Varietés y república
sábado, 5 de abril de 2025
El sumario del periodista Carlos Rivera Gómez
martes, 1 de abril de 2025
La tercera edición de Nos vemos en Chicote
Las monografías
universitarias suelen tener una difusión testimonial con independencia de la
entidad de su aportación científica. Salvo puntuales excepciones, sus lectores
pertenecen al mismo ámbito académico que los autores y las editoriales saben
que basta con una tirada mínima para abarcar tan modesto mercado. El resultado
son libros por cuya edición deben pagar a menudo los propios autores -a veces sometidos
a un chantaje de las editoriales privadas que convendría hacer público para su
erradicación-, repartidos entre los colegas y depositados en las bibliotecas
universitarias con buena parte de la tirada durmiendo en los almacenes.
Por fortuna y al cabo de
un plazo razonable, estas monografías suelen contar con ediciones digitales y copias
en los repositorios universitarios. Esta circunstancia favorece su difusión y accesibilidad. De hecho, como autor he tenido
discretos resultados de ventas de algunos libros que posteriormente han contado
con otros más brillantes en su versión digital. Por ejemplo, de Los
consejos de guerra de Miguel Hernández, editado en 2022, todavía quedan a
la venta algunos ejemplares, pero sus dos ediciones digitales aseguran su
difusión hasta tal punto que la colgada en el repositorio de la UA cuenta con
una media diaria de tres descargas del correspondiente archivo. Si este dato sostenido
a lo largo del tiempo se trasladara a las ventas, estaríamos hablando de un best seller universitario.
A diferencia de la
mayoría de mis colegas, tengo la fortuna de no pagar por publicar. Tampoco
cobro, pero esta circunstancia carece de importancia porque en realidad las
publicaciones son fruto de un trabajo relacionado con mi condición de
funcionario público y, afortunadamente, los catedráticos estamos
bien situados en el escalafón de los funcionarios.
El valor de los libros
universitarios no depende de sus ventas, pero siempre es un motivo de
satisfacción que las mismas vayan bien dentro de lo previsible en este sector
del mercado editorial. Así, cuando se agota una tirada, cabe celebrarlo y
pensar que la obra ha interesado a un número considerable de
colegas. Incluso a lectores ajenos al mundo académico, que por distintos
motivos pueden sentirse interesados.
En mi bibliografía hay
varios libros agotados, pero solo he tenido la oportunidad de llegar a una
tercera edición con Nos vemos en Chicote, publicado en 2015, reeditado
en 2019 y ahora presente en las librerías con una tercera edición. Este dato
prueba que los lectores avalan el libro, que por otra parte ha sido citado en
bastantes ocasiones por los colegas y cuenta con la aprobación de la CNEAI
cuando lo presenté para obtener mi quinto sexenio de investigación.
Ahora, cuando ya cuento
con seis y un séptimo es imposible por la cercanía de la jubilación, el dato de
la tercera edición solo es un motivo de satisfacción sin consecuencias curriculares.
También reconforta por lo que supone tras la condena dictada por un juzgado de
Cádiz. A estas alturas ignoro si Nos vemos en Chicote ha sido incluido
en la sentencia, que recurriré cuando cuente con la aclaración de
la misma solicitada por mi abogado. En cualquier caso, los lectores ya han
aclarado su respuesta agotando las dos primeras ediciones. Solo cabe darles las
gracias y prometer que seguiremos trabajando para intentar que los próximos
libros tengan un resultado similar.
sábado, 29 de marzo de 2025
Nuevas muestras de solidaridad
La solidaridad reconforta.
Por fortuna, hasta el presente la he mostrado con infinidad de víctimas y en
buena medida mi trabajo durante estos últimos años es, además de un deber de
memoria, un ejercicio de solidaridad con los escritores, periodistas y
dibujantes represaliados por ejercer el derecho a la libertad de expresión.
Ahora, a raíz de hacer
público un acoso de seis años y compartir una sentencia pendiente de
aclaración, esa solidaridad la he recibido hasta el punto de emocionarme. El apoyo de mi familia ya se mostró cuando me
acompañó con motivo de la declaración en el juzgado. He superado varias
oposiciones, pero un interrogatorio de tres horas en sede judicial, con una
escenografía que me recordaba las imágenes de delincuentes declarando, es duro
para quien solo ha hecho su trabajo como catedrático y, por el mismo, ha
recibido el máximo reconocimiento académico.
El alumnado también me ha
mostrado su solidaridad. Cada año, al principio del curso, explico la situación
en que me encuentro para que nadie tema tener a un energúmeno como profesor
tras ver la web de mi demandante. Al margen del temario, mis clases son una
defensa de la libertad de expresión y la tolerancia para establecer un clima de
diálogo que, de cara al futuro profesional del alumnado, supone la principal
enseñanza que les puedo transmitir. La respuesta es excelente y, ahora más que
nunca, siento el respeto y la solidaridad de mi alumnado.
Mis colegas ya lo han
manifestado, incluso de manera oficial, en reiteradas ocasiones, pero durante
estos días he recibido comunicados, mensajes, abrazos, sonrisas y muestras de
apoyo que me abruman. La propia rectora, ante el Consejo de Gobierno de la UA,
me manifestó su solidaridad. La agradezco porque resume el sentir de la
comunidad universitaria, que es incompatible, por los propios estatutos de la
universidad, con quienes rehúyen el debate y judicializan la historia a la
búsqueda de una condena para quien manifiesta ideas contrarias o distintas.
También desde el ámbito
político los apoyos han sido significativos. Todos son motivo de agradecimiento
y, por resumirlos en un solo texto, copio a continuación el publicado en El
País (28-III-2025). Su autor es Ximo Puig, ex president de la GV y
actual embajador de España en la OCDE:
«Miguel
Hernández. A
Miguel lo dejaron morir en la cárcel de Alicante, que es como decir que lo
mataron. Era el año 42, tal día como este viernes. Desde su muerte solo ha
habido un culpable, y es kafkiano lo que hemos conocido: se condena al
prestigioso profesor de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio
Ríos Carratalá por ser leal con su compromiso científico y escribir en un libro
el nombre de una de las personas que formaron parte del tribunal que sentenció
al poeta de Orihuela y valorar su actuación.
Hablo
con él, cara a cara. Es un hombre tranquilo, fuerte, sereno. Compartimos
perplejidad. Es peligroso, como una garra suave detrás de la ventana, que el
miedo pueda atenazar a los escritores, investigadores y profesores que buscan
llenar los viejos silencios con la justicia poética. Sería letal que el miedo
secuestrara a la ciudadanía de un Estado democrático y de Derecho.
El
del 1942 era un Estado con unos órganos judiciales ilegales e ilegítimos.
Aquella farsa franquista sentenció a Miguel. Hoy, al modo kafkiano de El
Proceso, sentencian a un profesor por dar luz a la memoria. Incomprensible.
Quizás sólo nos quede esperar, como el poeta, que nos dejen la esperanza».
Los apoyos y las muestras
de solidaridad también han venido desde el ámbito de los medios de
comunicación, donde la sentencia ha producido la perplejidad de la que escribe
Ximo Puig. Ayer hablé con Nieves Concostrina, la popular periodista de la SER.
Aparte de manifestar públicamente su solidaridad, acordamos colaborar en la tan
necesaria tarea de divulgar la historia contra la acción de quienes pretenden
el olvido o la erradicación de la memoria democrática.
Y así podría ir sumando nuevos ejemplos de una reacción solidaria que me abruma. Solo deseo dar las gracias a todos con la confianza de que, aunque harto de sufrir un acoso de seis años, seguiré adelante y mañana, frente a la tumba de Miguel Hernández, pensaré que la memoria de aquellos represaliados merece el esfuerzo de aguantar la difamación constante de una persona.
Pd.: Con fecha del 3 de septiembre de 2025, la junta directiva de la Asociación de Historiadores de la Comunicación ha publicado en su web el siguiente comunicado, que también ha sido remitido a todos los asociados:
miércoles, 26 de marzo de 2025
La Rosa Blanca y los colaboradores necesarios
La posibilidad de
la conmoción aumenta cuando nos adentramos en un ámbito desconocido. Desde hace
más de diez años ando rodeado de sumarios y otros documentos relacionados con
la represión franquista. La mirada del investigador también se encallece y, al
final, ni siquiera los episodios más violentos producen sorpresa y menos una
conmoción. El peligro es indudable, pues el historiador acaba familiarizado con
una barbarie que atenta contra los derechos humanos y corre el peligro de un
distanciamiento inconveniente. El rigor metodológico no exige la equidistancia
ni la impasibilidad ante la violencia, sea la física o la ejercida a través de
órganos judiciales al servicio de una dictadura.
Una alternativa
para recuperar la capacidad de conmoverse es interesarse por lo desconocido,
aunque sea a instancias de tu universidad con el objetivo de organizar un acto
cultural. En febrero de 2025, participé en un ciclo dedicado a rememorar el
testimonio de libertad y tolerancia de La Rosa Blanca (Die Weisse Rose), un
grupo de universitarios que en la Alemania de 1942-1943 abogó por la
resistencia no violenta contra el régimen liderado por Adolf Hitler. Hasta
entonces lo desconocía y, con el deseo de colaborar con un mínimo de
conocimiento, durante unas semanas recopilé información sobre aquel movimiento
gracias a libros como el de José M.ª García Pelegrín y las tres películas
dedicadas a este episodio de la resistencia al régimen nazi.
El film
seleccionado para el ciclo fue Sophie-Scholl. Los últimos días (2005),
de Marc Rothemund. Lo vi en V.O.S. y en castellano mientras contenía la
angustia para evitar que me cegara ante la barbarie cometida contra unos
estudiantes de la Universidad Ludwing Maximiliam de Múnich, que acabaron guillotinados por
repartir panfletos apelando a la resistencia no violenta. El objetivo no pasaba
por las lágrimas de una conmoción, sino por desentrañar los mecanismos de
represión nazi, que no solo coincidían en el tiempo con los del franquismo.
Un conocimiento
basado en fuentes secundarias y cinematográficas no permite hablar con
propiedad acerca de un hecho histórico. Mi colaboración se limitó a presentar
la película, moderar un debate y escuchar voces más autorizadas. Sin embargo,
de aquellos hechos recreados con precisión histórica en el cine retuve la
imagen de un personaje aparentemente secundario: el responsable de
mantenimiento o conserje Jakob Schmid (1886-1964).
El 18 de febrero
de 1943, Hans y Sophie Scholl lanzaron unas octavillas en su universidad.
Cuando la tarea estaba prácticamente finalizada, la joven de apenas veinte años
vio que podía completarla desde lo alto de unas escaleras porque no había
testigos. Jakob Schmid, sin embargo, la vio y la retuvo para entregarla a la
Gestapo. Sophie y Hans fueron trasladados al palacio de Wittelsbach, el cuartel
general de la policía nazi, y al cabo de cuatro días comparecieron en una farsa
de juicio donde el juez Roland Freisler (1893-1945), un psicópata, los condenó a la pena de
muerte. Apenas unas horas después, los hermanos Scholl y Christoph Probst
fueron guillotinados. Estos veinteañeros no buscaban el martirio en nombre de
un ideal extraordinario, sino la posibilidad de convivir en una sociedad libre
y tolerante.
La historia de
cualquier régimen represivo recoge la participación de numerosos colaboradores
necesarios. La eficacia de la propia represión depende de la labor de unos
jerarcas, siempre destacados a la hora de establecer una responsabilidad, pero
también de una trama social donde encontrar a esos colaboradores, sin cuyo
trabajo la actividad represiva en buena medida sería inviable. El historiador
debe ponderar el alcance de la participación de cada sujeto en un
acontecimiento histórico, pero a la vista de los hechos documentados no cabe
dudar de que, sin la determinación del conserje, los tres estudiantes de la universidad muniquesa no habrían acabado guillotinados.
Así también sucede
en otros muchos episodios de la represión, con independencia de que se
enmarquen en una u otra dictadura. Los colaboradores necesarios estuvieron
presentes en la URSS de Stalin o en la España del general Franco. Su
participación, al margen de los motivos que siempre conviene desentrañar para
comprender su comportamiento, supone la cristalización de una sociedad donde la
represión funciona al máximo y goza de una absoluta impunidad. Esta evidencia
la he observado en numerosos sumarios gracias a las denuncias de testigos que
pudieron callar sin temor alguno, militares que desplegaron una actividad que
iba más allá de lo estrictamente necesario para su permanencia en el escalafón
y, sobre todo, informantes dispuestos a agravar la situación de los procesados
mediante adjetivos tan prescindibles como conducentes a condenas que a veces
llegaron a la pena de muerte.
domingo, 23 de marzo de 2025
Un nuevo libro: Perder la guerra y la historia
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El sumario de Martín Marco, poeta
ultraísta
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El himno republicano de los hermanos Anaya
Ruiz
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La singular trayectoria de Eduardo
Bort-Vela
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El destino de los Vivero
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La denuncia de un perdedor
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La «labor mecánica» de Antonio Nicas
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El «comité rojo» de ABC
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Los sumarios de tres censores de prensa
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Elías Palma, el escritor desconocido
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Las condenas de Ángel M.ª de Lera y Juan
A. Gaya Nuño
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De Hollywood al juzgado: Baltasar
Fernández Cue
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Un «periodista liberal»: Carlos Pérez
Merino
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Un «dibujante retocador» de Heraldo de
Madrid
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Los «cachetes» nunca perdonados de Pedro
Luis de Gálvez
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Alejandro Gaos, poeta y catedrático
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El destino trágico de un dandi: Antonio de
Hoyos y Vinent
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Un poeta «con el puño en alto»: Jesús
Menchén Manzanares
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La trayectoria del alférez Baena Tocón
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Bibliografía
sábado, 22 de marzo de 2025
Los espacios de representación. H.ª del teatro del Siglo de Oro (9)
martes, 18 de marzo de 2025
Enric Marco y la impostura
El impostor es una figura
negativa en términos éticos, pero goza de enormes posibilidades en la ficción.
A diferencia del mentiroso más o menos ocasional, el creador de una impostura a
la búsqueda de una identidad personal debe recurrir a una mentira tan
sistemática como coherente. El resultado es una personalidad alternativa con
respecto a la realidad. La invención disfruta de las licencias de lo ficticio
y, además de resultar satisfactoria o compensatoria para quien la crea, hasta
puede ser puesta al servicio de causas nobles.
Hace años, con motivo de
la preparación de La memoria del documental (Universidad de Alicante, 2014),
me topé con el caso paradigmático de Enric Marco Batlle (1921-2022). El
consiguiente escándalo, cuando se descubrió su verdadera personalidad después
de engañar a todo el mundo, estalló hacia 2005. Le dediqué un capítulo del
libro -«Las trampas de la memoria» (pp. 61-75)- y desde entonces me interesa
saber de su «prodigiosa destreza fabuladora» como impostor. Hasta tal punto
que, como reconociera Mario Vargas Llosa, «él mismo es una ficción, pero no de
papel, de carne y hueso» (El País, 15-V-2005). Al cabo de los años, el
verbo hay que ponerlo en el pasado de alguien fallecido.
El film Marco (2024),
de los cineastas vascos Jon Garaño y Aitor Arregui, ha vuelto a poner de
actualidad esta singular figura que cuenta con una excelente novela de Javier
Cercas: El impostor (2014). La coincidencia en el tiempo de mi libro y
este último título, una de las mejores obras del novelista extremeño, impidió
que me interesara por saber acerca de la relación entre Enric Marco y Javier
Cercas. Al cabo de los años, supe que tuvo episodios curiosos como la escena
del citado film donde el impostor aparece en una presentación de la novela e
irrumpe con descalificaciones hacia el autor, a pesar de que el mismo le invita
a debatir en público. De hecho, Enric Marco vivió sus últimos años obsesionado
con quien le había dedicado una novela que nunca pretende descalificarle, pero
que revela sus artes y posibles motivaciones para convertirse en un deportado
de los campos de concentración nazi, aunque en realidad fue un voluntario
trabajador en aquella Alemania de Hitler.
El «aguafiestas» de la
impostura de Enric Marco fue mi colega Benito Bermejo, un historiador que ha
desarrollado una magnífica labor acerca de la presencia de los españoles en los
campos de concentración. Fruto de la misma, y de la consiguiente precaución a
la hora de dejarse llevar por la memoria o los testimonios de los protagonistas,
fue el desenmascaramiento de Enric Marco, que había llegado a liderar el
colectivo de los represaliados españoles.
Benito Bermejo contrapuso
la documentación conservada con la impostura sostenida por el catalán durante
años. La falsedad de esta última quedó evidenciada en 2005. Nadie dudó al
respecto, pese al dolor y la vergüenza provocados en el colectivo de los
represaliados y de quienes les apoyan. Afrontar la realidad, tan compleja como
desagradable a menudo, resulta duro cuando se ha disfrutado con una ficción.
Sin embargo, Enric Marco
-como indica el film- nunca aceptó haber cometido una impostura. Hasta su
fallecimiento, y con una insistencia digna de un estudio psicológico, defendió
públicamente «su verdad»; es decir, una mentira puesta al descubierto por el
trabajo de un historiador.
El comportamiento de
Enric Marco merece una reflexión porque la suya no es una reacción aislada. Yo
mismo, en mis trabajos sobre los consejos de guerra de periodistas y
escritores, he encontrado casos similares. Si la impostura es el fruto de una
memoria ajustada con las necesidades del presente, nunca una documentación o el
desarrollo de una investigación historiográfica supone su final y el
consiguiente reconocimiento de la mentira sostenida o el error cometido.
Puestos a vivir en una consoladora impostura, quienes recurren a la misma como Enric Marco prefieren mantenerla contra viento y marea para evitar la depresión o la vergüenza. Nadie duda de su derecho a mentir cuando recurren a la memoria personal, pero la obligación de los historiadores pasa a menudo por ser unos aguafiestas de esa ficción tan consoladora. Benito Bermejo salió indemne. Yo no he tenido la misma suerte, aunque -al final- prevalecerá la historia sobre la impostura.
La mirada del documental. Memoria e imposturas se puede adquirir en: