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jueves, 19 de octubre de 2023

La intrépida Aurora Bertrana Salazar y la masonería


 

La trayectoria de la escritora Aurora Bertrana Salazar (1892-1974) cuenta con numerosos alicientes para merecer una amplia bibliografía en los medios académicos. La gerundense es hija de una figura destacada de las letras catalanas, pionera del jazz interpretado por mujeres tras recibir una educación cosmopolita, feminista moderada con una notable proyección pública, viajera desprejuiciada por mundos exóticos, periodista políglota, activista cultural, diputada por ERC... y hasta miembro de la masonería. Todas estas facetas se acumulan a un ritmo intenso antes de la Guerra Civil, su separación matrimonial y un exilio en Suiza desde junio de 1938 del que volvería relativamente pronto, gracias a las gestiones de un familiar, para reencontrarse con su madre y culminar la trayectoria literaria en su tierra natal. Entre otros motivos, porque Aurora Bertrana Salazar era una mujer independiente acostumbrada a salir adelante, necesitaba publicar para vivir y la pluma fue su herramienta de trabajo.

La biografía de esta mujer apasionante por las circunstancias que le tocó protagonizar quedó reflejada en dos gruesos volúmenes de memorias -el segundo apareció con carácter póstumo en 1975- y ha sido objeto de estudio en una amplia bibliografía. He comenzado a consultarla con la esperanza de encontrar huellas de la represión que durante el franquismo sufrió a manos del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. A falta todavía de algunos títulos que no he podido localizar, la primera impresión es que este episodio biográfico ha pasado desapercibido para la mayoría de quienes estudian su obra. Tal vez porque su interés sea menor en comparación, por ejemplo, con el exotismo de las crónicas viajeras por la Polinesia o la voluntad de abrirse camino siendo una mujer independiente, incluso cuando estaba casada con un ingeniero suizo que la acabó abandonando. En cualquier caso, la consulta de una documentación que durante la posguerra reaparece de forma tan burocrática como obsesiva hasta el absurdo resulta significativa, al menos para conocer el grado de presión que podía ejercer la tupida red jurídica al servicio de la represión. Incluso cuando la víctima, por la lógica de una trayectoria vital que la condujo a un aislamiento con respecto a los círculos republicanos, había dejado atrás una afiliación masónica que ni siquiera aparece probada en la documentación actualmente depositada en el CDMH, de Salamanca.

A partir de la documentación incautada por los franquistas y una vez resuelto el problema de las dudas acerca de sus apellidos, pues la escritora a veces figura con el de su esposo suizo y tuvo abiertos dos expedientes hasta su refundición por orden del responsable de la Delegación Nacional de Servicios Documentales fechada el 17 de octubre de 1955, parece probado que Aurora Bertrana Salazar manifestó su voluntad de mantener una relación con la masonería desde febrero de 1934, cuando mayor era su presencia pública en los medios republicanos de Cataluña. De hecho, la autora publicaría en Barcelona dos meses después el volumen Peikea, princesa caníbal i altres contes oceànics y, desde entonces, su nombre quedó asociado al exotismo y los viajes a lugares cuya cultura suponía un abierto contraste con la catalana. También fue un momento de protagonismo en los medios intelectuales, periodísticos y hasta políticos, por lo que no debe extrañar el deseo de Aurora Bertrana Salazar de integrarse en el mundo de la masonería donde ya estaban algunas de sus mejores amistades.

El 8 de febrero solicitó el ingreso en la logia Democracia, n.º 14, de Barcelona tras alegar como prueba de su liberalismo y mentalidad abierta la frecuente presencia en el Ateneo, el Lyceum Club, el Club Marítimo, la universidad y el Conferencia Club de la capital catalana. Aurora Bertrana Salazar era una mujer tan culta como inquieta y contó con los avales favorables de masones amigos encabezados por Nicolau d’Oliver, que en varias etapas biográficas fue su confidente. La logia tramitó la petición y fijó el 12 de marzo de 1934 como la fecha para la iniciación de «la profana» porque, según uno de los avalistas, «posee tan sólida cultura que una conversación con ella es un recreo del espíritu». A pesar de que la escritora también estuvo relacionada con la Gran Logia Regional del Nordeste de España, todo parece indicar que la presencia en la masonería fue un episodio más en su intensa biografía de aquellos años revueltos. Al cabo del tiempo, solo quedaría el recuerdo más o menos vago, que no pudo formar parte de un frustrado tercer volumen de sus memorias por el fallecimiento de la catalana. Una lástima, pues nos quedamos sin conocer su testimonio acerca del exilio interior.

El pasado de activista de distintas causas quedó atrás por el imperativo de los tiempos. Sin embargo, la represión franquista nunca olvidaba y los documentos permanecían una vez incautados para justificar los correspondientes sumarios. El 29 de mayo de 1944, la Dirección General de Seguridad pidió los antecedentes de la escritora al delegado del Estado para la Recuperación de Documentos, que tenía su sede en Salamanca. La iniciativa policial parte de una denuncia presentada el 5 de mayo de 1940, en el marco de su retractación pública como masón, por Ismael Mendoza Gómez, jefe de la policía local de Tánger.

El abulense natural de Riofrío conocería a la catalana cuando la intrépida viajera efectuó un recorrido por Marruecos para escribir un libro testimonial, El Marroc sensual i fanàtic, cuya autoría femenina fue un nuevo motivo de escándalo en los medios conservadores de Cataluña. La información que aporta el policía arrepentido y delator es imprecisa, pero suficiente para abrir diligencias por si fuera necesario incoar un sumario: «En 1934 o 1935 por iniciativa propia se llevó a cabo [la vigilancia] de una catalana, pero de nacionalidad suiza, adquirida por nacimiento, llamada Aurora Choffat, comunista y masona». Sin más datos o pruebas fruto de una investigación, la Dirección General de Seguridad informa al TERMC acerca de la autora catalana: «de ideas francamente izquierdistas, que con anterioridad al Glorioso Movimiento Nacional hizo gran propaganda de sus ideales». De hecho, «la reseñada manifestó que su viaje por aquellas tierras [de Marruecos] obedecía a recopilar datos para reflejarlos en sus crónicas, pero, al parecer, debía ser un agente de información al servicio de una potencia extranjera o un enlace o correo de la masonería».

Aurora Bertrana Salazar nunca militó en las filas del comunismo y la posibilidad de ser un agente de una potencia extranjera forma parte de las coartadas novelescas utilizadas por quienes vigilaban cualquier asomo de disidencia. No obstante, la catalana estaría hasta cierto punto vinculada con la masonería cuando tuvo la iniciativa de viajar a Marruecos poco antes de la Guerra Civil. La intención era escribir un nuevo libro de viajes para consolidar el éxito obtenido con el volumen dedicado a los meses pasados en la Polinesia. Alguien no la creyó y sus pasos, que incluyeron visitas a un harén y lugares habitualmente vetados para una señora, fueron vigilados por la policía, ya que los responsables de la misma en Tánger la consideraban «un agente de información al servicio de una potencia extranjera o un enlace o correo de la masonería», que para eso era una sociedad oculta. La sospecha despierta la imaginación, máxime cuando el objetivo es una mujer tan independiente como agraciada en su madurez que se muestra dispuesta a superar las barreras de los prejuicios.

El testimonio de aquellas pesquisas de la policía derivó en una denuncia que llegó a manos del TERMC, donde el 31 de octubre de 1946 sus responsables le incoaron un sumario cuya sentencia, dada la ausencia de quien todavía permanecía en el exilio, está fechada el 28 de junio de 1947 con un resultado negativo. Por entonces, el tribunal decretó el archivo ante la imposibilidad de comprobar la condición de la escritora como miembro efectivo de la masonería. Las autoridades franquistas nunca fueron ejemplo de una investigación sagaz, tampoco disponían de medios para realizarla, y solo sabían de las pretensiones de «la profana» en febrero de 1934. El resto, incluyendo el resultado de la petición de ingreso, lo desconocían. Nadie pudo aportar información sobre la hipotética presencia de Aurora Bertrana Salazar en las citadas logias catalanas. Entre otras razones, porque nunca hubo un verdadero intento de investigar un episodio solo presente en el TERMC por la rutinaria voluntad de controlar hasta el más mínimo resquicio de disidencia en nombre de la masonería y el comunismo.

En la documentación conservada en el CDMH, de Salamanca, no consta que la escritora fuera localizada en Barcelona y llamada a declarar tras su temprana vuelta del exilio en Suiza. Nadie se molestó en este sentido. Tampoco lo considerarían motivo de preocupación. Sin embargo, la documentación relacionada con la catalana siguió dando tumbos burocráticos en espiral hasta 1955. De hecho, tanto el 6 de junio de 1946 como el 13 de octubre de 1954, el TERMC constata que la escritora no había presentado la preceptiva declaración de retractación por su pasado masónico. Tal vez Aurora Betrana Salazar ni siquiera fuera consciente de la necesidad de realizarla una vez vuelta del exilio y tras haber sido puesta en búsqueda y captura por la Dirección General de Seguridad el 29 de enero de 1947. No obstante, parece más lógico pensar que alguna noticia le llegaría hasta su modesto domicilio en Cataluña. Al menos, como evidencia de una dictadura que conocía parte de sus antecedentes y nunca mostró la más mínima pretensión de olvidarlos o contrastarlos con su posterior evolución.

La escritora gerundense, como tantos otros compañeros de los tiempos republicanos, sabía que su libertad en la España del general Franco solo era «condicional o atenuada». Gracias a la bibliografía cuya consulta tengo pendiente, intentaré aclarar el verdadero alcance de esta potencial represión donde la petición de una «profana» podía ir dando tumbos durante décadas. Aunque solo fuera para demostrar que los represores franquistas nunca olvidaban. De hecho, el 28 de junio de 1947 el general Enrique Cánovas firmó el archivo de la causa seguida contra la escritora y, siete años después, volvió a preguntar por ella sin necesidad de que nadie hubiera aportado la más mínima novedad. Lo importante para estos oficiales en funciones de juristas era permanecer vigilante, por si acaso una señora de sesenta años pudiera reverdecer sus tiempos de inquietudes.

Nota: el retrato de Aurora Bertrana Salazar,  a sus cuarenta y un años, se encuentra depositado en el CDMH (Masonería_A_FOTO_141).

lunes, 9 de octubre de 2023

La anciana Amalia Carvia Bernal, procesada por rebelión militar


La represión franquista, como cualquier otra, siempre tiene un componente dramático poco compatible con el humor. Los historiadores nunca debemos olvidar que estamos ante un conflicto entre victimarios y víctimas donde estas últimas sufren unas consecuencias a menudo trágicas. Sin embargo, el relato pormenorizado de los consejos de guerra permite observar momentos absurdos que provocarían la sonrisa de no mediar el citado componente dramático para las víctimas.
Uno de esos momentos es el consejo de guerra instruido contra la feminista, librepensadora, masona y periodista Amalia Carvía Bernal, que fue detenida en Valencia poco después de finalizar la Guerra Civil. La gaditana nació el 12 de mayo de 1861 y, por lo tanto, en el momento de su detención estaba a punto de cumplir los ochenta años. La viuda y maestra en 1934 había sido nombrada Caballero de la Orden de la República. El nombramiento no contemplaba por entonces la necesidad del lenguaje inclusivo, pero doña Amalia lo celebró con un banquete en Valencia y fue retratada según la vemos en la imagen de arriba, que se encuentra depositada en la Biblioteca Digital Valenciana y me ha sido facilitada por su biógrafo Manuel Almisas.
No hace falta recurrir a la imaginación para suponer que, cinco años después, la venerable viuda no luciría con más fiereza para hacer verosímil su participación en una rebelión militar. Lo absurdo de la acusación nunca fue admitido por el tribunal militar, que sobreseyó el caso, pero la remitió al Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Allí sería finalmente condenada a la «inhabilitación absoluta perpetua». Vista la edad y la situación de la procesada, la sentencia sería de improbables efectos prácticos, pues la viuda ya no pretendería ocupar un puesto en la gerencia o el consejo de administración de alguna empresa, sea pública o privada.
El absurdo del proceso y la posterior condena habría asombrado al mismísimo Pedro Muñoz Seca, asesinado por los republicanos y hombre de buen humor, que en La venganza de Don Mendo, acto II, nos regaló unos versos de obligado recuerdo cuando lo hiperbólico del lenguaje contrasta con la realidad tantas veces mixtificada por ese mismo lenguaje:
Siempre fuisteis enigmático
y epigramático y ático
y gramático y simbólico,
y aunque os escucho flemático
sabed que a mi lo hiperbólico
no me resulta simpático.
Lo dicho, a nosotros tampoco nos "resulta simpático" ese lenguaje dispuesto a justificar la violencia represiva, incluida aquella que cae en el ámbito de lo absurdo y hasta risible.

martes, 19 de septiembre de 2023

Rosario del Olmo, miliciana libertaria y censora de prensa


 

La periodista Rosario del Olmo ha quedado asociada al comunismo en las escasas referencias críticas sobre su trayectoria. Con una valentía sorprendente, es cierto que en las declaraciones realizadas durante la instrucción de su consejo de guerra reconoce sus simpatías por el Partido Comunista de España, aunque no fuera militante del mismo. La documentación conservada en el Centro Documental de la Memoria Histórica, de Salamanca, indican que la supuesta comunista en realidad fue una miliciana libertaria. Rosario del Olmo ingresó en las Milicias Confederales de CNT-FAI-AIT el 19 de octubre de 1936 a los veintisiete años y viviendo en la calle Fernando VI, n.º 19. Su ingreso se produjo como miembro del sindicato de Industrias Gráficas, sección de periodistas. El sueldo era de diez pesetas diarias, se han conservado las nóminas para comprobarlo, y fue baja total de la columna Españas libres el 1 de enero de 1937 por orden de la comandancia.

El nombramiento de Rosario del Olmo como censora de prensa por parte del delegado de Propaganda y Prensa de la Junta Delegada de Defensa de Madrid tuvo lugar el 6 de diciembre de 1936. A partir de los testimonios de Arturo Barea o los estudios de Paul Preston, parece que actuó como censora poco menos que en solitario. La realidad documentada en el CDMH es que la periodista formó parte de una comisión de censura formada por otros colegas y dirigida por César García Iniesta y José Pastor Willians. En la misma y realizando labores similares a las de Rosario del Olmo se encuentran, según la relación conservada en Salamanca, Francisco Escola Besada, Manuel Álvarez Portal, Miguel Ángel Sánchez Salcedo, Pío Marcos Cuadrado, Isidoro García Ortega, Luis Vallejo Sánchez, Enrique Capdevila Pérez, Eugenio Rosado Rivas y Ángel Abanades Gómez, aparte de dos censores militares y el personal auxiliar.

Consultados los catálogos de procesos depositados en el AGHD, comprobamos que de esa lista al menos fueron encartados por los militares franquistas César García Iniesta, Francisco Escola Besada, Pío Marcos Cuadrado, Isidoro García Ortega, Enrique Capdevila Pérez, Eugenio Rosado Rivas, además de la propia Rosario del Olmo. El análisis de estos sumarios nos permitirá avanzar en el estudio de la censura de prensa durante el mandato republicano, que a menudo se circunscribe a lo relatado por Arturo Barea en sus imprescindibles memorias y a las publicadas por varios corresponsales de guerra tras su vuelta a los respectivos países. La tarea queda pendiente para el segundo volumen, o la edición ampliada, de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, en prensa).

sábado, 16 de septiembre de 2023

La periodista, feminista y librepensadora Amalia Carvia, condenada a los 84 años


La represión franquista depara múltiples motivos de asombro y el investigador debe estar dispuesto a familiarizarse con una lógica que, en última instancia, remite al deseo de erradicar cualquier posibilidad de disidencia con respecto a la dictadura. El Centro Documental de la Memoria Histórica, de Salamanca, me ha remitido en fechas recientes bastante documentación para completar el segundo volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945. Entre los expedientes relacionados con varias escritoras que fueron represaliadas durante la posguerra, he consultado el sumario incoado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo contra la maestra, activista masónica, feminista y sufragista Amalia Carvia Bernal (Cádiz, 1861-Valencia, 1949). Su caso es un estremecedor ejemplo de la saña con la que podían actuar los militares que llevaron a cabo las tareas represivas durante la posguerra. 
En septiembre de 1939, Amalia Carvia Bernal fue detenida en Valencia y sometida a un consejo de guerra bajo la acusación de auxilio a la rebelión por haber pertenecido a la directiva provincial de la Liga de los Derechos del Hombre. A raíz de esta detención y otros antecedentes relacionados con documentación incautada por los militares, la gaditana afincada en Valencia fue sometida a un nuevo proceso por parte del Tribual Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. El 4 de junio de 1940, la anciana maestra ya había presentado la retractación por su afiliación a la masonería, que se remonta a 1885, ante el gobernador civil de Valencia. La misma, al igual que otras declaraciones remitidas al Juzgado n.º 1 del TERMC, no evitaron que fuera condenada mediante sentencia dictada el 6 de octubre de 1945. Por entonces, Amalia Carvia Bernal había cumplido los ochenta y cuatro años y vivía en la pobreza, como reconoce un informe del gobernador civil de Valencia remitido al ministro de la Gobernación.
Doña Amelia había pedido por escrito y en nombre de Dios que la dejaran en paz, pero los responsables del TERMC la sentenciaron para que careciera de cualquier futuro cuando el mismo ya sería breve por su avanzada edad: «Debemos condenar y condenamos a la procesada, Amalia Carvia Bernal, como comprendida en el artículo 8.º de la Ley de 1.º de marzo de 1940, a la sanción de inhabilitación absoluta perpetua para el ejercicio de cualquier cargo del Estado, corporaciones públicas u oficiales, entidades subvencionadas, empresas concesionarias, gerencias y consejos de administración de empresas privadas, así como cargos de confianza, mando y dirección de los mismos, separándola definitivamente de los aludidos cargos".
La anciana de ochenta y cuatro años que tantas batallas había librado en pro de la emancipación de la mujer y los derechos humanos se quedó sin futuro profesional en los consejos de administración. Apenas le importaría, pues lo único que desearía es que militares como el general Enrique Cánovas, que el 9 de marzo de 1946 declaró firme la sentencia, la dejaran morir en paz.

Nota:
Manuel Almisas Albéndiz, autor de una excelente y exhaustiva biografía de la librepensadora gaditana, ha recopilado la obra de la misma, que se puede consultar en el siguiente enlace:


La referencia de su documentado libro es: Manuel Almisas Albéndiz, ¡Paso a la mujer! Biografía de Amalia Carvia, El Puerto de Santa María, Ediciones Suroeste, 2022 (2.ª ed.). ISBN 978-84-949468-2-0.

El ensayo biográfico, sin las correspondientes imágenes, se puede consultar en el siguiente enlace:

jueves, 7 de septiembre de 2023

El consejo de guerra de la periodista Rosario del Olmo


La periodista y escritora Rosario del Olmo Almenta ya cuenta con algunos estudios académicos, pero el sumario de su consejo de guerra (AGHD, 52355) estaba pendiente de un detenido análisis, cuyo resultado provisional y a modo de borrador ahora se puede consultar en el siguiente enlace al catálogo del Repositorio de la Universidad de Alicante:



Rosario del Olmo fue detenida en Madrid el 17 de junio de 1939 y su primera declaración en un juzgado militar tiene lugar el 21 de julio, cuando permanecía presa en la cárcel de Las Ventas. Su caso fue instruido por el Juzgado Militar de Prensa, cuyo titular dictó el correspondiente auto resumen el 8 de abril de 1940: «Persona de destacada filiación comunista, colaboró activamente desde un puesto de la Sección de Propaganda del Ministerio de Estado en la campaña a base de noticias falsas y tendenciosas que desató el titulado gobierno rojo contra la España Nacional y en la que se injuriaba tenaz y constantemente los ideales que ésta representaba, propaganda que contribuyó en alto grado a sostener el espíritu de resistencia armada contra la misma».
El 4 de mayo de 1941 le leyeron los cargos a Rosario del Olmo y veinte días después tuvo lugar el correspondiente consejo de guerra. El fiscal pidió treinta años de reclusión, pero el tribunal presidido por el coronel Navajas García fue más benévolo y la condenó a doce años de prisión, lo cual supondría una pronta excarcelación en libertad provisional. La fecha de esta última no consta en el sumario 52355, pero podemos suponerla cercana a la de la sentencia, al menos por analogía con otros sumarios analizados en Nos vemos en Chicote (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2015) y Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento-Publicaciones de la Universidad de Alicante, en prensa).
La instrucción del juez Manuel Martínez Gargallo y su secretario fue incompleta y, por orden del auditor, pasó al Juzgado Permanente n.º 18 para ser debidamente completada hasta el auto resumen del 7 de septiembre de 1940, que en realidad no aporta novedades con respecto al citado. Al margen de estas cuestiones jurídicas, y de un probable deseo de dilatar el proceso para dar tiempo a una condena menos severa, la instrucción del juez que había sido un humorista incluye la pregunta más insólita que he encontrado hasta ahora. En la declaración indagatoria del 20 de diciembre de 1939, el también capitán -o su secretario, que a veces era el encargado de realizar estos interrogatorios- le pregunta a la detenida por la fecha desde la cual se teñía el pelo. La justificación procesal de la pregunta es una incógnita.
Por otra parte, ya tenemos constancia de que Rosario del Olmo no fue la única condenada de su familia. Sus hermanos Enrique y María Ángeles corrieron la misma suerte durante la posguerra. Sus sumarios están localizados en el AGHD y las copias de los mismos solicitadas para incluir esta saga familiar en la edición ampliada de Las armas contra las letras o en un segundo volumen de la misma.

lunes, 17 de abril de 2023

Rosario del Olmo y la fotografía manipulada


El 8 de diciembre de 1933, la periodista, actriz y escritora Rosario del Olmo Almenta (1904-2000) entrevistó a  Antonio Machado en el café de Las Salesas, establecimiento frecuentado por intelectuales y escritores de la época. Ambos se conocían desde el estreno de La duquesa de Benamejí (1933), de los hermanos Machado, donde Rosario junto con su hermana María Ángeles formó parte del reparto. El momento de la entrevista fue inmortalizado por el fotógrafo Alfonso Sánchez García para el periódico La Libertad, que publicó la fotografía como ilustración del texto correspondiente el 12 de enero de 1934. 
Todos hemos visto la foto del poeta, pero a menudo con un corte que elimina la imagen de la entrevistadora, aunque permite ver en el espejo la del camarero -se llamaba Braulio- situado a la derecha del entrevistado. Así, con esta manipulación, la foto tantas veces reproducida casi se ha convertido en la imagen oficial de Antonio Machado y aparece en numerosas publicaciones. Rosario del Olmo quedó eliminada y de la periodista, procesada durante la posguerra por su militancia antifascista, poco se ha publicado, salvo un par de artículos de la joven investigadora Irene Mendoza Martín.
El análisis del consejo de guerra de Rosario del Olmo (AGHD, sumario 52355, 2983, 5) es una de mis tareas inmediatas como preámbulo de un trabajo más extenso sobre su trayectoria. Para realizarla, he solicitado la copia de diversos documentos al Centro de Documentación de la Memoria Histórica, que amablemente me ha indicado la existencia de otros que por ignorancia no había solicitado. Como es lógico, he agradecido la advertencia y he subsanado la petición para completarla. 
El trámite es habitual entre los historiadores, pero al cumplimentarlo me doy cuenta de que, involuntariamente, casi hago lo mismo que quienes eliminaron a Rosario del Olmo de la célebre foto de 1933. La solución es llevar a cabo un trabajo lo más completo posible, que realizaré durante los próximos meses para que esta periodista y escritora nunca más sea borrada por falta de conocimiento acerca de su obra. 
Tampoco cabe olvidar a su hermana María Ángela, que fue actriz de teatro en destacadas compañías como la de Margarita Xirgu, y a su hermano Enrique, que fue oficial del ejército republicano. Ambos también fueron procesados en un consejo de guerra (AGHD, Sumario 17647, 2014, 4). Es decir, la familia Del Olmo Almenta sufrió la represión al completo.
Sobre las hermanas Del Olmo Almenta y sus relaciones con los hermanos Machado, véase la excelente entrada del periodista Fernando Orgambides fechada el 13 de febrero de 2013 en su blog. El texto está escrito a partir de lo publicado por ABC el 14 de noviembre de 2020:


Véase asimismo la entrada  del 12 de agosto de 2020 que le dedica Agustina Pérez en su blog Nos queda la palabra:


Mientras vamos realizando nuestras averiguaciones, solicitamos ayuda a través de este blog para localizar a los posibles descendientes de Rosario del Olmo o conocer cualquier información sobre su trayectoria desde la posguerra hasta su fallecimiento en Madrid.

Nota:
Véase la entrada del 8 de septiembre de 2023 sobre el consejo de guerra seguido contra Rosario del Olmo.

jueves, 19 de enero de 2023

El trágico destino de la periodista Matilde Zapata


A lo largo de la investigación para redactar Las armas contra las letras he encontrado pocos casos protagonizados por mujeres. A pesar del cambio que supuso el período republicano, las redacciones todavía eran un espacio mayoritariamente masculino y, por tanto, la posterior represión también estuvo dirigida contra hombres casi siempre. No obstante, durante la guerra y la posguerra fueron fusiladas cuatro mujeres periodistas. 
Tal vez el caso más dramático fue el de la sevillana Matilde Zapata Borrego (1906-1938), afincada en Santander y casada con el también periodista Luciano Malumbres, que fue asesinado por un pistolero falangista el 3 de junio de 1936. Lejos de atemorizarse, Matilde asumió la dirección de La Región y siguió manifestándose como una feminista de izquierdas hasta la llegada de las tropas franquistas a Santander. Aunque pudo huir con destino a Asturias, fue capturada, procesada y ejecutada el 28 de mayo de 1938.
Afortunadamente, nos han quedado sus artículos periodísticos, ahora recopilados en un volumen editado por el tenaz José Ramón Saiz Viadero. Esta circunstancia me ha permitido conocer el testimonio de una mujer valiente cuyos planteamientos gozarían en la actualidad de un amplísimo consenso, pero que en aquella época de represión le costaron la vida. Al menos, en mi libro habrá un espacio para recuperar la memoria de una mujer que murió demasiado joven por aspirar a la igualdad y a la justicia social.