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jueves, 8 de enero de 2026

Los «tontos» del cine cómico (1)


 Este poster de The kid (1921) estuvo en mi habitación durante años. Todavía me emociona.

A mediados de los años sesenta, los sábados por la mañana eran lectivos, pero a cambio los jueves por la tarde en nuestro colegio podíamos acudir a las sesiones cinematográficas programadas por la Organización Juvenil Española (OJE). El precio de la entrada era módico y mis padres permitieron que nunca me las perdiera.

Los pocos largometrajes que vimos eran reestrenos de los reestrenos. La sala debía pertenecer al circuito de la filmografía abocada al final de su trayectoria comercial y las cintas llegaban en unas condiciones lamentables. No obstante, la alternativa era quedarse en casa con algún tebeo ya leído o, en el caso de los elegidos por la fortuna, un televisor en blanco y negro, cuya única cadena cesaba su emisión a esa hora de los folletines radiofónicos.

Todavía recuerdo haber visto en aquella sala una película de Jerry Lewis, El profesor chiflado (1963), como algo excepcional por su novedad. La OJE debió tirar la casa por la ventana esa tarde. El comediante norteamericano desde entonces estuvo en la nómina de mis ídolos, pero lo habitual en aquellas sesiones era asistir a «los festivales» de Tom y Jerry, varios vetustos capítulos protagonizados por el gato y el ratón, o algunos cortometrajes de cine cómico de la etapa muda.

En mis clases, cuando comento las diferencias entre el teatro y el cine, recuerdo que el público del primero es capaz de condicionar la representación con su respuesta o actitud, mientras que el comportamiento del cinematográfico resulta indiferente durante la proyección de lo previamente grabado.

La obviedad cuenta con una excepción. Las respuestas enloquecidas que observé en aquella sala cuando se anunciaba la presencia de Tom y Jerry. Había niños que hasta se ponían de pie en las butacas de madera para manifestar, con alaridos, su entusiasmo por el gato y el ratón.

Tal era la implicación del público, que esos dibujos animados de acción continua, a menudo violenta, se convertían en otros todavía más animados de una acción ajena al respiro para continuar. Al menos, así los veíamos con la mirada ingenua de una infancia carente de referentes para comparar más allá de los dibujos en blanco y negro, que algunos compañeros podían ver en la televisión.

La proyección de cortometrajes del cine cómico de la etapa muda no solía incluir a figuras como Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd. Los motivos los ignoro, aunque cabe suponerlos gracias a la bibliografía consultada sobre la difusión de esa cinematografía en España. Los protagonistas de los vistos en el colegio solían ser de la segunda fila destacando Larry Semon, conocido entre nosotros como Jaimito, cuyos cortometrajes tuvieron una notable presencia en las salas de la posguerra.



Larry Semon, Jaimito

Jaimito nunca me hizo sonreír. Tampoco ahora, cuando recupero por motivos de estudio algunas de sus películas relegadas al olvido, Sin embargo, recuerdo el entusiasmo al ver las habladas con el doblaje de Stan Laurel y Oliver Hardy, cuyo peculiar español al llegar a casa compartía con mi padre porque había sido niño cuando se estrenaron en España. Y, sobre todo, me impactó la única película que pudimos ver de Charles Chaplin: Shouldier Arms (1918), un censurado mediometraje distribuido como ¡Armas al hombro!

La película de Charles Chaplin era diferente a todo lo visto hasta entonces en aquella sala donde Jaimito reinaba con sus gansadas. También con respecto al cine mudo que solían emitir en TVE cuando se producía algún desajuste horario en la programación. Lo utilizaban como relleno o solución de urgencia, pero lo disfrutaba porque reía con los maestros del slapstick que tanto me enseñaron acerca de las claves de lo cómico.

Desde aquellos años sesenta, nunca he dejado de admirar el alocado trabajo de los hombres de goma de Mack Sennett y los Keystone Cops, pero prefiero la filmografía de Buster Keaton y, sobre todo, la de Charles Chaplin, el genio que apenas pude conocer en el cine del colegio o en la televisión, donde había tantas tartas de merengue en el rostro o disparatadas persecuciones con los únicos policías capaces de propiciar una carcajada. El humor, que no la comicidad, es otra historia más compleja que he disfrutado desde la madurez e intento desentrañar en algunos de mis libros.

Ahora, cuando debo preparar una ponencia sobre la relación de la Generación del 27 con los caricatos del cine mudo, vuelvo a disfrutar con estos personajes de la infancia donde todo es una sorpresa a la espera de que, al cabo de los años, podamos descubrir su origen. Charles Chaplin supone un referente que me ha guiado durante décadas porque viendo sus películas compruebo que las emociones más elementales son universales. Sus colegas del cine mudo me hacen sonreír todavía porque nunca debemos dejar de ser niños. Lo agradezco, pero también gracias a muchos años de lecturas conozco las razones de la tristeza que a menudo se esconde en sus películas y, sobre todo, en el inevitable fundido en negro tras su finalización.

Mientras tanto, y de la mano de Rafael Alberti y Federico García Lorca, seguiremos hablando de estos «tontos» del cine cómico.

 


lunes, 2 de diciembre de 2024

La Nochebuena de 1976


 

La memoria no es recordar, sino dar sentido a lo recordado. Una pérdida familiar nos acerca a los álbumes de las viejas fotos, que deben permanecer cerrados para evitar la melancolía por un tiempo clausurado. Al contemplar sus páginas repletas de imágenes, los recuerdos se agolpan, pero no siempre hay una historia que permita encuadrarlos en el relato de la memoria. Esas fotos evocan momentos, normalmente de felicidad y encuentro con quienes han jalonado nuestra biografía. Solo en contadas ocasiones partimos de los mismos para trazar una historia entrelazada con otras ajenas. Si así sucede, habremos convertido el recuerdo fugaz en una memoria que busca permanecer.

El 23 de diciembre de 1976 fui detenido por un gris dispuesto a hacer méritos para justificar el trienio. Esa tarde tuvo lugar en Alicante una manifestación a favor de la amnistía de los presos políticos. Cuando llegué ya estaba disuelta a base de porrazos. Di la vuelta y, justo en ese momento, un gris salido de la cercana comisaría me cogió del brazo. No me invitó a acompañarle, pero le excusé semejante desconsideración.

A empujones, fui conducido a un calabozo junto con otros jóvenes procedentes de la manifestación. Allí, en silencio y asustados, permanecimos durante un buen rato hasta que me llamaron. En la puerta esperaba el único policía nacional que mis padres conocían. Avisado, Ricardo me cogió del hombro sin hacer comentarios y me invitó a cenar en un bar próximo.

Ese bocadillo me salvó de una paliza, que continuó en los calabozos aledaños cuando regresé al mío. Durante la noche seguí escuchando voces y golpes que, a la mañana siguiente, se concretaron en rostros desencajados. Sobre todo, de un joven de Ibi, que corrió con la peor parte.

Ricardo volvió a la comisaría y me condujo a una oficina donde vi cómo se montaba una operación para detener a unos delincuentes. Yo también lo era a los ojos del franquismo omnipresente más allá de la muerte de Franco, pero tenía la suerte de contar con un conocido en aquellas dependencias.

El artífice de tantos golpes era un policía infiltrado en la universidad. Todos sabíamos su identidad, que llevaba impresa en el rostro, y le hacíamos el vacío, pero en la comisaría era el amo. Sentado al otro lado de la mesa, con una máquina de escribir, lo tenía esa mañana de una supuesta declaración que no leí y dudo haber firmado. En cualquier caso, Ricardo le habría dado mi nombre y se lo tomó como un trámite burocrático.

Tras declarar en comisaría, un furgón nos condujo a los juzgados. Los detenidos, creo que éramos unos diez, estábamos en fila delante del juez, que ojeó unos papeles. Sin decirnos nada, llamó por teléfono. Supongo que sería al gobernador civil, que por entonces era Luis Fernández Fernández-Madrid. El juez recibiría la oportuna instrucción de la autoridad y se acercó a nosotros con el propósito de seleccionar a tres. Ese sorteo, justo ese, me llevó a la cárcel el día de Nochebuena de 1976.

La cárcel era la del fallecimiento de Miguel Hernández y, desde entonces, ni siquiera la habían pintado. Me encerraron en una celda y allí, solo, permanecí durante unas horas recordando al conde de Montecristo hasta que me llamaron. Un grupo de abogados había conseguido mi libertad provisional bajo una fianza solidaria que nadie me reclamó. Esa misma tarde salí y, en la puerta, me encontré con un grupo que me esperaba y soltó unas palomas en recuerdo de la dibujada por Alberti.

La foto que ilustra esta entrada fue tomada cuando en compañía de mi familia y Pepa pude celebrar estar libre, provisionalmente, para tomar una copa en una Nochebuena que nunca olvidaré.

Poco después, la amnistía para los presos políticos fue una realidad conquistada a base de recibir hostias por doquier y el TOP, donde me iban a juzgar por llegar tarde a una manifestación, desapareció para tranquilidad de los demócratas. Sin haber visto ni un solo papel de la instrucción, si es que la hubo, recibí una notificación de los juzgados. Me presenté, una señora me dijo que estaba amnistiado y, además, me dio dos besos propios de una madre.

Mi contacto con la represión franquista fue una anécdota de los dieciocho años. Hubo suerte, porque al mes siguiente se sucedieron los asesinatos en Madrid hasta el punto de que la Transición pudo descarrilar. Ahí, en esas manifestaciones trágicas, estaban jóvenes como yo y grises entusiasmados con la posibilidad de hacer méritos. Las consecuencias son de sobra conocidas, aunque tienden a ser olvidadas por quienes inventaron una Transición modélica.

La anécdota dejó huella. Del gris nunca más supe y supongo que se jubilaría con todos los trienios. Del policía infiltrado y maltratador, sí. Al cabo de los años, en una boda, me lo presentaron. Por primera y única vez en mi vida me negué a dar una mano. Del juez nunca he sabido porque jamás vi un documento relacionado con la detención y el procesamiento. Dada su edad, se jubilaría en la etapa constitucional con los honores de haber servido a la independencia judicial. Del gobernador civil, si fue su interlocutor, solo me consta que hizo carrera política como senador en Alianza Popular, origen del actual Partido Popular. Y Ricardo, el ángel de la guarda de aquella noche, siguió como policía deteniendo a delincuentes; los de verdad.

Hace unos diez años, en un entierro, me lo presentaron. Le reconocí, me identifiqué y le agradecí haberme evitado una paliza. Ricardo ni siquiera se acordaba, pero nos dimos un abrazo y, desde entonces, creo haber saldado una deuda.

Otras las voy saldando con mi trabajo de historiador. Aquella anécdota, sintetizada en la foto, me explicó cómo entendía el franquismo la independencia judicial, la seriedad de sus procedimientos mediante sorteos y, sobre todo, la brutalidad de quienes personificaban una dictadura donde ya era posible mantener otro comportamiento.

La responsabilidad nunca es del sistema, sino de quienes lo sustentan día a día. Aquella fecha navideña vi algunos ejemplos, tomé nota y casi cincuenta años después lo intento explicar en unos libros que, por desgracia, hablan de circunstancias mucho más trágicas que las de un episodio de juventud.