sábado, 12 de septiembre de 2026

España partida en dos


 

La divulgación del conocimiento histórico, más allá de las aulas y los círculos de especialistas, supone un reto pocas veces afrontado desde el ámbito académico. Las coartadas para eludirlo son numerosas y algunas responden a unas circunstancias objetivas. Las posibilidades de contar con la colaboración de los medios de comunicación escasean, los historiadores no solemos disponer de habilidades comunicativas para aparecer en esos medios, la necesidad de sintetizar al máximo el mensaje representa un sacrificio cuando la investigación ha precisado de años de trabajo… y, últimamente, la exposición pública como historiador supone un riesgo en el caso de compartir unos planteamientos progresistas, por moderados que sean y aunque acaben expresados con el máximo respeto.

Hoy mismo, cuando en la prensa local ha aparecido la noticia de la publicación de mi último libro, La colmena, he encontrado un comentario de quienes están de guardia todo el día para descalificar cualquier novedad protagonizada por alguien ajeno a los ultras: «Vivir del pasado parece muy rentable». Si a un historiador se le acusa de vivir del pasado, de ocuparse de lo sucedido en otras épocas, es probable que a los médicos se les reproche curar a los enfermos. El comentario es absurdo, pero otros más agresivos que proliferan en las redes sociales pueden desanimar a quienes emprendan el reto de comparecer públicamente para exponer sus trabajos y procurar su divulgación.

Julián Casanova es un ejemplo sobresaliente en esta tarea compleja y ahora peligrosa por los insultos recibidos en un país donde cualquiera sienta cátedra en materia de Historia. Desde hace años la realiza con éxito en distintos medios de comunicación, que reclaman su colaboración cuando los demás compañeros permanecemos recluidos en los despachos. Solo cabe, por lo tanto, el agradecimiento por una labor imprescindible, poco reconocida académicamente y urgente a causa de un revisionismo que pretende cuestionar el conocimiento histórico.

El catedrático recientemente jubilado publicó en 2013 un libro que ahora anda por la decimoctava edición, España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española, cuya lectura ayuda a comprender lo sucedido en aquellas trágicas fechas. Con rigor divulgativo y claridad, Julián Casanova expone lo fundamental para compartir certezas derivadas del trabajo investigador y desmentir viejos mitos acerca de una guerra tantas veces instrumentalizada en el debate político.

En la línea de algunos recordados hispanistas británicos, que tan fundamentales fueron para la inicial divulgación de este período histórico, Julián Casanova asumió con éxito el reto y ahora lo prorroga con una nueva publicación gracias al guion de Miguel Casanova y los dibujos de Carlos Esquembre. El resultado es un excelente cómic publicado el pasado mes de marzo y que ya cuenta con una tercera edición: España partida en dos (Barcelona, Crítica, 2026).

Hasta ahora, cada vez que recomendaba al alumnado la lectura del libro publicado en 2013 para la comprensión del período histórico recreado en varias obras teatrales, tenía la convicción de que pocos lo iban a leer porque asistimos a una progresiva desertificación de las bibliotecas universitarias. Las conclusiones del informe PISA también se podrían extender a los estudios superiores con similares o peores resultados que los obtenidos en el más reciente.

Gracias al citado cómic, a la utilización de un lenguaje gráfico capaz de potenciar la síntesis informativa ofrecida a partir del libro publicado en 2013, desde este curso tendré una mejor respuesta cuando haga la recomendación bibliográfica para conocer lo fundamental de aquella guerra. Tal vez perdamos algo de la riqueza informativa ofrecida en el texto original, pero habremos ganado en una tarea divulgativa convertida en un reto urgente.

El cómic se suma a una larguísima serie de recursos para el conocimiento de la historia de nuestro siglo XX. Mucho se ha trabajado en este sentido, aunque lo pendiente también sea considerable. Las críticas a los investigadores por estas carencias son lógicas, pero -si prescindimos del pensamiento políticamente correcto- habrá que repartir las responsabilidades e incluir al alumnado, a esa juventud que merece nuestro apoyo, aunque sin el olvido de la crítica por su pasividad o despreocupación en determinadas materias. Y las familias, claro está, donde se educan esos jóvenes cada vez más alejados de la lectura al igual que sus padres. También algunos medios de comunicación, con su cinismo al lamentar unos resultados que ellos propician con su actuación.

En definitiva, demos la bienvenida a esta nueva aportación de la labor divulgativa de Julián Casanova, intentemos seguir esa senda en la medida de nuestras posibilidades y, sobre todo, pensemos que, a la hora de buscar culpables de la incultura histórica, los primeros son aquellos que ni siquiera manifiestan curiosidad ante cualquier muestra de conocimiento.

A continuación, os dejo el enlace de una presentación del cómic con la presencia de los tres autores:



viernes, 4 de septiembre de 2026

Los nietos de las víctimas


 Rodrigo Sorogoyen, nieto de Antonio del Amo

Lucy Marcos del Rey, nieta del periodista procesado Pío Marcos Cuadrado, hace unas semanas se puso en contacto conmigo porque desde Puebla (México) está recopilando información acerca de la trayectoria de su abuelo. El sumario de quien fuera censor de prensa durante la guerra lo analicé en La colmena (pp. 105-110), le mandé una copia de la documentación utilizada e iniciamos una colaboración para completar el relato de este periodista afiliado al PCE en junio de 1938.

El juez Manuel Martínez Gargallo y su secretario instruyeron el sumario de quien, por el escaso protagonismo alcanzado durante la guerra, creyó estar a salvo en la Victoria. Sin embargo, Pío Marcos Cuadrado fue denunciado por el industrial Manuel Carazo Jiménez y lo detuvieron el 24 de mayo de 1939. A partir de ese momento, y como preso en las abarrotadas cárceles de la época, se inicia una instrucción que finaliza el 17 de noviembre con un auto resumen, donde el titular del Juzgado Militar de Prensa propone el sobreseimiento de la causa.

No obstante, un izquierdista nunca salió indemne de aquel juzgado militar y Manuel Martínez Gargallo, tras los correspondientes informes de su secretario, añade una nota al auto resumen. El procesado podía quedar en libertad «sin perjuicio de que dada la filiación netamente izquierdista del mismo y la colaboración por él prestada a la causa roja se le imponga un correctivo de tipo disciplinario o gubernativo, siempre que no se estimara bastante la prisión preventiva que lleva sufriendo».

El auditor estimó que era suficiente con medio año en la cárcel por haber sido «muy rojo» y el 29 de noviembre de 1939 salió en libertad. Nada más se sabía acerca de su futuro, que suponía difícil con cuarenta y cinco años y después de la experiencia en unas cárceles donde la salud siempre corría peligro. Ahora, gracias a la información facilitada por Lucy Marcos del Rey, sabemos que la familia terminó en México y que el periodista falleció en Madrid el 3 de junio de 1943. Pío Marcos Cuadrado sobrevivió a la cárcel, pero no llegó a los cincuenta años.

Las estadísticas dan cuenta de un preso puesto en libertad tras el sobreseimiento de su causa judicial. La realidad revelada por estos trabajos de la microhistoria indica que Pío Marcos Cuadrado no solo padeció medio año de cárcel en unas condiciones inhumanas, sino que falleció poco después, como tantos otros republicanos que pasaron por una experiencia similar.

Luz Recuero Jiménez, la esposa del periodista que hizo todo lo posible para ayudarle durante la instrucción, también falleció en Madrid, pero le sobrevivió hasta el 21 de diciembre de 1972. La viuda no tuvo la oportunidad de contar en público lo sucedido con su marido. Ni siquiera en privado, supongo, por la escasa información que nos ha llegado. Ahora Lucy Marcos del Rey, como tantos familiares de las víctimas, intenta reconstruir la trayectoria de su abuelo y contará con nuestra colaboración en todo lo que sea preciso.

Mientras tanto, el cineasta Rodrigo Sorogoyen, que acaba de estrenar con gran éxito una película protagonizada por Javier Bardem, ya dispone del sumario de Antonio del Amo, su abuelo y también director de cine. Habrá que esperar algunos meses para completar la información, pero estará lista para la publicación de Final de trayecto en 2027, justo cuando Rodrigo Sorogoyen esté a punto de iniciar una nueva película, que en este caso estará centrada en la Guerra Civil en la que su abuelo fue un documentalista al servicio del ejército republicano. Ahora conoce mucho mejor su relato, gracias a una historia que alimenta la memoria con una información contrastada.


martes, 1 de septiembre de 2026

La culminación de un trabajo de investigación


 

En 2014, cuando la familia de Diego San José se puso en contacto conmigo y me facilitó la documentación relacionada con el escritor, nunca imaginé que la tarea de analizarla me llevara a otra mucho más amplia. El consejo de guerra que condenó a muerte al autor madrileñista me descubrió una realidad que solo conocía a grandes rasgos: la represión durante la posguerra. A partir de ese momento, procuré contextualizar su caso mediante la consulta de otros casos de similares características y el resultado fue Nos vemos en Chicote (2015). El ahora reeditado libro nunca pretendió ser una monografía sobre los consejos de guerra, sino un ensayo acerca del concepto de la banalidad del mal aplicado a una serie de personajes históricos que intervinieron en aquellos sumarísimos de urgencia.

El trabajo lo completé con la edición de las memorias carcelarias de Diego San José en 2016 y otras publicaciones paralelas de menor entidad. Desde ese momento, alrededor de 2017, mis investigaciones versaron sobre otros temas ajenos a una violencia que, siendo necesario su conocimiento, procuro mantener lejos. Incluso me resulta desagradable su análisis desde un punto de vista histórico.

Las circunstancias conocidas por cualquier lector de este blog me hicieron cambiar de orientación como investigador a finales de 2020. A partir de entonces, decidí emprender una tarea de largo alcance: el análisis de los consejos de guerra de periodistas y escritores durante el período 1939-1945.

Tras la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (2022), Las armas contra las letras (2023) y Perder la guerra y la historia (2025), ahora llega La colmena, el tercer volumen de una tetralogía que culminará con Final de trayecto, una monografía ya redactada a la espera de consultar un sumario cuya copia solicité antes del verano.

En total, unas dos mil páginas dedicadas a estos consejos de guerra a partir de la documentación sumarial, completada con la localizada en diferentes archivos públicos y privados. El objetivo está casi culminado. Solo resta publicar el último volumen y jubilarme poco después, con la satisfacción de haber realizado a mi edad una investigación cuya envergadura parece propia de quienes conservan el ánimo de la juventud.

Las conclusiones las he desgranado en diferentes entradas de este blog y volverán a aparecer con motivo de algunos trabajos que me han encargado. Mientras discurre el consiguiente debate, hasta el presente positivo por la recepción de los volúmenes publicados, el balance me lleva a una experiencia que nunca terminaré de agradecer: el contacto con los familiares de las víctimas de aquella represión.

El trabajo comenzó gracias a unos familiares especialmente implicados en la recuperación de la memoria de Diego San José, pero ha continuado con otros muchos contactos que me han dado alegrías. Hasta el presente, porque en fechas recientes he hablado con el cineasta Rodrigo Sorogoyen, nieto del también director cinematográfico Antonio del Amo, y la semana pasada me escribió una nieta de Pío Marcos Cuadrado, que se encuentra en México y anda a la búsqueda de información acerca de su abuelo. Ambos ya tienen en su poder la documentación sumarial relacionada con sus familiares, cuentan con mi ayuda para fundamentar la memoria de la familia y, sobre todo, juntos podremos completar el relato que debemos a estas víctimas de la represión franquista.

La redacción de dos mil páginas a partir de una documentación primaria y en gran medida inédita supone un trabajo complejo. El desánimo ha aparecido en algunas ocasiones. También el cansancio, pero esos contactos con los familiares y la necesidad de aportar a cada víctima un relato de lo sucedido me han permitido superar los malos momentos. El objetivo está prácticamente alcanzado y, una vez divulgados sus resultados, habrá que cumplir con lo explicitado en el último título: el final del trayecto iniciado en mayo de 1982, cuando conseguí la beca de investigación que me permitió incorporarme a la universidad donde había estudiado la carrera.

Ahora, justo cuando comienza un nuevo curso, mirar hacia atrás produce vértigo, pero también la satisfacción de un trabajo realizado sin desmayo porque me ha acompañado la salud, cuento con la ayuda de una familia magnífica y disfruto junto a unos compañeros con los que comparto objetivos al servicio de la universidad pública.

Por cierto, este blog ha superado las cuatrocientas mil visitas a finales de agosto. La cifra ayuda a afrontar un nuevo curso.

jueves, 27 de agosto de 2026

La IA ha llegado a este blog


 Puestos a rejuvenecer, la IA hace milagros

El primer curso como estudiante en la Universidad de Alicante, el 1975-1976, trajo consigo la novedad de las fotocopias, que salían caras, solo se podían realizar en un local de Alicante y acababan evaporándose, pues la impresión en un papel satinado tenía fecha de caducidad. Apenas las utilizábamos por entonces y todavía recurríamos al papel carbón para sacar varias copias de los apuntes, gracias al buen pulso de una compañera que escribía con fuerza.

Para consultar un libro de la biblioteca, había que rellenar una ficha a mano y entregarla junto con nuestro carnet, que era una cartulina donde figuraba la foto del estudiante con el correspondiente sello como prueba indeleble de la identificación. Las notas de lectura debíamos escribirlas en una libreta, aunque los modernos ya utilizaban unas fichas que luego podían guardarse en un fichero de color verde.

Así hicimos la carrera aquellos estudiantes de la Transición en un país radicalmente distinto al actual, también en lo tecnológico. Desde entonces han pasado cincuenta años y una revolución que no fue la soñada por tantos compañeros de aquella época, sino la de una tecnología que ha convertido nuestra vida cotidiana en una experiencia donde cuesta imaginar el pasado. De hecho, cuando vemos películas de aquella época, mi mujer y yo nos emocionamos al ver algún artilugio capaz de remitirnos a un momento en que lo ahora habitual ni siquiera lo soñábamos.

A lo largo de estos cincuenta años me he ido adaptando a las novedades tecnológicas porque quedar atrás, como una especie de insumiso, puede tener su encanto, pero no resulta práctico. Y, sobre todo, me impide realizar adecuadamente el trabajo como docente en una universidad donde la tecnología siempre ha encontrado una generosa puerta de entrada.

Ahora, justo en la antesala de la jubilación, ha llegado la IA, que desde hace un par de cursos está modificando la actividad docente. Sería engorroso explicar los cambios derivados de esta novedad, pero procuro apostar por lo positivo de cualquier innovación y, desde luego, me niego a engrosar las filas de los viejos gruñones capaces de imaginar el pasado como una maravilla. La única maravilla perdida que merece la melancolía es la juventud.

Este verano, y gracias a mi hijo, he empezado a manejarme con la IA para corregir las pruebas de imprenta y revisar los textos originales que debo entregar a las editoriales y las revistas. El balance de la experiencia ha superado cualquier expectativa previa. Las tareas que antes suponían muchas horas de trabajo, ahora las realizo en unos minutos y con mejores resultados.

Los textos siguen siendo enteramente míos, pero evito así errores que me pasaban desapercibidos durante el trabajo de revisión. A efectos prácticos, es como tener en el ordenador a don Fernando Lázaro Carreter y al más atento corrector de pruebas, siempre dispuestos a colaborar para que el texto sea lo más correcto posible.

A partir de ahora, los textos que publique habrán sido revisados por la IA y no precisamente por uno de los programas más sencillos, porque cuento con los que utiliza mi hijo en sus proyectos de investigación. Mi modesta contraprestación es colaborar en su desarrollo para perfeccionar las tareas relacionadas con la corrección de textos y, en un futuro, crear recursos que permitan actuar en el ámbito jurídico con mayores garantías.

Mientras tanto, quede explícito mi compromiso de utilizar la IA para la corrección de los textos que publique y, por supuesto, mi deseo de seguir mejorando en mi trabajo gracias a las herramientas que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. La opción contraria supondría un ejemplo de soberbia, la de quienes publican textos repletos de errores y, ante la constancia de los mismos, los mantienen como si fueran un dogma divino. Allá ellos.

 


sábado, 22 de agosto de 2026

Los niños de Hitler


 

La II Guerra Mundial propició una avalancha de imágenes verdaderamente estremecedoras. Las conservadas endurecen nuestra mirada, pero algunos de esos testimonios de la barbarie permanecen en mi memoria de forma indeleble. Desde hace años recuerdo las fotos de los adolescentes, casi niños, que se incorporaron a la defensa de Berlín en las últimas semanas de la guerra, cuando los aliados estaban a punto de llegar al búnker de Hitler. Verlos empuñar las armas en una acción tan desesperada como inútil es observar un paradigma de la sinrazón que se apoderó de Alemania bajo el régimen nazi. El sacrificio de aquellos muchachos todavía me conmueve.

El poder de esas imágenes me llevó a indagar acerca de la generación de adolescentes que crecieron a la par que el nazismo se instalaba en el poder. Nunca había escrito al respecto, pero en La colmena (Sevilla, Renacimiento-UA, 2026) incluí varias referencias a la trágica historia de La Rosa Blanca, la organización pacifista de estudiantes universitarios que vio cómo algunos de sus integrantes acabaron decapitados. La conmoción de lo conocido gracias a una excelente película alemana me llevó a preguntarme por esa generación y este verano he tenido la oportunidad de leer un interesante libro de Guido Knopp, Los niños de Hitler. Retrato de una generación manipulada (Barcelona, Planeta, 2005).

La obra incluye la trayectoria de La Rosa Blanca y otros muchos episodios que conviene conocer para entender lo sucedido en Alemania y, con las lógicas diferencias, en otras dictaduras coetáneas. El lavado de cerebro de esa generación fue brutal. También resultó exitoso a la vista de la casi unánime respuesta de quienes a menudo sacrificaron sus mejores años al servicio del nazismo. No todos, pues hubo algunas oposiciones testimoniales que merecen el emocionado recuerdo de quienes rechazamos cualquier tipo de dictadura.

Entre ellas siempre me ha llamado la atención el movimiento de los swing kids, unos jóvenes que en los albores de la II Guerra Mundial manifestaron su alejamiento del nazismo organizando veladas de baile, fundamentalmente en Hamburgo, con la música de Benny Goodman y otros maestros del swing procedente de EE.UU. Danzar a los sones de unas melodías que transmiten vitalidad y alegría era su forma de marcar distancias con respecto a la rigidez del nazismo.




La historia la conocí gracias al film Swing Kids (1993), de Thomas Carter, pero evito escribir sobre temas en los que cuento exclusivamente con una fuente cinematográfica, que por lógica tiende al espectáculo propio de la ficción con la posibilidad de alterar lo sucedido en un determinado marco histórico. Al leer el libro de Guido Knopp, riguroso y documentado, comprendí que la película de Thomas Carter no andaba lejos de una historia que desembocó en un final trágico a partir de 1940, cuando las veladas de baile fueron disueltas por la Gestapo y los swing kids arrestados. De hecho, el 26 de enero de 1942 Heinrich Himmler ordenó al jefe de la Oficina Central de Seguridad del Reich, Reinhard Heydrich, el internamiento de aquellos jóvenes en un campo de concentración. Su final fue el previsible.

A menudo, escucho la música de Artie Shaw, Louis Armstrong, Benny Goodman, Glenn Miller y otros intérpretes de aquella época. Lo he explicado en Memoria y ficción, el blog que dedico a los asuntos más personales. Desde hace un tiempo, al recuperar esas canciones que me ayudan a superar los momentos de desánimo, recuerdo la desesperada y necesaria iniciativa de aquellos muchachos alemanes, que no estaban organizados políticamente, pero deseaban ser jóvenes en el pleno sentido de la palabra y al margen de las consignas de quienes promovieron la más brutal violencia.

Esa música estaba prácticamente prohibida en la España de la Victoria. Incluso denostada en consonancia con un nazismo que hablaba de «negroides», aunque algunos de sus intérpretes fueran blancos. La situación empezó a cambiar a partir de 1945, cuando el franquismo viró para ganarse el favor de los norteamericanos, pero esa música nunca dejó de ser un tanto sospechosa y su divulgación solo fue el empeño de unos pocos.

Tal vez esos disidentes solo necesitaban bailar y sentirse vivos como los swing kids, pero inevitablemente quedaron al margen de un régimen desconfiado ante los jóvenes dispuestos a disfrutar de una música desinhibida. Ninguno de estos españoles de los años cuarenta o cincuenta sabría de lo sucedido en los salones de baile de Hamburgo. Apenas importaba. A su manera, seguían la senda ya trazada por quienes apostaron por la intensidad de la vida frente al terror de unos nazis capaces de decapitar a algunos de sus jóvenes, llevarlos a campos de concentración o sacrificarlos durante la primavera de 1945, cuando todo estaba perdido para un Hitler ahora blanqueado por otros muchachos que en nuestros días hacen del odio un arma temible.

martes, 18 de agosto de 2026

Cómicos en guerra, de Pedro Corral


 

A veces dos o más historiadores estudiamos simultáneamente un mismo tema sin ser conscientes de esta circunstancia porque carecemos de vínculos entre nosotros. La sorpresa surge cuando aparecen, en un breve espacio de tiempo, los resultados de esas investigaciones, donde las coincidencias acerca del objetivo resultan notables. Tal vez sea preferible trabajar delimitando un temario específico y siendo conscientes de lo aportado por los colegas que se mueven en los aledaños del mismo, pero si surge la anterior situación solo cabe felicitarse por saber que no estamos solos en el empeño y la posibilidad de contrastar nuestros resultados.

El periodista, historiador y político Pedro Corral acaba de publicar un excelente libro titulado Cómicos en guerra. Historias del mundo de la escena y el cine en la Guerra Civil (Madrid, La esfera de los libros, 2026), donde, entre otros temas de indudable interés, aborda los consejos de guerra de varios de los protagonistas de nuestra tetralogía iniciada con Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento-UA, 2023). Por sus páginas repletas de información proveniente de fuentes primarias desfilan Joaquín Dicenta, Federico Romero Sarachaga, Germán Bleiberg, César García Iniesta, José Luis Salado, Florentino Hernández Girbal, Eduardo Haro Delage, Julián Zugazagoitia, Cipriano Rivas Cherif, José Carreño España y otros represaliados de las letras que cuentan con capítulos o referencias en la tetralogía.

El libro de Pedro Corral me ha permitido conocer historias como la protagonizada por el actor Valentín Tormo, el popular Don Cicuta de los años setenta, o ver desde una interesante perspectiva el comportamiento del teniente Rodríguez Rapún durante la guerra, sin los imaginativos añadidos que al tema suele aportar la bibliografía acerca de Federico García Lorca. Lo agradezco, como también las referencias a los sumarísimos de urgencia instruidos contra un colectivo tan específico como los payasos de los escenarios del Madrid sitiado. Siempre me había planteado su destino inmediato y ahora lo conozco gracias al riguroso trabajo de Pedro Corral.

La lectura de Cómicos en guerra ha sido especial en lo referente a los capítulos cuyos protagonistas ya habían aparecido en mis libros dedicados a los avatares del mundo de la cultura durante aquellos años. Nuestros enfoques son a veces diferentes y no siempre ponemos el mismo énfasis en determinados hechos o documentos. La circunstancia es habitual entre historiadores que realizan sus trabajos de forma independiente y hasta enriquece, de cara al lector, el contenido de unas historias que nunca son unívocas.

Sin embargo, observo que coincidimos en lo fundamental más allá del rechazo de la violencia que supone una guerra fratricida donde la intolerancia se convierte en una actitud de peligrosas consecuencias. Esta actitud ética, consustancial a un historiador cuya objetividad no pasa por la impasibilidad ante lo analizado, se suma a la voluntad de buscar en lo concreto y particular para «cuestionar o incluso desmontar los tópicos en apariencia más irrefutables» (p. 16).

Este empeño nos lleva a basarnos en fuentes primarias y observarlas con toda su complejidad, que a menudo también supone un importante número de contradicciones hasta llegar a lo paradójico o sorprendente. Nuestra metodología coincide en buena medida y el resultado, más allá de las discrepancias acerca de cómo interpretar algunos datos, también revela una notable coincidencia: la propia de quienes pretendemos basarnos en hechos documentados para articular historias capaces de cuestionar los tópicos o los lugares comunes.

Me alegro de esta coincidencia. También de sumar otra voz para averiguar lo sucedido con los intérpretes, dramaturgos, escritores, periodistas, cantantes y otros sujetos del mundo de la cultura durante aquellos años en los que todo quedó trastocado. El relato de estas historias supone descender a lo concreto para cuestionar lo tópico o las ideas preconcebidas, que desde diferentes perspectivas ideológicas han condicionado nuestro conocimiento de un acontecimiento histórico siempre necesitado de matices para evitar el brochazo.

A la vuelta de las vacaciones me pondré en contacto con Pedro Corral para manifestarle la voluntad de colaborar en lo que sea preciso con el objetivo común de rescatar unas historias particulares que tanto nos enseñan acerca de la Guerra Civil y sus consecuencias. Por lo pronto y en el cuarto volumen, el capítulo dedicado a las relaciones entre los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo contará con lo aportado por Pedro Corral, que con acierto se ha anticipado a mi trabajo ahora en curso.

viernes, 14 de agosto de 2026

Lorca después de Lorca: pistas para localizar nuevos sumarios


 

La relación de los periodistas y escritores sometidos a consejos de guerra durante el período 1939-1945 no consta en las monografía o bases de datos previas a la web consejosdeguerra.es, que recopila lo realizado a lo largo de mis investigaciones sobre el tema. Al margen de la dificultad de precisar el concepto de periodista y escritor, una tarea que he resuelto con un criterio amplio para no dejar al margen a quienes tienen una mínima presencia en el mundo de las letras, dicha relación la he elaborado mediante una paciente búsqueda de referencias en otras investigaciones.

La editorial Renacimiento acaba de publicar una extensa y excelente monografía de la hispanista Noël Valis, catedrática de Yale: Lorca después de Lorca. La trascendencia de la figura del poeta granadino merece esta exhaustiva dedicación y el título se suma a la nutrida lista de los que han abordado su biografía, el estudio de su obra y, claro está, la presencia de quien ha pasado a ser un icono en las más diversas controversias relacionadas con la memoria, la literatura y la historia de los años republicanos.

Noël Valis es una investigadora de conocimientos enciclopédicos y por sus páginas pasa una infinidad de autores, incluidos los menores, que tuvieron alguna relación con Federico García Lorca. Entre los mismos se encuentran dos que pudieran engrosar nuestra relación de periodistas y escritores sometidos a consejos de guerra: el poeta Ernesto López-Parra y el recitador Pío Fernández Muriedas.

Según la hispanista, Ernesto López-Parra murió de tuberculosis en la cárcel mientras «cumplía cadena perpetua por motivos políticos» (p. 173). La cadena perpetua no existía en aquella jurisdicción militar y supongo que se trataría de una condena a treinta años tras una conmutación de la pena máxima. El problema es que no se cita la cárcel ni tampoco el proceso seguido contra el poeta.

Una vez consultados los buscadores habituales, solo disponemos de tres fichas de Ernesto López-Parra en el Centro Documental de la Memoria Histórica: DNSD, Secretaría, fichero 37, L0092176, L0092177 y L0092178. Ya hemos tramitado la correspondiente petición de las copias digitales y, a partir de las mismas, buscaremos el sumario, que no se encuentra en el catálogo del Archivo General e Histórico de Defensa.

Esta circunstancia representa un problema. El resto de los archivos abarcan otras regiones militares, pero no disponen de catálogos en línea, por lo que la búsqueda resulta compleja y requiere de la colaboración de los archiveros. La haremos para saber lo ocurrido con el poeta Ernesto López-Parra, que afortunadamente ya cuenta con una bibliografía crítica.

Noël Valis también señala que el actor y recitador Pío Fernández Muriedas fue condenado a muerte, pero se salvó del paredón gracias a la intervención de José María Pemán (p. 191). El dato está sacado de la biografía de Benito Madariaga de la Campa titulada Aventuras y desventuras de un trotamundos de la poesía: Recuerdo y homenaje a Pío Fernández Muriedas (Santander, Gobierno de Cantabria, 2009).

El sumario del recitador de los versos de Lorca no se encuentra en el AGHD, pero pudo instruirse en una de las regiones militares abarcadas por otros archivos. Lo averiguaremos gracias a la red de contactos que he establecido durante estos últimos años, pero con cierta confianza acerca de su existencia, puesto que en el BOE del 30 de julio de 1941 aparece su libertad condicional, que le permitió abandonar la prisión provincial de Oviedo. Asimismo, en el Archivo General Militar de Guadalajara hay documentación relacionada con la revisión de su pena (caja 300525, expediente 42272). Por último, en el CDMH consta su ficha como afiliado al PCE y la CNT (DNSD, Secretaría, Fichero 20, F0077786) y procesado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (Fichero, 71, 2312286). Estos datos prueban la existencia del sumario, que intentaremos localizar con la ayuda de unos archiveros que trabajan con unos recursos propios de épocas ya superadas.

Al margen de solicitar la ayuda de los investigadores que siguen este blog por si me pudieran facilitar información al respecto, he descrito los primeros pasos de dos posibles capítulos de Final de trayecto, el volumen que cerrará la tetralogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores, para explicar lo trabajoso de la tarea realizada.

Solo la he sacado adelante gracias a la ayuda de una larga lista de colaboradores, a quienes agradezco su trabajo. No obstante, una completa y accesible catalogación de los fondos conservados en los archivos militares dependientes del Ministerio de Defensa permitiría proceder sin tantos obstáculos. Los sorteamos quienes contamos con una férrea voluntad, pero otros investigadores desisten y, comprensiblemente, buscan temas donde el camino sea practicable. El de la represión franquista está repleto de dificultades y riesgos para quien intenta esclarecer lo sucedido durante aquellos años de la Victoria.