miércoles, 10 de septiembre de 2025

Un aristócrata en las cárceles de la Victoria: Antonio de Hoyos y Vinent


 

Los presos ejecutados durante la Victoria ascienden a casi cincuenta mil, pero la represión incluye una cifra de esta tragedia que nunca conoceremos, ni siquiera aproximadamente: la de presos fallecidos en las cárceles por su hacinamiento en unas pésimas condiciones de salubridad o la de aquellos que, excarcelados, murieron poco después como consecuencia de una experiencia dantesca. El colectivo de los periodistas y escritores ejemplifica esta última circunstancia.

El caso más conocido lo protagonizó Miguel Hernández, que sumó la condición de hombre joven al drama de la muerte por enfermedad y abandono. En 1939, el aristócrata Antonio de Hoyos y Vinent había dejado atrás su etapa de plenitud como dandi del monóculo con atuendos de fantasía y, además, llegó a la cárcel con serios problemas de salud al margen de la sordera total. Poco después, el «novelista pornográfico» y sujeto «moralmente indeseable», según el fiscal Leopoldo Huidobro, pasó a la enfermería por una ceguera en el ojo izquierdo, una grave disminución de la agudeza visual en el derecho y una ataxia locomotriz. La perspectiva vital del veterano literato anunciaba un final inminente si no mediaba la excarcelación o el traslado a un hospital.

El sumario es menos explícito en otros aspectos cuya influencia, sin embargo, resulta perceptible en los documentos. El «invertido» marqués tenía un «defecto». Como consecuencia del mismo, se hizo de izquierdas para presentarse en «los bajos fondos». Así consta en el sumario. Tal vez porque, según Ramón Gómez de la Serna, «amaba el arrabal». Todos lo sabían y su proceso (AGHD, 1442) ejemplifica el precio de la transgresión sexual durante la Victoria, pero los militares también conocían que aquel condenado a treinta años contaba con otra condena todavía más definitiva. Nadie la evitó o, al menos, adoptó las medidas necesarias para paliar una agonía en la cárcel.




Antonio de Hoyos y Vinent fue detenido el 30 de marzo de 1939. La rapidez de la actuación no vino determinada por la confusa amalgama ideológica de los quinientos artículos publicados en El Sindicalista, el órgano del partido liderado por su amigo Ángel Pestaña. La hemeroteca tuvo una presencia discreta en el sumario. La motivación más inmediata la conocería el joven inquilino que, aconsejado por conocidos o familiares, detuvo a su aristocrático casero de Príncipe de Vergara, n.º 12, se presentó ante las autoridades como falangista sin necesidad de lucir una «camisa vieja» y así borró de un plumazo las dudas acerca de su permanencia en Madrid durante la Guerra Civil.

Al fin y al cabo, los vencedores sabían que el propietario del citado edificio era un «invertido» capaz de llevar hombres a casa, preferentemente jóvenes con torsos de boxeador. También que en contra del criterio familiar decidió permanecer en la capital, comprometido con la II República mediante una notable constancia editorial y sin lucir el porte aristocrático de otros tiempos de esplendor, cuando el adinerado escritor lucía abrigos de pieles y elegantes sombreros. A la vista de semejante desviación del recto proceder de un aristócrata educado en Viena, los militares ya se ocuparían de encontrar las pruebas de su «adhesión a la rebelión» y dejarlo a buen recaudo, sin descartar la ejecución, que Antonio de Hoyos y Vinent evitó por innecesaria y atentatoria contra la fama de una familia aristocrática. Sus miembros bastante tenían con aquella oveja descarriada dispuesta a vivir en el Madrid «secreto y golfo» para recrearlo en las novelas cortas que triunfaron durante el período 1910-1925.

El análisis del sumario 1442 desmiente algunos pormenores acerca de los últimos días del escritor reiterados en la bibliografía y aparecerá en el correspondiente capítulo de La colmena. Antonio de Hoyos y Vinent tampoco fue una víctima en la línea de Miguel Hernández por los motivos del procesamiento y el comportamiento durante el mismo. Desde el primer momento, aunque nadie le hiciera caso en el Juzgado Militar de Prensa, el enfermo procuró la supervivencia y estuvo dispuesto a renegar de su pasado republicano, que el declarante diluye en un confuso marco de lealtades sin necesidad de faltar a la verdad. Ya en su primera declaración rechaza cualquier vinculación con el «marxismo», el sinónimo del mal en estos sumarísimos de urgencia, y se presenta como católico de toda la vida, monárquico como el resto de su familia y «siempre, siempre, español». Preguntado por su colaboración en la prensa republicana, que se extendió hasta el último momento, Antonio de Hoyos y Vinent recurriría a algún intérprete para manifestar que fue obligada por las circunstancias de la guerra. La táctica defensiva es habitual en los sumarísimos de urgencia, pero en este caso resalta la voluntad de borrar el pasado y ponerse a disposición de los vencedores para evitar que la muerte acelerara su paso.

A diferencia de lo reflejado en la bibliografía, Antonio de Hoyos y Vinent no fue completamente abandonado por los amigos y familiares. Varios de los primeros testimoniaron a su favor y, a tenor de un certificado de defunción presente en el sumario, cabe la posibilidad de que la familia interviniera para que el preso fuera excarcelado antes de fallecer el 11 de junio de 1940 en un domicilio de la calle Hermanos Miralles, n.º 54. Las dudas persisten porque el certificado está firmado cuatro años después y no constan documentos que confirmen esta excarcelación por compasión.

En cualquier caso, la sentencia del tribunal no por previsible dejó de ser dura. El 30 de octubre de 1939, el comandante Pablo Alfaro firmó una sentencia de veinte años por su adhesión a la rebelión como colaborador de la prensa republicana. El auditor consideró benévola la condena, devolvió el sumario al Juzgado Militar de Prensa y el capitán Manuel Martínez Gargallo dictó nuevas diligencias para agravarla. El hallazgo de una entrevista donde Antonio de Hoyos y Vinent se manifestó orgulloso de su apoyo a la II República bastó para que la condena, firmada en esta ocasión por el oficial Antonio Blázquez, el 20 de enero de 1940 pasara a ser de treinta años. La verdadera condena, la de una salud quebrantada sin los debidos cuidados, se cumplió cinco meses después.

Fruto de un bulo difundido por la prensa del bando sublevado, Antonio de Hoyos y Vinent apareció como asesinado por «las hordas rojas» en septiembre de 1936. La lista de los ejecutados también incluía a Jacinto Benavente y los hermanos Álvarez Quintero. El novelista bromeó ante esta circunstancia en un artículo publicado en El Sindicalista porque, al menos en sus colaboraciones, por entonces mantenía el ánimo y la confianza en la victoria republicana. Cuatro años después, el protagonismo de los represores cambió de bando y la muerte fue una realidad.

A partir de ese momento llegaron décadas de olvido hasta que su trayectoria volvió a interesar para un rescate tan necesario como necesitado de una consulta de la documentación sumarial. Antonio de Hoyos y Vinent fue una víctima poco previsible a tenor de lo subrayado por la bibliografía acerca de la represión, la impulsada por aquella jurisdicción militar donde tantas barbaridades tuvieron lugar. Recordarlo es compatible con el disfrute de sus anécdotas y peculiaridades en un Madrid secreto y golfo.

sábado, 6 de septiembre de 2025

El fusilamiento del Capitán Saltatumbas (Pedro Luis de Gálvez)


 

Pedro Luis de Gálvez López mantuvo una discreta presencia en la prensa del Madrid sitiado hasta que, después de desaparecer en extrañas circunstancias, terminó en una pensión de Valencia a la búsqueda del sustento gracias a una colaboración diaria en Pueblo. El poeta tuvo sus momentos tremendistas en el diario blasquista y elogió todo lo elogiable cerca del gobierno republicano, pero también divagó mientras se desmoronaba el régimen. Allí le detuvieron poco después de entrar las tropas franquistas. Una delación bastó para que los militares le encarcelaran, pero percibieron que el detenido tenía un pasado notable en Madrid. El juzgado valenciano se inhibió en favor de otro de la capital a la que fue trasladado para responder de varias denuncias basadas en su leyenda de tipo violento.

Vistas las acusaciones sin pruebas, los instructores de un sumarísimo de urgencia repleto de errores ni siquiera tuvieron en cuenta algún artículo suyo a la hora de procesarle. De sus obras literarias nada se supo en aquella jurisdicción militar. Les bastaban algunos testimonios acerca de que el bohemio fue conocido durante los primeros meses de la Guerra Civil como el Capitán Saltatumbas o el Tío Melenas. Probablemente porque evitaría la precaución del sentido común o la edad avanzada, haría alardes de violencia revolucionaria en el verano de 1936 y, a tenor de las últimas fotos, rara vez visitó al peluquero. Ni siquiera para posar junto a la familia como padre ejemplar y orgulloso de los retoños, según consta en los sumarísimos de urgencia que le condujeron al paredón para vengar la leyenda urdida por el procesado y su vecindad (AGHD, 9375, 6338 y 6706). Los testimonios sumariales así lo corroboran porque gozaron de la inmunidad de los delatores que acusan sin pruebas. Tampoco eran precisos los datos verificables.



Foto familiar conservada en el sumario

Aquellos apodos de un Madrid proclive a la fabulación, porque hasta lo inverosímil resultaba creíble bajo las bombas, eran apropiados para quien nunca hizo gala de discreto mientras arrastraba una vida repleta de anécdotas. Su momento de popularidad como «hampón alcoholizado» y «harapo humano», entre otros calificativos similares, formaba parte del pasado de un parnaso canalla. El sonetista elogiado por la gente de pluma y sablista empedernido con fundamento teórico quedó relegado a un segundo plano a lo largo de los años republicanos. Llegado el 18 de julio de 1936, el protagonista de otra época entrevió la última posibilidad de reverdecer laureles mientras vivía una desmesurada novela en compañía de Paquita, La Terrible. Ramón Gómez de la Serna tuvo noticia de la nueva empresa del poeta, dijo haberle visto disfrazado con cartucheras al estilo mexicano y salió despavorido de un Madrid donde Pedro Luis de Gálvez podía marcar tendencia.

Paquita era hija de la portera del edificio donde vivía el Tío Melenas, capaz de montar en la portería una guardia de corps en defensa de la revolución y el impago del alquiler. También era una peluquera que, según algunos testigos predispuestos a confundir la realidad con la ficción para preservar su seguridad, junto con el avejentado vecino protagonizó en nombre de una ignota causa revolucionaria hasta mil seiscientos paseos con los correspondientes tiros en la nuca. Este pasaporte a la eternidad de las víctimas era la acreditada especialidad de Paquita, que fue procesada pocos años después y terminó tan absuelta como harta del embustero capaz de complicarle la vida cuando ella, decente al igual que su madre la portera también procesada, ni siquiera había denunciado a las clientas de derechas. Las declaraciones de Paquita, la supuesta teniente de Carabineros de las denuncias, sobre su atrabiliario vecino revelan la necesidad de contrastar testimonios antes de publicar una novela con apariencia de ensayo.

La violenta fama del fanfarrón careció de pruebas para una acusación ajustada a derecho, pero tuvo consecuencias trágicas. El protagonista mantuvo la calma porque comunicó a los compañeros de infortunio carcelario no temer a la muerte. El destino inexorable era un tránsito asumido por quien tenía hilo directo con la divinidad gracias a la condición de teósofo. Mientras tanto, el acreditado sonetista escribió poemas en honor de Franco -antes le había invitado a saltarse los sesos- y procuró congraciarse con los vencedores a la espera del perdón que nunca llegó. La legendaria fama del Tío Melenas merecía un castigo ejemplar y hasta consolador para los vencedores.

La realidad de aquella «novela» que pretendió vivir el bohemio a la espera de su publicación fue otra bien distinta a tenor de la documentación, pero Pedro Luis de Gálvez no era un autor sujeto al realismo galdosiano y prefirió propagar su leyenda. La consecuencia del desvarío fue el abandono de los colegas temerosos de que su nombre apareciera vinculado con el Capitán Saltatumbas, la denuncia de José M.ª Carretero Novillo -no perdió una sola ocasión para delatar, según Juan Manuel de Prada- y una ejecución en la madrugada del 30 de abril de 1940. Los instructores tuvieron la misma prisa que el tribunal presidido por el coronel Gaudencio de Pablo Villaflor. Ni siquiera llamaron como avalistas a quienes el Tío Melenas había salvado valiéndose de sus contactos entre las autoridades republicanas. La muerte terminó con aquella ficción que el bohemio pretendía transformar en novela a la búsqueda de la fama póstuma. A partir de entonces empezaron décadas de olvido solo reemplazado por una memoria, que no historia, donde varios autores han obtenido rédito literario de una fábula que conviene observar a la luz de la documentación sumarial. En su origen hay una persona digna del respeto, aunque su trayectoria fuera harto singular.

Pedro Luis de Gálvez con sus andanzas se convirtió en un bolsín para colocar demasías y truculencias. Merece la pena recordarlas porque, al margen de su atractivo como materia literaria, remiten a la mentalidad imperante en unos ambientes de las letras no siempre canallescas de las primeras décadas del siglo XX. La lista de barbaridades escritas por los compañeros acerca del poeta y colaborador en la prensa es notable. Incluso bochornosa por la inquina de quienes, llegado el procesamiento, le dieron la espalda y reiteraron sus insultos. Algunos los merecería porque Pedro Luis de Gálvez prueba que las víctimas no son necesariamente héroes. Sin embargo, son personas y, como tales, merecen el respeto de no añadir demasías y truculencias a una trayectoria desmesurada.

viernes, 5 de septiembre de 2025

El cincuentenario de La Edad de Plata, de José-Carlos Mainer


 José-Carlos Mainer, catedrático emérito de la Universidad de Zaragoza

Las vacaciones permiten algunas lecturas sosegadas, que se echan de menos durante el curso porque seguimos un ritmo no siempre compatible con el disfrute. Una de las consecuencias es la acumulación de libros a la espera del verano, cuando desisto de viajar en medio de la vorágine turística y prefiero refugiarme en la tranquilidad de una lectura.

Uno de esos libros apareció hace cincuenta años, forma parte de mis referentes desde principios de los ochenta y, ahora, la relectura me confirma su condición de clásico de los estudios literarios. José-Carlos Mainer publicó La Edad de Plata en 1975, lo amplió pocos años después y, desde entonces, numerosos colegas seguimos las líneas abiertas por esas páginas luminosas para ahondar en el conocimiento de las letras españolas,

La reedición de La Edad de Plata está de sobra justificada. Domingo Ródenas y Jordi Gracia aportan algunas razones, así como un apéndice bibliográfico, pero en realidad es un acto de justicia que agradecemos sin necesidad de argumentos. Basta la evidencia de que la obra es una referencia de obligada consulta cuando iniciamos cualquier trabajo sobre este espléndido período literario.




La relectura me ha permitido tomar notas, subrayar frases a la espera de su incorporación a nuevos trabajos y, sobre todo, concebir líneas de investigación basadas en la sabiduría, el equilibrio y la amplitud de miras que en cada página muestra José-Carlos Mainer. Salvo que se recurra a la dócil y un tanto perruna IA, nadie es capaz de escribir unas líneas que merezcan la pena si las mismas no parten de una lectura atenta. Leer para escribir y escribir para leer es la rutina de nuestro trabajo, que se convierte en una actividad gozosa cuando disponemos de una obra como La Edad de Plata. Ensayo de interpretación de un proceso cultural (1902-1939).

El subtítulo es una declaración de intenciones acorde con la realidad del volumen. Lejos de cerrar caminos con conclusiones equiparadas a la verdad histórica o literaria, José-Carlos Mainer los abre gracias a la conciencia de su provisionalidad y la necesidad de buscar a quienes puedan seguir la senda del debate acerca de la Edad de Plata. El colega zaragozano nos animó a desprendernos de cualquier dogmatismo en un momento clave, 1975, y su magisterio ha surtido efecto en un colectivo donde el debate abierto representa una seña de identidad desde hace décadas.

La citada provisionalidad ha tenido un nuevo ejemplo. Antes de la relectura, ya había finalizado La colmena. El capítulo final de la trilogía, sin embargo, lo modifiqué a la luz de unas reflexiones deparadas por las páginas de José-Carlos Mainer. Apegado a los casos concretos de tantos sumarios judiciales, apenas había percibido que estaba redactando un aspecto significativo del final de la Edad de Plata. Merecía la pena reconsiderar mis palabras y ajustarlas a una evidencia con la oportuna reflexión.

Una clave del esplendor literario y cultural de las primeras décadas del siglo XX es la permanencia, con altibajos, de un mínimo de libertad capaz de posibilitar el debate y la convivencia. Ese mínimo quedó erradicado en 1939 cuando a la Edad de Plata le sucedió la Victoria, cuyas letras a veces son meritorias, pero siempre arrastran el lastre de una cultura que excluye otras acordes con la pervivencia de cualquier asomo de disidencia.

Tal vez merezca la pena ahondar en ese sentido y completar, dentro de nuestras posibilidades, algunos aspectos parciales de la tarea de un José-Carlos Mainer que tanto nos ha enseñado en el campo de la literatura y también en el de la ética del investigador. Gracias a la colaboración del CeMab, el consiguiente agradecimiento lo haremos público el 9 de febrero de 2026, cundo los compañeros del área de Literatura Española de la Universidad de Alicante celebremos una jornada para homenajear al maestro. Mientras tanto, seguimos preparando nuevos trabajos sobre la siempre sugerente Edad de Plata.




 


martes, 2 de septiembre de 2025

«La represión de 'la gente de pluma'»


Gracias a los responsables de La aventura de la Historia, una de las más veteranas e importantes revistas españolas dedicadas a la divulgación histórica, en el número 322 del pasado mes de agosto pude publicar una tribuna dedicada a sintetizar la labor realizada con motivo de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores (pp. 86-89).
Por si fuera del interés de los lectores del blog, paso a continuación el enlace al artículo ya depositado en el Repositorio de la Universidad de Alicante y reproduzco las imágenes de las cuatro páginas del mismo, agradeciendo a la citada revista la labor realizada para el montaje de la tribuna:








sábado, 30 de agosto de 2025

Un cuatrimestre ilusionante


 

El verano se encamina al final sin necesidad de que nos lo recuerde el Dúo Dinámico. El inicio del cuadragésimo tercero curso como profesor de la UA lo afronto como un nuevo desafío, que vendrá repleto de actividades relacionadas con la investigación difundida a través de este blog. Las entradas dedicadas a la memoria, que no la historia, quedan pospuestas hasta la aparición en Navidades de un blog específico para las mismas.

Este verano he ultimado La colmena, el tercer volumen de la trilogía dedicada a los consejos de guerra de periodistas y escritores. A partir de septiembre empieza el proceso de informes y gestiones para su publicación, que preveo a finales del curso. No obstante, y a la vista de la difusión del primero en su versión digital, tal vez me decante por la misma para llegar al máximo número de lectores. En cualquier caso, es un tema a estudiar con las autoridades académicas y las editoriales.

A lo largo del verano he finalizado tres artículos ya enviados a la espera de su publicación en revistas académicas: el primero, escrito con mis colegas Adrian Shubert (York University) y Antonio Cazorla (Trent University), versa sobre el proceso a Miguel Hernández; «Pornógrafos y bohemios en las cárceles de la Victoria», que aparecerá en el homenaje a un amigo y «Las extrañas víctimas de la represión franquista», actualmente en fase de revisión.

Asimismo, he redactado la intervención en la sesión plenaria de un congreso dedicado a la literatura durante el franquismo que tendrá lugar el próximo mes de octubre en Alcalá de Henares. La invitación de los organizadores es una oportunidad de contactar con jóvenes investigadores que me mostraron su solidaridad por lo sucedido en marzo.

Una tarea a más largo plazo es la redacción de la ponencia «Los caricatos del cine mudo y la Generación del 27», encargada por los organizadores del congreso Los 100 años del 27. La vuelta a estos temas del humor siempre es una oportunidad de disfrutar.

Mientras estos trabajos superan etapas, otros están a punto de culminarlas y daré cuenta de las correspondientes novedades bibliográficas. Sin embargo, me ilusiona especialmente la presentación de una web dedicada a los escritores y periodistas objeto de mis estudios. Si los plazos se cumplen, la tendremos antes de finalizar septiembre gracias a la ayuda del grupo de investigación MIF.

Por otra parte, ya tengo agendadas varias presentaciones de mis dos últimos libros y el dedicado a Miguel Hernández. En la medida de mis posibilidades intentaré acudir a las invitaciones cursadas por las universidades y los grupos dedicados a la memoria histórica.

La investigación debe ser completada con la tutorización de los doctorandos. El 30 de septiembre, Nieves Ruiz presentará una tesis doctoral sobre Concha Alós y estoy finalizando la revisión de otra dedicada a las didascalias verbales en el teatro español. Unos becarios terminan y otros empiezan, como la estudiante procedente de China que trabajará sobre Almudena Grandes y la de Costa de Marfil, que lo hará sobre los autos sacramentales de Miguel Hernández.

La investigación también es divulgación. A la espera de la emisión en La 2 de un documental acerca del NO-DO donde colaboro, en fechas próximas participaré en el rodaje de otro realizado por una productora catalana y centrado en la figura de Miguel Hernández.

No obstante, el proyecto más complejo todavía no lo debo anunciar porque su realización depende de instancias oficiales, Las gestiones comenzarán en septiembre y espero dar noticias al respecto antes de Navidades, pues la temática guarda relación con los consejos de guerra de periodistas y escritores.

Si añadimos la publicación en noviembre de un monográfico sobre la censura franquista en el teatro y en diciembre de otro sobre la literatura del exilio, en colaboración con el grupo GEXEL, así como la recepción de los primeros sumarios solicitados al AGHD para su análisis durante el presente curso, no habrá tiempo para aburrirse. Solo espero contar con la salud necesaria para afrontar las tareas y, en compañía del alumnado, iniciar un nuevo curso con el ánimo de un becario, aunque los años pesen lo suyo.

 

miércoles, 27 de agosto de 2025

Recuerdos de veranos y trenes


 

La vejez no es un anuncio de los planes de pensiones con clientes de una espléndida madurez. A veces siento el vértigo por la edad que galopa deprisa y, empequeñecido, me aferro al recuerdo de tantos rostros que dejé atrás a lo largo de unos caminos repletos de cruces donde la separación resultaba inevitable.

La primera vez que salí de España fue en septiembre de 1973. Era un quinceañero y pasé unas semanas en compañía de una familia francesa. Todo lo visto con los ojos bien abiertos era nuevo y distinto, muy distinto, a lo habitual en un país donde todavía resultaba obligatorio el blanco y negro.

Volví solo y en una localidad catalana perdí el tren que debía conducirme a casa. La alternativa era seguir el camino gracias a los que iban en la misma dirección. Ese día probé toda la oferta de RENFE y en un vetusto expreso que cogí en Barcelona ni siquiera había asientos libres.

En los también abarrotados pasillos coincidí con unos jóvenes norteamericanos que, con sus mochilas, viajaban mientras hacían sus pinitos en español. Me contaron lo azaroso de su destino y les correspondí con el azar que había trastocado mi planificado viaje.

Desplegaron su mapa, señalé mi destino, calcularon la distancia y sacaron una casete para que escuchara 500 miles en la versión de Joan Báez. La letra, tan sencilla como evocativa, me la explicaron, compartimos sonrisas y en ese momento supe que llegaría al destino. Agotado, pero contento de haber visto lo desconocido.




La canción quedó en la memoria y, mientras hacía la mili en Cádiz, un amigo me explicó que la mejor versión era la de Peter, Paul and Mary. El «monje urbano» la tenía grabada con sus preferidas. Agobiados por los chunguitos y similares, algún fin de semana, cuando la compañía permanecía solitaria, escuchábamos la casete como si fuera un ritual, donde el soldado incluía palabras en latín para recordar la existencia de la civilización.

En febrero de 1982 me dieron «la blanca». Aquella casete fue lo único que conservé del campamento cuando salí junto con un agricultor manchego y un donostiarra siempre emporrado. Ese día, el de la liberación, no fue una excepción. Tan colgado iba que el vasco me acompañó hasta Almansa, adonde llegamos en un frío amanecer. El helor le despejaría y comprendió que debía ir hacia el norte en vez de buscar el Mediterráneo. Se lo expliqué, vi la sonrisa por primera vez en su rostro de heavy metal y, sorprendido, le regalé la casete porque no debía bendecirle como habría hecho mi amigo.

Varios años después supe que aquel soldado formó parte del batallón que retraté en Quinquis, maderos y picoletos (2014). Duró poco, como los quinquis de pantalones acampanados. El «pico» le atraería más que la melancólica canción. Tal vez tuviera razón y, además, nunca le habría discutido su derecho a vivir deprisa. Yo opté por otros caminos, que incluyeron un libro dedicado a tantos muertos prematuros de mi generación,

Al cabo de los años volví a escuchar la canción de unos EEUU por entonces civilizados. Las quinientas millas ya están casi recorridas, en las estaciones he dejado el recuerdo de compañías fugaces y me aferro a las sonrisas de esos instantes para compartirlas con quienes me rodean.

Las sonrisas de los desaparecidos en los cruces las evoco cada verano, cuando el tiempo parece detenerse. Nunca acierto a saber si el camino será de quinientas millas o menos. La duda permanece, pero en ese tren ahora ocupo el asiento de otro viajero: el gambler, dispuesto a dar un consejo a cambio de un trago y un cigarrillo en una escena sacada de tantas películas norteamericanas:




Mi trabajo es aconsejar a veinteañeros que suben al tren. No pido tragos o cigarrillos porque solo los necesito como espectador. El consejo de las cartas es un texto abierto, pero prevalece la necesidad de conocer el as en la manga para sacarlo en el momento oportuno. De eso se trata, pero sin solemnizar, porque ignoramos si tenemos por delante quinientas millas o bajaremos en la próxima parada. Mientras tanto, más vale evitar ser un boy scout por creer en las letras del folk y el country, recordar a los amigos fugaces que sonrieron y confiar en la suerte de la memoria. También es un as en la manga para evitar vértigos y melancolías.

 

sábado, 23 de agosto de 2025

El Biscúter, sin marcha atrás y a lo loco


 Un intrépido Biscúter en pleno adelantamiento

El abuelo Pepe fue un forofo del Hércules C.F., mi padre me llevaba a ver los partidos y hasta la adolescencia creí firmemente en el «herculanismo». El uso de la razón y la experiencia de tantas derrotas me curaron de semejante desvarío, aunque me sigue gustando el fútbol.

Por llevar la contraria, mis ídolos estaban bajo los palos. Las fotos de los guardametas luciendo sus habilidades, en especial las palomitas, me encantaban. Las veía cada semana en la Hoja del Lunes, pero llegado el verano me refugiaba en dos tomos encuadernados por mi abuelo con los ejemplares del Marca de la temporada 1954-1955.

La relectura de esas crónicas era una maravilla veraniega. El Hércules C.F. nunca descendía, que era lo suyo, sino que al final siempre ocupaba la sexta posición en la tabla clasificatoria de la 1.ª división, junto a los grandes. Lo insólito suele fascinar.

La noticia de esa machada no por sabida dejaba de sorprender y, además, consolaba a la luz de tantas temporadas enfrentándonos al Iliturgi o al Calvo Sotelo, que hasta bien mayor solo asocié con un equipo de fútbol. Del asesinado don José nada sabía por entonces.

Las hazañas blanquiazules de 1954-1955 me gustaban, pero la noticia que cada verano me asombraba estaba protagonizada por Juan Manuel Fangio, pentacampeón de Fórmula 1. El as argentino vino a España por entonces y, convenientemente retribuido tal vez, elogió las prestaciones del Biscúter, un sucedáneo de coche que se empezó a fabricar en Barcelona poco antes de esta publicidad.

Nunca imaginé a Fangio al mando de un Biscúter. La posibilidad era una paradoja, pero cada verano al repasar aquellos tomos del Marca recordaba el artilugio andante que conocí hacia 1964, cuando el vehículo fabricado en Barcelona ya había dejado paso al «600» para que fuera un símbolo de la década.

Mi padre tuvo su momento de emprendedor como tantos pluriempleados del desarrollismo. Lo comprobé años después al hojear un libro sobre la crianza en casa de pollos y conejos como fuente de riqueza. El champiñón auguraba un similar resultado. El problema, claro está, es que la teoría del manual dio paso a la práctica.

Mis mayores evocaron durante años aquella etapa del emprendedor como una pesadilla poblada de conejos y pollos. La infancia me eximió de limpiar las jaulas, pero recuerdo que cada cierto tiempo venía a casa un profesional del ramo propietario de un Biscúter.

Nadie me lo ha confirmado, pero creo que este hombre se llevaba animales con el objetivo de venderlos, era lo lógico, hasta que terminó llevándoselos todos para alivio de la familia. Mientras tanto, me asomaba a aquel artilugio andante aparcado en la puerta de la casa. Un vehículo marciano no habría despertado una mayor curiosidad.

El Biscúter carecía de marcha atrás, y casi de todo lo propio de un verdadero coche. Cuando el pollero llegaba, la chiquillería se arremolinaba porque, al cabo de unos minutos, el propietario requería ayuda: había que dar la vuelta al vehículo a pulso. El artefacto pesaba 240 kilos y, entre adulos y chiquillos, el solidario acto era motivo de sonrisas y distracción.



Demostración práctica de la marcha atrás

El Biscúter llegó a incorporar la marcha atrás con el paso del tiempo, aunque se bloqueaba con facilidad dando pie a anécdotas divertidas. La publicidad de Fangio no lo redimió y su imagen quedó como una prueba del quiero y no puedo de unos años cincuenta que acabaron en la bancarrota nacional cuando nací. A partir de 1958 todo mejoró, pero Laureano López Rodó nunca tuvo en cuenta mi contribución.



En mi calle no hubo fotógrafo, pero César Gijón en su muro de Facebook (31-I-2023) colgó una foto que me resulta familiar hasta el último detalle.

La mentalidad de los pioneros y emprendedores por pura supervivencia, sin embargo, quedó vigente y sería fundamental para el desarrollismo de los sesenta. A veces con fundamento empresarial y en otras ocasiones concretada en historias donde la ciencia y la picaresca mantenían una relación equívoca.

Los XXV años de Paz se celebraron en 1964. La efeméride tuvo una omnipresente vertiente oficial para dar paso a una nueva etapa de la dictadura. La estudié en algunas de sus manifestaciones curiosas, pero dediqué un libro -Petróleo, monjas y poetas (2021)- a las otras caras del año en que supe del Biscúter.

Una de esas historias fue la del inventor -español, claro está- del motor de agua. La reconstruí con la ayuda de la familia del pionero que iba a hacer temblar a la industria petrolífera. La experiencia fue agradable por el cariño de una hermana y la simpatía de una nieta, pero a ambas nunca les confesé el origen de mi interés: el invento de aquel motor me recordaba los tiempos del Biscúter y a mi padre, junto a la chiquillería, dándole la vuelta a falta de marcha atrás. Así era aquella España en blanco y negro, aunque los historiadores se empeñen en hablar de otras cuestiones que pocos habrán incorporado a una memoria revitalizada cada verano.