La popularidad de Ramón
Álvarez Escudero, Ramper (1892-1952), fue enorme a lo largo de las
décadas de los veinte y los treinta. El payaso, caricato, acróbata y actor
triunfó en el mundo del espectáculo hasta el punto de convertirse en una
celebridad. El público en masa acudía a sus espectáculos con la garantía de
reír gracias a un humor fresco y ocurrente en el que no faltaban las bromas
sobre la actualidad. Siempre dichas en el tono propio de un humor blanco,
aunque a veces le costaran algunos contratiempos.
El 18 de julio de 1936,
Ramper estaba en Barcelona rodando un filme y, según declaró a la prensa, poco
después decidió emprender el camino de regreso a Madrid, aunque podía haber
seguido otras rutas más seguras. Una vez en la capital, siguió en activo hasta
el final de la guerra. La circunstancia, paralela a la vivida por los hermanos
Aragón en el reducido círculo de los payasos, siempre me llamó la atención porque
ignoraba hasta qué punto fue determinante para su destino durante la posguerra.
Pedro Corral, en su
monografía Cómicos en guerra (2026), aborda este caso y aporta
información interesante. No obstante, he querido consultar las fuentes
primarias relacionadas con el paso por la jurisdicción militar de este célebre
payaso que, cuando falleció en 1952, tuvo un multitudinario entierro cuyas
imágenes nos han llegado gracias al No-Do.
La documentación se
encuentra en el Archivo General e Histórico de Defensa. Apenas doce folios
recogen unas diligencias previas (sumario 7777, legajo 4957), que fueron archivadas
sin desembocar en un consejo de guerra. El auditor del Ejército de Ocupación no
llegó a encomendar la instrucción de las diligencias a un juzgado concreto a
raíz de una denuncia presentada por el abogado y teniente Fernando García
Montoto, que mientras estaba destinado en Zaragoza debió mantener una actitud
vigilante para hacer los correspondientes méritos.
El teniente cumplimentó
una ficha de Ramón Álvarez Escudero a partir de una entrevista concedida por el
payaso al periodista José Altabella y publicada en Blanco y Negro el 19
de agosto de 1938. En realidad, la fecha de la publicación es el 1 de ese mismo
mes, concretamente en la página 16. Por unos sorprendentes cauces que ignoro, la
información destinada al auditor que actuaba en Zaragoza llegó a su colega de la
Jefatura Territorial de Marruecos.
La ficha elaborada por el
teniente parte de un hallazgo hemerográfico que, según el auditor de Tetuán
puesto en contacto con su colega en Madrid, podía justificar el procesamiento
de quien actuaba por entonces «libremente» en un teatro de la capital. El
responsable de dicha jefatura, en carta del 4 de mayo de 1939 dirigida al
auditor del Ejército de Ocupación, transcribe un párrafo de la ficha redactada
por un teniente que tal vez ignorara el destino de su vigilante trabajo.
Según Fernando García
Montoto, Ramper «concedió una interviú al redactor de la citada revista roja,
José Altabella, en el transcurso de la cual desmintió cuantos chistes
políticos contrarios al régimen republicano se le han achacado, manifestó que
la “sublevación” de los militares le cogió en Barcelona filmando una película,
yéndose luego a Madrid voluntariamente. Y, además, dedicó una fotografía a los
lectores de dicha revista -y que se publicó en el referido número- con el
siguiente autógrafo: “A los lectores de Blanco y Negro prometo que
soy Ramper”».
Del párrafo transcrito,
deducimos que la posible acusación se basaba en el desmentido de la autoría de
los chistes contra la II República, la calificación del Glorioso Movimiento
Nacional como una sublevación, la permanencia voluntaria en zona republicana y,
finalmente, la promesa en vez del juramento para que los lectores supieran que
el retratado era el verdadero Ramper, que por su condición de caricato actuaba
con distintas caracterizaciones.
Fernando García Montoto
no andaba desencaminado a la luz de lo actuado por entonces en la jurisdicción
militar. La entrevista de Blanco y Negro podría haber justificado la
instrucción de un sumarísimo de urgencia, como hemos visto en otros casos
analizados en la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y
escritores.
No obstante, Ramper tal
vez fuera demasiado popular y querido en Madrid como para ir a un consejo de
guerra, aunque este dictara una pena menor. Tras llegar la denuncia a Madrid,
nadie movió un dedo para instruir diligencias destinadas a averiguar el
comportamiento del payaso en los escenarios de la capital y documentar su
participación en festivales organizados por los republicanos. La tarea resultaba
sencilla, pero el resultado podía ser inoportuno, además de innecesario, si el
objetivo era hacer entrar en vereda al payaso.
Tras siete meses de
incertidumbre, los suficientes para sentir el aliento de la represión, el 9 de
diciembre de 1939 el auditor del Ejército de Ocupación acuerda archivar el
sumario de Ramper sin necesidad de practicar las habituales diligencias. La
actuación es excepcional. La interpretación optimista conduce a una relativa
tolerancia ante un caso leve. La pesimista, más acorde con la experiencia de
haber investigado decenas de sumarios, lleva a pensar que los militares eran
conscientes del aviso dado a Ramper y que, por una cuestión de supervivencia,
el payaso lo tendría en cuenta sin necesidad de pasar por la cárcel. El cálculo
estaba fundamentado.
Ramón Álvarez Escudero se
libró de compartir el destino de tantos colegas que lo habían elogiado en las
páginas de la prensa republicana. La historia de estas diligencias previas
acaba bien. No obstante, si ojeamos la bibliografía sobre Ramper, observamos
una constante: a partir del final de la guerra, el otrora célebre y triunfante
payaso no levantó cabeza, se arruinó tras montar un circo y murió en la
habitación de un hotel sevillano, cuando ya viejo intentaba seguir adelante en
unos escenarios tan alejados de sus triunfos.
El aviso de los
militares, en coherencia con otros que le llegarían desde distintas
procedencias, surtió el previsible efecto. Ramper nunca volvió a bromear sobre
la actualidad política y, si le atribuyeron algunos chistes acerca del general
Franco, habría que pensar en las viñetas nunca publicadas por La Codorniz, aunque
los lectores juraran haberlas visto como ejemplo de una audacia solo supuesta
porque la represión no invitaba a practicar estos juegos de la imaginación.
Tal vez, en enero de
1952, cuando se celebró el multitudinario entierro de Ramper, una parte de los
asistentes rindió homenaje a su pasado, aquel tiempo en que se podía bromear
acerca de la actualidad sin necesidad de que un teniente elaborara una ficha
destinada a un posible consejo de guerra. Lo averiguaremos, como tantos otros
matices de una historia que tendrá un capítulo propio. Los payasos, quienes
hacen reír desde un escenario, merecen el mejor de los recuerdos.

