viernes, 20 de marzo de 2026
Anales de Literatura Española en Diamond Discovery Hub
martes, 17 de marzo de 2026
El fiscal Óscar Presa en la Universidad de Alicante
El pasado mes de
diciembre entré en contacto con Óscar Presa González, fiscal delegado en Alicante de
Derechos Humanos y Memoria Democrática. El objetivo era poner a disposición de
la fiscalía los libros ya publicados sobre los consejos de guerra de
periodistas y escritores durante el período 1939-1945. Así lo hice y, cuando la
ingente tarea emprendida por el fiscal lo permita, se verá la fórmula oportuna
para que los descendientes de las víctimas procesadas en esos consejos de
guerra pueden tener el reconocimiento como tales y la debida reparación.
Asimismo, y de acuerdo
con las autoridades académicas, propuse a Óscar Presa González la organización de un
acto público en colaboración con la Comisión Cívica de Alicante para la
Recuperación de la Memoria Histórica. El mismo tuvo lugar ayer en la sede de la
Universidad de Alicante y contó con la presencia de un numeroso público
interesado en conocer las acciones emprendidas por el fiscal a partir de su
nombramiento en 2024.
La Ley de Memoria
Democrática es objeto de controversias, pero pocos de quienes participan en las
mismas la conocen por haberla leído. La consecuencia es un debate sobre
opiniones, casi siempre apriorísticas por intereses políticos, y no acerca del
texto legal, cuyo articulado apenas responde a algunas valoraciones que
circulan por los medios de comunicación.
Frente a esa
desinformación y conscientes de que cualquier norma legal requiere de una
pedagogía para su correcta aplicación, la Universidad de Alicante acogió la
conferencia del fiscal para dar cuenta de las tareas realizadas, trazar
objetivos y responder a las dudas o peticiones de quienes asistieron al acto
por su directa vinculación con lo que representa la Memoria Democrática.
Más allá de la
información facilitada, que resultó clarificadora, la intervención de Óscar
Presa González subrayó su voluntad de trabajar para que la Fiscalía de Derechos Humanos y Memoria Democrática sea un servicio público dispuesto a
colaborar con la ciudadanía interesada por estos temas. Así lo expuso tanto en
su conferencia como en las declaraciones a los medios de comunicación con
motivo de la misma. Solo nos resta agradecerle la labor realizada con la
confianza en que esta relación de colaboración continuará en el futuro.
Pdta.:
El fiscal fue entrevistado por la Cadena Ser y el diario Información:
El acto fue retransmitido y grabado. Cuando la grabación esté disponible en la web de la Sede de la UA, facilitaremos el correspondiente enlace.
sábado, 14 de marzo de 2026
Cabaret Iberia, los golfos años 30
Mi abuela Dolores
(1900-1975) cantaba mientras hacía las tareas domésticas. Y no
se le daba mal. Incluso salía airosa de la competencia vecinal. De hecho, el
patio interior del edificio era una radio con las sintonías simultáneas de
varias cadenas. Una vecina le daba a la copla, otra a la zarzuela y las
jóvenes, las menos, entonaban el último hit, aunque reducido al
estribillo sin completar una historia como las repetidas mil veces por las
madres y abuelas.
Los hombres no cantaban.
Al menos no los oíamos por el patio interior, salvo alguna que otra bronca de
voces cazalleras capaz de provocar la solidaridad de las demás vecinas: «Pobre
doña…, con lo buena mujer que es…». Y sufrida, porque las penas no impedían que
la señora, sacada de un sainete de los Álvarez Quintero,
volviera a cantar para alegría de quienes así comprobaban que la sangre no
había llegado al río.
El repertorio de mi
abuela era zarzuelero y memorizado con una precisión comprensible tras
décadas repitiendo las mismas romanzas y hasta dúos, pues era capaz de ser Mari
Pepa y Felipe mientras fregaba. Si por imperativo del directo debía interrumpir
aquellas historias de amor puro y correspondido, apenas importaba. Al cabo de
unos minutos, retomaba la interpretación allá donde la había dejado porque la
abuela era respetuosa con «el respetable» de la vecindad.
Dolores también fue joven
y hasta la llamarían Lola con permiso de Pepe, que era de la CNT, aunque serio en materia de amoríos. A los diez años, estas obviedades de la edad pasan
desapercibidas, pero por las noches, cuando nos quedábamos juntos
viendo una pequeña televisión en su habitación, me contaba historias de una
época remota y hasta me cantaba alguna canción de cuando festeaba con el abuelo
Pepe.
Así descubrí que se podía
ir «al Uruguay, guay» con una marcha contagiosa, lucir un pichi con gracia
arrabalera y, si el humor de un buen día lo permitía, hasta me cantaba las
andanzas de una pulga tan caprichosa como huidiza. Me reía con ella y como
colofón me preguntaba quién era mejor, Emiliano o Buscató, porque los nombres
de «los negritos» de las canchas nunca los aprendió.
Aquellas y otras
canciones quedaron en la memoria de un cancionero que por primera vez vi en
libro gracias a la recopilación del añorado Manuel Vázquez Montalbán. El autor
de tantas novelas y artículos que leí con interés de aprendiz me enseñó el
valor de lo popular y, aunque ante los compañeros nunca lo confesara, a veces
recordaba mejor un cuplé que un rock.
Así pasaron los años con
la memoria de lo escuchado en boca de mi abuela, que revitalizaba de vez en
cuando gracias a la complicidad de quien lleva conmigo más de medio siglo.
Hasta que descubrimos You Tube y en la intimidad, al margen de cualquier imperativo
de la moda, rememoramos una infancia donde tanta gente cantaba o escuchaba la
radio a todo volumen.
La memoria personal es la
base de muchas de las búsquedas emprendidas en los libros que he publicado. El
tiempo de la desmesura (2010) me permitió reencontrar algunas de las
canciones populares de la juventud de mi abuela, interpretadas por cupletistas
que con el paso de los años pasaron a ser tanguistas porque los tiempos de la
II República eran más atrevidos. Y hasta golfos, con el consiguiente «vicio y fornicio» sin el ocultamiento de antaño.
Aquel conato de libertad
y desmesura lo relaté centrándome en las historias de algunas mujeres del mundo del
espectáculo que apenas dejaron huellas para los investigadores. La tarea fue
compleja porque solo contaba con la hemeroteca, las páginas donde mejor se percibe el palpitar del período republicano, pero mereció la pena. El empeño casi fue en solitario, incluso a contracorriente, y ahora ha encontrado la continuidad en un sugerente
ensayo de Alfonso Domingo titulado Cabaret Iberia. Los golfos años 30 (Madrid,
Libros del K.O, 2025).
Alfonso Domingo es un veterano de mi
quinta, supongo que compartimos muchos recuerdos e intereses porque hemos coincidido en los
temas de otros libros y, al leer sus páginas, completo el conocimiento de una
época donde había jóvenes como mis abuelos dispuestos a cantar y disfrutar, que
de eso se trata. También otros adinerados personajes más dados al cabaret y las tanguistas en las noches de vicio y fornicio.
Los años golfos acabaron
pronto porque la verdadera golfería se oficializó. La casta zarzuela volvió a imponerse y, como mucho, asomó alguna revista apta para señoras y el cuplé gracias a Sarita Montiel. Pero imagino que, cuando nadie la oía salvo su nieto, mi abuela se divertía con canciones que reconocía «picantes» y ahora, convertidas en entrañables, las califico como sicalípticas
porque de la memoria he pasado a la historia.
Por eso las cito en
varios de mis libros, así como a sus autores, algunos de los cuales pasaron por
el mal trago de los consejos de guerra. De aquellas mujeres que las cantaron
poco ha quedado porque la mayoría no compartió el estrellato al modo de Celia Gámez o Conchita Piquer. Solo conservo algunas sicalípticas fotos que rescaté en este mismo blog,
cuando justificó el título de Varietés y República, y la memoria de
quienes fueron jóvenes en unos años «golfos» donde hubo una apuesta colectiva por la modernidad.
Ser un golfo, en el buen
sentido del término, porque hasta Raphael lo era cuando en la carátula de los discos lucía melena sin necesidad de cardarla, supone un privilegio del
espíritu de quienes prefieren reír antes que odiar. Tal vez porque este último es un empeño
de avinagrados incapaces de envejecer en paz. Les recuerdo, a los golfos de otras épocas, rescato sus voces sin disimular sus contradicciones o errores y con esos golfos, claro está,
me voy «al Uruguay, guay», o a donde sea para alejarme de tanto odio cazallero, aunque la sangre no llegue al río de una cotidianidad donde ser malote está de moda.
miércoles, 11 de marzo de 2026
La concejala, la feminista y los ofendidos
El pasado 7 de marzo, con
motivo de la celebración del Día de la Mujer, el Ayuntamiento de Collado
Villalba (Madrid), programó la representación del monólogo Ser mujer a
cargo de la actriz Susana Pastor. Apenas transcurridos unos minutos, ante la
evidencia de haber utilizado el término «vagina» y otras crudezas similares sobre las experiencias de una señora de cuarenta años, la
misma concejala que organizó el acto lo interrumpió para evitar que se siguiera
ofendiendo al público.
La noticia roza lo
estrafalario, pero dista de ser anecdótica. De hecho, mi participación en el
último número de Don Galán, el dedicado a la censura teatral, versa
sobre el alud de noticias semejantes durante la primavera de 2023, cuando se
produjo un generalizado vuelco político en los ayuntamientos. El afán censorio
reverdeció con fuerza y los escándalos, por la poca experiencia de los
responsables políticos, se sucedieron.
Desde entonces, los munícipes
con voluntad censoria han comprendido que no deben explicitarla hasta el punto
de convertirla en una grabación viral, la que provocó al día siguiente la
dimisión de la concejala preocupada por las ofensas de quienes hablan de sexualidad en un escenario. El problema para el partido de la dimitida no sería la censura, sino
que la misma se había evidenciado de manera palmaria.
El oficio de censor
requiere discreción e inteligencia. Así sucedía durante el franquismo, pero en
democracia todavía parece más necesario evitar la contundencia de interrumpir
una representación. Basta con vetar una obra o a un intérprete por su
posicionamiento en algún tema conflictivo y, si el procedimiento no resultara
efectivo, conviene buscar coartadas burocráticas o económicas. La casuística es
amplia y cualquier teatrero no complaciente con el poder político aportaría
ejemplos que pasan desapercibidos, quedan impunes y carecen de consecuencias
electorales.
La concejala de Collado
Villalba lleva años en política y sería ducha en estos procedimientos, pero el
pasado 7 de marzo le pudo el pronto intolerante, se levantó de su butaca y se
autoerigió en censora para preservar la moralidad o vete a saber qué. Simplemente,
prevaleció su intolerancia y no midió las consecuencias de ser grabada con la consiguiente polémica.
Los censores durante el
franquismo eran personas que nunca aparecían como censores. Si esta paradoja se
daba en una dictadura despreocupada por mostrarse intolerante, en nuestra
democracia podemos suponer que el papel del censor nunca es asumido en público.
Al igual que algunos pecados, se comete, pero jamás se confiesa porque, además,
cuenta con coartadas y los consiguientes procedimientos al servicio de la
discreción.
Si no hubiera habido un
móvil grabando la escena, la concejala seguiría en activo.
Se acaloró, no midió y la pillaron. Algunos pensarán en un final feliz porque
ha dimitido y el ayuntamiento anuncia una reposición del monólogo, que ahora incluso
cuenta con una publicidad imposible para la compañía Xana Teatre, cuyo espectáculo parece poco prometedor a la vista de lo parcialmente conocido.
Sin embargo, lo sucedido en
Collado Villalba preocupa como síntoma de una intolerancia que no siempre
recurre a lo grotesco y a menudo alcanza sus objetivos de censura o
cancelación. El análisis político aparece en estas noticias, centradas en lo
llamativo e incapaces de aludir siquiera a otros casos menos espectaculares.
Poco puedo añadir en este sentido, pero tal y como hice ayer en una conferencia
sobre libertad de expresión pronunciada en un centro de la UNED, cabe partir
del síntoma para examinar la enfermedad de una intolerancia que puede
retrotraernos a los tiempos de los rosarios rezados a las puertas de los cines
donde se proyectaba Gilda (1946).
Algunos pensarán en una
exageración, pero hace unas semanas asistí a un espectáculo circense. Al
aparecer en la pista unas contorsionistas chinas con maillot de gimnastas para
realizar sus ejercicios, una señora de mediana edad las tildó de
«desvergonzadas» por exhibir «demasiada carne» habiendo niños entre el público.
Supongo que la ofendida nunca irá con sus nenes a una playa o a una competición
de atletismo. Lo siento por los chavales, que acabarán descubriendo la
existencia de la carne por otras fuentes, pero todavía lo siento más por una
sociedad donde las muestras de intolerancia son grotescas como casi siempre,
pero también han dejado de ser anecdóticas.
Pdta.: Lo sucedido en Collado Villalba viene de lejos y hasta parece recrudecerse. Para más información sobre los ofendidos y censores, véase:
sábado, 7 de marzo de 2026
Dos publicaciones para compartir y conversar
La brevedad, si es una
opción voluntaria acompañada de la claridad, supone un desafío capaz de alentar
una escritura quintaesenciada. La agradecemos. Sobre todo, tras
comprobar diariamente que el ruido apenas deja escuchar las voces de acuerdo
con las enseñanzas machadianas.
Estos días he tenido la
oportunidad de leer dos folletos de unos buenos amigos, José Ramón Giner y
Justo Serna. El primero ha publicado La vida interior. Cuadernos, 2006-2011 (Salamanca,
Kadmos, 2025) y el de mi colega valenciano responde al título de Qué es la
historia (Madrid, Silex, 2025).
Los objetivos de ambos folletos
son dispares. Quien fuera director del Servicio de Publicaciones de la UA
escribe un diario repleto de jugosas reflexiones al calor de algunas fechas de
los cinco años del título. Justo Serna sintetiza en apenas sesenta páginas décadas
de reflexión sobre su tarea como historiador.
José Ramón Giner fija en
breves párrafos experiencias dignas de un comentario o una reflexión siempre
capaces de transcenderlas. El catedrático aporta un conjunto de ideas medulares
para comprender la práctica histórica. Nada parece asemejarles. Sin embargo,
ambos coinciden en el acierto a la hora de buscar una escritura capaz de
dialogar con el lector.
Las anotaciones de La
vida interior requieren una lectura con las dosis adecuadas y
preferentemente poco antes de terminar la jornada. Así, hartos de perder el
tiempo con tanta banalidad de una sociedad hiperconectada e incapaz de
detenerse a observar, nos llevamos a la cama algo sustancial, aunque a veces
tenga una apariencia anecdótica. La calidad del estilo ayuda a conseguir este objetivo.
El folleto de Justo Serna
demuestra que lo fundamental de un saber compartido cabe en unas pocas páginas.
Bien leídas y espaciadas, sus argumentos invitan a la reflexión ulterior.
También al subrayado de algunas frases como un sucedáneo de la conversación,
que acabamos iniciando con el autor para mejorar nuestra comprensión de la
Historia.
Ambos folletos responden
a un espíritu ponderado, respetan el debido escepticismo de lo ensayístico y no
aspiran a tener la última palabra. Al contrario, suponen una invitación
constante a que completemos lo escrito con nuestras propias reflexiones, a que
dialoguemos en una conversación al margen de los habituales ruidos y, por lo
tanto, provechosa sin menoscabo del placer gratuito de charlar.
La observación al modo
azoriniano enriquecida por la reflexión de una «vida interior» y el deseo de
compartir lo más sustancial de una tarea profesional de años, sin necesidad de
acumular páginas de aparente erudición, son motivos de agradecimiento y de
lectura tan gozosa como provechosa. La he culminado con notas manuscritas a la
espera de que, en un folleto o vete a saber dónde, pueda seguir esa
conversación y aplicar lo aprendido gracias a dos amigos amantes de la palabra
pausada, ponderada y justa. También en la extensión de lo breve por voluntad
propia.
Pdta. La discreción de
José Ramón Giner impide que disponga de una foto suya para completar esta
entrada. Baste con el enlace a sus artículos publicados en El País:
jueves, 5 de marzo de 2026
Perder la guerra... en abierto y La colmena en pruebas
Hace cuatro años algunos
medios de comunicación publicaron que el 86% de los libros editados en España
no llegaban a los cincuenta ejemplares vendidos. El dato debe ser visto con
escepticismo porque las ventas no siempre están bajo un estricto
control estadístico. Sin embargo, lo obvio es que numerosas novedades acaban con
apenas unas decenas de ejemplares vendidos y, por supuesto, sin ningún
beneficio económico para los autores.
La circunstancia es
coherente con un mercado editorial donde hay una demanda débil y una oferta de
más de cinco mil novedades al año, muchas de las cuales ni siquiera llegan a
unas librerías incapaces de absorber semejante caudal. La situación
se agrava si nos circunscribimos al libro universitario, destinado a unos
colectivos de especialistas. Las tiradas son mínimas y, a menudo, los
investigadores deben pagar para editar sus trabajos.
Esta realidad pocas veces
expuesta al debate público ha provocado la progresión de editoriales que, sin
arriesgar como empresas privadas, se limitan a publicar lo pagado por los investigadores
universitarios. Y no siempre lo hacen bien. Ni siquiera suelen preocuparse por
su difusión porque el beneficio ya lo han obtenido desde el momento de la
publicación.
El tema es complejo,
merecería un debate ajeno a tantos intereses contrapuestos y alguna decisión
política o académica para que el dinero público destinado a la investigación no
acabe en manos de editoriales privadas cuya actuación resulta, en el mejor de
los casos, discutible.
Por fortuna, mis libros
suelen superar los cincuenta ejemplares vendidos, incluso bastantes más durante
los últimos años. Gracias a esa circunstancia, los editores recuperan la
inversión y a veces obtienen un modesto beneficio donde mi
participación se limita a disponer de algunos ejemplares para regalarlos a los
colegas que me ayudan y hacen lo mismo con sus propios libros. En definitiva,
tengo la suerte de no pagar para publicar y me duele no compartirla con muchos
compañeros de trabajo, sobre todo con los jóvenes que deben abrirse camino en
el ámbito académico.
El objetivo de un libro
universitario no pasa por la venta de ejemplares, sino por aportar un
conocimiento que pueda ser accesible a otros investigadores o interesados por
la temática abordada. En este sentido, el artículo 37 de la Ley 17/2022, de 5
de septiembre establece que las investigaciones realizadas con
fondos públicos deben aparecer con un acceso abierto. La obligación legal me
lleva a colaborar con el Repositorio de la Universidad de Alicante, donde
deposito los archivos de todas mis investigaciones.
Para preservar los
intereses de las editoriales, esos archivos permanecen durante un año en acceso
restringido y luego pasan a acceso abierto. Las armas contra las letras (2023)
está en acceso abierto desde junio de 2024 y ha registrado un total de 862
descargas; es decir, en menos de dos años las descargas de la edición han duplicado las ventas del volumen.
Ahora, un año después de
su publicación, Perder la guerra y la historia (2025) pasa a estar en
acceso abierto tras agotar prácticamente su tirada y a la espera de una posible
ampliación de la misma por parte de Renacimiento:
https://rua.ua.es/entities/publication/8efcf214-ed68-4331-a858-9adf1255628a
Al igual que ocurriera
con el primer volumen de los dedicados a los consejos de guerra de periodistas
y escritores, Perder la guerra y la historia aparecerá enlazado desde
los diferentes apartados de la web consejosdeguerra.es para facilitar su
consulta por parte de los historiadores.
Mientras tanto, el tercer
volumen, La colmena, ya ha iniciado su largo camino hasta su
publicación, que probablemente tenga lugar a finales del presente curso o a
comienzos del siguiente. Y el cuarto, Al final del trayecto, está en una
fase avanzada acumulando nuevos casos hasta sumar más de cien, noventa y cuatro
de los cuales ya se pueden consultar a través de la web consejosdeguerra.es
El objetivo es culminar la investigación en junio de 2028 y dejarla en acceso abierto para facilitar
nuevas investigaciones, como las que en fechas próximas me llevarán a estudiar
el proceso seguido contra Ricardo Fuente Alcocer, un dibujante y colaborador de
la prensa que tuvo una intensa relación
carcelaria con Miguel Hernández y es objeto de estudio de una destacada
investigadora francesa con la que estoy en contacto.
domingo, 1 de marzo de 2026
Anales de Literatura Española seguirá siendo de titularidad pública
En febrero de 2020 asumí
la dirección de Anales de Literatura Española, cuyo primer número data
de 1982 y por entonces había publicado un total de treinta y uno. La revista
figuraba entre las veteranas dedicadas al estudio de nuestra literatura y contaba
con una destacada nómina de colaboradores. El problema era que sus criterios de
edición permanecían al margen de las directrices actuales para que las revistas
universitarias sean indexadas y relevantes a efectos curriculares.
El consejo de redacción
decidió adaptarse a los tiempos, dar por finalizada la anterior etapa e
intentar que ALEUA no solo fuera indexada, sino que con el tiempo
ocupara el primer cuartil en la clasificación de las de su ámbito académico. El
trabajo fue arduo, requirió de la ayuda de un equipo y, desde hace unos dos
años, el objetivo está alcanzado.
El cambio ha sido tan
radical que, en 2020, debía escribir a potenciales autores para que mandaran
sus originales y ahora, ante la acumulación de los mismos, hemos suspendido
temporalmente la admisión de los nuevos. Por otra parte, en los números
monográficos hemos pasado de buscar grupos de investigación para que los
realizaran a tener una lista de espera donde aparecen ocho propuestas.
El actual sistema de
baremación de los méritos de investigación me parece mejorable y siempre he
sido escéptico ante clasificaciones basadas en los índices de impacto de los
artículos publicados. También albergo dudas sobre los criterios para ordenar la
valoración de las editoriales que publican nuestros libros.
El tema es complejo, pero
evidencia la penetración de lo privado, con sus intereses económicos, en el
ámbito de la investigación universitaria realizada con fondos públicos. A la
vista de los escándalos en estas materias que han tenido una repercusión
mediática, convendría establecer un debate e ir más allá de lo denunciado,
incluso por parte de las autoridades académicas y ministeriales.
El debate corresponderá a
otra generación de profesores, aquellos que en nuestra área casi han abandonado
la escritura de monografías y optan por los artículos a causa de su valoración,
excesiva en relación con los libros, en la concesión de los sexenios de
investigación y las plazas docentes sacadas a concurso público.
Los funcionarios buscamos
alternativas para la mejora de los criterios seguidos en nuestras actuaciones,
pero nos debemos al cumplimiento de los mismos mientras estén vigentes. Así lo
hecho durante estos seis años para que la revista fuera útil a los nuevos
investigadores. El rejuvenecimiento de la nómina de autores en los trece
números publicados durante mi dirección ha sido notable. Y me alegro por ellos,
pero también deseo que apuesten por investigaciones de largo alcance menos
vinculadas a los resultados inmediatos. Resulta difícil asumirlo antes de
alcanzar una cátedra, pero nunca debiera dejar de estar entre las expectativas
de un futuro con voluntad de hacerse realidad.
Mi trabajo como director
debía terminar con el número 44 recientemente publicado, pero una feliz
circunstancia relacionada con una baja maternal ha retrasado el relevo.
Llegaré, pues, al número 45 y a un total de catorce publicados en siete años,
gracias a un grupo de colaboradores dispuestos a trabajar con la alegría de
quienes realizan una tarea colectiva donde cada uno asume su responsabilidad.
Eso sí, garantizo que Anales
de Literatura Española seguirá siendo de titularidad pública y ajena a los objetivos
económicos de las publicaciones científicas de carácter privado. Hace unas
semanas recibimos una oferta de 135.000 dólares por vender la revista. Dado que
las universidades no suelen registrar su titularidad, la operación parecía viable y
comprobamos que la oferta venía de una empresa identificada.
La posibilidad de cobrar
135.000 dólares o una cantidad similar resulta tentadora, pero prefiero
terminar mi trayectoria como funcionario defendiendo que la prevalencia de la
investigación realizada en el ámbito público es la mayor garantía de que la
misma no se subordine a intereses de difícil justificación. Anales de
Literatura Española seguirá siendo pública, de acceso gratuito y abierta a
cualquier investigador, con independencia de que pueda pagar o no por publicar.
Os dejo el enlace a la web de la revista con el último número monográfico dedicado a la literatura del exilio republicano:












