El director de
cine y buen amigo José Luis García Sánchez ha fallecido hoy a los ochenta y
cinco años. La luctuosa ya recorre los medios de comunicación y apenas puedo
añadir algún dato significativo acerca de su trayectoria como cineasta, que ha
sido tan fructífera como brillante a lo largo de décadas. Al conocer hoy mismo su
fallecimiento, hasta cierto punto esperado por su delicado estado de salud
desde hace unos pocos años, las películas que jalonaron su carrera nunca quedan
relegadas a un segundo plano, pero prevalece el lado humano de un amigo cercano,
simpático y solidario.
Allá por el año
2000, cuando era el responsable de contenidos de la Biblioteca Virtual Miguel
de Cervantes, saqué adelante una web dedicada a Rafael Azcona, de cuyo
nacimiento en Logroño se cumple este mismo mes el centenario. La tarea me
permitió conocer al propio guionista, y pronto el riojano me presentó a varios
de sus mejores amigos. Entre ellos, y en un lugar destacado, se encontraba José
Luis García Sánchez, a quien ya admiraba como director de algunas películas que
me habían hecho disfrutar.
José Luis andaba
por unos espléndidos sesenta años y era un hombre vitalista e inquieto, con
iniciativas siempre interesantes, aunque a veces no cuajaran. Pronto me
acostumbré a recibir sus llamadas para consultas como las derivadas de sus
adaptaciones cinematográficas y televisivas de los textos de Valle-Inclán, el
autor que tanto admiró, pero también para interesarse por mis libros dedicados
al cine español y aportarme contactos que me fueron inestimables para
culminarlos.
Todavía recuerdo,
con enorme nitidez, algunas de sus visitas a Alicante, como aquella vez en que
vino acompañado de Fedra Lorente, La Bombi, para presentar La marcha
verde. Mi mayor agradecimiento es para la gente de buen humor que me hace
reír y esa tarde estuvo repleta de carcajadas en compañía del equipo de la
película. Algo similar sucedió cuando rodó en Alicante su adaptación de los
esperpentos valleinclanescos para RTVE. Gracias a su amabilidad y a la de
Rafael Azcona, tuve el honor de figurar como asesor académico y, sobre todo, de
compartir unas inolvidables sesiones de rodaje de las que tanto aprendí para
mis clases dedicadas a la relación entre el teatro y el cine.
José Luis fue
siempre un hombre querido por la profesión porque supo ser amigo de sus amigos,
como Rafael Azcona y Manuel Vicent, con quienes compartí una inolvidable
tertulia que figura entre los momentos más felices y plenos que he vivido. Los
encuentros con estos admirados autores no fueron muchos a causa de la distancia,
pero todos los guardo en la memoria como un privilegio, que me permitió
compartir la sabiduría de quienes nunca parecieron sabios, aunque lo eran.
El inexorable paso
del tiempo va despoblando el bosque que, durante la juventud o la madurez, todavía
era denso. Siempre queda el consuelo de las películas o las obras que nos dejan
los amigos. A ellas vuelvo con una insistencia cada vez mayor. Tal vez por el
miedo que siempre produce una progresiva soledad en la que los referentes,
aquellos que nos orientan cada día, van desapareciendo hasta dejarnos
prácticamente solos. La orfandad nunca ha sido llevadera, sobre todo cuando
quien la sufre se ha sabido bien acompañado.
A los no creyentes
solo nos queda la memoria, a menudo basada en anécdotas mil y una veces
recordadas porque forman parte de nuestra identidad más íntima, aquella que
apreciamos por encima de tanta fugacidad con apariencia de trascendencia.
Rafael y José Luis me regalaron numerosas historias que guardo como un tesoro y
cuento en mis clases porque encierran enseñanzas necesarias. También las he
trasladado a mis trabajos escritos. De hecho, en las próximas semanas
participaré en un homenaje al genial guionista, ahora mismo estoy gestionando
la publicación de un libro sobre el cine de José Luis y, supongo, pronto
recibiré una llamada de alguno de sus amigos o de su hijo, Víctor, para impulsar
alguna iniciativa en recuerdo de José Luis García Sánchez, que nos ha dejado
para compartir ese espacio de la memoria junto con Rafael y tanta gente de la
cultura más inquieta de las últimas décadas. Mi respuesta, claro está, será
positiva, porque si de algo nunca me olvido es de aquellos rostros cuya simple
evocación me despierta una sonrisa de agradecimiento. Me han hecho feliz y
merecen permanecer en nuestros recuerdos con la voluntad de intentar llevar a
la práctica todos los ideales de José Luis, que no fueron pocos y que asumo
como propios.