viernes, 11 de octubre de 2024
Presentación de Presentes, de Paco Cerdá
martes, 1 de octubre de 2024
«Jodido cojo o caballero mutilado»
Mis abuelos maternos
Algunos personajes
familiares carecen de relato o el mismo resulta confuso. Incluso tras consultar
para saber de quienes quedaron alojados en la memoria de un chaval observador. Esta
condición no clarifica siempre la realidad, pero me ha permitido escribir
bastantes páginas y procuro no perderla, aunque sea a una edad diametralmente
opuesta.
Mi abuela materna
falleció en 1975, a los 75 años y poco antes del general Franco. La yaya no
pasó a la historia como el ferrolano, pero vivió con nosotros desde que quedara
viuda en 1959 y me dejó numerosos testimonios de una familia donde todos,
absolutamente todos, fueron unos perdedores de la Guerra Civil.
Al cabo del tiempo e
hilvanando recuerdos con preguntas y consultas, he entendido algunas
fotografías vistas en casa. Una de ellas era de un cuñado de mi abuela. El
tío Andrés, manco y con aspecto de lobo de mar, posaba en calidad de pirata
en una fragata dieciochesca anclada en el puerto de Alicante.
Nadie conoce la película
en la que apareció como extra con peluca y sin necesidad de maquillaje. Supongo
que sería El tigre de los siete mares (1966), una coproducción de Sergio
Bergonzelli. Nunca la vi, pero recuerdo que por entonces el tío Andrés llegó
a casa con un queso de bola entero. La novedad gastronómica la añadí a las
peculiaridades de quien siempre me sorprendía cuando venía a ver a su cuñada o
a preguntar algo a Pepito, mi padre, que como «apoderado de banca» era una
autoridad en materia de gestiones para la familia.
La procedencia del
insólito queso la supongo vinculada a las amistades del rodaje, que no sería el
primero en el que intervendría el tío Andrés. Su aspecto de lobo de
mar bien le podría haber llevado a participar en La fragata infernal y El
hijo del capitán Blood, rodadas en Alicante cuatro años antes.
La presencia de
extranjeros adinerados, los del cine, suponía la posibilidad de acceder a
novedades del desarrollismo como el queso tan redondeado y rojo. Y Andrés,
hombre bragado en mil batallas, las conseguiría con el desparpajo de quien
nunca ha presentado una solicitud con la correspondiente póliza.
El tío Andrés, manco
desde la guerra, trabajaba en el puerto de lo que se presentara. También como
descargador a pesar de su discapacidad, un término inexistente por entonces. Esta
circunstancia me asombraba, pero luego supe de otras más asombrosas durante una
posguerra donde se buscó la vida con recursos propios de una novela de Juan
Marsé.
Nunca le pregunté por el
destino de la parte del brazo que le faltaba. Ya mayor, supe que la amputación
se debió a una granada durante la guerra. Andrés era un mutilado, como tantos
otros después de tres años de barbarie, pero como perdedor nunca fue un
«caballero mutilado» del Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria.
Según explica Paco Cerdá en Presentes, justo en un capítulo donde el
protagonista se llama Andrés, «uno puede ser un jodido cojo o un caballero
mutilado: depende del lado que ocupaba en la trinchera» (p. 181).
La presencia de los
caballeros mutilados era todavía frecuente en los años sesenta, donde seguían
bajo la protección del organismo creado por el protomutilado, el general Millán
Astray. El cojo, manco y tuerto alardeaba de los órganos pasados a mejor vida
hasta que su homólogo italiano le demostró que, en materia de sacrificios por
la Patria, siempre hay quien nos supere.
También abundaban, en
similar número, los cojos, los mancos y otros mutilados que por ser unos
vencidos nunca aspiraron a la condición de caballeros. Ni siquiera a una
pensión o cualquier otra ayuda. Por eso recuerdo que El tío Andrés, ya
anciano en los años ochenta, recibió con asombro lo dado por el gobierno de
Felipe González. Más vale tarde que nunca y ese dinero solucionó problemas.
Ahora, al cabo de las
décadas, el estudio de la posguerra me permite conocer una sociedad abundante
en mutilados donde también había dos categorías claramente diferenciadas: los
vencedores y los vencidos. Los primeros gozaron de la protección del Régimen,
que tampoco sería una bicoca, mientras que sus homólogos del bando republicano
se buscaron la vida en condiciones dramáticas. Todavía, en los años setenta,
aparecen en los dibujos de Gila y Summers como protagonistas de una
cotidianidad identificable.
Paco Cerdá ha reavivado
la memoria del tío Andrés, cuya vida fue de claroscuros. Al leer el
capítulo de Presentes (pp. 181-6), he comprendido mejor la desesperación
que puede llevar a soluciones equivocadas. Las conozco, con su correspondiente
responsabilidad, pero ahora también entiendo mejor a quien las protagonizó y un
día, cuando yo tenía ocho años, me dijo: «Mira, un queso entero para ti»,
mientras me lo mostraba apoyándolo entre su muñón y el pecho de pirata.
domingo, 29 de septiembre de 2024
Presentes, de Paco Cerdá, y los silencios del historiador
El historiador habla,
pero también calla. La historia no deja de ser un relato acerca del pasado y,
como tal, es el fruto de una selección de motivos que por su relevancia merecen
ser rescatados. Otros no, al menos en una construcción narrativa que debe tener
un objetivo capaz de determinar el contenido de lo expuesto.
La preparación de los
trabajos dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores me ha
permitido acumular documentos y testimonios que finalmente no aparecen en lo
publicado. Los motivos son diversos. A veces por su escasa relevancia para el
objetivo del trabajo, en otras ocasiones por su carácter redundante y, claro
está, también por la imposibilidad de demostrar documentalmente lo
testimoniado.
Un testimonio puede tener
validez con independencia de su correlato documental. No obstante, en un tema
tan delicado como es la represión durante la posguerra, he preferido
circunscribirme a lo documentado. Entre otros motivos, porque con este material
ya tenemos de sobra para evidenciar la ausencia de garantías jurídicas de unos
procesos concebidos como arma de guerra para el control o la eliminación del
enemigo.
La mayoría de los
testimonios orales que he conocido proceden de las familias de las víctimas.
Algunas desconocen lo sucedido con sus familiares, incluso les he descubierto
sus historias en ocasiones, pero otras guardan en la memoria los testimonios de
quienes padecieron aquella represión.
Esos testimonios se
sitúan en un marco histórico bien conocido y no suponen una sorpresa. La
mayoría de las veces están relacionados con las vejaciones que sufrieron las
víctimas de los consejos de guerra, especialmente durante los interrogatorios
previos al inicio de la instrucción de los sumarios.
La violencia y la tortura
fueron habituales en esos interrogatorios a manos de la policía militar o
civil, los escuadrones falangistas y la Guardia Civil. Los testimonios
publicados abundan y no merece la pena recordarlos aquí. Sin embargo, la
lectura de Presentes (2024), de Paco Cerdá, me ha recordado el
caso de Manuel Navarro Ballesteros, que pasó una dramática temporada en la
calle Almagro, n.º 36, la sede de una barbarie conocida gracias a trabajos como
los de Alejandro Pérez-Olivares García.
Manuel Navarro
Ballesteros llegaría destrozado a la cárcel y así estaría cuando le interrogaron
los responsables del juzgado donde se instruyó el sumario. Pero no fue el
único, pues otro periodista finalmente ejecutado, Javier Bueno, ingresó en la
prisión con la cara amoratada tras la paliza recibida cuando le sacaron de la
embajada de Panamá donde intentó refugiarse. Ya antes estaba cojo a causa de una herida de guerra y, al
final, lo debieron llevar a rastras hasta el pelotón de ejecución, aunque
tuviera tiempo de departir con el sacristán de la prisión, según el testimonio
de Juan Antonio Cabezas.
Este último caso lo
recuerdo gracias a algunas fotos de Javier Bueno con las huellas de las
torturas sufridas en 1934, con su bastón durante la guerra y otras que nunca
veré, aunque imagino: las no tomadas durante el proceso. Sin embargo, en la
documentación de su sumario queda una huella escrita: su firma, con un temblor imprevisible
en quien se ganó la vida como periodista y estaba lejos de la vejez. Véanse los documentos de la entrada
publicada el pasado 29 de agosto.
Esa caligrafía no
determina la existencia de la tortura, pero si detectamos el previsible temblor
en un hombre joven y culto sabiendo que el maltrato se había producido poco
antes, cuando le detuvieron, parece lógico pensar en una relación de causa y
efecto. No la subrayé en Las armas contra las letras. Ni siquiera la
cité, pero cada vez que veo la firma pienso en los golpes que pudo recibir Javier
Bueno.
Otras familias de las
víctimas me han contado diferentes historias de aquellos momentos presididos
por la violencia y la venganza. Algunas son estremecedoras, pero solo las he
utilizado a la hora de imaginar el ambiente en que se desarrollaron los consejos
de guerra. Su relato, de cara a un lector que ya conoce lo fundamental del
mismo, resulta innecesario y apenas aportaría dramatismo a un trabajo que
pretende circunscribirse a la frialdad de lo documentado.
El silencio es
conveniente en este caso, pero comprendo a un autor de no ficción
literaria como Paco Cerdá, que afronta el problema de relatar la
violencia del momento que se cebó en miles de víctimas. Presentes lo
resuelve con el acierto de una pluma experimentada y lo agradecemos. Otros, ajenos
a la no ficción literaria, optamos por callar sobre estos temas de las torturas
porque sabemos que el lector entiende aquello de
«convenientemente interrogado el procesado…». También el acta de la declaración que alude a sus «nervios». Al buen entendedor, con pocas palabras basta.
jueves, 26 de septiembre de 2024
Presentes, de Paco Cerdá
La
publicación de trabajos de investigación es un requisito para ser profesor
universitario. Durante años, los añades a un currículo a menudo utilizado para
superar oposiciones, ascender en el escalafón, obtener becas…, sin que las
autoridades académicas te pidan una justificación menos utilitarista.
Al
cabo del tiempo, conviene tenerla para evitar la sensación de lo absurdo. La observo en numerosas aportaciones destinadas a hinchar el CV y, por
esa misma razón, cuando hablo con los doctorandos procuro preguntarles acerca
del para qué de su labor, al margen de requisitos y obligaciones más o menos
circunstanciales.
Una
de esas razones consiste en aportar conocimiento para crear un relato acerca
del pasado. Lo construimos con nuestros trabajos, donde la voluntad de
relatar y comunicar debiera ser imprescindible, pero también ayudamos a que
otros autores vinculados con las distintas modalidades de la ficción lo
construyan gracias a obras que disfrutan de una mayor difusión.
La
tarea es compleja y precisa de autores interesados en documentar con rigor sus
obras, sobre todo si se desenvuelven en el ámbito de la no ficción literaria.
Cuento con varios amigos dedicados a la misma, colaboro con ellos desde hace
décadas y, cada vez que descubro la huella de algún trabajo académico en esas
obras, siento la satisfacción del objetivo cumplido.
Paco
Cerdá figura de manera destacada en este grupo. Le descubrí cuando supe que
compartíamos el interés por un personaje tan olvidado como el ajedrecista
Arturito Pomar, me deslumbró al mostrarme la complejidad de un 14 de abril de
1931 que solo conocía por el relato de unas imágenes mil veces repetidas de
masas en las calles con banderas y, ahora, cuando todavía es un hombre joven me
ha demostrado la madurez de un escritor gracias a su Presentes, que
relata lo sucedido en torno a diez días de noviembre de 1936.
El
traslado de los restos de José Antonio desde Alicante hasta El Escorial es una
historia que siempre me ha interesado y a la que he dedicado algunas páginas. Incluso en Contemos cómo pasó (2016) comenté una leyenda en torno al traslado capaz de utilizar el humor como
arma de resistencia. Paco Cerdá comparte ese mismo interés tras ver un
documental de conocimiento obligatorio para saber de la voluntad de los vencedores durante
la inmediata posguerra:
A
partir de esas imágenes y con la ayuda de una considerable bibliografía, Paco
Cerdá relata el traslado de aquellos restos mortales y, lejos de
circunscribirse a esa siniestra épica de quienes hacían una demostración de
fuerza como vencedores, también nos da muestras de la otra cara: la represión y
la eliminación de los vencidos.
Once
capítulos dedicados a las jornadas del traslado y veintidós a los retratos de
sujetos, la mayoría anónimos, que protagonizan el dramatismo del momento. En
total, treinta y tres, los años de un José Antonio que en vida fue un sujeto de
relativo relieve y, fusilado, se convirtió en un protomártir del franquismo
tras eliminar de su legado lo que resultaba inconveniente para la dictadura.
Así
le conocí en las aulas, con el crucifijo en el centro y a la derecha el general
Franco. También en las visitas escolares a su celda cada veinte de noviembre,
que acabaron creando en mi imaginación numerosas dudas y pocas certidumbres. A
las primeras acudo todavía y, de su mano, descubro el sentido de un personaje
histórico tan abundante en retórica como cuestionable con la fría razón de
quienes procuramos una dialéctica sin puños ni pistolas.
El
libro de Paco Cerdá me ayuda en esta tarea porque recopila y sintetiza un enorme caudal de información contrastada, incluso inédita. Muchos de sus capítulos son
descubrimientos que necesitan del lápiz para apuntar y subrayar. Otros
completan lo parcialmente conocido con datos oportunos y relevantes. Y, sobre
todo, el conjunto supone una invitación a la lectura por la calidad de
una prosa cuidada, medida y precisa. También de paciente elaboración, como
corresponde a las exigencias de un autor ajeno a las prisas de lo fácil.
Paco
Cerdá no solo conoce lo sucedido en torno a aquel dramático noviembre de 1939,
del I Año de la Victoria, sino que sus muchas horas de lectura y consultas le permiten recrear el ambiente de una época presidida por la violencia y la
venganza. La guerra no había terminado. La nueva fase de la misma, superada la
crónica de los enfrentamientos bélicos, requiere la reflexión de quien sabe que
el estilo también es contenido.
Presentes
se incorporará,
sin duda, al caudal de la mejor no ficción literaria publicada en España. La respuesta de
la crítica y de los lectores así lo confirma. Me alegra por la calidad de la
obra de un autor joven al que sigo desde sus principios, pero también «me llena
de orgullo y satisfacción» porque tuve la suerte de colaborar en el proceso de
redacción.
Ahora,
al cabo de los meses, veo que el capítulo dedicado al periodista ejecutado
Manuel Navarro Ballesteros me devuelve enriquecido el sumario que
facilité a Paco Cerdá. También me descubre matices de una personalidad poco
conocida, pero que ejemplifica el dramatismo de un momento donde demasiadas
personas vieron su vida truncada. Incluidos los jóvenes dispuestos a
ilusionarse con la perspectiva de una vida más justa.
Rafael
Azcona me enseñó a escribir sobre la derrota de quienes deambulan por los
márgenes de la historia. Paco Cerdá habrá tenido otros maestros, pero comparte
esa voluntad porque sabe que, literariamente, la derrota es mucho más rica que
la victoria. Nadie se acuerda de quienes concibieron aquel fastuoso traslado de
los restos mortales de José Antonio. Su mito ha caído en el olvido de lo
artificioso y propagandístico, pero poco a poco, con la voluntad de quienes procuramos
el rescate de las voces, emergen otros testimonios capaces de
conmovernos.
La
mirada del historiador de la posguerra acaba encallecida porque la barbarie es
omnipresente en ese período. Sin embargo, gracias al criterio de Paco Cerdá en
la selección, la fundamentación de su historia y, sobre todo, la brillantez de
su escritura contamos con un conjunto de testimonios capaces de conmovernos,
aunque tengamos esa mirada tras conocer otros similares.
Solo
cabe, pues, agradecer a Paco Cerdá la oportunidad de haber colaborado con él y,
de esa manera, hacer realidad el objetivo con que iniciaba este comentario. Si
los años pasados en los archivos militares me han permitido ver las huellas de
lo exhumado en una excelente creación de no ficción literaria, el esfuerzo está
más que justificado.
El
próximo día 10 de octubre, en una librería de Alicante, tendré la oportunidad
de compartir esta satisfacción con el propio autor. Y, claro está, buscaremos
nuevos motivos para futuros libros que respondan a los intereses comunes de
quienes buceamos en la historia porque no paramos de hacernos preguntas.
Os dejo con la grabación de la presentación del libro en Madrid:




