdoba, en 1911. Ambos eran escritores y periodistas en una época caracterizada por las tensiones políticas y sociales. Antes de la guerra, Diego San José disfrutó de una enorme popularidad como periodista, autor teatral, novelista, poeta, letrista de zarzuelas y villancicos, como el popular «Arre borriquito». Colaborador habitual de El ImparcialEl Heraldo ABC, Manuel Machado prologó una de sus primeras obras poéticas, Libro de diversas trovas (1913). En la tertulia de El Gato Negro, frecuentada –entre otros‒ por Emilio Carrere, Pedro de Répide y el escultor Victorio Macho, conoció al general José Millán-Astray, un militar culto y con inquietudes literarias, pese a que la posteridad lo recuerda como un energúmeno, no sólo por su papel –muy notable‒ en la guerra de Marruecos y su participación –poco relevante‒ en la Guerra Civil, sino por su célebre y confuso altercado con Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. A pesar de sus diferencias ideológicas, se hicieron amigos hasta el punto de que San José aceptó el encargo de escribir sus memorias.
Cuando se produjo el levantamiento militar, el escritor se alineó con la Segunda República, ocupando durante un tiempo la jefatura de prensa de la Dirección General de Seguridad. Desde su puesto, realizó gestiones para proteger a Pedro Muñoz Seca –tristemente infructuosas‒ y a los hermanos Álvarez Quintero. Sin afiliarse a ningún partido político, la violencia de las milicias revolucionarias le causó horror y consternación, pero no retiró su apoyo al gobierno republicano. El 10 de abril de 1939 fue detenido y, más tarde, procesado por el Tribunal Especial de Prensa, que inicialmente lo condenó a doce años. El juez Manuel Martínez Margallo consideró insuficiente el castigo y, en una nueva revisión del caso, le impuso la pena de muerte por «adhesión a la rebelión militar». Suele incluirse a Martínez Gargallo en la «Otra Generación del 27» (Edgar Neville, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela) por sus narraciones humorísticas firmadas con el seudónimo «Manuel Lázaro». Amigo íntimo de César González-Ruano y Camilo José Cela, se mostró particularmente implacable con sus antiguos colegas. Firmó la condena a muerte de Miguel Hernández y del dibujante Enrique Martínez Echevarría, que había ilustrado sus propios cuentos. Gracias a la intervención de Millán-Astray, la pena de muerte de Diego San José se conmutó por cadena perpetua. Años más tarde, el escritor agradecería el favor, escribiendo su necrológica, pero sin firmarla.
Hace unos meses, el nieto de Diego San José se puso en contacto conmigo por medio de las redes sociales, enviándome cartas y notas que su abuelo y mi padre habían intercambiado durante los duros años de la posguerra. Fue una grata sorpresa que aún se hizo más emotiva cuando nos conocimos en persona e intentamos reconstruir una relación de la que sólo conservamos los documentos y los recuerdos de María del Carmen, una de las hijas del escritor, que aún vive y no ha perdido un ápice de lucidez. Con sus noventa y dos años, desborda humor, inteligencia y esa elegancia de otro tiempo, cuando la delicadeza y la serenidad ejercían una estricta tutela sobre el comportamiento. Aún recuerda la dirección de mi padre en Madrid y no ha olvidado que fue secretario de los hermanos Álvarez Quintero. Conocer a María del Carmen y a Diego, su sobrino, y nieto del escritor, constituyó una experiencia muy grata que confirmó la necesidad de preservar y recordar el pasado, no sólo por sus vínculos con nuestra propia historia personal, sino por su carácter iluminador de un presente que aún no se ha librado del trauma de una guerra civil y una larga dictadura. Diego me entregó un ejemplar de la obra autobiográfica de su abuelo, titulada de De cárcel en cárcel. Publicada por primera vez en 1988, la edición contenía infinidad de erratas. El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá corrigió y depuró el texto, completándolo con un apéndice que reproduce y estudia con rigor el expediente judicial del escritor, mostrando el ensañamiento del juez Martínez Gargallo y la indefensión de los presos políticos republicanos, sin otra alternativa que buscar avales de personalidades afectas al régimen.
Ferviente admirador de los clásicos, San José –que había llevado a cabo una meritoria refundición de Fuenteovejuna‒, escribió De cárcel en cárcel con una prosa limpia y sencilla, que testimonia su sufrimiento interior sin caer en la autocompasión o el sentimentalismo. No es necesaria la retórica cuando los hechos desnudos producen un espanto sin límites. A poco de ser detenido, un esbirro le extiende su pistola, invitándole a volarse la cabeza: «Siempre es mejor morir de un solo tiro en la cabeza que acribillado a balazos». Los malos tratos se alternan con las humillaciones, que privan a los presos de cualquier forma de intimidad o dignidad: «Había un retrete inodoro, del que todos habíamos de servirnos cuando fuese menester, a la vista de los demás». Durante los cacheos, se roban sistemáticamente carteras, relojes, sortijas, estilográficas. Las celdas son húmedas y oscuras, verdaderas zahúrdas que parodian el sentido de la justicia simbolizado por la mítica imparcialidad de Themis. Los falangistas pasean sus «cinco flechas envenenadas» por las treinta y seis cárceles del Madrid de 1939, muchas de ellas antiguos conventos que el clero ha prestado con entusiasmo, feliz de contribuir a la «limpieza» de España. Los traslados son habituales e intempestivos. No se informa ni avisa a los detenidos y a sus familias con el fin de incrementar su angustia. No hay otro lecho que el «microscópico espacio de dos ladrillos», lo cual obliga a todos los presos a concertar sus movimientos para cambiar de postura. Quienes sobreviven a las torturas reciben cuidados médicos hasta recobrarse y poder desfilar ante el piquete de ejecución. Estar afiliado a un partido o sindicato, haber participado en una huelga o haber expresado palabras ofensivas hacia el nuevo régimen y su Caudillo son delitos suficientemente graves para ser fusilado en las tapias del cementerio del Este. En algunos casos, se emplea el garrote vil, añadiendo a la muerte una nota de infamia, pues se considera un método reservado para los delincuentes comunes. Un preso que sobrevive a las balas es ahorcado para no brindarle una nueva oportunidad al azar.
El primer juicio de Diego San José es una parodia. El segundo, una mascarada perversa. En los tribunales, el escritor coincide con mujeres que se enfrentarán a jueces tan siniestros como los verdugos de Mariana Pineda. Cuando el director de la prisión le pregunta a San José por su comparecencia ante el juez, contesta que lo han comparado con Erasmo, Voltaire y Rousseau, responsables de la Reforma y la Revolución francesa. Asombrado, el funcionario inquiere: «Y a esos, ¿cuánto les han pedido?». Las noches en prisión son especialmente penosas cuando la sombra de «La Pepa» ronda por los pasillos, con el nombre de los condenados en los labios. Los carceleros disfrutan pronunciando lentamente el nombre de pila y, poco después, el primer apellido, dejando en vilo el alma de quienes no sabrán su destino hasta escuchar el final. El «espíritu cristiano» de la nueva España se nutre de «infamias, sangre, odio y lágrimas». San José pronostica que Franco –«vanidoso, vacío y cruel»‒ será recordado como un nuevo Fernando VII. El escritor no niega el «terror rojo» de los primeros meses de la guerra, pero afirma que los responsables fueron maleantes que se saltaron las leyes y no reconocieron ninguna autoridad, aprovechando las circunstancias para cometer todo tipo de iniquidades. En cambio, los sublevados actúan conforme a un plan de exterminio. La iglesia católica secunda ese propósito. Los sacerdotes aplauden las ejecuciones y animan a proseguir el escarmiento. En las cartas pastorales de los obispos, no hay rastro de piedad y perdón. Por el contrario, el rencor y el odio se exhiben sin pudor. Operado de una hernia inguinal, San José ocupa el lecho de un preso que ha muerto esa misma tarde. El enfermero lo tranquiliza, contándole que ha puesto sábanas limpias: «El que estaba antes ha muerto de una paliza que le atizaron en la comisaría, y eso, aunque es cosa que se pega, no se contagia». 
Las visitas de gerifaltes de la Alemania nazi o la Italia fascista se celebran incrementando las ejecuciones. San José relata que algunos afrontan la muerte con serenidad; en cambio, otros se desmoronan, como un joven de veinte años que grita desesperado su edad, clamando que apenas ha vivido. El 14 de abril de 1940 se cobra ciento cincuenta víctimas en Madrid, incluidas veinticinco mujeres. Pedro Luis Gálvez coincide con San José en la cárcel de Porlier. Poco antes de salir hacia la muerte, entrega a otro recluso un soneto en el que se despide de su familia. Un guardia lo intercepta y, tras leerlo, lo rompe en pedazos, exclamando: «Sensiblerías y ñoñeces de última hora». Cuando se aplica la Ley de Fugas en los recintos penitenciarios, el soldado que ha disparado, lejos de ser reprendido o investigado, recibe diez duros y días de permiso. En medio de esta barbarie, despunta la piedad en el lugar más inesperado. Millán-Astray convoca a la familia de Diego San José para comunicarle que han indultado al escritor. Su mujer y sus hijos se echan a llorar de alegría: «¡No lloréis, porque me haréis llorar a mí también!», suplica el general. Emilio Carrere, Cristóbal de Castro, Tirso Escudero, Joaquín Álvarez Quintero y otras figuras públicas han intervenido para lograr que se anule la sentencia. Otros se han mostrado reacios. El general Varela atiende a la mujer de San José, prometiéndole hacer lo que pueda, pero no oculta su desprecio: «Periodistas y policías: mala gente». San José se libra de la muerte, pero es trasladado lejos de Madrid para alejarlo de su familia. Enviado a Galicia, será confinado en el penal de la isla de San Simón, donde las condiciones de encierro se relajarán, salvo en el aspecto religioso. Sucesivos sacerdotes impondrán una tediosa disciplina de misas, confesiones, rosarios y catequesis. Su familia se instala en Redondela y, gracias a la ayuda del empresario José Regojo, finalizan sus calamidades materiales. Diego San José será puesto en libertad en 1944. Su fama caerá en el olvido, pero no dejará de escribir. Publicará algunas colaboraciones en El Faro de Vigo con el seudónimo «Román de la Torre». Su último libro, Estampas nuevas del Madrid viejo, lo dedica a José Regojo y a su esposa Rita Otero Fernández, hermana de Ernestina Otero Sestelo, notable pedagoga y maestra. Los tres desplegaron todas sus energías para auxiliarlo durante su cautiverio y ayudarlo después de su liberación. San José falleció en 1962, dejando ochenta obras inéditas.
De cárcel en cárcel es un libro esencial para comprender la represión de la posguerra y el clima de opresión impuesto por la dictadura franquista. Sin embargo, no es una obra lúgubre que se complazca en una visión pesimista de la condición humana. San José nos habla de funcionarios de prisiones benevolentes, de guardias civiles que intentan no agravar el sufrimiento de los presos, de sacerdotes y monjas que actúan con sensibilidad, de reclusos comunes que respetan a los presos políticos y comparten con ellos sus escasas pertenencias. Sólo los falangistas se comportan con un sadismo impenitente, mostrándose desafiantes y violentos en todo momento. La calidad moral de San José se pone de manifiesto durante un traslado de prisión a pie en el Madrid ocupado por los golpistas. El responsable de su custodia se relaja hasta el extremo de cruzar la calle y dejar que el tráfico los separe. El escritor puede huir, pero no quiere perjudicar a su acompañante, que lo ha tratado con consideración. Además, su edad y su hernia lo convierten en un improbable fugitivo. San José no incurre en ningún momento en el odio y el revanchismo. Desconozco cómo fue su amistad con mi padre, pero al conocer a su familia, extremadamente amable y cordial, no me cabe ninguna duda de que constituyó algo hermoso y notable. Cuando los afectos sortean décadas y propician encuentros, como el que se ha producido entre su nieto y yo, no puede hablarse de azar, sino de una misteriosa providencia que intenta preservar los aspectos más nobles de la existencia, como la amistad, la literatura y la esperanza.
Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

jueves, 12 de octubre de 2017

Una reseña de Contemos cómo pasó

El profesor José Antonio Pérez Bowie, catedrático de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar una reseña de Contemos cómo pasó en la prestigiosa revista Anales de Literatura Española Contemporánea, que se edita en EE.UU. Os paso a continuación el texto de la reseña junto con una foto de Adriano Celentano, uno de los muchos referentes culturales abordados en el citado libro:



El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá lleva varios años entregado a una peculiar revisión de la historia española reciente, tarea en la que se conjugan en una combinación divertida y fructífera la recurrencia a los testimonios de la cultura popular (prensa, cine, televisión, teatro, canciones) y las aportaciones de su propia memoria y de su capacidad de observación. Fruto de esa revisión han sido libros como La memoria del humor (2005), La sonrisa del inútil. Imágenes de un pasado cercano (2008), Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2012), Quinquis, maderos y picoletos. Memoria y ficción (2014), Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (2015). Esta vez el relato ofrece una enriquecedora variante pues su autor ha optado por implicarse personalmente en el mismo, presentando sus reflexiones sobre la realidad que aborda desde la óptica de sus propias vivencias del niño o del adolescente que fue. Significativamente, las fechas que enmarcan el periodo elegido son las del año de su nacimiento (1958) y las del año en que comienza sus estudios universitarios (1975), que coincide con la muerte del dictador y con el inicio del proceso de transformación que iba a experimentar España. No obstante, la elección de estas fechas no implica el establecimiento de un marco cronológico estricto pues la escritura deliciosamente errática de su autor, que discurre siguiendo el fluir caprichoso de la memoria, determina que ambos márgenes se vean a menudo superados. Por otra parte, Juan Antonio Ríos, pese a esa novedosa apelación a su biografía personal, dista mucho de la arrogarse una función protagonística y de erigirse en centro de la historia que narra; al contrario de lo que suele ser usual en las tan en boga “escrituras del yo”, su ubicación está en los márgenes de ese relato, con la actitud de un modesto cronista que recuerda y comenta con ironía, no incompatible con alguna dosis de nostalgia, la vida que pululaba en derredor. Y en línea con lo que es habitual en sus libros precedentes no es la Historia con mayúsculas el objeto de su atención, sino los flecos de la misma que suelen ser despreciados o desatendidos por los cronistas que han dibujado el tapiz donde se recogen los acontecimientos claves de un periodo: vivencias cotidianas, anécdotas sin trascendencia, personajes oscuros o insignificantes, muchas veces anónimos, que son revividos por la memoria del autor para iluminar rincones que habían quedado fuera del foco de los relatos oficiales y añadir a estos la dosis de calor y humanidad de la que carecen. Y también, en ocasiones, son objeto de su atención algunos personajes pertenecientes al universo de la ficción cuyas historias contribuyeron a alimentar las existencias grises de la gente de a pie, especialmente en unos años como los acotados, cuando la ficción, como señala el autor, “era disfrutada y compartida simultáneamente por una mayoría hasta el punto de convertirse en seña de identidad colectiva” (p. 146). Otra de las aportaciones de Juan Antonio Ríos en sus evocaciones del pasado, y especialmente en este libro, es la plena libertad con que las emprende, alejado de cualquier pretensión de rigor e ignorando deliberadamente la línea que separa lo vivido de lo imaginado, pues se manifiesta consciente de que “la realidad, puesta a ser recordada, debe contar con las ayudas de la ficción para extraer la correspondiente enseñanza o, en su defecto, para resultar placentera, que no es poco” (p. 165). Esa renuncia al rigor privativo de los autores que se invisten de la función de cronistas se debe a la errancia antes mencionada de la escritura de Juan Antonio Ríos, atenta tan solo al fluir inconsciente de la memoria a la que afloran “recuerdos aislados, fragmentarios y un tanto caóticos cuyo hilo conductor resulta tan misterioso como el cambalache de la vida”; especialmente en una edad en que uno tiende a aferrarse a los momentos de plenitud ya vividos, pues tales momentos comienzan a escasear cuando el presente tiende a menguarlos “con la colaboración de achaques, resignaciones y frustraciones carentes de segunda convocatoria” (p. 11). Y con relación a la aparente incoherencia que le lleva a su escritura a fusionar de los territorios de la ficción y de la realidad la justificará por las propias peculiaridades de la memoria individual, la cual, aunque es “un acto que no renuncia al rigor del conocimiento (…), también es creativo por la selección y la ordenación de referentes a la búsqueda de un desenlace”. Y esa misma creatividad la dota de una dimensión ficcional en virtud de la cual “no precisa de argumentos para su justificación ante el hipotético interlocutor o lector” (p. 13). Por otra parte, la sonrisa constituye un elemento permanentemente presente, a modo de contrapunto en esta indagación que el autor califica de “heterogénea y libérrima” y, a la vez, de “cómplice” porque “respeta los límites del pudor a la antigua usanza, mantiene el compromiso de veracidad en lo esencial y solo se ocupa de experiencias más o menos comunes, de aquello que con diferentes matices pudo vivir cualquier muchacho de la época” (p. 19). Ese ejercicio de memoria, mediante el que el autor se embarca en un viaje por el tiempo de su infancia y adolescencia, se articula en doce capítulos al frente de cada uno de los cuales figura el nombre del personaje que ha servido como desencadenante del proceso evocador. Personajes, en unos casos, cuya existencia transcurrió en el anonimato o sólo tuvieron reconocimiento en el reducido ámbito de la capital de provincias escenario de sus historias; en otros, se trata de figuras que pudieron alcanzar una cierta relevancia mediática pero cuya popularidad se eclipsó con rapidez. Desfilan, así, por estas páginas John Moore, un vagabundo popular en el Alicante de preguerra, superviviente de la explosión en 1913 de un barco en el que trabajaba como cocinero y cuyos restos mortales, según cierta leyenda urbana, pudieron ser confundidos con los de José Antonio Primo de Rivera y trasladados solemnemente al monasterio de El Escorial. El capítulo segundo gira en torno a la figura del letrista Jacobo Morcillo, autor de, entre otras canciones populares, Tengo una vaca lechera, mientras que el tercero se centra en Federico García Sanchiz conferenciante muy popular durante la inmediata posguerra, dueño de verbo “tan florido como frondoso” y especialista en el género de la “charla”. Los capítulos cuarto y quinto tienen como protagonistas respectivos al niño ajedrecista Arturito Pomar y a Rafael Cantalejo, alcalde de un pueblo andaluz que se hizo famoso como concursante en el programa de TVE Un millón para el mejor. Un actor portugués Virgilio Texeira, secundario permanente en varias películas heroicas de los años 40 y 50 sirve de punto de partida a las reflexiones que se desarrollan en el capítulo sexto, mientras que el cabo Rusty, compañero inseparable del perro Rin-Tin- Tin en la serie televisiva del mismo nombre, sirve como pretexto para la emocionada evocación del western que se desarrolla en el capítulo séptimo. Dos deportistas que gozaron de cierta popularidad mediática en aquellos años, el boxeador Pepe Legrá y el baloncestista Nino Buscató son los ejes en torno a los que se articula el relato en los capítulos octavo y noveno, mientras que los tres últimos parten de la evocación respectiva de las figuras del cantante francés Charles Trenet, la actriz Margarita García Sansegundo (quien bajo el nombre de Ágata Lys se convirtió en todo un símbolo erótico del cine español) y el twister “Chubby“ Checker. El grado del protagonismo de tales personajes varía considerablemente de un capítulo a otro y sus respectivas historias pueden ocupar desde varias páginas a unas pocas líneas. En todo caso, su función es la de mero catalizador que cumple el cometido de poner en marcha el proceso de evocación que la memoria del narrador lleva a cabo y en el que los elementos de la todavía incipiente cultura de masas constituyen un ingrediente primordial. Las referencias a tales elementos (películas, canciones, concursos y series de televisión, cómics, etc.) llenan las páginas de este volumen que van dando cuenta de la infancia y adolescencia del autor, quien, como he apuntado antes, renuncia cualquier veleidad de protagonismo para adoptar la posición del observador impenitente y reflexivo del mundo que se movía a su alrededor. Las referencias a los propios avatares biográficos (vida familiar, experiencias escolares, juegos y diversiones, amistades, el despertar de la adolescencia, los inicios de la concienciación política, etc.) están, obviamente, presentes pero casi siempre fuera de foco, como baliza imprescindible para el anclaje de esa realidad compleja y efervescente, ya ida, que ha intentado revivir en las páginas de este libro. Un libro que continúa la empresa de rescatar la memoria de la cotidianeidad de nuestro pasado reciente que viene llevando a cabo en otros títulos anteriores, aunque ahora con una mayor implicación personal. Empresa sin duda arriesgada de la que Juan Antonio Ríos ha salido exitoso a mediante lo que el denomina “una escritura sin orden ni concierto” pero “con propósito implícito de diálogo para jugar con la memoria, las consultas y la ficción” (p. 244). En la dosificación de esos tres ingredientes está, sin duda la clave de su éxito: la recurrencia a la imaginación para suplir los huecos de la memoria y dotar de vida a los recuerdos petrificados o borrosos; y una ardua tarea de investigación en todo tipo de archivos que ha proporcionado el rigor y la objetividad necesarios a un trabajo de estas características evitando la caída en la banalidad y en lo anecdótico. A ello hay que añadir el humor que preside todas estas páginas (combinado con la suficiente dosis de ironía mediante la que el autor logra mantenerse en una prudente e imprescindible distancia) y que determina que la sonrisa no desaparezca en ningún momento de la boca del lector desde que se sumerge en ellas. En definitiva, un libro altamente recomendable, editado con esmero por la prensas de la Universidad de Alicante y acompañado de un imprescindible, aunque quizá demasiado escueto, apéndice de documentos fotográficos.
 José Antonio Pérez Bowie
 Universidad de Salamanca