jueves, 6 de agosto de 2026

Don José Azuar, el maestro


 

El abuelo de mi compañera Remedios Mataix Azuar fue uno de los miles de maestros represaliados al final de la Guerra Civil. Al igual que otros colegas que sufrieron la misma suerte, José Azuar debió salir desterrado durante años a lugares lejanos y aislados, donde se suponía que su influencia en el alumnado quedaría neutralizada. Docentes por vocación y convicción, los maestros republicanos a menudo se supieron adaptar a estas difíciles circunstancias y dejaron una impronta entre quienes, siendo niños, gracias a su labor docente tuvieron una luz en la oscuridad de aquellos años. Los escasos supervivientes todavía lo recuerdan y recientemente a don José le han rendido un sencillo homenaje en la aldea de Brieva de Juarros. Remedios, su nieta, me lo contó con la lógica emoción y le he brindado el blog para que haga público el agradecimiento de su familia por el homenaje dispensado a quien durante cuatro cursos luchó por sacar adelante a los niños de aquella escuela unitaria:

“Don José Azuar, el maestro”, mi abuelo, a quien siguen recordando así muchos años después de su muerte muchas personas y en muchos lugares donde dejó su huella personal y docente, ha recibido recientemente otro homenaje. Ha sido en Brieva de Juarros, la aldea de Burgos a la que fue destinado represaliado por el franquismo como conmutación al final de su pena de prisión por ser un maestro republicano y afín a la Institución Libre de Enseñanza. No es el primer homenaje que se le rinde y que yo (como su orgullosa nieta y -quiero pensar- como su heredera en el amor por la docencia) recibo siempre con inmenso agradecimiento, pues la Biblioteca Municipal de Sax (Alicante) lleva su nombre desde hace varios años, porque él fue su fundador; pero el acto de Brieva ha sido particularmente emotivo, por haber sido promovido por quienes, ahora nonagenarios, en los años 40 fueron sus alumnos (quedan aún seis de ellos con vida) y han perseverado para celebrar el homenaje. Un homenaje sencillo, pero muy entrañable: colocar una placa en memoria de mi abuelo en el edificio que fue la escuela en la que les enseñó (actualmente Centro Social del pueblo). Ha sido posible gracias al empeño, la memoria y el afecto de Begoña Lázaro, hija de Dionisio Lázaro, uno de aquellos alumnos que tuvo mi abuelo en Brieva de Juarros. Don Dionisio ha cumplido recientemente los 90 años y no olvida a su maestro don José Azuar: su sabiduría, lo bien que enseñaba, su disposición para darles clases extra, las obras de teatro que prepararon, la emoción con que escucharon el gramófono en la escuela  o la ilusión que le hizo un juguete que le regaló; no tuvo otro.



Centro social de Brieva de Juarros con la placa en homenaje a Don José

Quiero expresar, en nombre de mi familia, nuestro enorme agradecimiento a Begoña, a don Dionisio, a doña Ino y a cuantos retienen en su memoria el recuerdo de un maestro que, dicen aún, marcó sus vidas para bien en un contexto nada propicio para ello.

Remedios Mataix Azuar.

martes, 4 de agosto de 2026

La noche del cine español


 Fernando Méndez Leite, director y presentador del programa

La noche del cine español (1984-1986) fue uno de los programas que justifican la existencia de una cadena pública de televisión. Bajo la dirección de Fernando Méndez Leite, durante dos temporadas un equipo de colaboradores puso a disposición de los telespectadores el resultado de una encomiable e inmensa tarea de investigación para conocer mejor un cine convenientemente contextualizado en la historia del período franquista.

El programa lo seguí en su momento, cuando recién doctorado me dedicaba a la literatura dieciochesca y ni siquiera sospechaba la posibilidad de escribir varios libros acerca del cine español y, más en concreto, sobre las peripecias a veces dramáticas de algunos de sus protagonistas (El tiempo de la desmesura, Barcelona, Barril y Barral, 2010). Ahora, al cabo de cuarenta años y gracias a RTVE Play, he vuelto a ver los primeros capítulos a la búsqueda de testimonios relacionados con mi investigación de los consejos de guerra de periodistas y escritores.

El resultado ha sido positivo. Aparte de los testimonios de Eduardo de Guzmán (Las armas contra las letras, 2024: 95-108), cuya bibliografía ha sido fundamental para conocer lo sucedido durante la represión franquista, encontramos las entrevistas concedidas por directores como Rafael Gil y Carlos Serrano de Osma, que protagonizarán un capítulo de Final de trayecto por su intervención en el sumario de su colega y amigo Antonio del Amo. El primero se reafirma en su conocida relación con el franquismo. El segundo reconoce que deseó la victoria de los sublevados, pero al ver el resultado de la misma volvió a sus planteamientos defendidos durante el período republicano. Las citas la tendremos en cuenta para el capítulo dedicado a los sumarios de Antonio del Amo.

A mediados de los años ochenta, los archivos militares estaban cerrados a cal y canto para los investigadores. Nada o muy poco se sabía acerca de la represión franquista más allá de lo transmitido por los testimonios orales o escritos, que solo empezaron a circular con el final de la dictadura. En ese contexto, resulta comprensible la intervención del historiador Xavier Tusell (1945-2005), que por entonces realizó una intensa actividad divulgadora, cuando habla de las cifras relacionadas con la represión. Las ignora o comete errores de bulto que ahora serían inaceptables para cualquier historiador. No es su culpa, sino de una ignorancia generalizada por la carencia de estudios al respecto, que todavía tardarían una década en iniciar una línea de trabajo más allá de lo esporádico. La actual democracia, por diversas causas que no merece la pena citar ahora, ha sido lenta y tardía a la hora de investigar lo sucedido con aquella represión. Todavía afronta problemas de los que hemos dado cuenta en este blog.

Sin embargo, en el capítulo segundo de La noche del cine español (16-I-1984) he encontrado un magnífico testimonio del periodista Eduardo Haro Tecglen (1924-2005), hijo del también periodista Eduardo Haro Delage, a cuyo consejo de guerra dediqué un capítulo en Las armas contra las letras (2024: 235-240). En el mismo pude utilizar el testimonio escrito por quien asistió al procesamiento de su padre. El relato de la experiencia resulta estremecedor a la par que coherente con otros como los del citado Eduardo de Guzmán, presente en el procesamiento de Miguel Hernández, y Fernando Fernán-Gómez, que desistió de su juvenil pretensión de ser abogado al ver en directo el consejo de guerra de quien le había dirigido en sus primeros pasos como actor.

El testimonio de Eduardo Haro Tecglen, visto en la pequeña pantalla, no aporta novedades con respecto a lo escrito por el periodista en El niño republicano (1996), pero estremece todavía más por la inmediatez y, sobre todo, de una manera muy clarificadora recalca la especial inquina de los militares contra los periodistas procesados, a quienes equiparaban con los peores asesinos. Lo hemos explicado a menudo a lo largo de los tres volúmenes ya publicados, pero merece la pena escucharlo en la voz de quien, como hijo de un condenado, asistió al consejo de guerra de un padre cuyo único delito era haber sido fiel a la II República:

 


domingo, 2 de agosto de 2026

Los abusos de la memoria


 Tzvetan Todorov

Los conceptos habitualmente utilizados en nuestras investigaciones deben ser sometidos a una periódica revisión. En caso contrario, cuando los empleamos al margen de cualquier duda o cuestionamiento, los acabamos convirtiendo en instrumentos de un pensamiento dogmático. La memoria no supone una excepción, sin añadir el calificativo de histórica porque la misma siempre nos remite al pasado, que es el tiempo de lo histórico sin necesidad de explicar lo obvio. Y, además, ese adjetivo contribuye a una confusión cuyo sentido esbozamos en esta nota de lectura.

La citada tarea resulta más fructífera a la luz de lo aportado por una voz autorizada en la materia. El filósofo nacionalizado francés Tzvetan Todorov (1939-2017) es el autor de un breve volumen, Los abusos de la memoria (Barcelona, Paidós, 2008, 104 páginas), cuya lectura invita a la reflexión en torno a una aparente paradoja: la necesidad de la memoria, al igual que del olvido, y los abusos cometidos en su nombre.

Tzvetan Todorov parte de que el elogio incondicional de la memoria y la condena ritual del olvido acaban siendo problemáticos (p. 21). Ambos conceptos, con las implicaciones de su uso en la actividad individual o investigadora, son igualmente necesarios. Frente al elogio incondicional o el olvido sistemático, cabe comprender su papel en cada caso, delimitar sus competencias y ponderar el correspondiente empleo para evitar los «abusos» de los que habla el polifacético pensador.

El olvido del pasado individual o colectivo puede ser impuesto, lo cual siempre es grave como acto de censura, pero también responde con frecuencia a una necesidad recreada en un memorable cuento de Jorge Luis Borges: «Funes el memorioso» (La Nación, 7-VI-1942). Si pretendemos evitar que la memoria se convierta en «un vaciadero de basuras», por el carácter prescindible de sus contenidos, necesitamos olvidar, también para seguir vivos sin enloquecer por el cúmulo de lo recordado. En esa limpieza de lo irrelevante o incapaz de propiciar una evocación que aliente emociones dignas de una reflexión, nos ayuda la memoria. La misma forzosamente significa una selección de lo vivido o conocido. Conservar sin seleccionar supone un imposible para el ejercicio de una memoria diferenciada, por definición, del mero almacenamiento (p. 22).

La selección más o menos consciente debe partir de un criterio acorde con el destino de lo seleccionado. La naturaleza del mismo difiere si el sujeto es un historiador o un individuo que, en el ámbito de lo privado, recurre a la memoria. El primero siempre actúa en un marco público y debe responder a una selección verificable, aunque sujeta a posibles errores y distintas interpretaciones. Entre otros motivos de compleja explicación aquí, porque el criterio de lo seleccionado tiende a la analogía y la generalización para construir un exemplum del cual extraer una posible enseñanza (p. 51) destinada al conocimiento colectivo. La tarea del historiador va más allá de lo testimonial, puesto que propicia un debate cuyo objetivo es el análisis de un pasado nunca ajeno a una dimensión del presente. El correspondiente y limitado uso de la memoria, junto con otros recursos establecidos por la metodología historiográfica, responde a una finalidad teleológica, que exige un justificado empleo de la analogía y la generalización.

El individuo que, en el ámbito de lo privado, recurre a la memoria no precisa de esos requisitos. Al margen de que no todos los recuerdos son igualmente admirables, en especial aquellos que resultan susceptibles de alentar un espíritu de desquite o venganza (p. 47), la libertad preside esta tarea que también pasa por la selección acerca del pasado. La misma puede ser arbitraria o estrictamente subjetiva, lindante el resultado con el de la ficción a menudo por la participación de la imaginación, pero esa prerrogativa solo es admisible en un ámbito privado o creativo donde nadie pretende establecer un exemplum al modo de los historiadores.




El problema, no previsto en la citada obra de Tzvetan Todorov, surge cuando desde la memoria personal o familiar se pretende rebatir un trabajo histórico previamente descalificado como tal. Es decir, cuando lo surgido en el ámbito de lo privado se utiliza en un debate público que, por su propia naturaleza, exige diferentes requisitos para participar en el mismo.

La deliberada confusión acerca de los marcos donde actuamos aboca a una mistificación. Lo lícito, y hasta encomiable, en el ámbito de lo privado deja de serlo en buena medida cuando mediante la utilización de una plataforma pública se convierte en supuestos argumentos destinados a rebatir lo aportado por los historiadores. El debate entonces supone un imposible porque, no solo se trabaja en distintos marcos con sus correspondientes exigencias, sino que se utilizan diferentes lenguajes.

Desde hace unos meses asisto a la publicación de más de doscientas entradas en un blog donde la descalificación de algunos de mis trabajos supone una constante. La misma es lícita al margen de otros objetivos tan implícitos como notorios, incluso cuestionables, pero el debate resulta un imposible cuando mi detractor hace uso de una memoria estrictamente privada como antídoto contra unas páginas publicadas en 2015. A partir de esa discordancia, el intercambio fructífero que representa un verdadero debate queda lejos y cualquier respuesta en ese mismo marco está condenada a la inutilidad.

Aprecio y hasta apoyo la tarea de quienes bucean en el pasado para hacer uso de su memoria personal, tan necesaria en cualquier momento y más todavía cuando por edad nos acercamos al momento del balance vital. El propósito me parece encomiable, propicia buenos momentos y es de agradecer por parte de quienes puedan compartirla en ese tan preciado ámbito de lo privado.

El resultado, sin embargo, no forma parte de la Historia, sino de aquellos relatos que los historiadores deben conocer para matizar o contrastar sus conclusiones con testimonios de imposible verificación a través de las fuentes que solemos utilizar. Por eso los agradecemos y los consultamos, pero sin entrar en polémicas en donde los interlocutores hablarían distintos lenguajes.

Tzvetan Todorov nos advierte con sabiduría de los abusos de la memoria, que debemos sortear mediante un constante ejercicio de ponderación con el igualmente necesario olvido. Lo hemos visto a menudo a lo largo de las investigaciones relacionadas con los consejos de guerra de periodistas y escritores. Pero esa tarea de los historiadores, de quienes asumimos conscientemente los requisitos de una actuación en público, nunca debe entrar en polémicas con quienes actúan con total legitimidad en el ámbito de lo privado, aunque lo hagan con la pretensión de intervenir en un debate público.


jueves, 30 de julio de 2026

La relación entre los cineastas Rafael Gil y Antonio del Amo a la luz de los sumarios


 Antonio del Amo. Fuente: Wikipedia

La trayectoria del cine español abunda en historias que se cuentan una y otra vez sin apenas intención de verificar su credibilidad. Suelen ser atractivas en todos los sentidos y, ante un buen relato, parece que cualquier dato puede ser susceptible de empeorar aquello que nos gusta o entretiene. La consecuencia es evidente: se transmiten sin mediar una mínima investigación y, lo que es peor, aunque medie y los historiadores las desmientan o maticen, se siguen contando dando lo ficticio como verdadero. Resulta cómodo y hasta gratificante para quienes así proceden.

Desde hace años vengo escuchando la historia de la relación entre los cineastas Antonio del Amo y Rafael Gil durante la guerra y los años inmediatamente posteriores. Según la misma, el primero salvó al segundo cuando fue detenido en el Madrid de 1937 y condenado a muerte. A cambio, y por un gesto de solidaridad y agradecimiento basado en la amistad, Rafael Gil intervino para salvar del paredón a Antonio del Amo, que por su militancia comunista había sido condenado en un consejo de guerra.

Esta historia ejemplar, tal y como se suele contar, parece inverosímil para aquellos que llevamos años investigando la represión de la posguerra. Nunca me la he terminado de creer y menos cuando, en un libro de conversaciones entre Antonio del Amo y Juan Julio Abajo de Pablo publicado en 1998, el cineasta negara la intervención de Rafael Gil para evitarle el paredón. Las alarmas saltaron entonces, porque esta declaración era obviada por quienes siguieron repitiendo la historia con inexactitudes que evidenciaban la presencia de lo ficticio.

Uno de los capítulos de Final de trayecto, el cuarto y último volumen dedicado a los consejos de guerra de periodistas y escritores, abordará la represión sufrida por los escritores cinematográficos del período republicano. Algunos de ellos formaron parte del GECI, Grupo de Escritores Cinematográficos Independientes, que tuvo diversas iniciativas coincidiendo con la proliferación de revistas dedicadas al cine. En esas cabeceras coincidieron Antonio del Amo, Rafael Gil y otros directores luego vinculados con actividades cinematográficas durante la guerra, al cabo de la cual vino la represión concentrada en dos figuras que tendrán capítulo propio en el citado volumen: Florentino Hernández Girbal y Antonio del Amo.

El director que terminaría triunfando popularmente con las películas protagonizadas por Joselito entre 1939 y 1940 fue sometido a dos sumarios conservados en el Archivo General e Histórico de Defensa: el 24557 y el 29399. Analizados ambos, cabe contar aquella historia de manera bastante diferente a la luz de los documentos sumariales.

Rafael Gil no fue condenado a muerte, ni siquiera procesado, cuando intervino Antonio del Amo para llevárselo en su equipo cinematográfico dedicado a la propaganda republicana. Finalizada la guerra, la intervención del cineasta plenamente integrado en el cine franquista no supuso una iniciativa individual -también participaron Carlos Serrano de Osma, Antonio Román y Antonio Guzmán Merino, como antiguos amigos de los tiempos del GECI- y solo tuvo lugar una vez condenado Antonio del Amo a treinta años de una reclusión que le llevaría al penal de Ocaña. La fecha de la sentencia es el 5 de febrero de 1940 y las cartas de los cineastas llegaron al juzgado militar pocos días después, cuando solo restaba la ratificación por parte del auditor.

Así podríamos ir añadiendo otras inexactitudes de lo transmitido oralmente y con silencios interesados de algunos de los protagonistas. La consiguiente investigación requiere tiempo y consultas bibliográficas. También el contacto con los herederos de ambos directores para esclarecer algunos puntos. La tarea ya iniciada es compleja, pero creo que merece la pena realizarla para contar esta historia de amistad y solidaridad a la luz de los documentos y sin las adicciones de una transmisión oral bastante dada a la invención.


 


viernes, 24 de julio de 2026

La realidad alternativa de Arcadi Espada


 Arcadi Espada (tomada de The Objective)

El periodista y escritor Arcadi Espada ha sido noticia estos días a raíz de la publicación de su artículo «Nunca es solo fútbol, recordarlo siempre» en El Mundo (21-VII-2026). El texto, repleto de prejuicios, comienza con un párrafo que merece ser reproducido a la luz del triunfo de la selección nacional en el campeonato mundial de fútbol celebrado recientemente. La final tuvo lugar el domingo 19, dos días antes de la referida publicación:

«Nunca es solo fútbol. La magnitud de la decepción española en el Mundial obliga a algo más que a un análisis táctico. No es difícil ver en este equipo -en su devoción litúrgica por el sistema, en su miedo al desequilibrio individual, en la sumisión del talento a la coreografía- un reflejo de lo que es y de lo que amenaza seguir siendo este país en el siglo XXI: una sociedad que ha hecho de la desconfianza ante la excelencia una forma de cortesía».

La posibilidad de escribir acerca de una «decepción» antes de que la misma se produzca y publicar el artículo dos días después de que el supuesto fracaso se haya convertido en un memorable éxito prueba el talante del periodista y escritor. Arcadi Espada había decidido que la selección nacional era un ejemplo de los males del país, según su óptica, y la realidad nunca pudo desmentir semejante conclusión. La victoria por 1 a 0 frente a Argentina dejó de existir porque atentaba contra su realidad alternativa, aunque la misma pudiera ser la de una supuesta «ironía» solo al alcance de algunos clarividentes como el autor.

Cuando lo absurdo o el juego de las ironías alcanzan estas cotas no merece la pena cebarse en el protagonista, aunque no me consta que el orgulloso periodista haya pedido disculpas por el error o aclarado las claves de su retórico artículo. Faltaría más… Si dedico una entrada a esta muestra de la irresponsabilidad a la hora de publicar un artículo es porque Arcadi Espada es reincidente en su creación de realidades alternativas.

Al margen de otros episodios recogidos por la hemeroteca, en 2018 el escritor publicó el volumen En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi (Barcelona, Espasa). En el mismo relata la actividad del diplomático Ángel Sanz-Briz (1910-1980) para salvar a miles de judíos durante la II Guerra Mundial. A pesar de que el tema ya aparece en anteriores libros, lo leí con interés porque el citado era uno de los protagonistas de Una arrolladora simpatía: Edgar Neville (Barcelona, Ariel, 2007), donde el diplomático franquista aparece en su destino de la embajada de Londres durante la Guerra Civil. El episodio suele ser ocultado en síntesis biográficas como la de Wikipedia.

Arcadi Espada, entusiasmado con la imagen tan atractiva de un Schindler español, no reparó en sus antecedentes como diplomático y menos leyó mi libro, donde su protagonista muestra un comportamiento capaz de matizar la valoración de lo realizado en Budapest. Mientras el periodista mantenía alguna agria polémica con historiadores especializados en el Holocausto, le mandé a la editorial Una arrolladora simpatía: Edgar Neville para que completara su conocimiento de la trayectoria, nada rectilínea, de Ángel Sanz-Briz. Ignoro si el volumen le llegó, pero es indudable que nunca matizó la presentación de su héroe.

Ahora, cuando acabo de comprobar que el resultado de un partido visto por millones de personas no es capaz de alterar lo escrito por Arcadi Espada, comprendo que el destino de mi libro era la ignorancia. La documentación revelada por Una arrolladora simpatía: Edgar Neville nunca debía alterar la realidad alternativa imaginada por quien descubrió que el diplomático carecía de antecedentes como tal diplomático, aunque los mismos estuvieran en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Los clarividentes al modo de Arcadi Espada no suelen rebajarse a visitar esos lugares, que son privativos de los catedráticos de provincias sin derecho a una página semanal en un medio nacional. De acuerdo, pero la sonrisa al ver la noticia del fracaso de la selección nacional, por culpa de no admitir la excelencia, nadie me la quita y la intento compartir con los lectores de este blog. Tal vez porque, al igual que Javier Cercas, sea incapaz de disfrutar con la ingeniosa ironía de quien a mi edad luce una melena que augura la posible eternidad del periodista y escritor.


lunes, 20 de julio de 2026

Herederos de una guerra, de Luis García Trapiello


 Luis García Trapiello

A lo largo del curso, los amigos y compañeros me mandan más de cincuenta volúmenes de ensayos u obras literarias. Algunos los puedo leer en un plazo prudencial, pero otros no menos interesantes deben esperar hasta la llegada del verano, cuando el fin de las clases supone más tiempo para la lectura. El resultado es una pila de libros que leo mientras intento superar el desánimo que acarrea un calor cada vez más insoportable.

Luis García Trapiello, a diferencia de su hermano Andrés, nunca ha prescindido de su primer apellido a la hora de publicar. Tal vez porque como docente ahora jubilado no haya necesitado recurrir a una identidad más comercial para sacar adelante, poco a poco, una colección de volúmenes que prueban su indudable interés por varios géneros, desde la poesía a la novela pasando por el ensayo.

Desde hace algún tiempo mantenemos una relación de intercambio y amistad. A pesar de la distancia, nos une una misma posición en temas fundamentales relacionados con la memoria histórica y la literatura. Gracias a esa coincidencia, hace algunos meses me mandó su novela Herederos de una guerra (Madrid, Incipit, 2014), que está centrada en la Guerra Civil y, más en concreto, parte de las experiencias de varios soldados en algunas de las más importantes acciones bélicas que tuvieron lugar a lo largo de la misma.

Acabo de leerla con el interés que merece una obra bien narrada y documentada capaz de trasladarnos el horror de los escenarios bélicos. Poco o nada puedo comentar en este sentido. La sinrazón de esos episodios violentos supone un referente inexcusable para cualquier interesado en el conflicto, pero nunca la comento porque me considero incapaz de aportar un solo matiz que no haya sido previamente expuesto por una pluma más autorizada.

Estos episodios de batallas como la de Teruel, tan brutal y mortífera, vienen en la novela intercalados con algunos capítulos donde las voces son las de unos hijos de los protagonistas, que intentan reflexionar acerca de la memoria familiar, la determinada por una participación directa en los frentes más violentos de la Guerra Civil. La perspectiva queda sintetizada en una frase pronunciada por uno de estos descendientes: «Lo cierto es que no somos los hijos de la guerra. Somos los hijos de quienes la hicieron» (p. 14).

A partir de constatar esta evidencia tantas veces olvidada, los descendientes de los protagonistas intentan poner en común las memorias familiares de quienes tuvieron una presencia en el frente durante algunas de las batallas más cruentas. El silencio imperó, con un criterio selectivo para obviar lo incómodo, al mismo tiempo que el dogmatismo, pues estos antiguos soldados «tenían horror a que una duda les rompiese las justificaciones de lo que se hizo y cómo se hizo» (p. 91).

El silencio acerca del «pasado sucio» (Julio Aróstegui) se concreta en un punto clave que también ha puesto de manifiesto Andrés Trapiello en varias ocasiones: en una guerra con centenares de miles de muertos nadie aceptó haber matado. Lo imposible a partir de la más elemental lógica se convierte en una realidad gracias al silencio por una razón fácil de entender: «Si no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).

La circunstancia se agrava en el caso de unos padres que, como tales y con posterioridad a su participación en la guerra, han tenido un comportamiento positivo en el ámbito familiar: «¿Cómo soportar, con esa forma de ser, el haber matado, el haber visto morir a los amigos, el conocer los abusos cometidos por los suyos?» (p. 202).

La pregunta de los descendientes queda en el aire porque la novela trata de comprender sin enjuiciar. No obstante, la cuestión invita a la reflexión acerca de un silencio que, si fue notable con respecto a la violencia de las batallas, todavía lo fue en mayor grado en lo que respecta a la desplegada durante las acciones represivas de la posguerra.

El soldado, en plena batalla, a menudo mata para sobrevivir. Los perpetradores de la violencia represiva carecen de esa coartada. Al cabo del tiempo su silencio resulta tan sepulcral como fruto de un «pacto de sangre», de acuerdo con la terminología mafiosa. El más mínimo cuestionamiento, la duda con respecto a lo hecho, podría haber derrumbado un muro construido a lo largo de décadas y del cual participaron sus familias o allegados.

La novela de Luis García Trapiello nos lleva así a reflexionar sobre una circunstancia presente a lo largo de la investigación sobre los consejos de guerra de periodistas y escritores: el silencio de los perpetradores y, a menudo, la negación de lo sucedido, tanto en un ámbito público como familiar. Un negacionismo que llega hasta el presente sin el temor de caer a veces en lo absurdo.

La literatura puede desvelar la realidad ocultada por ese silencio. También la ficción en general, pero los historiadores de la represión tenemos más dificultades para llevar a cabo esta tarea porque la imaginación debe ser sustituida por las pruebas documentales, que a menudo son inexistentes por la propia naturaleza de unos actos represivos de carácter extrajudicial.

Afortunadamente, los sumarios de los consejos de guerra dejaron los nombres y las firmas de los perpetradores relacionados con el cuerpo jurídico. Esa documentación permite desvelar una parte significativa de lo realizado por quienes luego, al cabo de los años, mantuvieron un silencio sepulcral acerca de estos episodios de su pasado. Razones no les faltaron porque, como escribe Luis García Trapiello, «si no fuese así, quienes hubiesen participado en una guerra no podrían seguir viviendo» (p. 196).

 


sábado, 18 de julio de 2026

La palabra de Franco


 

Historia de nuestro cine, de La 2, me dio la oportunidad de participar en varios debates y procuré seguirlo durante sus muchas semanas de emisión porque era una fuente magnífica para conocer o repasar películas españolas de difícil acceso. Una de las rescatadas fue Raza (1941), de José Luis Sáenz de Heredia. La historia de la participación del general Franco en la misma es de sobra conocida y el título se considera un hito del cine propagandístico del franquismo, que en su versión más explícita nunca gozó de una buena respuesta del público.

La emisión de Raza resultó polémica. Algunos representantes de la izquierda política se manifestaron en contra de que TVE, una cadena pública, seleccionara una película que exaltaba la dictadura. Las protestas afortunadamente no impidieron la emisión y, en mi opinión, probaron la escasa cultura cinematográfica de muchos de nuestros representantes políticos, además de lo desafortunado de cualquier cultura de la cancelación.

Al cabo de tantos años, la película de José Luis Sáenz de Heredia ha perdido su valor propagandístico porque parece harto improbable que alguien se identifique con el franquismo tras verla. El significado de las películas, como el de las obras literarias, varía con el paso del tiempo. Entre otros motivos porque los destinatarios viven en circunstancias diferentes. Esta obviedad ha permitido que lo concebido como un acto propagandístico ahora aparezca como una rareza o una curiosidad, a veces risible por su propia exageración, capaz de hacer presente la categoría de lo insólito.

El aparato de propaganda del régimen franquista gozaba del más amplio respaldo oficial y tuvo una actuación tan constante como brillante. Sus responsables pronto comprendieron que este tipo de películas eran imprescindibles para mayor gloria de la dictadura, pero poco eficaces de cara al público. Más allá de los años de la Victoria los títulos de carácter épico empiezan a escasear y, a menudo, son el fruto de algún encargo o compromiso de procedencia ajena a un mundo cinematográfico siempre atento a la necesidad de congraciarse con las autoridades. La línea propagandística a seguir era otra, tal y como he explicado en varios de mis libros.

Con motivo de los XXV Años de Paz celebrados en 1964, tuvo lugar una intensa campaña de propaganda cuyo objetivo fundamental era sustituir el nunca cuestionado concepto de la Victoria por el de la Paz. Así se pretendía marcar el inicio de una nueva etapa del régimen, que por entonces vivía en pleno desarrollismo y pretendía adaptarse a la modernidad sin alterar lo fundamental de la dictadura.

Aquella cuadratura del círculo fue el centro de varias historias que analicé en Petróleo, monjas y poetas. Otras historias de 1964 (Renacimiento-Universidad de Alicante, 2021). Por entonces supe de películas como Franco, ese hombre (1964), también de José Luis Sáenz de Heredia, pero no tuve la oportunidad de escuchar un long play con el mismo objetivo propagandístico: La palabra de Franco (1964), divulgado con motivo de la citada campaña, que gozó de un excelente presupuesto.




Al buscar materiales documentales o bibliográficos relacionados con Victoriano Fernández de Asís, encontré que mi universidad contaba con ese disco en el catálogo y, además, que la locución del mismo correspondía al periodista represaliado por el propio franquismo antes de convertirse en uno de sus propagandistas (véase la entrada del  25 de marzo de 2026).

La historia es bastante singular, como buena parte de la trayectoria del periodista gallego, y será objeto de un capítulo en el volumen Final de trayecto. Mientras tanto, he conseguido que la Mediateca de la Universidad de Alicante digitalice el disco para hacerlo accesible a cualquier investigador dispuesto a escuchar, en la voz del propio Franco y a partir de grabaciones conservadas en RNE, esta recopilación de fragmentos de discursos prologados por Victoriano Fernández de Asís.

Al margen de la paradoja que supone que el periodista convertido en propagandista tuviera un pasado como represaliado, siempre ocultado por razones obvias, el objetivo es conocer esta selección de los discursos y comprobar que lo concebido como propaganda en su momento ahora consigue, probablemente, un objetivo contrapuesto.

El general Franco nunca destacó por sus dotes oratorias y el formato del long play, utilizado por entonces por humoristas que grababan sus monólogos o compañías radiofónicas que hacían lo mismo con algunas adaptaciones de textos literarios, estaba condenado al fracaso comercial. De hecho, el disco conservado en la Universidad de Alicante, procedente de una donación de RNE, permanece como nuevo al cabo de sesenta años. Más allá de lo obligado por alguna orden de la superioridad, nadie lo programó.

Hoy, 18 de julio, cuando se cumplen los noventa años desde el golpe de Estado liderado por varios militares, escuchar la voz del general Franco dudo que aliente cualquier añoranza o melancolía. Al contrario, conviene conocerla para fundamentar el rechazo a la dictadura y, probablemente, los jóvenes que exhiben una adhesión al régimen franquista, con su parafernalia de chapas y banderas, si tuvieran que escuchar el long play completo empezarían a comprender que ese pasado solo puede ser añorado tras un blanqueamiento.

Así lo he planteado en mis libros sobre el franquismo y, aunque esos jóvenes no suelen destacar por su competencia lectora, espero que lo publicado haya contribuido a conocer mejor aquello que rechazo como demócrata. Las páginas de la historia hay que pasarlas, pero solo después de leerlas, incluso las notas a pie de página de la microhistoria.

La grabación completa se puede consultar a través del catálogo de la Biblioteca de la Universidad de Alicante: signatura FO SER/38139.