domingo, 30 de noviembre de 2025

¡Ay, Carmela!, de Sanchis Sinisterra: memoria y amor


 

La memoria es frágil. Lo comprobamos, de manera simbólica, en el desenlace de la adaptación cinematográfica de ¡Ay, Carmela! (1990), dirigida por Carlos Saura a partir de un guion de Rafael Azcona. La pizarrita con el nombre de la protagonista es la única identificación de su tumba, localizada fuera del cementerio porque los responsables de su muerte ni siquiera le han reconocido el derecho a un enterramiento digno.

Paulino y Gustavete, sus compañeros de la compañía de «variedades a lo fino», la dejan allí cuando emprenden un viaje hacia ninguna parte. Pronto, con la primera lluvia o ráfaga de viento, esa pizarrita desaparecerá. Carmela quedará en el anonimato, como tantas personas desaparecidas trágicamente durante la Guerra Civil y la posguerra. A la muerte física, violenta, le sucederá la muerte definitiva por la pérdida de la memoria.

La fragilidad de la memoria es un futuro que suponemos tras finalizar una adaptación cinematográfica cuyo tiempo dramático tiene un desarrollo lineal, desde que Paulino y Carmela caen prisioneros de los militares hasta el asesinato de quien se rebela frente a la humillación y muestra su solidaridad con otros condenados a muerte.

Sin embargo, en la obra original de José Sanchis Sinisterra (1987) asistimos a un tiempo invertido gracias a las libertades que permite el convencionalismo teatral. La protagonista de la obra ya ha fallecido cuando la misma comienza. Paulino permanece en el teatro donde tuvo lugar el trágico suceso, humillado por los militares como «artista» ahora destinado a barrer el escenario.

Allí se le aparece el fantasma de Carmela. Su compañero todavía puede verla, incluso tocarla, con la intensidad de una memoria tan viva como inmediata. Junto a ella y frente al público revive los episodios de sus últimos días, desde que ambos cayeron prisioneros en el frente de Aragón hasta la celebración de la velada artística donde se produjo el trágico suceso, Sin embargo, poco a poco, a Paulino le cuesta más verla, sentirla cercana, porque la memoria es frágil, aunque medie el amor.




José Sanchis Sinisterra escribió una magnífica obra sobre la fragilidad de la memoria y la necesidad de revitalizarla mediante el recuerdo y el conocimiento para evitar la muerte definitiva de quienes fallecieron. Su protagonista es Carmela, una modesta artista de las variedades cuyo nombre evoca una popular canción de la época. La conocemos como mujer apasionada, sincera y espontánea capaz de contagiar su solidaridad de «madre» hacia los prisioneros que acabarán ejecutados al día siguiente de la velada. Gracias al recuerdo compartido por Paulino, le damos cuerpo y rostro. También voz en sus diálogos y canciones. La sentimos cercana. Carmela es nuestra compañera mientras asistimos a una velada con su trastienda de represión e imposiciones para la humillación del «enemigo». Sabemos de su inocencia y nos rebelamos ante la violencia del asesinato como prólogo de un olvido, el que le espera en una tumba pronto anónima.

Carmela es un personaje con personalidad propia, pero también el epítome de tantas otras mujeres o víctimas anónimas de aquella guerra donde la violencia fue la consecuencia de una intransigencia incapaz de convivir con el diferente. Al final, cuando inevitablemente nos sentimos arrastrados por su vitalidad, descubrimos que Carmela también es nuestra compañera, la mujer que podemos descubrir viendo un álbum familiar de fotos, investigando en un archivo militar o hablando con quienes procuran mantener viva la memoria de una generación trágicamente truncada por la Guerra Civil.

Gracias a José Sanchis Sinisterra, todos empatizamos con Carmela, pero también somos Paulino. El «artista», aquel que siente el orgullo de serlo, aunque sea en sus más modestas manifestaciones, es cobarde y acomodaticio. Lejos de la espontánea rebelión de su compañera, Paulino acata para sobrevivir. El precio a pagar resulta caro. No solo pierde a Carmela, sino que también sacrifica su dignidad como artista ahora destinado a barrer el escenario donde imaginó la posibilidad de triunfar.

Ambos, Paulino y Carmela, son unos derrotados pronto convertidos en víctimas abocadas al olvido. El destino de ella nos parece más trágico por mediar un asesinato, pero el de su compañero también lo suponemos dramático porque, con el tiempo, le costará recordar a quien amó. Así comprobará la fragilidad de la memoria cuando la misma es un acto solo personal, sin el apoyo de quienes debieran tener la responsabilidad de mantenerla viva.




José Sanchis Sinisterra escribió su obra contra la política de «pasar página» sin haberla leído. La misma imperaba de manera indiscutible cuando se celebró el cincuentenario de la Guerra Civil. En 1986, las Carmela permanecían olvidadas en las cunetas de numerosos caminos. Ni siquiera disponían de una pizarrita con su nombre junto con las fechas de nacimiento y muerte.

Gracias a obras que han procurado la recuperación de la memoria histórica para devolver su voz a personajes olvidados, en la actualidad conocemos a muchas mujeres como Carmela y hombres enamorados al estilo de Paulino. Todos permanecen en la modestia de un lugar en la historia que linda con el anonimato de los personajes menores. Apenas importa, los sentimos cercanos, empatizamos con ellos y, a través de sus vicisitudes no desprovistas de contradicciones, comprendemos aquellos dramáticos años que desgarraron a todo un país.

La fragilidad de la memoria precisa de nuestra voluntad de recordar, investigar y conocer para saber de un pasado que nunca nos debiera resultar ajeno. Paulino y Carmela nos hablan de unas circunstancias históricas concretas en torno a la Guerra Civil, pero la propia obra de José Sanchis Sinisterra ha sido trasladada a otros contextos porque, en cualquier conflicto, siempre hay una modesta y anónima pareja de enamorados cuyo dramático destino es una consecuencia de la Historia, aquella que parece protagonizada exclusivamente por los líderes de los bandos enfrentados.

La obra de José Sanchis Sinisterra aboga por la necesidad de mantener viva la memoria histórica personalizándola en quienes nos dejaron sin legarnos suficientes huellas para el recuerdo. Basta con su presencia fragmentaria y hasta azarosa para revitalizarla cuando media la voluntad de investigar y, sobre todo, conocer con el objetivo de comprender.

¡Ay, Carmela! también es una historia de amor. La palabra nunca aparece en las frecuentes discusiones que mantienen dos protagonistas contrapuestos y, al mismo tiempo, enamorados. La caracterización de Paulino supone el envés de la personalidad de Carmela. Gracias a ese contraste, con su inevitable conflicto no desprovisto de humor, asistimos entre interesados y divertidos a sus discusiones por los más variados motivos. Los diálogos aportan la necesaria tensión dramática, pero al escucharlos, más allá de las apariencias, percibimos que ambos están enamorados y se necesitan mutuamente.

Tal vez las mejores historias de amor sean aquellas donde nunca se pronuncia esa palabra porque el concepto lo percibimos latente. Paulino y Carmela discuten sobre lo divino y lo humano, incluso después de la muerte de ella. Solo porque están enamorados y quieren mantener viva esa relación. A Carmela le quitan la vida por su gesto de humanidad hacia otras víctimas. A Paulino le humillan como superviviente y le dificultan, condicionando incluso la intimidad de sus recuerdos, la memoria de quien ha dejado en una tumba condenada al anonimato.

Ambos, gracias a la exitosa obra de José Sanchis Sinisterra, vuelven una y otra vez a los escenarios para luchar contra quienes matan y humillan y, además, pretenden el olvido del pasado para asegurar la exculpación. Frente a esta actitud, solo cabe recurrir al conocimiento y la memoria con el objetivo de recuperar la historia de tantos Paulinos y Carmelas que tuvieron el derecho de enamorarse, vivir y discutir hasta el enfado porque en el fondo así se sentían juntos. También cercanos a nosotros cuando hacemos uso de una memoria compartida.

Nota: La presente entrada está destinada al alumnado de la asignatura dedicada al teatro español del siglo XX que imparto en la Universidad de Alicante y cualquier otro interesado por el tema. Para completar la información, también se puede consultar la entrada de este mismo blog publicada el 11 de diciembre de 2024: https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/12/teatro-y-cine-en-la-espana-del-siglo-xx.html.

Asimismo, se puede consultar la entrevista que hice a José Sanchis Sinisterra el 11 de noviembre de 2005, cuya transcripción se encuentra en el catálogo de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/entrevista-a-jose-sanchis-sinisterra-11112005--0/html/009d23e2-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_0_

 

 

viernes, 28 de noviembre de 2025

Mihura, el último comediógrafo


 

La cronología del teatro español durante el siglo XX incluye anomalías significativas porque ejemplifican los obstáculos que debieron sortear los autores innovadores. Valle-Inclán concluyó Luces de bohemia en 1924, pero nunca la vio representada y el estreno se pospuso cincuenta años. Federico García Lorca terminó La casa de Bernarda Alba en la primavera de 1936, apenas unas semanas antes de ser fusilado. El texto se conservó milagrosamente, pero la obra no se pudo ver en un escenario español hasta que Juan Antonio Bardem, casi treinta años después, se empeñó en hacerlo superando todo tipo de problemas. La presencia del teatro lorquiano en la cartelera, en realidad, no se normalizó hasta la década de los ochenta. Y Miguel Mihura, cultivando un género completamente distinto, tampoco tuvo suerte con la recepción de Tres sombreros de copa. Escrita en 1932, cuando era un joven obligado a guardar reposo por un problema de salud, el texto debió permanecer en un cajón hasta que veinte años después otros jóvenes con similares inquietudes lo desempolvaron para estrenarlo.

Estas circunstancias, que afectan a tres autores tan distintos como unánimemente reconocidos, ejemplifican los obstáculos para la renovación teatral y la búsqueda de la excelencia en los escenarios españoles del siglo XX. La censura y hasta la violencia represiva estuvieron presentes, pero también la incapacidad de los profesionales que podrían haber llevado a la escena estas obras y, por supuesto, la inercia de un público a menudo refractario a cualquier novedad. El balance es desolador, pero de obligado conocimiento para valorar la labor de unos dramaturgos expuestos a todo tipo de problemas y que, como mal menor, optaron por la libertad de la literatura dramática -la destinada al papel- ante las dificultades de cultivar el verdadero teatro.

Mihura, el último comediógrafo, del joven Adrián Perea, recrea con acierto una de esas anomalías. La puesta en escena de Tres sombreros de copa actualmente afronta el problema de un clásico empolvado por anteriores puestas en escena, demasiado literales y ajenas al espíritu rompedor con que fue concebida la obra. La opción de Adrián Perea, con la colaboración de Beatriz Jaén en la dirección, es recrear precisamente la motivación de Miguel Mihura a la hora de escribir un texto pronto rechazado por las compañías a causa de su alejamiento del canon comercial.

Miguel Mihura tenía por entonces la misma edad que ahora tiene Adrián Perea. Ambos jóvenes, tan alejados en el tiempo, comparten un anhelo generacional: buscar un teatro concebido como juego donde la frescura de la propuesta rompa con los convencionalismos, el lugar común y el tópico. Ahí, en esa dialéctica, radica la base de Tres sombreros de copa, donde también encontramos un ejemplo de autoficción por recrear un episodio biográfico del propio autor.

Hacia 1929, Miguel Mihura estuvo a punto de contraer matrimonio con una joven adinerada. Al igual que le ocurriera a Dionisio, el encuentro con una compañía de variedades y, en especial, con una joven bailarina de la misma, le llevó a la ruptura de la anterior relación. Dionisio al final de la comedia se casa o, al menos, parece dispuesto a hacerlo, pero ya no será nunca más el joven de las escenas iniciales. La semilla de la libertad que representa el contacto con Paula ha quedado en su interior y, probablemente, le llevará a la melancolía si no cae en el cinismo.

Miguel Mihura optó por el cinismo, en este y otros temas, como salvaguarda cuando dejó atrás lo que representaba Tres sombreros de copa. Así pudo iniciar una trayectoria creativa tan genial como productiva desde el punto de vista comercial. Sin embargo, veinte años después unos jóvenes con ansia de novedad y frescura le recordaron el espíritu renovador de su propia juventud. La propuesta de estrenar la comedia de 1932 le inquietó y se mostró escéptico en un principio. Poco después, y sin un entusiasmo impropio de su actitud vital, cedió porque en el fondo deseaba revivir la apuesta anticonvencional, aunque fuera como una especie de tregua frente a la realidad del teatro que por entonces escribía con acierto para el público más convencional. Incluso con huellas de su primera obra, como observamos en Maribel y la extraña familia, donde la convención queda derrotada sin la carga de profundidad observada en 1932.

La literalidad escénica de Tres sombreros de copa está tan vinculada a la ruptura en el humor que representó la generación del autor que ahora puede resultar ajena, distante y hasta extraña para un público no avezado en ese tipo de humorismo, cultivado por quienes también merecen figurar en la nómina generacional del 27. Sin embargo, Adrián Perea y Beatriz Jaén optan por ilustrar escénicamente un episodio fundamental para entender la historia teatral española del siglo XX y, además, buscan la raíz del mismo. Miguel Mihura, en la cama y añorante de un momento donde la libertad personal fue sinónimo de felicidad, escribe un texto ajeno a cualquier imperativo del teatro comercial. La apuesta es arriesgada, incluso inconsciente con respecto al supuesto absurdo como anticipo de otros movimientos teatrales, pero también vital.




El cinismo puede ser real sin dejar de suponer una máscara. Miguel Mihura nunca pretendió ser un tipo ejemplar. Su biografía desmiente cualquier intento en este sentido, pero al igual que su Dionisio en el fondo siempre añoraría el momento de libertad interrumpido por una realidad donde la continuidad de ese espíritu representaba una quimera.

El comediógrafo lo aceptó con resignación, fue un posibilista genial en sus posteriores creaciones y hasta con su actitud pública favoreció a los partidarios del lugar común y el tópico convencional. Las contradicciones de su trayectoria son notorias, pero en el fondo Miguel Mihura nunca dejó de simpatizar con un Dionisio que paga un precio del que todos tenemos conciencia y hasta evidencia. Por eso necesitamos a Paula, aunque solo sea como un soplo de aire fresco que termina echando al aire los tres sombreros de copa porque la vida continúa y la melancolía, tan justificada, no debe aniquilarnos.




Nota: La representación de la comedia de Adrián Perea en el Teatro Principal de Alicante el 22 de noviembre de 2025 fue el motivo de una clase práctica del curso de teatro español del siglo XX que imparto en la Universidad de Alicante. Para su realización por parte del alumnado, aporto a continuación los enlaces de unos materiales de trabajo:

https://elpais.com/babelia/2025-06-06/mihura-el-ultimo-comediografo-o-como-quitarle-el-polvo-al-humor-de-hace-un-siglo.html

https://www.elconfidencial.com/cultura/2025-05-30/mihura-ultimo-comediografo-adrian-perea-beatriz-jaen_4137659/

https://revistateatros.es/actualidad/estreno-absoluto-de-la-comedia-mihura-el-ultimo-comediografo/

https://www.informacion.es/opinion/2025/11/24/encanto-124045040.html

https://www.larazon.es/cultura/teatro/melancolico-autor-tres-sombreros-copa_20250522682eca4654e3973a601eebeb.html

https://carlosbe.net/2025/05/31/critica-mihura-el-ultimo-comediografo/

https://www.lavanguardia.com/sociedad/20250518/10693522/nave-10-matadero-estrena-semana-mihura-ultimo-comediografo-biografia-sentimental-miguel-mihura-agenciaslv20250518.html

https://www.elespanol.com/el-cultural/blogs/stanislavblog/20250609/mihura-ultimo-comediografo-alocada-comedia-joven-autor-maestro-genero/1003743795708_12.html

https://www.abc.es/cultura/teatros/mihura-ultimo-comediografo-historia-detras-estreno-tres-20250521054916-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.abc.es%2Fcultura%2Fteatros%2Fmihura-ultimo-comediografo-historia-detras-estreno-tres-20250521054916-nt.html



lunes, 24 de noviembre de 2025

Miguel Hernández en los escenarios


 El 27 de enero de 2024 tuve la fortuna de ver el espectáculo Federico García en el Teatro Principal de Alicante. La «biografía sonora y visual» del poeta granadino puesta en escena por Pep Tosar y Evelyn Arévalo me entusiasmó como espectador. Y, como historiador del teatro, me sorprendió la combinación de la música, el baile y la palabra con un documental donde intervenían dos excelentes colegas: Mario Hernández y Domingo Ródenas. Al terminar la representación, los miembros del jurado de los premios José Estruch compartimos el mismo entusiasmo y, si la obra no resultó premiada esa temporada, tan solo fue porque en la categoría correspondiente había otra con méritos similares cuya valoración mereció una igualada votación.

La memoria de aquel espectáculo ha perdurado en mis clases, donde suelo ejemplificar las nuevas posibilidades del teatro gracias a la presencia de imágenes grabadas, incluso de un documental a base de entrevistas como es el caso, en un diálogo escénico hasta hace poco impensable. La conclusión parece obvia: Pep Tosar y Evelyn Arévalo habían abierto un camino por donde otros poetas o literatos podían discurrir con similares garantías de interesar a un público dispuesto a disfrutar mientras conoce mejor un legado como el lorquiano.




La vida depara sorpresas. Hace unos meses recibí una llamada de Pep Tosar anunciándome el montaje de un nuevo espectáculo dedicado en esta ocasión a Miguel Hernández. Por entonces estaba en la fase de documentación y consultas bibliográficas, que es previa a la dramaturgia. Otros compañeros ya le habían aportado información biográfica acerca del poeta y Pep quería completarla con lo sucedido en torno al consejo de guerra que le condenó a muerte. Se lo expliqué, le mandé la edición facsímil de 2022 y le indiqué cómo tramitar, si fuera necesaria, la autorización para utilizarla en el espectáculo teatral.



Pep Tosar

La colaboración se completó el pasado mes de septiembre cuando grabé una entrevista en Orihuela sobre distintos aspectos de la biografía de Miguel Hernández. La misma aparecerá junto a las de otros compañeros y amigos que, desde siempre, han dedicado buena parte de su labor investigadora al poeta oriolano: José Carlos Rovira, Carmen Alemany, Aitor Larrabide, José Luis Vicente Ferris, Jesucristo Riquelme… Sus publicaciones hernandianas han sido referencias inexcusables para mi tardía aportación, que se centra en un aspecto tan concreto como es el consejo de guerra. Del resto, de la obra y la vida de Miguel Hernández, todos ellos me han enseñado y lo agradezco, al igual que hiciera en otras ocasiones tras conocer el testimonio de Lucia Izquierdo, la nuera del poeta con la que ese mismo mes compartí una inolvidable sesión en el Parlamento Europeo.

Ahora, al cabo de unos meses de trabajo, el espectáculo ya se encamina hacia su estreno y con él, a modo de broma, vendrá mi «debut teatral», que llega tras más de cincuenta años en el patio de butacas como espectador. La noticia me ilusiona, pero sobre todo comparto la ilusión de que la obra y la vida de Miguel Hernández tengan un tratamiento escénico como aquel de García Lorca que me entusiasmó.

Mi modesta contribución será recoger en la presente entrada del blog aquellas referencias periodísticas que den cuenta del nuevo espectáculo desde su estreno. Algunas han aparecido previamente y con ellas iniciamos la recopilación. Otras muchas se sucederán y las iremos enlazando como una muestra de agradecimiento por la oportunidad de llevar a los escenarios lo investigado acerca de un consejo de guerra como los sufridos por tantos escritores y periodistas republicanos.

https://www.contraproducions.com/espectaculo/vientos-del-pueblo/

https://www.teatreprincipal.com/es/ficha/detalle/960/vientos-del-pueblo/

https://www.auditoricornella.com/es/programacion/c/4690-vientos-del-pueblo.html

viernes, 21 de noviembre de 2025

El proceso de un monárquico, republicano y falangista: José Tarí Navarro


 Sumario 871 del AGHD

La denuncia de José M.ª Ruiz Pérez-Águila fue tan preventiva como generalizada (véase la entrada del 10 de octubre de 2025). El abogado que temía ser procesado por su zigzagueante pasado político, incluido el anticlerical, no reparó en distingos a la hora de establecer responsabilidades entre los periodistas que habían permanecido en Alicante durante la Guerra Civil. Su objetivo fue extender la mancha, hasta el punto de abarcar los nombres de varios colegas de las cabeceras locales que con una cierta lógica se podían considerar entre los vencedores. Al margen del sorprendente caso de Justo Sansano Benisa, director del periódico El Día hasta el 18 de julio de 1936, también cabe recordar el del redactor ilicitano del mismo José Tarí Navarro (1890-¿?), que fue detenido el 6 de mayo de 1939, según consta en el sumario 871 del AGHD.



Encabezamiento de la denuncia presentada por José M.ª Ruiz Pérez-Águila. Sumario 871 del AGHD

José M.ª Ruiz Pérez-Águila le acusa en la denuncia del 20 de abril de 1939 de ponerse «sin condiciones al servicio de los rojos escribiendo [en El Día] crónicas en elogio de los milicianos y dándoles ánimos para luchar». Las habría publicado, según el denunciante, bajo el seudónimo de Jota Tene, que recuerda las iniciales de José Tarí Navarro, aunque este redactor solía utilizar en la prensa local y nacional el de UDA; es decir, «uno de Alicante», de acuerdo con lo declarado por él mismo y otros testigos del proceso. El sargento Adolfo Posada Ruiz, secretario del juzgado instructor Letra D de Alicante, el 20 de diciembre transcribió varias de estas crónicas en un extenso informe de veintiún folios que se convertiría en la única prueba de cargo para llevar al periodista ante un consejo de guerra. 

La primera declaración del periodista ante el juez instructor tiene lugar el 22 de mayo. El veterano José Tarí Navarro niega las acusaciones genéricas de la denuncia, acusa a su colega Emilio Costa como responsable de la incautación de El Día, desmiente la autoría de los artículos o crónicas y, sobre todo, aporta una significativa documentación para probar que era un «afecto al Glorioso Movimiento Nacional». Entre la misma, figura un aval de FET y de las JONS de Alicante fechado el 4 de abril de 1939 donde aparece como «persona de orden». Vista la nueva adscripción, por entonces habría dejado atrás un pasado político como concejal monárquico en 1931 para militar a continuación en el Partido Radical y el Partido Republicano Independiente, según la base de datos del Archivo de la Democracia de la Universidad de Alicante.

El declarante también presenta el documento del 1 de abril de 1939 que prueba su temprana reincorporación como profesor a la Escuela de Comercio de la que había sido apartado por los republicanos. Asimismo, el 25 de abril había donado veinticinco pesetas en monedas de plata para «una suscripción nacional» promovida por los vencedores, según consta en el sumario. Al margen de otros futuros avales, incluida una carta de Justo Sansano Benisa fechada el 20 de febrero de 1940 para desmentir la acusación de José M.ª Ruiz Pérez-Águila, la documentación evidencia que el declarante ya sabría de la posibilidad de ser denunciado por su permanencia en zona republicana durante la Guerra Civil, aunque hubiera sido objeto de persecuciones de «los rojos» que le llevaron hasta la localidad alicantina de Hondón de las Nieves para esconderse.

Otros avales en el mismo sentido constan en la documentación sumarial. Entre ellos, un informe del Servicio Nacional de Seguridad con fecha del 11 de junio de 1939, donde José Tarí Navarro aparece como «persona destacadísima de derechas habiendo estado detenido varias veces por la policía roja». Nunca pasó a ser procesado por estas supuestas detenciones. A pesar de unas evidencias poco o nada sospechosas a los ojos de los vencedores, el periodista permanece encausado, aunque en prisión atenuada en atención a que no era un «rojo» hasta el punto de que, en agosto de 1939 y según consta en el AHN, ya tramitó el expediente de censura de una nueva publicación: Guía de Publicidad de Alicante.



Requisitoria publicada en la prensa local. Sumario 871 del AGHD

El auto resumen del 2 de enero de 1940 supone el sobreseimiento para Eduardo García Marcili, Francisco Soria Tirado, Víctor Viñes Serrano, Fernando Gadea, José Ferrándiz Casares, Juan Sansano Benisa, Juan Sansano Torregrosa y Pascual Rosser Guixot. Todas estas personas vinculadas a las cabeceras locales contaban con numerosos avales entre las autoridades de los vencedores y quienes se habían movilizado para evitar el procesamiento de unos periodistas que, por convencimiento o conveniencia tácita, estaban por entonces en la órbita del Glorioso Movimiento Nacional.

José Tarí Navarro se encuentra en la misma situación y debería haber corrido una suerte similar a tenor de la documentación sumarial. Sin embargo, el instructor le manda al plenario del consejo de guerra por el informe del secretario judicial acerca de las supuestas colaboraciones periodísticas firmadas con seudónimo. La condición de «afecto al Glorioso Movimiento Nacional» era evidente, pero no bastaba a los ojos de los militares. De hecho, el procesado, aparte de haber sido depurado el 12 de septiembre de 1936 como desafecto a la II República en su condición de profesor de la Escuela de Comercio de Alicante, fue redactor de El Día hasta el 18 de julio de 1936. A partir de ese momento, dejó de colaborar en el periódico incautado como muestra de solidaridad con Justo Sansano Benisa. Este, además de ratificarlo ante el juzgado instructor, había quedado absuelto y su solidario colega procesado.

El 29 de enero de 1940, el fiscal pide seis años de cárcel para José Tarí Navarro como «autor de numerosos artículos de propaganda marxista», así como para los otros dos procesados que llegaron al plenario. El marxismo del antiguo concejal monárquico es un misterio a resolver. El 21 de febrero, el tribunal presidido por el comandante Almansa Díaz condena a Emilio Claramunt López y Ernesto Cantó Soler a la pena de seis años de prisión, mientras que el tercero queda absuelto porque los oficiales consideran no probada la acusación del fiscal, que la retiró en el curso del propio consejo de guerra.

El almanseño Emilio Claramunt López (1907-¿?) era un antiguo militante del PSOE que pasó a engrosar las filas del PCE, sindicalista de UGT en Riegos de Levante -le acusaron de haber depurado a empleados de esta empresa- y administrador de Nuestra Bandera, según la declaración del 4 de mayo de 1939. Dada esta trayectoria y a pesar de los avales recabados en su defensa, quince días después el informe de la alcaldía alicantina le considera como una «persona abiertamente hostil al Movimiento Nacional». De hecho, le acusan de haberse desplazado a Madrid con el objetivo de comprar la maquinaria para editar Nuestra Bandera.

El relleuero Ernesto Cantó Soler (1906-¿?) era un agente de seguros de treinta y tres años que reconoce haber sido «redactor nocturno» de Bandera Roja, aunque solo por ganarse la vida limitándose a recoger las noticias y corregir las galeradas. Los datos conservados permiten asegurar que su implicación en la cabecera fue más importante. Varios testigos declaran para exculparle y, además, lo hacen con un lujo de detalles que permite darles credibilidad. Pesaba sobre él, no obstante, su pasado como militante del PCE en Madrid antes de la guerra que llegaría a colaborar como «asesor jurídico» en Frente Sur, editado en Jaén cuando por allí andaba Miguel Hernández.

Ernesto Cantó Soler fue detenido en la capital andaluza al finalizar la guerra y posteriormente trasladado a Alicante para procesarle. Puesto en libertad condicional el 22 de junio de 1941, la definitiva le llegó el 29 de abril de 1945, aunque regresó al Reformatorio alicantino en dos ocasiones para permanecer a disposición del gobernador civil. Le consideraban hombre de «gran cultura» y, por lo tanto, sospechoso de volver a las andadas. Finalmente, le dejaron trabajar como inspector de seguros, según la base de datos del Archivo de la Democracia de la Universidad de Alicante.

Hasta cierto punto, y de acuerdo con los parámetros de la jurisdicción militar en tiempos de la Victoria, ambos por su relación con el PCE llegaron al consejo de guerra con muchas posibilidades de ser condenados. Sin embargo, José Tarí Navarro estaba en otra órbita ideológica y solo cabe justificar su presencia en el plenario como una consecuencia del informe presentado por el secretario judicial, que se convirtió en la única base de la acusación del fiscal.

El tribunal nunca valoró los significativos avales presentados por los finalmente condenados, mientras que creyó a José Tarí Navarro, a pesar de que el periodista era el único con una prueba de cargo en el sumario. La arbitrariedad fue la propia del derecho de autor seguido en la jurisdicción militar de la Victoria. La condena no venía motivada por los hechos probados, sino por la identidad de quienes pudieron haberlos realizado. Unos habían militado en el PCE y, en consecuencia, carecían de credibilidad a la hora de presentar pruebas de descargo y otro, por el contrario, era una «persona de orden» capaz de negar la única prueba documental que consta en el sumario.

Si José Tarí Navarro careció de vinculación con los partidos del Frente Popular, fue apartado de su puesto como profesor poco después de iniciada la guerra, cesó de colaborar en la prensa cuando su periódico fue incautado -así lo testifica Justo Sansano Benisa- y hasta salió de Alicante para evitar nuevos problemas, ¿qué motivo justifica su permanencia como acusado hasta el plenario del consejo de guerra? La respuesta está en el informe presentado por el secretario judicial, que podía documentar una prueba de cargo posteriormente utilizada por el fiscal para argumentar su acusación. La circunstancia recuerda lo visto de forma reiterada en el Juzgado Militar de Prensa.


lunes, 17 de noviembre de 2025

Franco, chocolate y churros


 Franco rivalizando con los ases de la raqueta

Los 20 de noviembre eran días festivos en Alicante. Durante mi estancia en el colegio San Fernando (1964-1968), a pesar de que ya se habían celebrado los XXV años de Paz, las vísperas de esa señalada fecha la ocupábamos en una visita a la casa-prisión de José Antonio. Allí nuestros maestros, con la preceptiva camisa azul, evocaban la ejemplaridad del sacrificio de un líder cuya imagen nos resultaba tan familiar como las de Franco y el crucifijo. Juntos, en la pared del estrado de las aulas, formaban una especie de Santísima Trinidad.

La visita, como expliqué en Contemos cómo pasó (2015), terminaba con una discusión acerca de si el mendrugo de la celda de José Antonio era el original o lo cambiaban cada año. Los puristas creían en la conservación milagrosa del pan. Los escépticos apuntábamos la posibilidad de la renovación porque, de haber sido un mendrugo de treinta años, aquello debería haberse convertido en un resto arqueológico. Al final, todos juntos, jugábamos un improvisado partido de fútbol en el patio de aquel recinto para culminar una visita donde unos chavales convertían la pared de la ejecución en una portería. El acto era irrespetuoso, pero tampoco parecía respetuoso hablar de fusilamientos y sacrificios ejemplares a quienes llevábamos pantalones cortos por imperativo de la edad.

A lo largo del bachiller, la festividad del 20 de noviembre en Alicante fue cada vez más extemporánea. La conmemoración del fusilamiento era un acto militante con escasa presencia en la ciudad. Muchos aprovechaban la ocasión para desplazarse a otras localidades y hacer una especie de black Friday sin saber del mismo. Mi padre decidió que ir a Jumilla era una buena oportunidad de comprar vino. En otras ocasiones, el destino fue Jijona para proveernos de turrón a un precio especial porque los fabricantes eran «clientes del banco». Estos detalles de «los clientes» determinaron varios hitos gastronómicos hasta mi entrada en la universidad.



Bluff fue fusilado por dibujar caricaturas como la del general Franco

A la altura de 1975, y conocedor de las noticias, mi padre no programó un viaje en el «850» que sustituyó al «600» gracias a su condición de «apoderado del BV». La categoría laboral figuraba en sus tarjetas de visita guardadas en una cajita de plástico. La posesión de esa cajita la añoro, así como la entrega de la correspondiente tarjeta donde ahora figuraría una cualificación que habría enorgullecido al «apoderado», un término que me gustaba tanto como el de «perito».

El 20 de noviembre de 1975 mi padre madrugó como todos los días. El hábito lo he heredado. Aquella mañana vino a mi habitación, con su sempiterno batín granate, para decirme una sola palabra: «¡Ya!». El resto de la implícita frase lo entendí al instante. A partir de ese momento, el desconcierto en nuestras reacciones fue notable porque «no había costumbre» de que Franco hubiera fallecido.

El alivio era notable. Los partes del «equipo médico habitual», con su detallismo acerca de las «madejas sanguinolentas», habían preparado el camino, pero algo sonado debía hacerse. Mi padre sacó un billete de veinte duros y me mandó comprar una rueda de churros, toda una rueda, y chocolate. Así, mojando los churros sin temor a que se agotaran, contemplé al cariacontecido Arias Navarro en la tele o escuché las noticias por la radio. La duda permanece, pero lo bien que me sentaron esos churros es un dogma.



José Robledano fue procesado por caricaturizar al general Franco

La muerte ajena nunca debe ser un motivo de alegría, y menos después de la carnicería a la que fue sometido el general Franco para prolongar su vida, pero conviene reconocer que a veces supone un alivio. El galán del No-Do era por entonces un personaje patético que amenazaba con la inmortalidad. Los secundarios, al menos los procedentes de familias derrotadas en 1939, esperábamos que la productora contratara a un sustituto con mejor presencia. Valía cualquiera y así, con la resignación de haber padecido el pasado, aceptamos al «campechano», que ya sabría de las artes de un buen galán.

Aquella mañana del 20 de noviembre de 1975 en casa no hubo una celebración más allá de los churros con chocolate. Franco había fallecido, pero el franquismo seguía vivo. La comprobación era tan sencilla como salir a la calle. El problema es que esa mentalidad de un «régimen tenebroso de pícaros, patanes y meapilas» (Javier Cercas) no iba a desaparecer gracias al «hecho biológico». La tarea para convertirnos en un «país normal» (Iñaki Gabilondo) resultaba abrumadora y, sobre todo, no había un manual de instrucciones. Menos todavía un «gran timonel» que nos orientara. No obstante, la necesidad de ser «normales» permitió que la dictadura, a diferencia del dictador, fuera derrotada poco a poco en la calle.

El aprendizaje de la convivencia durante la Transición fue un empeño colectivo, pero nunca unánime. El franquismo estaba en cualquier esquina y, visto el presente, parece capaz de mutarse para que no podamos comer unos churros con chocolate sin temor de que se agoten o sin la mala conciencia de que engordan. Qué le vamos a hacer. Siempre tendremos a mano las galletas gracias a las pequeñas victorias en el empeño de ser «normales» para que nadie acabe como Bluff o José Robledano. Ni siquiera insultado o difamado, menos condenado, por pensar que las dictaduras donde mejor están es en el recuerdo de lo remoto.

 

 


domingo, 16 de noviembre de 2025

Manuel Izquierdo, taquimecanógrafo de Mundo Obrero


 Manuel Izquierdo Esteban. Foto obtenida del fondo del SBHAC

La represión franquista durante la Victoria responde a múltiples causas con un mismo objetivo: la eliminación o neutralización de un «enemigo» todavía considerado en términos militares. A lo largo de aquellos meses en Madrid, y en lo referente a los comunistas, algunas detenciones relacionadas con lo sucedido durante la guerra también vienen motivadas por una actuación en la clandestinidad. Su único fin por entonces era procurar la supervivencia de los camaradas o prestar ayuda a los presos y sus familias. Tanto por el pasado como por el presente, los detenidos formaban parte del «enemigo» y como tales fueron sometidos a los sumarísimos de urgencia.

La detención el 24 de agosto de 1939 del taquimecanógrafo y «vaciador» Manuel Izquierdo Esteban (1913-1992) en la madrileña calle de Embajadores ejemplifica esta doble circunstancia. El joven «agente colaborador» Roberto Conesa Escudero (1917-1994) estaba a punto de ingresar como «agente auxiliar provisional» en el Cuerpo General de Policía tras servir en la Quinta Columna y militar en FET y de las JONS, pero antes de ser funcionario por nombramiento directo -así se deduce de la consulta de su expediente en el Archivo General del Ministerio del Interior (expdte. 10856)- ya actuaba de hecho como si fuera un miembro de la Brigada Político Social. Durante el verano de 1939, quien destacaría por sus actuaciones policiales participó en la detención de «Las trece rosas», así como en el desmantelamiento de las células comunistas que intentaban reorganizarse.

Uno de los primeros objetivos de Roberto Conesa Escudero -según su expediente, la fecha del ingreso como agente auxiliar provisional en la Brigada Político Social fue el 25 de agosto de 1939, un día después de la detención (El Diario, 16-I-2020)- lo constituyó quien trabajó como taquimecanógrafo en Mundo Obrero desde el inicio de la guerra hasta su movilización en febrero de 1937. Tras la entrada de las tropas del general Franco, Manuel Izquierdo Esteban permaneció en Madrid junto a su esposa. Por razones obvias, había dejado atrás su actividad periodística en El Sol, La Voz o Estampa y solo era un «vaciador» en el taller de su suegro, donde fue detenido junto con la militante comunista Teresa Colomer.



AGHD, sumario 60352

El 24 de agosto de 1939, Roberto Conesa Escudero y otro agente presentan al detenido en la DGS bajo la acusación de pertenecer al PCE desde 1931, haber trabajado en Mundo Obrero como taquimecanógrafo y redactor e intentar la reconstrucción de la organización del partido en Madrid. Ese mismo día tuvo lugar la primera declaración del detenido. Manuel Izquierdo Esteban, de veintiséis años, reconoce su militancia en el PCE, solo desde agosto de 1936 porque antes su colaboración quedó limitada a ser taquimecanógrafo en los mítines. También admite su presencia en la redacción del órgano oficial de los comunistas, aunque «de manera accidental» y reducida a la redacción de «algunos sueltos». Esta actividad la completaba con el trabajo en el taller del suegro hasta la movilización y, conocedor del peligro que corría, negó la participación en la reconstrucción del PCE. Otros jóvenes camaradas suyos, y no solo «las trece rosas, fueron fusilados durante ese trágico verano bajo la misma acusación.

Las actuaciones sumariales hasta ese momento eran unas diligencias previas con el número 19886, pero las mismas pasaron a ser un sumarísimo de urgencia, el 60352 del AGHD, tras la orden del auditor fechada el 21 de febrero de 1940. Antes, el 14 de octubre de 1939, el detenido en Yeserías había ratificado lo declarado en la DGS, aunque también dio algunos nombres y negó que le hubieran ofrecido la secretaría de organización del PCE en Madrid. Asimismo, y de forma sorprendente, la declaración desmiente su vinculación con FET y de las JONS.

La primera declaración ante el juez instructor tiene lugar el 26 de enero de 1940, antes de la orden dada por el auditor, pero ya sabemos de la frecuente incoherencia cronológica de estos sumarios. Manuel Izquierdo Esteban solo reconoce la militancia en el PCE desde 1936, niega haber escrito «sueltos» o cualquier otro texto en Mundo Obrero -«pues se limitó únicamente a trabajar como taquígrafo siendo este cargo de carácter accidental y fuera de plantilla»-, obvia las referencias a otras publicaciones ya que nada de las mismas supieron los instructores y, sobre todo, rechaza la vinculación con las actividades clandestinas para la reconstrucción del partido. Tal vez fuera la primera declaración ajena a la posible tortura en la DGS y lo reconocido es menos grave para su futuro procesal.

El también poeta Manuel Izquierdo Esteban debía gozar de una positiva opinión en la vecindad porque, a lo largo de febrero de 1940, llegan al juzgado varios avales de conocidos suyos para probar que era una «buena persona», además de «trabajador consciente y de excelente honradez». El informe de la Guardia Civil fechado el 19 de abril de 1940 no lo desmiente, aunque le considera un comunista que escribía en Mundo Obrero «haciendo una propaganda grande». A diferencia de lo sucedido en estos casos cuando eran instruidos en el Juzgado Militar de Prensa, ningún secretario judicial acudió a la hemeroteca para comprobar la circunstancia y realizar el correspondiente informe con los artículos transcritos. La Guardia Civil, abrumada por la tarea represiva, escribía de oídas a la hora de presentar las pruebas de cargo y, por otra parte, el auditor obvió la posibilidad de remitir este sumario al juzgado del capitán Manuel Martínez Gargallo. La condición de militante clandestino del detenido prevaleció sobre la desconocida faceta como periodista y escritor o, al menos, colaborador en la prensa republicana.

A pesar de la supuesta urgencia del sumarísimo, los meses se suceden con el detenido ahora en la prisión de Torrijos. Así debemos esperar hasta el 29 de abril de 1940, cuando vuelve a declarar el agente Roberto Conesa Escudero. El policía especializado en el desmantelamiento de las organizaciones comunistas afirma que detuvo a Manuel Izquierdo Esteban en la calle Embajadores, justo cuando esperaba mantener una reunión con Teresa Colomer. Lo hizo porque, «según confidencias recibidas, era uno de los que estaban reorganizando el PCE de Madrid clandestinamente». Tanto era así que le habían elegido como secretario de organización. Por fortuna, los militares prestaron poca atención a esta acusación del policía o la desecharon sin mediar justificación.

El 12 de julio de 1940, casi un año después de la detención y sin que la instrucción hubiera avanzado, vuelve a declarar Manuel Izquierdo Esteban. El detenido ratifica las anteriores declaraciones y, sobre todo, niega la publicación de artículos en Mundo Obrero y su presencia en la reconstrucción del PCE. Tampoco aportan novedades los avalistas, que se presentan en el Juzgado militar permanente n.º 9 para validar lo escrito meses antes. El acto, dada la militancia del acusado, suponía un riesgo que los escritores falangistas supuestamente dispuestos a salvar a Miguel Hernández nunca corrieron.

Un año después, el 2 de agosto de 1941, llega el informe de la DGS, que repite lo recopilado en actuaciones anteriores y atribuye al taquimecanógrafo una militancia destacada en el PCE desde antes del Glorioso Movimiento Nacional. De hecho, Manuel Izquierdo Esteban «daba conferencias marxistas y cantaba La Internacional por todo el barrio». Ambas circunstancias, fruto de algún testimonio vecinal nunca explicitado, permiten a los policías considerar que el detenido «observaba una mala conducta tanto pública como privada». La falta de moralidad era propia de quien trabajaba en la redacción de Mundo Obrero e intentaba la reorganización del PCE.

Los dos años de instrucción con el detenido en prisión apenas sirvieron para acumular los imprecisos y parciales testimonios arriba indicados. Las pruebas para sustentarlos nunca aparecieron. Tampoco resultaban necesarias en el «derecho de autor» presente en la jurisdicción militar. El juez dictó el auto resumen el 14 de agosto de 1941. El auditor lo elevó al plenario del consejo de guerra el 2 de septiembre y, como novedad porque los sumarísimos de urgencia habían pasado a la historia poco antes, el acusado nombró a un oficial como defensor. Lo hizo el 2 de octubre y la tarea recayó en el teniente Enrique Castro Cardiel, que doce días después pidió la absolución para el militante comunista sin aportar argumentos jurídicos. Este tipo de peticiones formaban parte de un ritual donde los oficiales defensores apenas condicionaron las decisiones de sus superiores que formaban parte de los tribunales.

El consejo de guerra presidido por el teniente coronel José Guadalajara tuvo lugar el 14 de octubre de 1941. El fiscal pidió una condena de treinta años de reclusión mayor tras rebajar la petición del 18 de septiembre, que era de muerte. El mismo día, según lo habitual por entonces, el tribunal dictó sentencia. Manuel Izquierdo Esteban, con unos «hechos probados» limitados al testimonio del agente Roberto Conesa Escudero y los informes policiales que hablaban de la mala conducta de quien cantaba La Internacional «por todo el barrio», fue condenado a veinte años de reclusión mayor.

El auditor ratificó la sentencia el 30 de octubre de 1941. Según la documentación del sumario, la condena del periodista quedaría extinguida el 25 de agosto de 1959 para celebrar los planes de estabilización que dieron paso al período desarrollista. Las autoridades judiciales le aplicaron la Ley de Responsabilidades Políticas con el objetivo, nunca explícito, de evitar que el «vaciador» acumulara riquezas por el trabajo en el taller del suegro. Manuel Izquierdo Esteban pasó, además, por destinos tan duros como el destacamento penal de Fuencarral. Sin embargo, se impuso su juventud a la hora de sobrevivir y recobró la libertad, aunque condicional, en 1944 (BOE, 25-III-1944).

El madrileño apenas había cumplido los treinta años y su pasado era digno de un relato de la memoria. La preservó durante años en su exilio por varios países. Gracias a que vivió para regresar a España, ver la llegada de la democracia y ser amnistiado como periodista represaliado, ingresó en la Asociación de la Prensa de Madrid el 18 de noviembre de 1985 (Cordero Avilés, 2024: 204). Lo sufrido durante la Victoria junto con otros militantes comunistas lo relató en libros y artículos publicados entre 1982 y 1997 con la colaboración de la editorial Endimyon. Manuel Navarro Ballesteros, el ejecutado director de Mundo Obrero, protagoniza estos trabajos literarios, pero los mismos también hablan de un pasado donde trece rosas, y muchas decenas de compañeros, pagaron con sus vidas las consecuencias de una dictadura dispuesta a invertir en una represión despiadada. Estos libros andan descatalogados a la espera de algún lector. Los recuperaremos para incorporarlos al correspondiente capítulo de Manuel Izquierdo Esteban, que desde ahora empieza a contar con un relato como poeta, ensayista y cronista presente en la España de la Victoria. Nunca lo olvidó.

Pd. El presente texto es un embrión del capítulo mucho más extenso dedicado a la detención y el proceso de Manuel Izquierdo Esteban que aparecerá en el cuarto volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores. Asimismo, ampliaremos todo lo relacionado con la detención a partir de la consulta de varios documentos incluidos en el expediente del agente Roberto Conesa.


viernes, 14 de noviembre de 2025

La suerte del periodista y escritor Eduardo García Marcili


Eduardo García Marcili. Foto incluida en el volumen de Jaume Lloret i Esquerdo, Personajes de la escena alicantina (2002)

El 20 de abril de 1939, el abogado y periodista José M.ª Pérez Ruiz-Águila presentó ante las autoridades militares de Alicante una denuncia contra diversos colegas de la prensa republicana. El sumario instruido a partir de la misma ya lo hemos examinado en lo referente a José Ferrándiz Albors, José Ferrándiz Casares y Juan Sansano Benisa (véase fundamentalmente la entrada del 10 de octubre de 2025 en este mismo blog).

La citada denuncia del sumario 871 del AGHD también incluye al redactor-jefe del Diario de Alicante, Eduardo García Marcili (1878.1943), un veterano autor y crítico teatral que firmaba en la prensa local con el seudónimo de Aristarco. El 19 de julio de 1936, José M.ª Pérez Ruiz-Águila todavía era el director del citado diario, luego su nombre desapareció y presenta al colega como «traidor» porque se puso «sin condiciones al servicio de los rojos». Esta supuesta actitud de colaboración no se tradujo en artículos publicados en una cabecera claramente opuesta a los sublevados. La motivación de la denuncia pudo tener relación con otra circunstancia: el periodista era un testigo del pasado anticlerical del denunciante.

Eduardo García Marcili, aparte de una amplia trayectoria en la prensa alicantina, era autor de novelas y obras teatrales de carácter costumbrista que le habían dado popularidad en su ciudad natal. Su militancia en Izquierda Republicana parece probada (CDMH, DNSD, Fichero 24, G0095839), pero no me consta ninguna otra circunstancia que pruebe la veracidad de la acusación de quien le denunció.

El 21 de abril de 1939 el juez instructor mandó la captura de todos los denunciados por José M.ª Pérez Ruiz-Águila y el 3 de mayo los militares detuvieron a Eduardo García Marcili, que por entonces contaba con cincuenta y ocho años. Al día siguiente, el veterano escritor prestó declaración en el juzgado militar. Su defensa pasa por acusar al gobernador civil Valdés Casas como causante de su continuidad en el Diario de Alicante, aunque lo hiciera sin redactar un solo artículo. El declarante niega haber militado en partidos republicanos y las demás acusaciones de su denunciante, al tiempo que recuerda su comportamiento solidario cuando acogió en su domicilio a varias personas de derechas durante la Guerra Civil.

El informe del alcalde de Alicante sobre Eduardo García Marcili, fechado el 19 de mayo, le califica como una persona «fluctuante en política» que trabajó para El Luchador -su nombre no figura en la correspondiente ficha del catálogo editado por Francisco Moreno Sáez, pero pudo hacerlo con seudónimo o sin firma- y durante la guerra ocupó cargos en la Comisaría de Abastos. Tres días después, el periodista vuelve a declarar alegando que no redactó un solo artículo en contra del Glorioso Movimiento Nacional y que su permanencia en la cabecera de Diario de Alicante solo era una imposición del gobernador civil.

El 1 de junio de 1939, la jefatura policial de Alicante informa al juez instructor que Eduardo García Marcili había sido colaborador en La Voz de Alicante y El Luchador, así como en ABC y El Sol de Madrid. Esta última circunstancia no la he podido constatar en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional. El documento no precisa el carácter de estas supuestas colaboraciones y, para tranquilidad del acusado, se limita a señalar que durante la guerra «su conducta no ha sido mala».

A pesar de que el secretario del juzgado instructor recopila varios artículos de los acusados publicados en la prensa local, la prueba de cargo es obviada por el juez instructor. También prescinde de la reconocida colaboración del denunciado en la prensa republicana y, en el auto resumen del 2 de enero de 1940, absuelve a Eduardo García Marcili, junto con Francisco Soria Tirado, Víctor Viñes Serrano, Fernando Gadea, José Ferrándiz Casares, Juan Sansano Benisa, Juan Sansano Torregrosa y Pascual Rosser Guixot.

La absolución, a falta de una justificación explícita en la documentación sumarial, en el caso de Eduardo García Marcili pudo llegar gracias a los numerosos avales remitidos al juzgado en defensa de los procesados. El juez sabía que estaba ante un periodista con presencia como redactor-jefe en una cabecera favorable al gobierno durante la guerra y que, al mismo tiempo, había ocupado algunos cargos menores en el ámbito local. Ambas circunstancias, sobre todo la condición de redactor-jefe de un periódico republicano, en Madrid solían justificar una condena a treinta años. En Alicante, y gracias a los avales y otras posibles intermediaciones, podían terminar con una absolución, aunque tras pasar el susto correspondiente.

La vara de medir de la jurisdicción militar distaba de ser una constante en todo el ámbito nacional y, por los mismos cargos, las condenas iban desde lo tremendista hasta la absolución. El veterano Eduardo García Marcili agradecería haber pasado la guerra en Alicante, tan lejos de los dominios del Juzgado Militar de Prensa y tan cerca de los amigos que le ayudaron en unas penosas circunstancias que pronto le llevaron a la muerte y el posterior olvido.