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domingo, 22 de febrero de 2026

Dos excelentes libros sobre la Guerra Civil


 

El periodista y escritor Florentino Hernández Girbal no fue condenado a muerte. La conclusión es obvia tras haber consultado el sumario 3613 del AGHD, pero contrasta con lo afirmado por Andrés Sorel (1937-2019) en su biografía Florentino Hernández Girbal. Un cineasta y escritor machadiano (Madrid, Vitrubio, 2013, p. 64), donde habla de una condena a muerte posteriormente conmutada por otra de treinta años.

A diferencia de algunos procesados que dejaron inexactitudes en sus recuerdos o memorias, Florentino Hernández Girbal nunca fantaseó acerca de una condena a muerte para enfatizar su dramática experiencia. Por lo tanto, no cabe pensar en una fuente testimonial sin contrastar, sino en una falsedad escrita en una biografía que no siempre se basa en la consulta de los documentos oportunos. De hecho, el sumario 3613 solo es citado a través de referencias indirectas. Una lástima, pues en 2013 ya era posible su consulta.

La crítica a un autor fallecido, además de inútil a efectos de rectificación, suele ser un ejercicio de mala educación. Sin embargo, el dato arriba indicado ejemplifica el abismo que separa los trabajos de quienes, como Andrés Sorel, mezclaron escritura con militancia de los escritos por otros autores del ámbito académico y de unas generaciones distintas, que por fortuna ya no comparten esos sesgos cuando preparan sus trabajos acerca de la Guerra Civil. La distancia temporal y la profesionalidad facilitan el rigor.




Estas semanas he tenido la oportunidad de leer dos magníficos libros escritos por David Alegre Lorenz (Verdugos del 36, Barcelona, Crítica, 2025) y Gutmaro Gómez Bravo (Cómo terminó la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2026). Ambos ejemplifican la calidad de la historiografía en nuestras universidades públicas y me han ayudado a matizar con nuevos argumentos algunas de las conclusiones presentes en mis trabajos.

David Alegre Lorenz parte de un análisis exhaustivo de lo sucedido en Zaragoza para probar, con un despliegue de documentación, la extensión social del protagonismo en el golpe de Estado, la guerra y la represión. A diferencia del relato imperante hasta hace poco, ese protagonismo no se circunscribe a unos escasos nombres y necesita de la colaboración de unos colectivos progresivamente radicalizados. La idea responde a una obviedad, pero solo con aportaciones tan brillantes la podemos ejemplificar a la espera de ver sus correlatos en otros ámbitos de la época.





Gutmaro Gómez Bravo

Gutmaro Gómez Bravo nos recuerda la necesidad de considerar la historia como una obra en construcción. Gracias a una documentación inédita, matiza en aspectos fundamentales el relato acerca de cómo se produjo el final de la guerra. Sus conclusiones no suponen un vuelco total en este sentido, pero permiten analizar los movimientos de los servicios de inteligencia llevados a cabo para ganar la guerra y asegurar la Victoria, que tanta represión acarreó.

El libro de David Alegre Lorenz me recuerda que una historia sin nombres, incluidos los de quienes protagonizaron la represión, es un imposible porque nombrar es identificar para conocer. El objetivo forma parte del trabajo histórico y, más allá de la prudencia cuando afecta a cuestiones estrictamente personales, esos nombres resultan necesarios, aunque incomode saber de algunos apellidos entre los de quienes fueron verdugos en las diferentes acepciones admitidas por la RAE.




La monografía de Gutmaro Gómez Bravo, magníficamente escrita, permite entender hasta qué punto la represión de la Victoria fue una actuación premeditada y preparada durante la última fase de la guerra. En este sentido, produce estupor comprobar que los negociadores del bando franquista, junto con sus servicios de información y propaganda, engañaron a quienes creyeron en el perdón de quienes no tuvieran «las manos manchadas de sangre».

La famosa frase caló entre los derrotados, pero nunca tuvo un correlato en documentos con valor legislativo. En colaboración con la jerarquía eclesiástica, los vencedores la utilizaron a modo de propaganda pronto desmentida por la realidad de la represión y de quienes, con distinto grado de ingenuidad, confiaron en la palabra de los artífices de la Victoria.

Un engaño a menudo precisa de alguien con ganas de ser engañado para disponer de una coartada que justifique su comportamiento en aras de alcanzar un objetivo. Tengo la impresión de que Julián Besteiro fue engañado, pero el coronel Casado se dejó engañar. La contrapuesta suerte corrida por ambos resulta coherente con esta impresión ratificada tras la lectura del libro de Gutmaro Gómez Bravo.

En definitiva, frente a trabajos de encargo donde el autor, sin pruebas, habla de una condena a muerte, encontramos el rigor de los profesionales de la Historia. Gracias a las redes sociales y la generalizada imposibilidad de distinguir las voces de los ecos, como nos recordara Antonio Machado, vivimos unos momentos en que cualquiera sienta cátedra en materia de Historia y, además, habla de la «verdad histórica», que suele ser la suya. Frente a estos ecos convertidos en ruido, conviene acudir al magisterio de unos profesionales de la Historia porque también desconfiamos de quienes recetan aspirinas para curar tumores.

Gracias, pues, Gutmaro y David por vuestra amistad, colaboración y trabajo, que me han permitido aprender contando con referentes de verdadera calidad historiográfica.

 

 

lunes, 23 de junio de 2025

Archiveros e investigadores en torno a la memoria familiar


El pasado 12 de junio y en la Universidad de Sevilla tuvo lugar un encuentro organizado por la Asociación de Archiveros de Andalucía, con el patrocinio de la Consejería de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía , en torno a los archivos y la investigación de la memoria familiar. Los participantes fueron mi colega Gutmaro Gómez Bravo y la archivera Henar Alonso Rodríguez con Isabel Medrano Corrales, vicepresidenta de la entidad organizadora, como moderadora.
El acceso a los archivos públicos, la investigación histórica en los mismos, la transparencia y la protección de datos son temas directamente relacionados con mi trabajo. De ahí el interés de enlazar la grabación del acto para quienes, como seguidores de este blog, también estén interesados en los puntos abordados por los participantes:



 

domingo, 11 de agosto de 2024

Nuestras «zona de interés»


 

Fotograma de La zona de interés (2023)

Desde hace más de treinta años padezco un acúfeno. Al margen de la publicidad, el problema carece de tratamiento. La cura es acostumbrarse al constante zumbido. El cerebro lo consigue al cabo de un tiempo prolongado, aunque a veces un estruendo activa el problema y me lo recuerda. Solo cabe tener paciencia, educada en la experiencia, y esperar que el acúfeno vuelva a formar parte de la rutina.

Algunos dirigentes nazis tendrían acúfenos. Lo lamento por ellos, pero lo indudable es que protagonizaron la más brutal y masiva violencia durante el Holocausto. También se acostumbrarían a ella con el paso del tiempo. Sus cerebros la integrarían en la normalidad de lo cotidiano, por razones más complejas que la preservación de la salud, y así pudieron seguir adelante, sin el tormento de una conciencia que activara algún resto de humanidad.

La normalización de la violencia me preocupa. La ficción nos engaña al respecto, pero ayuda a detectarla en otras ocasiones. En mis clases, recuerdo que los monstruos más terribles son los situados fuera de campo. Desde pequeño, me inquieta la escena de la cortina que se mueve, la ventana abierta de forma imprevista, la puerta a cuyas bisagras les falta aceite... Luego, el monstruo, enfurruñado, defrauda, salvo que sea una imagen familiar hasta entonces ajena a esa condición porque desconocíamos su verdadera personalidad.

Sin necesidad de haber leído a Hannah Arendt, sabemos que los monstruos más temibles habitan entre nosotros con una apariencia de normalidad. Lo comprobamos cuando alguno llega al poder gracias a la complicidad de amplias capas sociales. A partir de ese momento, propiciado por intereses nunca confesados, carecen de límites e imponen su criterio con distintas coartadas, desde el patriotismo hasta la pureza racial.

La realidad de los campos de concentración solo la conocía a través del cine y algunos estudios parciales, como el que dediqué al fotógrafo de Mauthausen, Francesc Boix, en La mirada del documental (2014). Un escaso bagaje bibliográfico, que me llevaba a la ilusión de que lo extremo de esa violencia estuviera subrayado por los mecanismos de la ficción. El error lo he comprobado gracias a un libro que me regalaron sus autores: Deportados y olvidados (2024), de Gutmaro Gómez Bravo y Diego Martínez López.

La espléndida monografía revela una realidad a menudo ocultada: el destino de miles de republicanos que murieron en aquellos campos de concentración ante la indiferencia, cuando no la complicidad, de las autoridades españolas, que ni siquiera los consideraban compatriotas por haber luchado en el bando vencido. La larga lista de víctimas que aparecen entre las páginas 399 y 574, con letra menuda, es la evidencia de una barbarie que nunca debe ser olvidada.

Ahora bien, lo más impactante de la investigación ha sido la frialdad burocrática de quienes concibieron el exterminio de diversos colectivos. El horror no es la escenografía tantas veces vista en el cine, sino su origen en unos documentos que hablan de una planificación de la barbarie gracias a tecnologías como las cámaras de gas. Y todo con un objetivo que revela su componente económico, concretado en la explotación de millones de reclusos cuyo destino era la muerte por agotamiento. Su recuerdo requiere una voluntad de admitir lo inconcebible.

La lectura ha coincidido con la conmoción provocada por The zone of interest (2023), de Jonathan Glatzer. La película cuenta con un alud de comentarios y críticas. Poco puedo añadir a lo dicho, pero la sensación alojada en mi memoria es la de haber visto, con su cruda normalidad, el concepto de la banalidad del mal que tanto me preocupa desde que tuve conciencia del mismo.

Nos vemos en Chicote (2015) fue el primer resultado de esa preocupación. El retrato de los victimarios, colegas de sus admirados nazis, era el de la normalidad de unos monstruos que acabaron sus vidas sin ser vistos como tales, aunque a sus espaldas tuvieran numerosas muertes y el sufrimiento de miles de presos. La jerarquía entre ellos es indudable. También el diferente grado de responsabilidad, pero todos compartieron un pacto de sangre con réditos laborales, económicos o de simple tranquilidad.

La posibilidad de ver lo sucedido en Auschwitz a través de la película de Jonathan Glatzer corre el peligro de caer en un error de percepción si lo consideramos como una realidad lejana, tanto en el tiempo como en el espacio. El planteamiento, en lo fundamental, se podría trasladar a los campos de concentración españoles o a las dantescas cárceles de la posguerra, donde tantos funcionarios como Rudolf Hoss planificaron la represión con una frialdad que derivó en el olvido o la normalización del ruido al que antes aludía.

El problema de estas historias capaces de hacernos dudar de la condición humana es verlas como algo lejano o ajeno, donde suponemos que nunca encontraremos unos apellidos familiares entre los victimarios. Nos equivocaremos si pensamos así. Los ejemplos se repiten en diferentes países y épocas, como una constante que recuerda la necesidad de la reflexión colectiva para evitarla o, al menos, paliarla mediante el conocimiento y la denuncia.

La proximidad de la cortina que se mueve es lo verdaderamente inquietante. Si aludo al fascismo en clase, no acudo a los tratados históricos, sino a la historia recreada por Ettore Scola en Una giornata particolare (1977). Toda Roma se moviliza para ver a Mussolini recibiendo a los nazis el 6 de mayo de 1938. El fascismo ha triunfado en un marco de unanimidad y Antonieta (Sophia Loren), admiradora del Duce, se queda sola en el edificio con Gabriele (Marcello Mastroianni), un vecino solitario.




El encuentro de ambos es inevitable. Sin apenas aludir a razones políticas, pronto descubrimos que comparten la condición de víctimas. Gabriele es un represaliado por su homosexualidad y Antonietta una mujer explotada por su propia familia. Ella espera un rasgo de cariño para sentirse viva. Lo encuentra en el respetuoso vecino y surge una relación condenada a la fugacidad, pero suficiente para despertar un mínimo de esperanza en un clima desolador culminado con la detención de Gabriele vista desde la ventana.

Antonietta vuelve a ser la esposa y madre de una familia fascista. La vemos entrar en el dormitorio conyugal, pero la imaginamos pendiente de la suerte de quien la trató con respeto. Incluso, cuando sonaba en la radio un himno fascista, Gabriele cambió de emisora para enseñarle unos pasos de baile. Los dará en solitario cuando vuelva a quedarse sola en la casa, como la muchacha polaca salía todas las noches para dejar escondida una comida necesaria para la supervivencia de quienes padecen en el vecino campo de concentración.



Ettore Scola y Jonathan Glatzer no edulcoran la realidad histórica, pero incluyen alguna escena capaz de reconciliarnos con la condición humana. La alternativa sería insoportable, como un acúfeno ajeno a nuestra capacidad de superar el mal.