El periodista y escritor
Florentino Hernández Girbal no fue condenado a muerte. La conclusión es obvia
tras haber consultado el sumario 3613 del AGHD, pero contrasta con lo afirmado
por Andrés Sorel (1937-2019) en su biografía Florentino Hernández Girbal. Un
cineasta y escritor machadiano (Madrid, Vitrubio, 2013, p. 64), donde habla
de una condena a muerte posteriormente conmutada por otra de treinta años.
A diferencia de algunos
procesados que dejaron inexactitudes en sus recuerdos o memorias, Florentino
Hernández Girbal nunca fantaseó acerca de una condena a muerte para enfatizar
su dramática experiencia. Por lo tanto, no cabe pensar en una fuente
testimonial sin contrastar, sino en una falsedad escrita en una biografía que
no siempre se basa en la consulta de los documentos oportunos. De hecho, el
sumario 3613 solo es citado a través de referencias indirectas. Una lástima,
pues en 2013 ya era posible su consulta.
La crítica a un autor
fallecido, además de inútil a efectos de rectificación, suele ser un ejercicio
de mala educación. Sin embargo, el dato arriba indicado ejemplifica el abismo
que separa los trabajos de quienes, como Andrés Sorel, mezclaron escritura con
militancia de los escritos por otros autores del ámbito académico y de unas
generaciones distintas, que por fortuna ya no comparten esos sesgos cuando
preparan sus trabajos acerca de la Guerra Civil. La distancia temporal y la
profesionalidad facilitan el rigor.
Estas semanas he tenido
la oportunidad de leer dos magníficos libros escritos por David Alegre Lorenz (Verdugos
del 36, Barcelona, Crítica, 2025) y Gutmaro Gómez Bravo (Cómo terminó la
guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2026). Ambos ejemplifican la
calidad de la historiografía en nuestras universidades públicas y me han
ayudado a matizar con nuevos argumentos algunas de las conclusiones presentes
en mis trabajos.
David Alegre Lorenz parte
de un análisis exhaustivo de lo sucedido en Zaragoza para probar, con un
despliegue de documentación, la extensión social del protagonismo en el golpe
de Estado, la guerra y la represión. A diferencia del relato imperante hasta hace
poco, ese protagonismo no se circunscribe a unos escasos nombres y necesita de
la colaboración de unos colectivos progresivamente radicalizados. La idea responde a una obviedad, pero solo
con aportaciones tan brillantes la podemos ejemplificar a la espera de ver sus
correlatos en otros ámbitos de la época.
Gutmaro Gómez Bravo nos recuerda la necesidad de considerar la historia como una obra en construcción.
Gracias a una documentación inédita, matiza en aspectos fundamentales el relato
acerca de cómo se produjo el final de la guerra. Sus conclusiones no suponen un
vuelco total en este sentido, pero permiten analizar los movimientos de los servicios de inteligencia llevados a cabo
para ganar la guerra y asegurar la Victoria, que tanta represión acarreó.
El libro de David Alegre
Lorenz me recuerda que una historia sin nombres, incluidos los de quienes
protagonizaron la represión, es un imposible porque nombrar es identificar para
conocer. El objetivo forma parte del trabajo histórico y, más allá de la
prudencia cuando afecta a cuestiones estrictamente personales, esos nombres
resultan necesarios, aunque incomode saber de algunos apellidos entre los de
quienes fueron verdugos en las diferentes acepciones admitidas por la RAE.
La monografía de Gutmaro
Gómez Bravo, magníficamente escrita, permite entender hasta qué punto la
represión de la Victoria fue una actuación premeditada y preparada durante la
última fase de la guerra. En este sentido, produce estupor comprobar que los
negociadores del bando franquista, junto con sus servicios de información y
propaganda, engañaron a quienes creyeron en el perdón de quienes no tuvieran
«las manos manchadas de sangre».
La famosa frase caló
entre los derrotados, pero nunca tuvo un correlato en documentos con valor legislativo. En
colaboración con la jerarquía eclesiástica, los vencedores la utilizaron a modo de propaganda
pronto desmentida por la realidad de la represión y de quienes, con distinto
grado de ingenuidad, confiaron en la palabra de los artífices de la Victoria.
Un engaño a menudo
precisa de alguien con ganas de ser engañado para disponer de una coartada que
justifique su comportamiento en aras de alcanzar un objetivo. Tengo la
impresión de que Julián Besteiro fue engañado, pero el coronel Casado se dejó
engañar. La contrapuesta suerte corrida por ambos resulta coherente con esta
impresión ratificada tras la lectura del libro de Gutmaro Gómez Bravo.
En definitiva, frente a
trabajos de encargo donde el autor, sin pruebas, habla de una condena a muerte,
encontramos el rigor de los profesionales de la Historia. Gracias a las redes
sociales y la generalizada imposibilidad de distinguir las voces de los ecos,
como nos recordara Antonio Machado, vivimos unos momentos en que cualquiera
sienta cátedra en materia de Historia y, además, habla de la «verdad
histórica», que suele ser la suya. Frente a estos ecos convertidos en ruido,
conviene acudir al magisterio de unos profesionales de la Historia porque también desconfiamos
de quienes recetan aspirinas para curar tumores.
Gracias, pues, Gutmaro y
David por vuestra amistad, colaboración y trabajo, que me han permitido
aprender contando con referentes de verdadera calidad historiográfica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario