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viernes, 11 de octubre de 2024

Presentación de Presentes, de Paco Cerdá


Mi trabajo me permite disfrutar de la amistad de muchas personas con las que colaboro en las tareas de investigación. Sin embargo, a menudo esa relación se circunscribe al intercambio de mensajes por correo electrónico o llamadas telefónicas. Desde hace tiempo apenas puedo viajar por circunstancias familiares y son pocas las ocasiones de encontrarme con estos amigos.
Ayer, después de varios años intercambiando mensajes y colaborando en tareas de investigación, pude conocer en persona a Paco Cerdá con motivo de la presentación de Presentes en la librería Pynchon, de Alicante. El acto fue un verdadero éxito por la brillantez de su intervención y la nutrida presencia de público, que le obligó a permanecer más de una hora firmando ejemplares de su libro.
Las prisas de ser padre primerizo no le permitió prolongar la velada, pero al menos quedó una foto para el recuerdo de un día donde disfruté viendo a un autor joven cuyos planteamientos coinciden plenamente con los míos, aparte de que su estilo literario es brillante como pocas veces he visto durante estos últimos años.


La jornada se completó con una entrevista a Paco Cerdá a cargo de mi buen amigo Carlos Arcaya. Os paso el correspondiente enlace porque la grabación sintetiza lo fundamental de lo explicado por la tarde en la presentación:


Hoy, mientras colaboraba con la periodista Marta Borraz, que este fin de semana va a publicar un extenso artículo en El Diario sobre los consejos de guerra de Miguel Hernández, he estado en los estudios de Radio Alicante para grabar una entrevista acerca de la radio de los años cincuenta y sesenta con motivo del aniversario de la emisora. Ambos trabajos se incorporarán a esta entrada cuando tenga la oportunidad.
Un catedrático capaz de publicar treinta y siete libros y más de doscientos artículos pasa casi toda su vida sentado en una mesa de trabajo. La circunstancia no supone un sacrificio porque tengo la inmensa suerte de que mi mayor afición coincide con mi obligación profesional. No obstante, también estamos obligados a realizar una tarea de divulgación mediante la colaboración con los medios de comunicación y, sobre todo, apetece, y mucho, encontrar a un joven autor que ya es un referente en la no ficción literaria española.

martes, 1 de octubre de 2024

«Jodido cojo o caballero mutilado»

 


Mis abuelos maternos


Algunos personajes familiares carecen de relato o el mismo resulta confuso. Incluso tras consultar para saber de quienes quedaron alojados en la memoria de un chaval observador. Esta condición no clarifica siempre la realidad, pero me ha permitido escribir bastantes páginas y procuro no perderla, aunque sea a una edad diametralmente opuesta. 

Mi abuela materna falleció en 1975, a los 75 años y poco antes del general Franco. La yaya no pasó a la historia como el ferrolano, pero vivió con nosotros desde que quedara viuda en 1959 y me dejó numerosos testimonios de una familia donde todos, absolutamente todos, fueron unos perdedores de la Guerra Civil.

Al cabo del tiempo e hilvanando recuerdos con preguntas y consultas, he entendido algunas fotografías vistas en casa. Una de ellas era de un cuñado de mi abuela. El tío Andrés, manco y con aspecto de lobo de mar, posaba en calidad de pirata en una fragata dieciochesca anclada en el puerto de Alicante.




Nadie conoce la película en la que apareció como extra con peluca y sin necesidad de maquillaje. Supongo que sería El tigre de los siete mares (1966), una coproducción de Sergio Bergonzelli. Nunca la vi, pero recuerdo que por entonces el tío Andrés llegó a casa con un queso de bola entero. La novedad gastronómica la añadí a las peculiaridades de quien siempre me sorprendía cuando venía a ver a su cuñada o a preguntar algo a Pepito, mi padre, que como «apoderado de banca» era una autoridad en materia de gestiones para la familia.

La procedencia del insólito queso la supongo vinculada a las amistades del rodaje, que no sería el primero en el que intervendría el tío Andrés. Su aspecto de lobo de mar bien le podría haber llevado a participar en La fragata infernal y El hijo del capitán Blood, rodadas en Alicante cuatro años antes.

La presencia de extranjeros adinerados, los del cine, suponía la posibilidad de acceder a novedades del desarrollismo como el queso tan redondeado y rojo. Y Andrés, hombre bragado en mil batallas, las conseguiría con el desparpajo de quien nunca ha presentado una solicitud con la correspondiente póliza.

El tío Andrés, manco desde la guerra, trabajaba en el puerto de lo que se presentara. También como descargador a pesar de su discapacidad, un término inexistente por entonces. Esta circunstancia me asombraba, pero luego supe de otras más asombrosas durante una posguerra donde se buscó la vida con recursos propios de una novela de Juan Marsé.

Nunca le pregunté por el destino de la parte del brazo que le faltaba. Ya mayor, supe que la amputación se debió a una granada durante la guerra. Andrés era un mutilado, como tantos otros después de tres años de barbarie, pero como perdedor nunca fue un «caballero mutilado» del Benemérito Cuerpo de Mutilados de Guerra por la Patria. Según explica Paco Cerdá en Presentes, justo en un capítulo donde el protagonista se llama Andrés, «uno puede ser un jodido cojo o un caballero mutilado: depende del lado que ocupaba en la trinchera» (p. 181).

La presencia de los caballeros mutilados era todavía frecuente en los años sesenta, donde seguían bajo la protección del organismo creado por el protomutilado, el general Millán Astray. El cojo, manco y tuerto alardeaba de los órganos pasados a mejor vida hasta que su homólogo italiano le demostró que, en materia de sacrificios por la Patria, siempre hay quien nos supere.

También abundaban, en similar número, los cojos, los mancos y otros mutilados que por ser unos vencidos nunca aspiraron a la condición de caballeros. Ni siquiera a una pensión o cualquier otra ayuda. Por eso recuerdo que El tío Andrés, ya anciano en los años ochenta, recibió con asombro lo dado por el gobierno de Felipe González. Más vale tarde que nunca y ese dinero solucionó problemas.

Ahora, al cabo de las décadas, el estudio de la posguerra me permite conocer una sociedad abundante en mutilados donde también había dos categorías claramente diferenciadas: los vencedores y los vencidos. Los primeros gozaron de la protección del Régimen, que tampoco sería una bicoca, mientras que sus homólogos del bando republicano se buscaron la vida en condiciones dramáticas. Todavía, en los años setenta, aparecen en los dibujos de Gila y Summers como protagonistas de una cotidianidad identificable.

Paco Cerdá ha reavivado la memoria del tío Andrés, cuya vida fue de claroscuros. Al leer el capítulo de Presentes (pp. 181-6), he comprendido mejor la desesperación que puede llevar a soluciones equivocadas. Las conozco, con su correspondiente responsabilidad, pero ahora también entiendo mejor a quien las protagonizó y un día, cuando yo tenía ocho años, me dijo: «Mira, un queso entero para ti», mientras me lo mostraba apoyándolo entre su muñón y el pecho de pirata.

 


domingo, 29 de septiembre de 2024

Presentes, de Paco Cerdá, y los silencios del historiador


 

El historiador habla, pero también calla. La historia no deja de ser un relato acerca del pasado y, como tal, es el fruto de una selección de motivos que por su relevancia merecen ser rescatados. Otros no, al menos en una construcción narrativa que debe tener un objetivo capaz de determinar el contenido de lo expuesto.

La preparación de los trabajos dedicados a los consejos de guerra de periodistas y escritores me ha permitido acumular documentos y testimonios que finalmente no aparecen en lo publicado. Los motivos son diversos. A veces por su escasa relevancia para el objetivo del trabajo, en otras ocasiones por su carácter redundante y, claro está, también por la imposibilidad de demostrar documentalmente lo testimoniado.

Un testimonio puede tener validez con independencia de su correlato documental. No obstante, en un tema tan delicado como es la represión durante la posguerra, he preferido circunscribirme a lo documentado. Entre otros motivos, porque con este material ya tenemos de sobra para evidenciar la ausencia de garantías jurídicas de unos procesos concebidos como arma de guerra para el control o la eliminación del enemigo.

La mayoría de los testimonios orales que he conocido proceden de las familias de las víctimas. Algunas desconocen lo sucedido con sus familiares, incluso les he descubierto sus historias en ocasiones, pero otras guardan en la memoria los testimonios de quienes padecieron aquella represión.

Esos testimonios se sitúan en un marco histórico bien conocido y no suponen una sorpresa. La mayoría de las veces están relacionados con las vejaciones que sufrieron las víctimas de los consejos de guerra, especialmente durante los interrogatorios previos al inicio de la instrucción de los sumarios.

La violencia y la tortura fueron habituales en esos interrogatorios a manos de la policía militar o civil, los escuadrones falangistas y la Guardia Civil. Los testimonios publicados abundan y no merece la pena recordarlos aquí. Sin embargo, la lectura de Presentes (2024), de Paco Cerdá, me ha recordado el caso de Manuel Navarro Ballesteros, que pasó una dramática temporada en la calle Almagro, n.º 36, la sede de una barbarie conocida gracias a trabajos como los de Alejandro Pérez-Olivares García.

Manuel Navarro Ballesteros llegaría destrozado a la cárcel y así estaría cuando le interrogaron los responsables del juzgado donde se instruyó el sumario. Pero no fue el único, pues otro periodista finalmente ejecutado, Javier Bueno, ingresó en la prisión con la cara amoratada tras la paliza recibida cuando le sacaron de la embajada de Panamá donde intentó refugiarse. Ya antes estaba cojo a causa de una herida de guerra y, al final, lo debieron llevar a rastras hasta el pelotón de ejecución, aunque tuviera tiempo de departir con el sacristán de la prisión, según el testimonio de Juan Antonio Cabezas.




Este último caso lo recuerdo gracias a algunas fotos de Javier Bueno con las huellas de las torturas sufridas en 1934, con su bastón durante la guerra y otras que nunca veré, aunque imagino: las no tomadas durante el proceso. Sin embargo, en la documentación de su sumario queda una huella escrita: su firma, con un temblor imprevisible en quien se ganó la vida como periodista y estaba lejos de la vejez. Véanse los documentos de la entrada publicada el pasado 29 de agosto.

Esa caligrafía no determina la existencia de la tortura, pero si detectamos el previsible temblor en un hombre joven y culto sabiendo que el maltrato se había producido poco antes, cuando le detuvieron, parece lógico pensar en una relación de causa y efecto. No la subrayé en Las armas contra las letras. Ni siquiera la cité, pero cada vez que veo la firma pienso en los golpes que pudo recibir Javier Bueno.

Otras familias de las víctimas me han contado diferentes historias de aquellos momentos presididos por la violencia y la venganza. Algunas son estremecedoras, pero solo las he utilizado a la hora de imaginar el ambiente en que se desarrollaron los consejos de guerra. Su relato, de cara a un lector que ya conoce lo fundamental del mismo, resulta innecesario y apenas aportaría dramatismo a un trabajo que pretende circunscribirse a la frialdad de lo documentado.

El silencio es conveniente en este caso, pero comprendo a un autor de no ficción literaria como Paco Cerdá, que afronta el problema de relatar la violencia del momento que se cebó en miles de víctimas. Presentes lo resuelve con el acierto de una pluma experimentada y lo agradecemos. Otros, ajenos a la no ficción literaria, optamos por callar sobre estos temas de las torturas porque sabemos que el lector entiende aquello de «convenientemente interrogado el procesado…». También el acta de la declaración que alude a sus «nervios». Al buen entendedor, con pocas palabras basta.


jueves, 26 de septiembre de 2024

Presentes, de Paco Cerdá


La publicación de trabajos de investigación es un requisito para ser profesor universitario. Durante años, los añades a un currículo a menudo utilizado para superar oposiciones, ascender en el escalafón, obtener becas…, sin que las autoridades académicas te pidan una justificación menos utilitarista.

Al cabo del tiempo, conviene tenerla para evitar la sensación de lo absurdo. La observo en numerosas aportaciones destinadas a hinchar el CV y, por esa misma razón, cuando hablo con los doctorandos procuro preguntarles acerca del para qué de su labor, al margen de requisitos y obligaciones más o menos circunstanciales.

Una de esas razones consiste en aportar conocimiento para crear un relato acerca del pasado. Lo construimos con nuestros trabajos, donde la voluntad de relatar y comunicar debiera ser imprescindible, pero también ayudamos a que otros autores vinculados con las distintas modalidades de la ficción lo construyan gracias a obras que disfrutan de una mayor difusión.

La tarea es compleja y precisa de autores interesados en documentar con rigor sus obras, sobre todo si se desenvuelven en el ámbito de la no ficción literaria. Cuento con varios amigos dedicados a la misma, colaboro con ellos desde hace décadas y, cada vez que descubro la huella de algún trabajo académico en esas obras, siento la satisfacción del objetivo cumplido.

Paco Cerdá figura de manera destacada en este grupo. Le descubrí cuando supe que compartíamos el interés por un personaje tan olvidado como el ajedrecista Arturito Pomar, me deslumbró al mostrarme la complejidad de un 14 de abril de 1931 que solo conocía por el relato de unas imágenes mil veces repetidas de masas en las calles con banderas y, ahora, cuando todavía es un hombre joven me ha demostrado la madurez de un escritor gracias a su Presentes, que relata lo sucedido en torno a diez días de noviembre de 1936.

El traslado de los restos de José Antonio desde Alicante hasta El Escorial es una historia que siempre me ha interesado y a la que he dedicado algunas páginas. Incluso en Contemos cómo pasó (2016) comenté una leyenda en torno al traslado capaz de utilizar el humor como arma de resistencia. Paco Cerdá comparte ese mismo interés tras ver un documental de conocimiento obligatorio para saber de la voluntad de los vencedores durante la inmediata posguerra:




A partir de esas imágenes y con la ayuda de una considerable bibliografía, Paco Cerdá relata el traslado de aquellos restos mortales y, lejos de circunscribirse a esa siniestra épica de quienes hacían una demostración de fuerza como vencedores, también nos da muestras de la otra cara: la represión y la eliminación de los vencidos.

Once capítulos dedicados a las jornadas del traslado y veintidós a los retratos de sujetos, la mayoría anónimos, que protagonizan el dramatismo del momento. En total, treinta y tres, los años de un José Antonio que en vida fue un sujeto de relativo relieve y, fusilado, se convirtió en un protomártir del franquismo tras eliminar de su legado lo que resultaba inconveniente para la dictadura.

Así le conocí en las aulas, con el crucifijo en el centro y a la derecha el general Franco. También en las visitas escolares a su celda cada veinte de noviembre, que acabaron creando en mi imaginación numerosas dudas y pocas certidumbres. A las primeras acudo todavía y, de su mano, descubro el sentido de un personaje histórico tan abundante en retórica como cuestionable con la fría razón de quienes procuramos una dialéctica sin puños ni pistolas.

El libro de Paco Cerdá me ayuda en esta tarea porque recopila y sintetiza un enorme caudal de información contrastada, incluso inédita. Muchos de sus capítulos son descubrimientos que necesitan del lápiz para apuntar y subrayar. Otros completan lo parcialmente conocido con datos oportunos y relevantes. Y, sobre todo, el conjunto supone una invitación a la lectura por la calidad de una prosa cuidada, medida y precisa. También de paciente elaboración, como corresponde a las exigencias de un autor ajeno a las prisas de lo fácil.

Paco Cerdá no solo conoce lo sucedido en torno a aquel dramático noviembre de 1939, del I Año de la Victoria, sino que sus muchas horas de lectura y consultas le permiten recrear el ambiente de una época presidida por la violencia y la venganza. La guerra no había terminado. La nueva fase de la misma, superada la crónica de los enfrentamientos bélicos, requiere la reflexión de quien sabe que el estilo también es contenido.

Presentes se incorporará, sin duda, al caudal de la mejor no ficción literaria publicada en España. La respuesta de la crítica y de los lectores así lo confirma. Me alegra por la calidad de la obra de un autor joven al que sigo desde sus principios, pero también «me llena de orgullo y satisfacción» porque tuve la suerte de colaborar en el proceso de redacción.

Ahora, al cabo de los meses, veo que el capítulo dedicado al periodista ejecutado Manuel Navarro Ballesteros me devuelve enriquecido el sumario que facilité a Paco Cerdá. También me descubre matices de una personalidad poco conocida, pero que ejemplifica el dramatismo de un momento donde demasiadas personas vieron su vida truncada. Incluidos los jóvenes dispuestos a ilusionarse con la perspectiva de una vida más justa.

Rafael Azcona me enseñó a escribir sobre la derrota de quienes deambulan por los márgenes de la historia. Paco Cerdá habrá tenido otros maestros, pero comparte esa voluntad porque sabe que, literariamente, la derrota es mucho más rica que la victoria. Nadie se acuerda de quienes concibieron aquel fastuoso traslado de los restos mortales de José Antonio. Su mito ha caído en el olvido de lo artificioso y propagandístico, pero poco a poco, con la voluntad de quienes procuramos el rescate de las voces, emergen otros testimonios capaces de conmovernos.

La mirada del historiador de la posguerra acaba encallecida porque la barbarie es omnipresente en ese período. Sin embargo, gracias al criterio de Paco Cerdá en la selección, la fundamentación de su historia y, sobre todo, la brillantez de su escritura contamos con un conjunto de testimonios capaces de conmovernos, aunque tengamos esa mirada tras conocer otros similares.

Solo cabe, pues, agradecer a Paco Cerdá la oportunidad de haber colaborado con él y, de esa manera, hacer realidad el objetivo con que iniciaba este comentario. Si los años pasados en los archivos militares me han permitido ver las huellas de lo exhumado en una excelente creación de no ficción literaria, el esfuerzo está más que justificado.

El próximo día 10 de octubre, en una librería de Alicante, tendré la oportunidad de compartir esta satisfacción con el propio autor. Y, claro está, buscaremos nuevos motivos para futuros libros que respondan a los intereses comunes de quienes buceamos en la historia porque no paramos de hacernos preguntas.

Os dejo con la grabación de la presentación del libro en Madrid:



 

 

jueves, 13 de abril de 2023

Paco Cerdá y el 14 de abril


Los historiadores no deberíamos participar en los homenajes. Al menos como tales, puesto que a título personal tenemos el derecho a actuar con absoluta libertad en este sentido. Nuestro objetivo profesional es conocer el pasado, no homenajearlo, aunque en el mismo encontremos motivos que merecen un recuerdo teñido de agradecimiento y reconocimiento. 
La II República es un período histórico verdaderamente complejo e intenso en su forzada brevedad. También contradictorio como cualquier momento de transición. Las definiciones propias de la nostalgia, la militancia o la voluntad de homenajear son respetables, pero apenas resultan compatibles con esa complejidad del claroscuro. 
Paco Cerdá es un excelente y documentado cronista del 14 de abril de 1931. Su obra de no ficción, verdaderamente magistral dentro de este género, nos revela qué sucedió aquel día tantas veces rememorado y, al mismo tiempo, desconocido en sus detalles, sus protagonismos y sus contradicciones, puesto que las esperanzas de unos convivieron con los temores de otros. La obra se desplaza por todos los rincones de la geografía nacional, da voz a los olvidados, descubre aspectos inéditos de lo sucedido, revela la intensidad de unos momentos decisivos y, en definitiva, con un estilo memorable traza una imagen del día histórico rica en su complejidad.
Frente a la nostalgia, tantas veces paralizante, la obra de Paco Cerdá opta por el conocimiento solo posible tras una minuciosa tarea de documentación, un rigor metodológico y una voluntad de comprensión. El resultado queda resaltado por un estilo literario que ha cosechado numerosos elogios. Todos son merecidos y, por supuesto, los lectores contamos con un referente de calidad ya presente por anteriores libros y ahora refrendado.