viernes, 10 de abril de 2026

El alcalde de Zalamea, de Calderón (H.ª del teatro del Siglo de Oro, 14)


 

Algunas de las obras incluidas en el temario de la asignatura muestran un «aire de familia» que se podría extender a otros títulos del teatro del Siglo de Oro igualmente destacados. Tras estudiar la Fuenteovejuna de Lope de Vega, en El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, encontramos una acción dramática completamente distinta, pero una temática común en torno al amor, la justicia y el honor.

Según los principios constitutivos de la comedia aurisecular señalados por Alexander Parker (véanse los apuntes de la asignatura), el tema prevalece sobre la acción. De ahí los paralelismos o el «aire de familia» que encontraremos entre dos obras de autores diferentes a la hora de abordar el amor, la justicia y el honor con una finalidad ideológica o política similar: la defensa de la alianza entre la monarquía y el colectivo social representado por el labrador rico, limpio de sangre y activo fiscalmente, de acuerdo con los términos establecidos por el hispanista francés Noël Salomon entre otros.

Al margen del generalizado aire de familia del que ya hemos hablado en clase, en este caso se da una singular circunstancia: la obra de Calderón de la Barca, escrita hacia 1640-42 y publicada en 1651, apareció originalmente como El garrote más bien dado -una clara alusión al desenlace- y es una refundición de otra comedia de Lope de Vega, que ha quedado postergada más allá de los círculos académicos. Según José María Díez Borque, «la obra de Calderón supera con creces el modelo, hasta el punto de convertirse en un drama totalmente nuevo y original, con la maestría de toda la producción dramática calderoniana».

El paralelismo, no obstante, dista de ser exclusivamente un resultado de esta circunstancia, que en buena medida es consecuencia de la frecuente utilización de la historia nacional para escribir comedias durante el Siglo de Oro. Tanto Lope como Calderón recurrieron a las fuentes históricas para buscar motivos o argumentos que pudieran ser dramatizados de acuerdo con sus objetivos teatrales. Y, como ya hemos comentado en otras ocasiones, lo hicieron con una notable libertad a la hora de utilizar esas fuentes. Según José María Díez Borque, «el concepto de rigor histórico no tenía operatividad y lo que les interesaba, primariamente, era utilizar hechos históricos -más o menos conocidos- y personajes reales conocidos, como un elemento más de su quehacer dramático encaminado a obtener el aplauso popular».



Al igual que ocurriera con Fuenteovejuna, la obra de Calderón parte de unos hechos históricos: la campaña militar de Portugal emprendida por Felipe II en 1580, cuando el monarca pasó por Extremadura con sus huestes camino del país vecino. Los estudios históricos distan mucho de confirmar que el rey se personara en la localidad extremeña de Zalamea de la Serena. Tampoco Lope de Figueroa, un destacado militar presente como personaje en otras comedias, parece haber estado en esa localización disputando con su alcalde. Y Pedro Crespo, el protagonista, ya era un referente conocido por el público por su presencia en la tradición folklórica o creativa, donde suele aparecer como un villano astuto y malicioso. Así podríamos añadir otras inexactitudes con respecto a los hechos históricos, pero lo fundamental es que la historia para estos autores solo es un punto de partida, nunca de llegada, tal y como hemos explicado en clase en relación con diferentes obras.

Otro elemento histórico y comprobable mediante documentación o testimonios es la conflictividad derivada de la presencia de los militares en los pueblos donde debían ser acogidos durante sus campañas. El problema llegó a ser especialmente grave a finales del siglo XVI por diversos incidentes y provocó la aparición de órdenes reales para regular esa presencia, de manera que se evitaran delitos como el de la violación, cuya consumación resulta esencial para el desarrollo dramático de la obra de Calderón.

En definitiva, El alcalde de Zalamea no solo hace referencia a unos hechos y personajes históricos, fácilmente reconocibles por parte del público, sino que a partir de los mismos Calderón busca una apariencia de veracidad añadida a la verosimilitud teatral, que nunca debemos confundir con el rigor histórico, de acuerdo con la distinción que ya planteara Aristóteles en su Poética.

La llegada de los militares a la localidad extremeña de Zalamea permite la inclusión de escenas colectivas con elementos folklóricos y hasta de la picaresca porque el «ejército» -el término resulta anacrónico para 1580- se había convertido, en gran medida, en el refugio de gentes sin oficio, pícaros y buscavidas. La contraposición con respecto a los valores defendidos por Pedro Crespo es total y, al mismo tiempo, esas escenas iniciales permiten aligerar el tono dramático de la obra de acuerdo con la variedad, sin romper la coherencia, que caracterizó la producción de Lope y Calderón.

Esa ambientación inicial con distintos tratamientos según las puestas en escena, también es posible por la presencia de personajes secundarios como Chispa y Rebolledo. Ambos pronto se convierten en imprescindibles o instrumentales para que el capitán alcance su objetivo, que es similar al del comendador de Fuenteovejuna: la violenta posesión de una mujer equiparada a un animal cazado.

La consiguiente ruptura del principio del decoro por parte del altanero militar, como ocurriera en la obra lopesca, desencadena el conflicto dramático porque afecta al honor familiar de un labrador rico (Pedro Crespo) y está en la base del trágico desenlace, que es similar en ambas obras porque implica la ejecución de quien altera la armonía social y el posterior perdón real de quienes protagonizan ese acto violento.

A diferencia de la complejidad que caracteriza a Pedro Crespo a lo largo de la comedia, don Álvaro de Ataide es un personaje negativo desde el principio de la misma hasta su ejecución, como ocurriera con el comendador de Lope. Las sucesivas escenas en las que interviene confirman la impresión inicial. Ante la perspectiva de quedar alojado en el domicilio de Pedro Crespo, el villano más rico de Zalamea, aparece soberbio y muestra un desprecio clasista cuando le hablan de la hija del labrador, que nunca será una hermosa «dama», sino una vulgar «villana». Su actitud de superioridad, añadida a los objetivos lascivos que nunca oculta, le convierten en la antítesis de quienes le van a alojar cumpliendo, a su pesar, la obligación establecida por el rey. Los polos enfrentados quedan establecidos desde el principio.

Gracias a la ingeniosa estratagema urdida con la colaboración de Rebolledo, don Álvaro de Ataide llega a los aposentos de Isabel, demostrando Calderón una vez más la inutilidad de esconder a una mujer para que no entre en contacto con hombres capaces de mancillar su honor, como veremos -aunque con distintos propósitos- en La dama duende. La sorpresa ante la belleza de la joven, correlato de la virtud en el teatro tanto de Lope como de Calderón, provoca el inmediato deseo por parte del capitán y la consiguiente ofensa al honor de la familia de Pedro Crespo.

Juan, hijo del protagonista y hermano de la ofendida por la irrupción de don Álvaro de Ataide, reacciona violentamente en defensa de ese honor familiar y se enfrenta al capitán en un duelo a espadas. El joven es un Pedro Crespo inmaduro o irreflexivo por su edad, como ocurriera al principio de Fuente Ovejuna con el maestre de la Orden de Calatrava. Juan actúa en reiteradas ocasiones con un carácter impulsivo que contrasta con el de su padre, siempre pausado, prudente y calculador en sus respuestas porque está seguro de sí mismo. La madurez implica carácter en estas comedias.

Ambos labradores ricos se sienten ofendidos por lo ocurrido con Isabel, pero la llegada de don Lope de Figueroa, un legendario militar que ejemplifica los valores de este colectivo defendidos por Calderón, soluciona momentáneamente el conflicto al imponer su autoridad. El lascivo capitán debe partir de Zalamea junto con sus colaboradores, que desempeñan una función similar a la de los servidores del comendador en Fuenteovejuna, y será el propio Lope de Figueroa, anciano y enfermo, quien quede alojado en el domicilio del labrador rico.

A partir de este momento comienza un apasionante y célebre duelo entre iguales, Pedro Crespo y Lope de Figueroa, marcado por la admiración mutua y el respeto que terminan imponiéndose a la desconfianza inicial. Sus diálogos, de una concisión lapidaria poco frecuente por entonces, han propiciado grandes momentos en la historia de la interpretación de los clásicos del Siglo de Oro.

Calderón es probable que fuera consciente de esa futura circunstancia y crea dos personajes que se terminan de definir a través de una relación con una trayectoria cambiante: comienza con la desconfianza o el recelo entre ambos y termina en una sólida amistad, a pesar del enfrentamiento final motivado por la ejecución del capitán.

Este duelo interpretativo suele ser un motivo de atracción para un público conocedor del conflicto porque El alcalde de Zalamea es una obra de repertorio. En la puesta en escena dirigida en 2015 con brillantez por Helena Pimienta a partir de una excelente versión de Álvaro Tato, el duelo corre a cargo de Carmelo Calvo y Joaquín Notario, dos actores con una fuerte personalidad y capaces de llenar el escenario. Viendo la correspondiente grabación en el catálogo del CDT podemos disfrutar como espectadores, sobre todo cuando asistimos a unos diálogos incorporados a los momentos más recordados del teatro aurisecular.

La contraposición entre don Lope de Figueroa y don Álvaro de Ataide impide considerar la obra de Calderón como una crítica al estamento militar. El supuesto antimilitarismo sería un absurdo en un autor como Calderón, que participó con orgullo en la campaña de Cataluña. El general representa la autoridad y el modelo positivo del colectivo militar. Don Lope se impone en varias escenas, aunque debe ceder ante Pedro Crespo en el desenlace, mientras que el capitán termina ejecutado por sus excesos. No hay, pues, en El alcalde de Zalamea una crítica a los militares, sino solo a aquellos que rompen con el principio del decoro, al igual que ocurría con el comendador de Lope de Vega cuando abusa de su autoridad en vez de proteger a los habitantes de Fuente Ovejuna.

Tras la llegada de don Lope de Figueroa el conflicto del capitán con la familia del labrador rico parece solucionado, pero solo momentáneamente porque una vez trazado por el autor debe ser culminado de acuerdo con las normas implícitas de un teatro siempre atento a mantener la atención del público.

El capitán desafía de nuevo la autoridad de quien le ha mandado salir de Zalamea y regresa a la localidad para raptar a Isabel con la ayuda de sus fieles e impidiendo violentamente la respuesta del padre. La escena es tan dura como conmovedora, aparte de un punto de inflexión en el desarrollo dramático. El deshonor de la familia de Pedro Crespo queda así culminado y, a partir de ese momento, el padre ofendido intenta restaurarlo valiéndose de su nombramiento como alcalde y, por lo tanto, siendo una autoridad capaz de movilizar al resto de los villanos.

Al igual que ocurriera con la rebelión del héroe colectivo de Fuente Ovejuna caracterizado por Javier Huerta en una de las conferencias enlazadas, la decisión de actuar contra un militar debe resultar inevitable como mal menor y, además, convenientemente justificada para la posterior ratificación por parte del monarca en el desenlace.

Pedro Crespo, herido en lo más profundo de su honor, que mantiene con orgullo sin recurrir a la compra de ejecutorias o a un «honor postizo» como le recomienda su hijo en la primera jornada, se humilla ante el capitán. De rodillas y con humildad, el alcalde le pide que se case con Isabel para remediar la ofensa de la violación.

La actitud del protagonista podrá repugnar al público desde una perspectiva actual, pero debemos observarla en el marco de la cosmovisión de aquel teatro y, sobre todo, verla como un recurso que justifica el posterior comportamiento de Pedro Crespo: el alcalde castiga a quien le ha humillado y despreciado al rechazar la oferta de matrimonio con Isabel. La caracterización negativa del capitán queda así cerrada y su antagonista justificado para emprender una actuación ajena a la legalidad vigente.

El amor virtuoso regido por un principio de armonía, el único admitido en este teatro del Siglo de Oro según lo visto en reiteradas ocasiones a lo largo de la asignatura, ha quedado arrinconado por el comportamiento del capitán. El honor horizontal defendido por Pedro Crespo, como fruto de los hechos o el comportamiento del individuo y no heredado desde su nacimiento (honor vertical), ha resultado mancillado por el sujeto ajeno al principio del decoro y, llegada la tercera jornada, el desarrollo dramático trata de elucidar cómo debe actuar la justicia para castigar a quien conculca todas las normas, desafía a la autoridad tanto civil como militar y, además, ni siquiera acepta la posibilidad de reparar el daño causado en una mujer tan virtuosa como inocente.

El conflicto central de El alcalde de Zalamea tiene una dimensión histórica, jurídica e ideológica convenientemente puesta de relieve por la bibliografía crítica, pero al igual que ocurriera en Fuente Ovejuna como espectadores lo entendemos mejor, y hasta nos interesa más, gracias a la concreta dimensión personal protagonizada por Isabel, una mujer indefensa que debe ser protegida y vengada como ocurriera con la Laurencia de Lope de Vega. Ambas protagonistas también lo reclaman de forma vehemente en un nuevo ejemplo del conmovere que justifica el posterior movere, tanto de los protagonistas, los héroes colectivos encabezados por los alcaldes, como del propio público.

Pedro Crespo, orgulloso de su dignidad como ser humano y paradigma del honor horizontal otorgado como recompensa por su fidelidad monárquica (Domingo Indurain), decide hacer justicia sin que la misma parezca una venganza de carácter personal. Así detiene a su propio hijo para castigarle por su impulsivo carácter cuando pretende vengar a su hermana, y a don Álvaro de Ataide, que como militar permanecía ajeno a la jurisdicción de un civil.




El alcalde moviliza a los villanos gracias a su autoridad tan oportunamente otorgada y simbolizada con la vara de mando que le acompaña desde ese momento, detiene al altanero capitán que se cree a salvo ante un civil y, finalmente, le manda ejecutar, aun a sabiendas de que carece de competencias para hacerlo sin conocimiento de los militares o el rey. Su argumento o coartada supone un razonamiento de peligrosas derivadas en el ámbito jurídico: la autoridad civil acierta en lo más importante, la legislación vigente condenaba a muerte a los militares que hubieran cometido una violación, sin importarle lo menos, el requisito de que esa sentencia debía ser dictada por la jurisdicción militar, cuyo representante en esta ocasión es don Lope de Figueroa.

La tardía llegada del militar para hacerse cargo del capitán capturado por los villanos supone un nuevo motivo de enfrentamiento con el alcalde de Zalamea, que ya lo ha ejecutado -añadiendo la indignidad del garrote vil- y se muestra decidido a defender su sentencia con la firmeza de quien cree haber actuado correctamente. El conflicto solo puede ser solucionado por un rey que, una vez más, encarna la justicia poética, cierra la obra con su resolución y permite entender el sentido ideológico de la comedia.

Felipe II llega a Zalamea, conoce con espanto lo sucedido al capitán, al principio -como ocurriera en Fuente Ovejuna- pretende castigar al osado alcalde, pero acepta escuchar sus razones. Pedro Crespo, representante de los campesinos ricos que según explicara el hispanista Noël Salomon eran el mayor sustento fiscal de la monarquía, expone sus razones, subraya la inevitabilidad de la ejecución de don Álvaro de Ataide por la gravedad de su comportamiento y reclama haber actuado con justicia, aunque sin las debidas competencias.

El rey, a regañadientes ante los hechos consumados como sucediera en Fuente Ovejuna, acepta las razones de Pedro Crespo, asume como propia la sentencia dictada por el alcalde y resuelve el conflicto entre la jurisdicción militar y la civil. El desenlace de la justicia poética permite además la reconciliación, manteniendo las distancias, entre el alcalde y Lope de Figueroa. Este, siempre enfermo para reforzar su caracterización dramática, parte en compañía del rey y llevándose en sus filas a Juan, un hijo que desde el principio ha manifestado su deseo de aventuras como militar y lejos de la villa donde su padre sienta todo su orgullo y honor. Ambos contrapuestos a los ridiculizados gracias a don Mendo, el pobre hidalgo que también pretende la mano de Isabel.

Pedro Crespo ha justificado «el garrote más bien dado» y, dado su nombramiento como «alcalde perpetuo», hasta podemos considerar que es el triunfador de la obra porque ha impuesto su voluntad. Sin embargo, el protagonista de Calderón es un personaje complejo y contradictorio que se aleja de los tipos tan habituales en el teatro del Siglo de Oro.

El alcalde triunfa aparentemente porque ha mandado ejecutar a quien deshonró a su familia, pero fracasa en lo más íntimo, ya que al final de la obra se queda solo y sin esperanza de continuidad. Isabel, públicamente deshonrada y de acuerdo con la mentalidad imperante en aquel teatro, parte a un convento donde permanecerá encerrada el resto de su vida. Su hermano, el futuro del protagonista, se aleja de Zalamea sin que quepa imaginar su regreso.

El vencedor Pedro Crespo paga un precio muy alto por su orgullosa defensa de un honor que, fundamentalmente, solo es un motivo dramático; es decir, «un recurso que permite al autor conducir a unos personajes a ciertas situaciones límite, imponerles dilemas en apariencia insolubles y hacer posible un número de confrontaciones dramáticas» (Ruano de la Haza). El alcalde, sujeto a la extrema rigidez de ese honor de cuestionable presencia en la realidad histórica del siglo XVII, acaba derrotado más allá de las apariencias. También dramáticamente solo en un futuro convertido en una condena: le queda el orgullo y poco más.

Calderón da así a su protagonista una dimensión trágica y conmovedora que lo singulariza en el marco de aquella producción teatral, donde imperaban los tipos con sus comportamientos esquemáticos y previsibles. Pedro Crespo actúa lejos de esos parámetros y todavía nos conmueve cada vez que le vemos en escena.

A continuación, enlazo varios vídeos relacionados con la puesta en escena dirigida por Helena Pimienta, la seleccionada para las prácticas, y otro del Canal UNED dedicado a la obra de Calderón:





miércoles, 8 de abril de 2026

Bajo las togas, de Carlos Castresana


 El fiscal Carlos Castresana

Carlo Ginzburg, a partir del procesamiento de su amigo y periodista Adriano Sofri, escribió una obra imprescindible para quienes cultivamos la microhistoria de los casos judiciales: Il giudice e lo storico (1991), pronto traducida y editada en España (Barcelona, 1993) al igual que en otros países.

Al margen de la defensa de quien fuera dirigente del grupo Lotta Continua, y finalmente condenado en medio de un escándalo, el historiador italiano aporta una metodología capaz de orientarnos en una tarea que en lo básico no difiere demasiado de la realizada por los representantes del poder judicial.

Las diferencias también son notables, sobre todo en lo relacionado con el destino de nuestros trabajos, pero ambos colectivos examinamos pruebas, testimonios e indicios a la búsqueda de una narrativa, que en el caso de los historiadores nunca pretende ser «la verdad judicial». Ni siquiera la verdad como concepto definitivo y cerrado.

Así, al amparo de Carlo Ginzburg u otros teóricos de la historiografía, hemos abordado numerosos procesos judiciales con los más diversos objetivos, desde el esclarecimiento de casos concretos hasta el conocimiento de un sistema judicial, que en el caso de las dictaduras suele estar al servicio de la represión política.

Mis libros sobre los consejos de guerra celebrados entre 1939 y 1945 pretenden dar a conocer la suerte de los periodistas y escritores que, de una u otra manera, permanecieron vinculados con la II República. Otros colegas con diferentes objetivos me orientan en esta tarea y, en un clima de colaboración, los historiadores aportamos una visión contrastada de lo que supuso aquella jurisdicción militar del régimen franquista.

La labor cuenta con la ayuda de colegas académicos de diferentes áreas, especialmente de Derecho, pero rara vez ha encontrado eco en el colectivo de jueces y fiscales en activo. Hay excepciones y una la acaba de protagonizar Carlos Castresana, un fiscal con una larga y brillante trayectoria que ahora se ha adentrado en el campo de la historia, incluso en el de la narrativa por una indudable voluntad de estilo, sin abandonar el jurídico.




Bajo las togas. Errores judiciales y otras infamias (Barcelona, Tusquets, 2025) presenta un total de veinticinco casos judiciales de diferentes épocas y países. El denominador común de la mayoría es el error por múltiples motivos y en distintos grados de gravedad. El autor los contextualiza histórica y jurídicamente, los narra con brillantez, los documenta con la oportuna bibliografía y el conjunto, a la luz de lo presentado, recuerda la necesidad de respetar la justicia, pero justo lo necesario y sin concederle el don de lo infalible.

Al margen de interesarme como lector, nada puedo añadir a una obra centrada en casos que desconocía y ahora contextualizo porque, como ocurre con los crímenes según la añorada serie televisiva de Pedro Costa, los procesos judiciales alumbran sus respectivas épocas más allá de las salas de juicio. Benito Pérez Galdós o Edgar Neville, entre otros muchos creadores, ejemplificaron esta virtualidad.

Sin embargo, hay un último capítulo, «Los olvidados» (pp. 366-389), que da cuenta de un consejo de guerra celebrado tras la entrada de las tropas del general Franco en Bilbao y un proceso propio del tardofranquismo en el TOP. Ambos forman parte de «las otras infamias» y fueron protagonizados por personas tan anónimas como olvidadas.

Carlos Castresana los relata con un tácito espanto para explicar que el franquismo empezó y terminó haciendo uso de la represión, solo posible gracias a la colaboración del aparato judicial, tanto en la jurisdicción civil como militar.

El capítulo se suma a las numerosas aportaciones de los historiadores que han abordado la represión franquista. Nada hay especialmente novedoso, salvo la autoría, que corresponde a un fiscal en activo capaz de mostrar su sensibilidad ante una realidad histórica obviada por buena parte del poder judicial.

Carlos Castresana hace gala de un elogiable sentido autocrítico como jurista, reconoce errores no solo vinculados con el pasado y, sobre todo, aboga por una justicia dispuesta a aceptarlos para equipararse con otros países de nuestro entorno.

Frente al hermetismo y la soberbia de quienes no admiten la crítica, aunque esté fundamentada, su libro es un estimulante ejemplo de hasta qué punto la brillantez expositiva e investigadora resulta compatible con el reconocimiento de los errores de su propio colectivo profesional.

Algunos pensarán que ese reconocimiento es una muestra de debilidad. Otros creemos lo contrario. Un poder como el judicial se fortalece así. Errar es humano y, por supuesto, los jueces son humanos. A veces demasiado y no siempre en el mejor sentido.

Bajo las togas me ha interesado como lector dispuesto a conocer procesos judiciales de la más diversa índole, relatados por quien muestra dotes de narrador, y me devuelve la confianza en la justicia. Al menos, cuando su administración cae en manos competentes y dispuestas a escuchar, aunque sean críticas duras.

La consecuencia de esta lectura se concreta en una posible colaboración con quien me ha enseñado gracias a su ciencia jurídica y a quien puedo facilitar la información recopilada en mis libros dedicados a los consejos de guerra «y otras infamias». Al fin y al cabo, ambos contamos casos judiciales con la voluntad de que el reconocimiento del error o de algo peor posibilite una justicia más competente y, por supuesto, respetuosa con la memoria democrática.

A la espera de la presentación en Alicante del día 10 de abril, os paso la grabación de la realizada en el Instituto Cervantes:





martes, 7 de abril de 2026

999 entradas y un nuevo blog en la web rioscarratala.com


 El responsable del blog 

El 11 de septiembre de 2010 quedó inaugurado este blog, aunque sin solemnidad. Ese día le conté a mi hijo, por entonces un adolescente, que no podía incluir imágenes de las artistas de variedades en mi libro El tiempo de la desmesura por razones técnicas y económicas. Esa misma tarde se encerró en su habitación y al cabo de unas horas disponía de un blog para, al menos, divulgar esas imágenes por internet.

El gesto fue propio de quien apuntaba maneras y ahora es profesor en la Escuela Politécnica de la Universidad de Alicante tras haberse doctorado en Ingeniería Multimedia. Durante años, y mientras vivió en casa, le daba la paliza para que me colgara de vez en cuando alguna entrada, cuyo texto se lo dictaba y así salía a veces. El blog se convirtió en un diario donde dejar constancia de lo que iba publicando o investigando, así como de los actos donde participaba.

Hace unos tres años, mi hijo realizó una estancia de investigación en Canadá y, ante semejante orfandad en materias informáticas, aprendí a utilizar el blog. A lo largo de 2023 incorporé 239 entradas y revisé las anteriores para evitar el sonrojo. Varietés y República cobró por entonces nueva vida, se ha convertido en un instrumento de mi trabajo tanto docente como investigador y, sobre todo, me permite mantener el contacto con quienes están interesados en los temas que me ocupan.

Así hemos llegado a las 1000 entradas, pues la presente es la 999, con 276.182 visualizaciones, de las cuales más de la mitad se han dado en los últimos tres años. De hecho, cuando una entrada no llega a las cincuenta visualizaciones la considero un «suspenso», pero solo he obtenido esta nota en 88 ocasiones y, para compensar, otras han superado las mil visualizaciones.

El blog tiene una apariencia vetusta, pero me gusta así. Tal vez porque yo mismo sea vetusto y mis temas tampoco requieran un diseño actual. Así seguirá hasta mi jubilación, «Dios mediante», en junio de 2028, cuando culmine con el cuarto tomo la dedicación a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Por cierto, las primeras pruebas de imprenta del tercero ya están corregidas.

A partir de esa fecha, no me veo analizando sumarios «hasta el infinito y más allá». Tampoco recurriendo a la IA para simular una actividad apabullante en cualquier tema. El futuro, si lo hay, lo imagino en campos completamente distintos donde el humor tenga protagonismo.

Algunos jubilados, que ya no vigilan obras o cuidan de los nietos por estar pendientes de la batalla en las redes sociales, hacen gala de un carácter avinagrado donde el Apocalipsis forma parte de la cotidianidad. El vinagre tal vez les conserve despiertos, pero prefiero moverme por caminos bienhumorados donde el recuerdo de los tiempos del blanco y negro, los de la infancia o la juventud, estén presentes.

Ese objetivo presidirá a partir de ahora un nuevo blog, Memoria y ficción, que a partir de este fin de semana se podrá consultar desde mi web personal (rioscarratala.com). Por lo pronto, reescribiré aquellas entradas donde esa temática ya dio algún fruto. Una vez reeditadas con las oportunas correcciones y coincidiendo con el nuevo curso, el blog marcará el paso hacia una jubilación donde, si la salud me acompaña, sonreiré porque no hay nada más absurdo que envejecer avinagrado. No digamos ya si, además, nos ponemos una gorrita, nos coloreamos la cara y damos unos pases de baile.

Frente a semejante espectáculo de senilidad malhumorada, más vale recordar sin melancolía, sonreír en buena compañía y aprender, porque nunca es tarde, de los jóvenes con quienes ahora incluso comparto proyectos de investigación para que la IA se ponga al servicio de la única inteligencia que merece la pena, la natural.


sábado, 4 de abril de 2026

Guerra total, de Manuel Chaves Nogales


 Manuel Chaves Nogales

Los hallazgos literarios todavía son posibles si nos ocupamos de una época como la II República, cuando tantos textos quedaron sepultados en folletos de escasa circulación o en publicaciones periódicas con colecciones a menudo perdidas o diezmadas. Si a estas circunstancias añadimos la muerte, el exilio o el procesamiento de numerosos autores, incluso la utilización de esas mismas publicaciones como pruebas de cargo en los consejos de guerra, la posibilidad de encontrar textos significativos y hasta ahora desconocidos aumenta.

La búsqueda de esas joyas bibliográficas requiere una dedicación constante a lo largo de muchos años. La ejemplifica con singular tesón Abelardo Linares, como bibliófilo atento a las publicaciones periódicas de este período y editor de Renacimiento, cuyo catálogo tanto ha contribuido al conocimiento de una Edad de Plata que, por responder a esa denominación, no debiera circunscribirse a una limitada nómina de grandes autores y obras maestras.

La labor de recuperación de ese catálogo ha añadido numerosas teselas a un mosaico complejo que, a menudo, cuestiona las líneas trazadas por los manuales literarios. El desafío se encuentra ahora fundamentalmente en la recuperación de lo publicado en las revistas y periódicos, que a estas alturas debiera estar digitalizado en mejores condiciones para facilitar la labor de los investigadores.

De hecho, desde que empecé a interesarme por esta época comprendí que había dos repúblicas: la de los libros escritos a partir de otros libros y la de aquellos que también partían de esas fuentes a menudo relegadas al olvido. La primera suele ser previsible, mientras la segunda -más caótica por heterogénea- depara sorpresas a quienes confían en lo establecido por las «brillantes síntesis» de los manuales.



Abelardo Linares

El tesón depara satisfacciones cuando el hallazgo se convierte en un acontecimiento literario. La más reciente llamada telefónica de Abelardo Linares, siempre ilusionado con sus trabajos, incluyó una sorpresa mayúscula: la inminente publicación de una colección de relatos atribuidos a Manuel Chaves Nogales que podían ser la continuación de su más reconocida obra: A sangre y fuego.

La labor periodística del escritor andaluz es un pozo sin fondo que ha requerido el trabajo de varios colegas. Gracias a sus aportaciones, poco a poco vamos completando los cientos de artículos que una vez exiliado Manuel Chaves Nogales repartió por publicaciones de diferentes países hasta su temprana muerte. Sin embargo, todavía no podemos hablar de unas obras completas y así lo confirma Guerra total. Episodios de la guerra civil española.

Bajo este título, Renacimiento está a punto de publicar una serie de relatos que no aparecieron con el nombre de Manuel Chaves Nogales, sino con distintos seudónimos. Al margen de las argumentadas razones expuestas por el editor e Ignacio Martínez de Pisón, autor del prólogo, la lectura de los mismos tiene un aire de familia que nos recuerda la experiencia de leer A sangre y fuego.

La relevancia del hallazgo justifica que ahora aparezca con el título de Guerra total, pero en una futura edición crítica que debiera elucidar algunas cuestiones esos relatos deben integrarse, como una segunda parte, en A sangre y fuego. A falta de una prueba definitiva, no albergo la menor duda de que fueron escritos por Manuel Chaves Nogales, un autor por entonces con poderosas razones para recurrir a seudónimos, incluso prestados.

Tiempo habrá para analizar hasta qué punto estos relatos matizan nuestro conocimiento del genial escritor. También la consulta de documentos hasta ahora olvidados, como los recopilados por Juan Carlos Mateos, nos ayudará en este sentido. Mientras tanto, gocemos con la lectura de unos relatos que están a la altura de lo mejor escrito acerca de la Guerra Civil y van a constituir un acontecimiento literario durante esta primavera.

Gracias a Abelardo Linares, he tenido la oportunidad de leerlos antes de su publicación. Incluso de participar en las pruebas de imprenta. La impresión que perdura es la del lector y, como tal, me engancharon hasta el punto de que los leí sin descanso. Habrá que examinarlos de nuevo, anotar, reflexionar…, pero lo fundamental es que Manuel Chaves Nogales me ha permitido adentrarme en aquellos aciagos días con una nueva perspectiva.

Lo agradezco como lector y solo cabe que los amantes de la obra del autor andaluz, que ya somos legión gracias a la labor de rescate emprendida por varios colegas, nos felicitemos por este hallazgo posible gracias al tesón de Abelardo Linares. Tenerlo como editor y amigo es una verdadera suerte y ahora, además, con un nuevo motivo de agradecimiento que pronto será colectivo por la inminente publicación de Guerra total.

Más información en:

https://www.editorialrenacimiento.com/catalogo/3399-guerra-total.html



miércoles, 1 de abril de 2026

Dos tardes con Pérez Galdós


 Ignacio Martínez de Pisón

Algunas circunstancias familiares tienen consecuencias imprevisibles. Yo soy catedrático de Literatura Española gracias a mi padre, que con bastante sacrificio por su parte nos compró libros y, sobre todo, nos transmitió el gusto por la lectura. Durante la etapa escolar, casi completé la colección de Bruguera donde las más variadas aventuras venían acompañadas, cada cuatro páginas, por una a modo de tebeo. Así cabalgué por el Oeste, descubrí una isla del tesoro o acompañé a Julio Verne hasta los más recónditos lugares. En definitiva, empecé a tener el hábito de la lectura, que también es el de la imaginación.

El bachillerato, tras el temido examen de ingreso, llegaba con tan solo diez años y entonces mi padre pensó que las lecturas veraniegas debían ser más enjundiosas. Así decidió que, con disciplina militar, leería un episodio nacional de Galdós en julio y otro en agosto de cada verano empezando por Trafalgar.

Gracias a una compra hecha a plazos, disponíamos de las obras completas del novelista editadas por Aguilar en unos tomos que conservo en un lugar privilegiado de mi biblioteca. Las páginas a dos columnas de letra apretada, el tacto del papel biblia, el ritual de pasar la página con las manos limpias para no estropear la joya bibliográfica de la casa y, finalmente, la colocación de la cinta roja a modo de separador, antes de dejar el volumen en un rincón ajeno al polvo o el sol, me acompañaron durante aquellas interminables tardes de verano.

Al cabo de los siete años de bachiller leí la mayoría de los episodios nacionales de don Benito, a quien mi padre respetaba como un oráculo. La tarea nunca supuso un esfuerzo y, si en alguna ocasión me aburrí, también aprendí la conveniencia de estar aburrido sin necesidad de molestar a los demás. Al fin y al cabo, el aburrimiento es un aprendizaje, aunque ahora parece estar desacreditado.

Gracias a esa experiencia lectora, cuando en la universidad estudié a Galdós bajo el magisterio de Julio Rodríguez Puértolas todo me resultaba familiar y tuteaba tanto a Fortunata como Jacinta sin olvidar a «la de Bringas», que pronto vi interpretada por Concha Velasco. Y, por supuesto, en 1980 disfruté con la serie dirigida por Mario Camus que cada semana convocaba a millones de espectadores en horario de máxima audiencia. Por entonces, conviene recordarlo, Tele 5 y compañía ni siquiera estaban en el futuro distópico.

Las lecturas de las obras galdosianas fueron ampliándose hasta los años noventa porque impartía una asignatura dedicada a la literatura del siglo XIX. Desde entonces, lo tengo abandonado porque casi siempre acabo leyendo para escribir por obligación profesional. Sin embargo, y paradójicamente, durante estos últimos años soy más consciente de la huella de esas lecturas y encuentro su estela en autores actuales, que nunca dudan a la hora de reconocer el magisterio del novelista canario.

Uno de esos autores, y protagonista destacado en «la estantería de los amigos», es Ignacio Martínez de Pisón. Como novelista fundamentalmente realista, gracias a una prometedora iniciativa editorial de Sergio del Molino acaba de publicar un librito, Dos tardes con Galdós (Alianza, 2026). Sus páginas, no llegan a cien, prueban el conocimiento del mundo galdosiano y constituyen un homenaje, rendido con la sencillez que habría agradecido quien tantas muestras de mesura y comprensión dio en sus obras.




Gracias a Ignacio, y a una claridad expositiva a la que intento acercarme, he recordado las lecturas de Galdós y, sobre todo, he comprendido mejor el porqué de su permanencia en mi formación como lector. Hace años que explico el Siglo de Oro y al comenzar las clases confieso ante el alumnado mis preferencias. Me gusta más Lope que Calderón, pero sobre todo disfruto con Cervantes y me molesta a veces la obra de Quevedo, a quien incluso caricaturizo por su incapacidad de empatizar con personajes como el pobre Pablos de El Buscón. Góngora, por fortuna, no forma parte del temario.

La contraposición entre Cervantes y Quevedo me permite explayarme con el primero de acuerdo con lo explicado por Antonio Muñoz Molina en El verano de Cervantes (2025) y, a continuación, siempre añado la continuidad de Galdós en un punto esencial: la voluntad de comprender, a sus personajes y a su propio mundo: «comprender en el doble sentido del término: en el sentido de entender y en el sentido de tolerar o transigir» (p. 59). Ignacio, que la comparte como novelista, la explica en términos que debieran ser tomados como referencia por quienes nos abruman con una «ciencia filológica» a menudo convertida en pedantería.

Dos tardes con Galdós es un libro para leer con lápiz en la mano. No por el posible dato erudito o novedoso, que no los hay en sus páginas, sino por la reflexión compartida capaz de hacernos ver las huellas galdosianas todavía presentes en quienes nos formamos con lecturas como las impuestas para cada verano de los setenta.

Tal vez mi padre nunca lo supiera, pero gracias a esas tardes aprendí a respetar y comprender sin mistificar una realidad que, por serlo, no permite demasiadas elucubraciones. Así me lo explicó Rafael Azcona, otro entusiasta lector de Galdós, que nunca caminó mirando al cielo porque sabía del peligro de tropezar con una piedra, aquella de cuya existencia nos avisa don Benito sin necesidad de gritar y con el lujo de detalles de un buen realista.

 

 

 


jueves, 26 de marzo de 2026

Una clase de teatro en el teatro: El eunuco, de Terencio


 

Mis cursos de historia del teatro español siempre incluyen la asistencia a las representaciones que guarden un mínimo de relación con el temario. A veces resulta difícil por lo limitado de la oferta en la cartelera local, pero gracias a la colaboración del Secretariado de Cultura de la UA podemos participar en la siempre grata experiencia de las representaciones dirigidas a los centros docentes.

El pasado lunes tuvimos la oportunidad de ver la puesta en escena de El eunuco a cargo de La Nave de Argo, un grupo local impulsado por mi compañero Fernando Nicolás que tuvo la amabilidad de mantener una reunión con nosotros tras su trabajo para explicarnos el proceso de creación de la obra vista en el Paraninfo.

La Nave de Argo está dando pasos decisivos para una mayor proyección, incluso en el ámbito internacional, estoy seguro de que su entusiasmo tendrá la adecuada respuesta por parte del público y solo me resta felicitarles por su trabajo y reproducir dos de los comentarios escritos por los alumnos que asistieron a la representación, así como enlazar una reciente entrevista concedida a mi amigo Carlos Arcaya.




 

Hoy he ido al Paraninfo de la UA a ver El eunuco sin demasiadas expectativas. Iba porque el profesor de teatro nos insistió en que fuéramos. Sinceramente, no esperaba que una comedia romana del siglo II a. C. me fuera a remover tanto. Y lo hizo. Por partes.

Primero, el entretenimiento. Pensaba que no me iba a reír, pero ahí estaba yo, riéndome como si estuviera viendo una serie con mis amigos. La obra tiene un ritmo que engancha: los malentendidos se suceden, los personajes entran y salen con una energía contagiosa y el público se ha dejado llevar. Ha habido un momento, con Pelotus, que no he podido más. Me he reído tanto que la chica de al lado me ha mirado y ha empezado a carcajearse.

En medio de ese entretenimiento, me ha llegado la nostalgia. Yo antes hacía teatro y ver cómo los intérpretes esperaban, cómo respiraban antes de entrar, cómo se miraban en algunas escenas…, todo eso me ha devuelto a los ensayos, a las risas nerviosas antes de salir a escena, a esa sensación de que el escenario era el único sitio donde todo tenía sentido. De repente, sentada en la butaca, me ha dado una especie de pena bonita, de esas que casi agradeces. Y he pensado: «yo también estuve ahí».

Y por último ha llegado lo más esperado: el final feliz. Porque una comedia latina, bien hecha, te deja esa sensación de que, después de tanto enredo, el mundo puede volver a su sitio. Los abrazos, las reconciliaciones, las parejas que por fin se encuentran…, todo eso me ha llegado de una manera especial. Quizá porque, en el fondo, todos necesitamos creer que los enredos tienen solución y que el amor, por mucho que nos compliquemos, acaba imponiéndose.

He salido del Paraninfo con la cabeza en otra parte, pero antes de marchar nos hemos quedado un rato hablando con los intérpretes y nos hicimos una foto. Mientras posábamos, pensé que es otra de las experiencias del teatro que echo de menos: el rato de después, cuando todo ha terminado y te abrazas con los compañeros sabiendo que lo compartido ya es para siempre. Entonces me quedé pensando otra vez que, a lo mejor, echo de menos hacer teatro.

El eunuco es una obra divertida, pero para mí ha sido más que eso. Ha sido un reencuentro con algo que creía aparcado. Y, por eso, he aplaudido con ilusión.

Eva Berbegal



A menudo asociamos el estudio de una asignatura con la memorización de datos que posteriormente escupimos de forma casi bulímica en un trozo de papel al que llamamos examen. Durante décadas, la sociedad ha aceptado como moneda de uso corriente la idea de que vamos al colegio, instituto o universidad para aprender, aunque, tal vez, sería más preciso utilizar el término memorizar. Pero, ¿cuánto tiempo transcurre hasta que se nos olvida el contenido que hemos estudiado? ¿Dos semanas? ¿Tres, a lo sumo?

De ahí la importancia de combinar el aprendizaje memorístico con otras actividades que brinden al alumnado una perspectiva holística. Un ejemplo es asistir a representaciones teatrales, cuyo visionado permite analizar posibles paralelismos entre lo expuesto en las clases y su aplicación práctica. Asimismo, huelga decir que el poder poner cara y asociar la voz a distintos personajes favorece que estos dejen una impronta en el alumnado.

A lo largo de los setenta minutos de la representación, hemos asimilado de una manera orgánica y genuina varios conceptos clave: los personajes suelen funcionar mejor por pares en las obras de teatro, la relación entre el final de El eunuco y los dramas vistos en la asignatura de Teatro español del Siglo de Oro y la importancia de saber dosificar los momentos de mayor tensión dramática.

Sin embargo, creo, y en esto no soy original, que el éxito de esta actividad reside en haber derribado falsos prejuicios acerca del teatro, demostrando al público recién desembarcado en la playa del teatro que, incluso cuando se trata de una representación de un texto clásico, es posible adaptarlo a las sensibilidades del siglo XXI.

Por último, tras el coloquio con los intérpretes, hemos podido apreciar el sentimiento de hermandad que mostraban, lo que, al mismo tiempo, ha servido en mi caso para inocular el germen de la curiosidad por hacer teatro. No sé. Tal vez el próximo curso sea yo quien declame desde las tablas de un escenario.

Jorge Verdú

Entrevista en Radio Alicante:

https://cadenaser.com/comunitat-valenciana/2026/03/24/la-nave-argo-un-doble-grupo-de-teatro-escolar-y-amateur-que-revive-con-pasion-los-clasicos-grecolatinos-radio-alicante/

miércoles, 25 de marzo de 2026

El procesamiento del periodista Victoriano Fernández Asís


 Victoriano Fernández de Asís

El periodista Victoriano Fernández de Asís (La Coruña, 1906. Madrid, 1991) fue una presencia habitual en la televisión de los años sesenta. Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca (1924-1928), el joven con inquietudes literarias pronto se decantó por el periodismo en cabeceras locales como El Orzán y El Día. En 1933, se trasladó a Madrid y apenas un año después ya colaboraba en El Sol fundado por Ortega y Gasset. Los apuntes biográficos accesibles a través de internet obvian cualquier referencia a la etapa de la Guerra Civil y, al finalizar la misma, le sitúan en la redacción de Pueblo, donde el gallego colaboraba sobre «cuestiones navales» y escribía la crítica literaria, mientras intentaba publicar sus primeras novelas.

La presencia en esa redacción tantos años comandada por Emilio Romero, sin ningún tipo de interrupción relacionada con la represión de los periodistas que permanecieron en Madrid o colaboraron en algún periódico republicano, resulta difícil de justificar biográficamente. No obstante, en esos mismos apuntes supone el punto de partida para una brillante trayectoria en los más destacados medios audiovisuales del período franquista: RNE y TVE.

Tras ser el jefe de programación de la citada emisora, «don Victoriano» -así se le conocía en los ambientes periodísticos, según Jesús Hermida (El País, 15-V-1991)- en 1956 ingresó en la naciente televisión. Tres años después era el responsable de la programación, incluidos los informativos, y a lo largo de los sesenta puso en marcha varios programas de entrevistas y debates de temática política. Ninguno ha quedado en el imaginario popular. Así hasta el tardofranquismo con Pío Cabanillas de ministro de Información y Turismo. La defenestración del también gallego por la frustrada apertura en torno al «espíritu del 12 de febrero» alentado por Arias Navarro supuso su salida de TVE.

Mi recuerdo de aquellos programas de los años sesenta es vago por cuestiones de edad. Las andanzas de Locomotoro y compañía eran incompatibles con las de don Victoriano, cuya aparición en la pantalla sería tan decisoria para encaminarse a la cama como el desfile de la familia Telerín. Dada la ausencia de grabaciones accesibles, no he podido concretar ese recuerdo para comprobar si mi padre tenía razón cuando le calificaba como «un pelota». Algún detalle lo justificaría porque la valoración era, al parecer, compartida entre quienes solo veían aquellos programas a falta de otras alternativas.

Las dudas no me permiten sentar cátedra en esta cuestión. Sin embargo, recuerdo que don Victoriano hacía gala de un estilo distinto al de Jesús Álvarez y David Cubedo, excelentes bustos parlantes de aquellas pantallas en blanco y negro que parecían estar leyendo «el parte» mientras mantenían una actitud hierática a lo largo del telediario. Y sentados, aunque erguidos, detrás de un pupitre solo ocupado por unos folios y un letrero de madera. Al fondo, la nada, con una austeridad escenográfica propia de aquella primitiva televisión de los sesenta.

Su colega gallego compartía la voz recia y varonil de una escuela como la del No-Do, donde nadie osó prescindir de un fonema a la hora de locutar. De hecho, en 1964 y con motivo de los XXV Años de Paz, don Victoriano grabó un disco a partir de fragmentos escogidos de los discursos leídos por el Generalísimo (Madrid, RCA, 1964). Este «doblaje» de quien nunca brilló como orador sería una idea de Manuel Fraga Iribarne, modernizador por entonces, y su protegido en TVE se permitía alguna libertad retórica. Incluso he leído que utilizaba «la retranca» a la hora de entrevistar a los políticos del franquismo, que solo «accedían» a estos menesteres en contadas ocasiones y con las debidas garantías.

Don Victoriano es una imagen difusa en mi recuerdo, pero una voz familiar gracias al programa radiofónico España a las ocho, que se empezó a emitir en otoño de 1967 y tuvo un enorme éxito durante los siete años que permaneció en antena. El período coincide con el tardofranquismo y mi bachiller, cuando cada mañana desayunaba mis reglamentarias galletas María escuchando el múltiple de don Victoriano con los corresponsales en el exterior.




La información nacional resultaba soporífera por oficialista y carente de conflicto. Sin embargo, por aquellos años la internacional ya permitía la existencia de conflictos y, aunque me enteraría de poco por mi edad, disfrutaba gracias a la posibilidad de conectar con Nueva York, Londres o París para saber de los problemas del extranjero en contraste con la paz de los españoles. Esas conexiones matutinas, además, eran un ejemplo de fascinante modernidad a la hora del Cola-Cao.

Nunca sospeché de un pasado conflictivo de don Victoriano con respecto al franquismo porque, como tantos otros periodistas de la época, le considero una voz al servicio del régimen. No obstante, tras recordar junto a mi familia aquellas conexiones con Jesús Hermida, José Antonio Plaza, José Luis Balbín… tuve la curiosidad de saber algo más acerca de Victoriano Fernández de Asís, que -según Miguel Ángel Aguilar- era secretario de Santiago Casares Quiroga cuando estalló la guerra y «había sabido pasar al lado contrario sin desmerecer ni perder cota, lo cual era prueba indiscutida de singulares destrezas» (Notario del siglo XXI, n.º 82, 2018).

La sorpresa resultó todavía más mayúscula cuando prescindí de la correspondiente entrada en Wikipedia para adentrarme en los buscadores de los archivos. Don Victoriano fue procesado por la jurisdicción militar durante la posguerra (AGHD, sumario 24872). Al parecer, todo se redujo a unas diligencias previas, que no le evitaron un nuevo procesamiento a la luz de la ley de Responsabilidades Políticas (CDMH, 75/01194).

He pedido esa documentación, que terminó con un indulto en 1944, pero resulta significativo que durante esos años don Victoriano intentara publicar en colaboración con el gallego Cipriano Torre Enciso (1902-1995), director de RNE en Burgos desde 1937, unas novelas enfrentadas a la rígida censura de la época (AGA, 21, 07257. 014 y 21, 06557, 031). Todavía es más llamativa la existencia de unos informes, supongo que acerca de su trayectoria, depositados en el CDMH y fechados entre 1957 y 1959, justo cuando entró en TVE.

Don Victoriano, una de las voces periodísticas del régimen, era al parecer un sospechoso para ese mismo régimen, que no se solía fiar de nadie. Vista la sorpresa, ignorada por la bibliografía acerca del periodismo durante el franquismo, he iniciado la correspondiente investigación, que aparecerá en el cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores. El tercero, La colmena, está en la fase de las pruebas de imprenta con vistas a su publicación antes de finalizar el curso académico.