Algunas de las obras
incluidas en el temario de la asignatura muestran un «aire de familia» que se
podría extender a otros títulos del teatro del Siglo de Oro igualmente
destacados. Tras estudiar la Fuenteovejuna de Lope de Vega, en El
alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, encontramos una acción dramática
completamente distinta, pero una temática común en torno al amor, la justicia y
el honor.
Según los principios
constitutivos de la comedia aurisecular señalados por Alexander Parker (véanse
los apuntes de la asignatura), el tema prevalece sobre la acción. De ahí los
paralelismos o el «aire de familia» que encontraremos entre dos obras de
autores diferentes a la hora de abordar el amor, la justicia y el honor con una
finalidad ideológica o política similar: la defensa de la alianza entre la
monarquía y el colectivo social representado por el labrador rico, limpio de
sangre y activo fiscalmente, de acuerdo con los términos establecidos por el
hispanista francés Noël Salomon entre otros.
Al margen del
generalizado aire de familia del que ya hemos hablado en clase, en este caso se
da una singular circunstancia: la obra de Calderón de la Barca, escrita hacia 1640-42
y publicada en 1651, apareció originalmente como El garrote más bien dado -una
clara alusión al desenlace- y es una refundición de otra comedia de Lope de
Vega, que ha quedado postergada más allá de los círculos académicos. Según José
María Díez Borque, «la obra de Calderón supera con creces el modelo, hasta el
punto de convertirse en un drama totalmente nuevo y original, con la maestría
de toda la producción dramática calderoniana».
El paralelismo, no
obstante, dista de ser exclusivamente un resultado de esta circunstancia, que
en buena medida es consecuencia de la frecuente utilización de la historia
nacional para escribir comedias durante el Siglo de Oro. Tanto Lope como
Calderón recurrieron a las fuentes históricas para buscar motivos o argumentos que
pudieran ser dramatizados de acuerdo con sus objetivos teatrales. Y, como ya
hemos comentado en otras ocasiones, lo hicieron con una notable libertad a la
hora de utilizar esas fuentes. Según José María Díez Borque, «el concepto de
rigor histórico no tenía operatividad y lo que les interesaba, primariamente,
era utilizar hechos históricos -más o menos conocidos- y personajes reales
conocidos, como un elemento más de su quehacer dramático encaminado a obtener
el aplauso popular».
Al igual que ocurriera
con Fuenteovejuna, la obra de Calderón parte de unos hechos históricos:
la campaña militar de Portugal emprendida por Felipe II en 1580, cuando el
monarca pasó por Extremadura con sus huestes camino del país vecino. Los
estudios históricos distan mucho de confirmar que el rey se personara en la
localidad extremeña de Zalamea de la Serena. Tampoco Lope de Figueroa, un
destacado militar presente como personaje en otras comedias, parece haber
estado en esa localización disputando con su alcalde. Y Pedro Crespo, el
protagonista, ya era un referente conocido por el público por su presencia en
la tradición folklórica o creativa, donde suele aparecer como un villano astuto
y malicioso. Así podríamos añadir otras inexactitudes con respecto a los hechos
históricos, pero lo fundamental es que la historia para estos autores solo es
un punto de partida, nunca de llegada, tal y como hemos explicado en clase en
relación con diferentes obras.
Otro elemento histórico y
comprobable mediante documentación o testimonios es la conflictividad derivada
de la presencia de los militares en los pueblos donde debían ser acogidos
durante sus campañas. El problema llegó a ser especialmente grave a finales del
siglo XVI por diversos incidentes y provocó la aparición de órdenes reales para
regular esa presencia, de manera que se evitaran delitos como el de la
violación, cuya consumación resulta esencial para el desarrollo dramático de la
obra de Calderón.
En definitiva, El
alcalde de Zalamea no solo hace referencia a unos hechos y personajes
históricos, fácilmente reconocibles por parte del público, sino que a partir de
los mismos Calderón busca una apariencia de veracidad añadida a la
verosimilitud teatral, que nunca debemos confundir con el rigor histórico, de
acuerdo con la distinción que ya planteara Aristóteles en su Poética.
La llegada de los
militares a la localidad extremeña de Zalamea permite la inclusión de escenas
colectivas con elementos folklóricos y hasta de la picaresca porque el
«ejército» -el término resulta anacrónico para 1580- se había convertido, en
gran medida, en el refugio de gentes sin oficio, pícaros y buscavidas. La
contraposición con respecto a los valores defendidos por Pedro Crespo es total
y, al mismo tiempo, esas escenas iniciales permiten aligerar el tono dramático
de la obra de acuerdo con la variedad, sin romper la coherencia, que
caracterizó la producción de Lope y Calderón.
Esa ambientación inicial con
distintos tratamientos según las puestas en escena, también es posible por la
presencia de personajes secundarios como Chispa y Rebolledo. Ambos pronto se
convierten en imprescindibles o instrumentales para que el capitán alcance su
objetivo, que es similar al del comendador de Fuenteovejuna: la violenta posesión
de una mujer equiparada a un animal cazado.
La consiguiente ruptura
del principio del decoro por parte del altanero militar, como ocurriera en la
obra lopesca, desencadena el conflicto dramático porque afecta al honor
familiar de un labrador rico (Pedro Crespo) y está en la base del trágico
desenlace, que es similar en ambas obras porque implica la ejecución de quien
altera la armonía social y el posterior perdón real de quienes protagonizan ese
acto violento.
A diferencia de la
complejidad que caracteriza a Pedro Crespo a lo largo de la comedia, don Álvaro
de Ataide es un personaje negativo desde el principio de la misma hasta su
ejecución, como ocurriera con el comendador de Lope. Las sucesivas escenas en
las que interviene confirman la impresión inicial. Ante la perspectiva de
quedar alojado en el domicilio de Pedro Crespo, el villano más rico de Zalamea,
aparece soberbio y muestra un desprecio clasista cuando le hablan de la hija
del labrador, que nunca será una hermosa «dama», sino una vulgar «villana». Su
actitud de superioridad, añadida a los objetivos lascivos que nunca oculta, le
convierten en la antítesis de quienes le van a alojar cumpliendo, a su pesar,
la obligación establecida por el rey. Los polos enfrentados quedan establecidos
desde el principio.
Gracias a la ingeniosa estratagema
urdida con la colaboración de Rebolledo, don Álvaro de Ataide llega a los
aposentos de Isabel, demostrando Calderón una vez más la inutilidad de esconder
a una mujer para que no entre en contacto con hombres capaces de mancillar su
honor, como veremos -aunque con distintos propósitos- en La dama duende. La
sorpresa ante la belleza de la joven, correlato de la virtud en el teatro tanto
de Lope como de Calderón, provoca el inmediato deseo por parte del capitán y la
consiguiente ofensa al honor de la familia de Pedro Crespo.
Juan, hijo del
protagonista y hermano de la ofendida por la irrupción de don Álvaro de Ataide,
reacciona violentamente en defensa de ese honor familiar y se enfrenta al
capitán en un duelo a espadas. El joven es un Pedro Crespo inmaduro o
irreflexivo por su edad, como ocurriera al principio de Fuente Ovejuna con
el maestre de la Orden de Calatrava. Juan actúa en reiteradas ocasiones
con un carácter impulsivo que contrasta con el de su padre, siempre pausado,
prudente y calculador en sus respuestas porque está seguro de sí mismo. La madurez
implica carácter en estas comedias.
Ambos labradores ricos se
sienten ofendidos por lo ocurrido con Isabel, pero la llegada de don Lope de
Figueroa, un legendario militar que ejemplifica los valores de este colectivo
defendidos por Calderón, soluciona momentáneamente el conflicto al imponer su
autoridad. El lascivo capitán debe partir de Zalamea junto con sus
colaboradores, que desempeñan una función similar a la de los servidores del
comendador en Fuenteovejuna, y será el propio Lope de Figueroa, anciano
y enfermo, quien quede alojado en el domicilio del labrador rico.
A partir de este momento
comienza un apasionante y célebre duelo entre iguales, Pedro Crespo y Lope de
Figueroa, marcado por la admiración mutua y el respeto que terminan
imponiéndose a la desconfianza inicial. Sus diálogos, de una concisión lapidaria
poco frecuente por entonces, han propiciado grandes momentos en la historia de
la interpretación de los clásicos del Siglo de Oro.
Calderón es probable que
fuera consciente de esa futura circunstancia y crea dos personajes que se
terminan de definir a través de una relación con una trayectoria cambiante:
comienza con la desconfianza o el recelo entre ambos y termina en una sólida
amistad, a pesar del enfrentamiento final motivado por la ejecución del
capitán.
Este duelo interpretativo
suele ser un motivo de atracción para un público conocedor del conflicto porque
El alcalde de Zalamea es una obra de repertorio. En la puesta en escena
dirigida en 2015 con brillantez por Helena Pimienta a partir de una excelente versión
de Álvaro Tato, el duelo corre a cargo de Carmelo Calvo y Joaquín Notario, dos
actores con una fuerte personalidad y capaces de llenar el escenario. Viendo la
correspondiente grabación en el catálogo del CDT podemos disfrutar como
espectadores, sobre todo cuando asistimos a unos diálogos incorporados a los
momentos más recordados del teatro aurisecular.
La contraposición entre
don Lope de Figueroa y don Álvaro de Ataide impide considerar la obra de
Calderón como una crítica al estamento militar. El supuesto antimilitarismo
sería un absurdo en un autor como Calderón, que participó con orgullo en la
campaña de Cataluña. El general representa la autoridad y el modelo positivo del
colectivo militar. Don Lope se impone en varias escenas, aunque debe ceder ante
Pedro Crespo en el desenlace, mientras que el capitán termina ejecutado por sus
excesos. No hay, pues, en El alcalde de Zalamea una crítica a los
militares, sino solo a aquellos que rompen con el principio del decoro, al
igual que ocurría con el comendador de Lope de Vega cuando abusa de su
autoridad en vez de proteger a los habitantes de Fuente Ovejuna.
Tras la llegada de don
Lope de Figueroa el conflicto del capitán con la familia del labrador rico parece
solucionado, pero solo momentáneamente porque una vez trazado por el autor debe
ser culminado de acuerdo con las normas implícitas de un teatro siempre atento
a mantener la atención del público.
El capitán desafía de
nuevo la autoridad de quien le ha mandado salir de Zalamea y regresa a la
localidad para raptar a Isabel con la ayuda de sus fieles e impidiendo
violentamente la respuesta del padre. La escena es tan dura como conmovedora,
aparte de un punto de inflexión en el desarrollo dramático. El deshonor de la
familia de Pedro Crespo queda así culminado y, a partir de ese momento, el
padre ofendido intenta restaurarlo valiéndose de su nombramiento como alcalde
y, por lo tanto, siendo una autoridad capaz de movilizar al resto de los
villanos.
Al igual que ocurriera
con la rebelión del héroe colectivo de Fuente Ovejuna caracterizado por Javier
Huerta en una de las conferencias enlazadas, la decisión de actuar contra un
militar debe resultar inevitable como mal menor y, además, convenientemente
justificada para la posterior ratificación por parte del monarca en el
desenlace.
Pedro Crespo, herido en
lo más profundo de su honor, que mantiene con orgullo sin recurrir a la compra
de ejecutorias o a un «honor postizo» como le recomienda su hijo en la primera
jornada, se humilla ante el capitán. De rodillas y con humildad, el alcalde le
pide que se case con Isabel para remediar la ofensa de la violación.
La actitud del
protagonista podrá repugnar al público desde una perspectiva actual, pero
debemos observarla en el marco de la cosmovisión de aquel teatro y, sobre todo,
verla como un recurso que justifica el posterior comportamiento de Pedro Crespo:
el alcalde castiga a quien le ha humillado y despreciado al rechazar la oferta
de matrimonio con Isabel. La caracterización negativa del capitán queda así
cerrada y su antagonista justificado para emprender una actuación ajena a la
legalidad vigente.
El amor virtuoso regido
por un principio de armonía, el único admitido en este teatro del Siglo de Oro
según lo visto en reiteradas ocasiones a lo largo de la asignatura, ha quedado
arrinconado por el comportamiento del capitán. El honor horizontal defendido
por Pedro Crespo, como fruto de los hechos o el comportamiento del individuo y
no heredado desde su nacimiento (honor vertical), ha resultado mancillado por
el sujeto ajeno al principio del decoro y, llegada la tercera jornada, el
desarrollo dramático trata de elucidar cómo debe actuar la justicia para
castigar a quien conculca todas las normas, desafía a la autoridad tanto civil
como militar y, además, ni siquiera acepta la posibilidad de reparar el daño
causado en una mujer tan virtuosa como inocente.
El conflicto central de El
alcalde de Zalamea tiene una dimensión histórica, jurídica e ideológica
convenientemente puesta de relieve por la bibliografía crítica, pero al igual
que ocurriera en Fuente Ovejuna como espectadores lo entendemos mejor, y
hasta nos interesa más, gracias a la concreta dimensión personal protagonizada
por Isabel, una mujer indefensa que debe ser protegida y vengada como ocurriera
con la Laurencia de Lope de Vega. Ambas protagonistas también lo reclaman de
forma vehemente en un nuevo ejemplo del conmovere que justifica el
posterior movere, tanto de los protagonistas, los héroes colectivos
encabezados por los alcaldes, como del propio público.
Pedro Crespo, orgulloso
de su dignidad como ser humano y paradigma del honor horizontal otorgado como
recompensa por su fidelidad monárquica (Domingo Indurain), decide hacer
justicia sin que la misma parezca una venganza de carácter personal. Así
detiene a su propio hijo para castigarle por su impulsivo carácter cuando
pretende vengar a su hermana, y a don Álvaro de Ataide, que como militar
permanecía ajeno a la jurisdicción de un civil.
El alcalde moviliza a los
villanos gracias a su autoridad tan oportunamente otorgada y simbolizada con la
vara de mando que le acompaña desde ese momento, detiene al altanero capitán
que se cree a salvo ante un civil y, finalmente, le manda ejecutar, aun a
sabiendas de que carece de competencias para hacerlo sin conocimiento de los
militares o el rey. Su argumento o coartada supone un razonamiento de
peligrosas derivadas en el ámbito jurídico: la autoridad civil acierta en lo
más importante, la legislación vigente condenaba a muerte a los militares que
hubieran cometido una violación, sin importarle lo menos, el requisito de que
esa sentencia debía ser dictada por la jurisdicción militar, cuyo representante
en esta ocasión es don Lope de Figueroa.
La tardía llegada del
militar para hacerse cargo del capitán capturado por los villanos supone un
nuevo motivo de enfrentamiento con el alcalde de Zalamea, que ya lo ha
ejecutado -añadiendo la indignidad del garrote vil- y se muestra decidido a
defender su sentencia con la firmeza de quien cree haber actuado correctamente.
El conflicto solo puede ser solucionado por un rey que, una vez más, encarna la
justicia poética, cierra la obra con su resolución y permite entender el
sentido ideológico de la comedia.
Felipe II llega a
Zalamea, conoce con espanto lo sucedido al capitán, al principio -como
ocurriera en Fuente Ovejuna- pretende castigar al osado alcalde, pero
acepta escuchar sus razones. Pedro Crespo, representante de los campesinos
ricos que según explicara el hispanista Noël Salomon eran el mayor sustento
fiscal de la monarquía, expone sus razones, subraya la inevitabilidad de la
ejecución de don Álvaro de Ataide por la gravedad de su comportamiento y
reclama haber actuado con justicia, aunque sin las debidas competencias.
El rey, a regañadientes
ante los hechos consumados como sucediera en Fuente Ovejuna, acepta las
razones de Pedro Crespo, asume como propia la sentencia dictada por el alcalde y
resuelve el conflicto entre la jurisdicción militar y la civil. El desenlace de
la justicia poética permite además la reconciliación, manteniendo las
distancias, entre el alcalde y Lope de Figueroa. Este, siempre enfermo para
reforzar su caracterización dramática, parte en compañía del rey y llevándose
en sus filas a Juan, un hijo que desde el principio ha manifestado su deseo de
aventuras como militar y lejos de la villa donde su padre sienta todo su
orgullo y honor. Ambos contrapuestos a los ridiculizados gracias a don Mendo,
el pobre hidalgo que también pretende la mano de Isabel.
Pedro Crespo ha
justificado «el garrote más bien dado» y, dado su nombramiento como «alcalde
perpetuo», hasta podemos considerar que es el triunfador de la obra porque ha
impuesto su voluntad. Sin embargo, el protagonista de Calderón es un personaje
complejo y contradictorio que se aleja de los tipos tan habituales en el teatro
del Siglo de Oro.
El alcalde triunfa
aparentemente porque ha mandado ejecutar a quien deshonró a su familia, pero
fracasa en lo más íntimo, ya que al final de la obra se queda solo y sin
esperanza de continuidad. Isabel, públicamente deshonrada y de acuerdo con la
mentalidad imperante en aquel teatro, parte a un convento donde permanecerá
encerrada el resto de su vida. Su hermano, el futuro del protagonista, se aleja
de Zalamea sin que quepa imaginar su regreso.
El vencedor Pedro Crespo
paga un precio muy alto por su orgullosa defensa de un honor que,
fundamentalmente, solo es un motivo dramático; es decir, «un recurso que
permite al autor conducir a unos personajes a ciertas situaciones límite,
imponerles dilemas en apariencia insolubles y hacer posible un número de
confrontaciones dramáticas» (Ruano de la Haza). El alcalde, sujeto a la extrema
rigidez de ese honor de cuestionable presencia en la realidad histórica del
siglo XVII, acaba derrotado más allá de las apariencias. También dramáticamente
solo en un futuro convertido en una condena: le queda el orgullo y poco más.
Calderón da así a su
protagonista una dimensión trágica y conmovedora que lo singulariza en el marco
de aquella producción teatral, donde imperaban los tipos con sus
comportamientos esquemáticos y previsibles. Pedro Crespo actúa lejos de esos
parámetros y todavía nos conmueve cada vez que le vemos en escena.
A continuación, enlazo
varios vídeos relacionados con la puesta en escena dirigida por Helena
Pimienta, la seleccionada para las prácticas, y otro del Canal UNED dedicado a
la obra de Calderón:


