La cronología del teatro
español durante el siglo XX incluye anomalías significativas porque
ejemplifican los obstáculos que debieron sortear los autores innovadores.
Valle-Inclán concluyó Luces de bohemia en 1924, pero nunca la vio
representada y el estreno se pospuso cincuenta años. Federico García Lorca
terminó La casa de Bernarda Alba en la primavera de 1936, apenas unas
semanas antes de ser fusilado. El texto se conservó milagrosamente, pero la
obra no se pudo ver en un escenario español hasta que Juan Antonio Bardem, casi
treinta años después, se empeñó en hacerlo superando todo tipo de problemas.
La presencia del teatro lorquiano en la cartelera, en realidad, no se normalizó
hasta la década de los ochenta. Y Miguel Mihura, cultivando un género completamente
distinto, tampoco tuvo suerte con la recepción de Tres sombreros de copa. Escrita
en 1932, cuando era un joven obligado a guardar reposo por un problema de
salud, el texto debió permanecer en un cajón hasta que veinte años después
otros jóvenes con similares inquietudes lo desempolvaron para estrenarlo.
Estas circunstancias, que
afectan a tres autores tan distintos como unánimemente reconocidos,
ejemplifican los obstáculos para la renovación teatral y la búsqueda de la
excelencia en los escenarios españoles del siglo XX. La censura y hasta la
violencia represiva estuvieron presentes, pero también la incapacidad de los
profesionales que podrían haber llevado a la escena estas obras y, por
supuesto, la inercia de un público a menudo refractario a cualquier novedad. El
balance es desolador, pero de obligado conocimiento para valorar la labor de
unos dramaturgos expuestos a todo tipo de problemas y que, como mal menor,
optaron por la libertad de la literatura dramática -la destinada al papel- ante
las dificultades de cultivar el verdadero teatro.
Mihura, el último
comediógrafo, del joven Adrián Perea, recrea con acierto una de esas
anomalías. La puesta en escena de Tres sombreros de copa actualmente
afronta el problema de un clásico empolvado por anteriores puestas en escena,
demasiado literales y ajenas al espíritu rompedor con que fue concebida la
obra. La opción de Adrián Perea, con la colaboración de Beatriz Jaén
en la dirección, es recrear precisamente la motivación de Miguel Mihura a la
hora de escribir un texto pronto rechazado por las compañías a causa de su
alejamiento del canon comercial.
Miguel Mihura tenía por
entonces la misma edad que ahora tiene Adrián Perea. Ambos jóvenes, tan
alejados en el tiempo, comparten un anhelo generacional: buscar un teatro
concebido como juego donde la frescura de la propuesta rompa con los
convencionalismos, el lugar común y el tópico. Ahí, en esa dialéctica, radica
la base de Tres sombreros de copa, donde también encontramos un ejemplo
de autoficción por recrear un episodio biográfico del propio autor.
Hacia 1929, Miguel Mihura
estuvo a punto de contraer matrimonio con una joven adinerada. Al igual que le
ocurriera a Dionisio, el encuentro con una compañía de variedades y, en
especial, con una joven bailarina de la misma, le llevó a la ruptura de la anterior
relación. Dionisio al final de la comedia se casa o, al menos, parece dispuesto
a hacerlo, pero ya no será nunca más el joven de las escenas iniciales. La
semilla de la libertad que representa el contacto con Paula ha quedado en su
interior y, probablemente, le llevará a la melancolía si no cae en el cinismo.
Miguel Mihura optó por el
cinismo, en este y otros temas, como salvaguarda cuando dejó atrás lo que
representaba Tres sombreros de copa. Así pudo iniciar una trayectoria
creativa tan genial como productiva desde el punto de vista comercial. Sin
embargo, veinte años después unos jóvenes con ansia de novedad y frescura le
recordaron el espíritu renovador de su propia juventud. La propuesta de
estrenar la comedia de 1932 le inquietó y se mostró escéptico en un principio.
Poco después, y sin un entusiasmo impropio de su actitud vital, cedió porque en
el fondo deseaba revivir la apuesta anticonvencional, aunque fuera como una
especie de tregua frente a la realidad del teatro que por entonces escribía con
acierto para el público más convencional. Incluso con huellas de su primera
obra, como observamos en Maribel y la extraña familia, donde la
convención queda derrotada sin la carga de profundidad observada en 1932.
La literalidad escénica
de Tres sombreros de copa está tan vinculada a la ruptura en el humor
que representó la generación del autor que ahora puede resultar ajena, distante
y hasta extraña para un público no avezado en ese tipo de humorismo, cultivado
por quienes también merecen figurar en la nómina generacional del 27. Sin
embargo, Adrián Perea y Beatriz Jaén optan por ilustrar escénicamente un
episodio fundamental para entender la historia teatral española del siglo XX y,
además, buscan la raíz del mismo. Miguel Mihura, en la cama y añorante de un
momento donde la libertad personal fue sinónimo de felicidad, escribe un texto
ajeno a cualquier imperativo del teatro comercial. La apuesta es arriesgada,
incluso inconsciente con respecto al supuesto absurdo como anticipo de otros
movimientos teatrales, pero también vital.
El cinismo puede ser real
sin dejar de suponer una máscara. Miguel Mihura nunca pretendió ser un tipo
ejemplar. Su biografía desmiente cualquier intento en este sentido, pero al
igual que su Dionisio en el fondo siempre añoraría el momento de libertad
interrumpido por una realidad donde la continuidad de ese espíritu representaba
una quimera.
El comediógrafo lo aceptó
con resignación, fue un posibilista genial en sus posteriores creaciones y
hasta con su actitud pública favoreció a los partidarios del lugar común y el tópico
convencional. Las contradicciones de su trayectoria son notorias, pero en el
fondo Miguel Mihura nunca dejó de simpatizar con un Dionisio que paga un precio del que todos
tenemos conciencia y hasta evidencia. Por eso necesitamos a Paula, aunque solo
sea como un soplo de aire fresco que termina echando al aire los tres sombreros
de copa porque la vida continúa y la melancolía, tan justificada, no debe
aniquilarnos.
Nota: La representación
de la comedia de Adrián Perea en el Teatro Principal de Alicante el 22 de
noviembre de 2025 fue el motivo de una clase práctica del curso de teatro
español del siglo XX que imparto en la Universidad de Alicante.
Para su realización por parte del alumnado, aporto a continuación los enlaces
de unos materiales de trabajo:
https://revistateatros.es/actualidad/estreno-absoluto-de-la-comedia-mihura-el-ultimo-comediografo/
https://www.informacion.es/opinion/2025/11/24/encanto-124045040.html
https://carlosbe.net/2025/05/31/critica-mihura-el-ultimo-comediografo/
Realizada la práctica, incluyo el texto de la alumna que ha obtenido la máxima calificación:
MIHURA, EL ÚLTIMO COMEDIÓGRAFO
Ainara
Sedeño Pérez
El
pasado 22 de noviembre de 2025 tuvimos el enorme placer de asistir al Teatro
Principal de Alicante para disfrutar de Mihura, el último comediógrafo,
animados por nuestro profesor Juan Antonio Ríos Carratalá con el fin de
realizar una clase práctica asistiendo al teatro.
En
Mihura, el último comediógrafo se traslada al escenario algunos de los
aspectos más significativos de la biografía de Miguel Mihura (1905-1977), pues
Adrián Perea, bajo la dirección de Beatriz Jaén, recupera el texto de Tres
sombreros de copa, comedia escrita en 1932 y olvidada durante dos décadas
antes de convertirse en uno de los textos fundamentales del teatro
contemporáneo en España. Este retraso en su reconocimiento no fue un caso
aislado, sino que era a lo que acostumbraban los dramaturgos de la época, ya
que fueron muchos los autores del momento que, con un enorme talento, vieron
cómo sus obras eran relegadas por un teatro fiel a los convencionalismos.
Es
precisamente esta tensión entre la libertad creadora y las limitaciones del
teatro comercial la que articula Mihura, el último comediógrafo. Adrián
Perea propone con ella una reflexión escénica sobre el origen de Tres
sombreros de copa y sobre algunos capítulos de la etapa de juventud de
Mihura, quien se ve impedido a frecuentar los círculos profesionales de sus
coetáneos a causa de su enfermedad. A pesar de ello, escribió una obra que
rompía por completo con el humor tradicional, buscando cierta renovación y
ruptura que desafió los tópicos y las normas a las que se arraigaba el teatro
de su tiempo.
La
vida de Miguel Mihura se refleja en Tres sombreros de copa, donde la
biografía del autor dialoga con los personajes que creó. Es por ello por lo que
la experiencia personal de Mihura se traslada de manera directa a la figura de
Dioniso, un muchacho atrapado entre la comodidad de un matrimonio convencional
con Margarita y la sacudida que supone la aparición de Paula en su vida, una
bailarina que encarna la libertad y espontaneidad a la que renunciaba en su
matrimonio. Asimismo, el excéntrico reparto de artistas que acompañan a Paula
representan ese mundo alternativo que Mihura conoció de primera mano y
simbolizan en conjunto la irrupción de lo inesperado en una existencia marcada
por el deber. Esta tensión entre el deber y el deseo que atravesó a Mihura se
traslada a Dioniso, quien se convierte en una imagen del joven Mihura y, como
él, muestra cómo su vida se transforma con el paso de Paula en ella.
En
este sentido, la propuesta de Perea se aleja de las puestas en escenas que han
representado Tres sombreros de copa de manera literal, pues opta por
recrear las circunstancias en las que el texto se gestó. Así, la anécdota que
inspiró la escritura de Tres sombreros de copa, el encuentro con una
bailarina que le llevó a romper su relación con una mujer adinerada, se
convierte en metáfora de la irrupción de la libertad en la vida de un Mihura,
quien se ve impedido entre el deber y el deseo, la convención y la
autenticidad. Esta ambigüedad o tensión es abordada por Perea y Jaén sin
recurrir a la «hagiografía» en el sentido de ser una biografía excesivamente
elogiosa, aunque incorporan cierto añadido hacia la conclusión de la obra, en
la que un Mihura envejecido se reencuentra con aquella bailarina que inspiró a
Paula, que proyecta una imagen ciertamente entrañable del autor que no
corresponde a la del Mihura histórico. Del mismo modo, su papel durante la
Guerra Civil se ve omitido y minimizado en la obra teatral. Esta ambigüedad
permite jugar con la autoficción tejiendo un relato donde vida, teatro y
memoria se superponen creando una totalidad homogénea que atrapa al espectador
durante la totalidad de la representación.
Mihura,
el último comediógrafo funciona como un doble homenaje, ya que, mientras que por un
lado devuelve a un autor que, sin pretenderlo, revolucionó el humor escénico y
anticipó los rasgos que más tarde determinarían el teatro del absurdo; por
otro, homenajea a aquellos jóvenes cómicos y profesionales ilusionados que,
veinte años más tarde, liberaron el texto de Tres sombreros de copa con
su espíritu libretista y rompedor que le otorgó Mihura y ellos, sin ningún tipo
de miedo, vieron en él todo un potencial que aseguraría el éxito en su estreno.
No obstante, estos jóvenes aficionados tuvieron que enfrentarse a un Mihura que
veía en la obra cierto escepticismo tras las críticas que recibió con su
escritura. Por ello, la obra capta de una manera entrañable ese momento de
duda, de inseguridad y de ilusión, donde las risas, la pasión y los sueños
incumplidos se combinan en un relato vitalista y melancólico.
Del
mismo modo, la obra plantea cierta consideración sobre la escritura como forma
de resistencia, ya sea frente al mercado, frente a la tradición, frente a las
expectativas sociales, frente a un teatro que premia lo convencional, e incluso
frente al paso del tiempo. Este hilo temático es lo que permite vincular la
trayectoria de Mihura con la de los autores contemporáneos, quienes, como
Perea, siguen cuestionándose por el lugar del teatro innovador en un contexto
donde el riesgo no siempre es bien recibido.
En Mihura, el último comediógrafo, desde una perspectiva biográfica y metateatral, no sólo se rescata a un autor injustamente relegado durante años, sino que la obra nos permitió comprender las tensiones creativas y vitales que dieron origen a Tres sombreros de copa, obra clave del teatro español, al entrelazar la vida de Mihura con su teatro bajo una mirada sensible y lúcida que explicita la valentía de desafiar lo establecido. Así, se nos regaló una experiencia enriquecedora donde la curiosidad se combinaba con la risa, la ternura y las pasiones que nos contagiaban todos y cada uno de los personajes, trasladándonos a la espontaneidad y los desequilibrios de la vida de Mihura. En definitiva, esta experiencia no solo enriqueció nuestro conocimiento académico, sino que también reforzó la importancia de acercarnos al teatro para entender plenamente la fuerza transformadora de sus historias, ya que Mihura, el último comediógrafo nos permitió observar cómo las voces del pasado conviven con las del presente y cómo en esa miscelánea el teatro continúa siendo refugio para la libertad y la creación.


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