viernes, 10 de noviembre de 2023

Un nuevo listado de periodistas y escritores procesados


 

Foto: portada de un sumario conservado en el AGHD

La investigación sobre los consejos de guerra seguidos contra periodistas y escritores hasta el presente ha partido de un listado de víctimas elaborado gracias a la consulta de otros trabajos académicos. El método, centrándome en Madrid, me ha permitido localizar cerca de cincuenta sumarios. Unos veinte aproximadamente han sido analizados en Las armas contra las letras (Sevilla, Renacimiento, en prensa). El resto lo estoy estudiando con vistas al segundo volumen. No obstante, siempre he tenido la sospecha de que había muchos más casos en Madrid. La colaboración de mi colega Juan Carlos Mateo Fernández me ha permitido confirmarla.

El AHN conserva dos documentos firmados por Juan Aparicio, delegado nacional de prensa, y dirigidos al fiscal instructor de la Causa General en Madrid, que por entonces estaba elaborando la «Pieza de la Prensa Roja». Las fechas de los documentos son el 1 de diciembre de 1941 y el 26 de febrero de 1942 (AHN-FC-Causa General, 1546, exp. 1). Juan Aparicio facilita al fiscal una «relación de los periodistas que actuaron durante la dominación roja en Madrid, y de los cuales se tienen sus instancias firmadas de puño y letra. Dirigidas a la Delegación de Propaganda y Prensa de la Junta Delegada de Defensa de Madrid roja. Archivadas en el Registro Oficial de Periodistas».

Ambos documentos proporcionan, sin duda, el listado más completo de los periodistas que trabajaron en Madrid durante la guerra. Y, además, incluyen información sobre las cabeceras donde colaboraron, los sindicatos o partidos a los que estuvieron afiliados y, en ocasiones, notas acerca de sus procesos de depuración, que cuando eran superados permitían su continuidad profesional.

A la vista de esos listados, el siguiente paso era comprobar en el catálogo del AGHD quiénes de esos periodistas habían sido sometidos a consejos de guerra en Madrid. El resultado es el siguiente, dejando al margen los sumarios que ya habían sido localizados por otros cauces. Indico solamente el nombre completo del periodista y el número de su sumario:

Natividad Adalia Cardillo, 2984 y otros; José Alarcón Díaz, 35; Félix Albero Trullén, 367; Andrés Alonso Gómez, 1019; Elpidio Alonso Rodríguez, 113451; Pedro Antequera Azpiri, 1420; Antonio Bravo Arias, 24498; Carlos Caballero Gómez de la Serna, 7391; Maximiliano Clavo Santos, 5456; Clemente Cimorra, 7646; José Domínguez López, 1955 y otros; Antonio Dorta Martín, 415; Heliodoro Fernández Evangelista, 135277 y otros; Veremundo Fernández Evangelista, 10998; Bibiano Fernández Osorio, 29879; Alfonso Galerón Egaña, 262; Gregorio Gallego García, 128984; José García Pradas, 27144; Mariano García Rojas, 12329; Abraham Guillén Sanz, 127233 y otros; Mariano Guzmán Espinosa, 57206; Antonio Hermosilla Rodríguez, 16144; Justo Hidalgo Monje, 13050 y otros; Manuel Izquierdo Esteban, 60352; Juan López Núñez, 9449; Agustín Martín Becerra, 7391 y otros; Ernesto Martínez Abad, 8032; Juan Martínez Piqueras, 104863; Rafael Morante Serrano, 56290; Alfonso Muñoz Álvarez, 4505, Ángel Muñoz Sanz, 119114; Antonio Nicas Amato, 36965; Cástor Patiño Sánchez, 129173; Enrique Peinador Porrúa, 48310; Marcos Pérez Martínez, 1039; Aselo Plaza Vinuesa, 34329 y otros; Antonio Pugués Guitart, 19533, Lázaro Somoza Silva, 117907; Miguel Vega de la Torre, 32084 y Manuel Zambruno Barrera, 49432.

El análisis de cuarenta casos nuevos requiere un período de trabajo de muchos meses, pero poco a poco lo iremos culminando. Al final, tendremos un panorama completo de todo lo sucedido en torno al Juzgado Militar de Prensa y otros juzgados que procesaron a periodistas, escritores y dibujantes.

 

domingo, 5 de noviembre de 2023

Rafael Ortega Lissón en el Juzgado Militar de Prensa


 Foto: Carmelita Aubert

La búsqueda de información en la Red relacionada con el periodista Rafael Ortega Lissón (1889-1962) apenas permite conocer su trayectoria profesional. Quien fuera redactor de ABC durante la II República, aparece vinculado con una canción popular por entonces, «Comunista» (1932), interpretada por la catalana Carmelita Aubert antes de terminar en el exilio portugués.
En realidad, la música corresponde a los maestros Florencio Ledesma Estrada (1900-1972) y Rafael Oropesa Clausín (1893-1944), que terminó sus días en el exilio mexicano por haber militado en el PCE. La letra es obra del periodista de ABC, con pinitos literarios desde los años veinte, y de Manuel Álvarez Díez, un triunfante letrista del momento con éxitos tan populares como «Si vas a París, papá» y «Al Uruguay».
Carmelita Aubert, de cuya singular historia escribí en El tiempo de la desmesura (Barcelona, Barral y Barril, 2011), fue acompañada en esta ocasión por los catalanes de la Crazy Boys Orchestra, una banda de swing jazz habitual en un Paralelo donde la rubia platino decía ser «mujer modernista» porque andaba con Andrés [Nim], un «comunis, comunis, comunista».


La realidad de la trayectoria de Rafael Ortega Lissón quedó pronto muy alejada de este tipo de colaboraciones en el mundo de la música. Llegada la Guerra Civil, fue uno de los pocos redactores de ABC que permanecieron en el periódico tras su incautación. Esta circunstancia era de difícil justificación ante las autoridades franquistas. Sin embargo, el periodista no tuvo problemas relacionados con la depuración profesional o los consejos de guerra. Pronto se incorporó a la agencia EFE y colaboró en varias cabeceras hasta terminar nombrado cronista de la Villa de Madrid. Los datos completos los aportaré en el segundo volumen de Las armas contra las letras. 
La posibilidad de haber colaborado en la prensa republicana, aunque solo fuera durante el verano de 1936 y por una supuesta obligación, y semejante incorporación a la prensa franquista requiere alguna explicación, que no siempre es agradable para la memoria de quien debió convertirse en delator de algunos de sus colegas para evitar cualquier tipo de problema. La prueba la tenemos en uno de los documentos (79/184) recopilados en el sumario 33590 del Archivo General e Histórico de Defensa.
El 15 de septiembre de 1939, Rafael Ortega Lissón declara como testigo para dar una explicación poco verosímil acerca de su presencia en ABC durante el verano de 1936 y, sobre todo, para acusar a cuatro de sus antiguos compañeros: Mariano Espinosa Pascual, Serafín Adame Martínez, Antonio Fernández Lepina y Sotero Antonio Barbero Núñez. El sumario acabaría con una sentencia a muerte y otras tres con muchos años de cárcel.
Los sumarios instruidos contra periodistas, escritores y dibujantes en el Juzgado Militar de Prensa abundan en este tipo de circunstancias, aunque lo habitual era que las denuncias o acusaciones fueran anónimas. El secretario aportaba el correspondiente informe para dar fe y testimonio de que procedían de personas de «probada solvencia moral». Rafael Ortega Lissón, y algunos pocos más, no disfrutaron de ese anonimato. La razón resulta de difícil explicación, pero no descarto que fuera por culpa de un pasado donde había motivos para el ocultamiento o el disimulo. Por supuesto, don Rafael, por entonces un hombre de probada solvencia moral, en aquel juzgado de la plaza de Callao, n.º 4,  nada dijo acerca de la canción interpretada por la «mujer modernista» que alardeaba de salir con un «comunis, comunis, comunista».
La historia de este sumario contra el ABC republicano, con muchos otros detalles y protagonistas dignos de asombro, aparecerá en el segundo volumen de Las armas contra las letras.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

¿Qué hizo el fotógrafo Santos Yubero durante la guerra?


 Fotografía: Archivo de la Comunidad de Madrid (046_067_002)

El sumario instruido en 1943 con motivo de la desarticulación de un curioso grupo republicano fundado alrededor del local de Fotografía Mendoza, en una céntrica calle de Madrid, aporta una información que a menudo sería digna de un tratamiento novelesco. En este mismo blog ya hemos dado noticia del consiguiente consejo de guerra, pero convendría centrarse en el papel desempeñado por Martín Santos Yubero, que en la fotografía reproducida a partir de la depositada en el Archivo de la Comunidad de Madrid aparece en actitud casi orante ante las imágenes del victorioso general Franco y el Ausente, José Antonio Primo de Rivera.
Martín Santos Yubero tuvo, según él, problemas con los republicanos al principio de la guerra y solo la intervención del líder socialista Indalecio Prieto permitió que saliera de la cárcel Modelo. La circunstancia no ha quedado documentada o, al menos, no me consta. Poco después fue movilizado y partió a un destino militar, que abandonó de manera no justificada en 1937 para volver a Madrid y dedicarse profesionalmente a la fotografía colaborando en varias cabeceras de la capital sitiada. Allí realizó una brillante labor y algunas de sus fotografías resultaron icónicas para los propios republicanos. Sin ningún tipo de represalia o depuración, quien había fotografiado a los milicianos puño en alto pasó inmediatamente a dar cuenta del primer desfile de la Victoria, hacerse cargo de la sección de fotografía del diario Ya y ser uno de los pocos profesionales acreditados en el Palacio del Pardo, lo cual le supuso un importante beneficio relacionado con las audiencias que allí daba el general Franco.
La trayectoria de Martín Santos Yubero, a la vista de lo sucedido con los colaboradores de la prensa republicana que permanecieron en Madrid hasta el final de la guerra, resulta insólita. Algunos biógrafos hablan de una persona con labia y una gran capacidad de simulación. Como tal habría conseguido adaptarse a cualquier ambiente o situación. No niego estas cualidades, pero es evidente que no bastaban para hacerse perdonar un trabajo tan notable en la prensa republicana. Me remito a lo examinado en decenas de consejos de guerra seguidos contra periodistas, escritores y dibujantes. Para sortear la represión y, además, conseguir una situación de privilegio profesional en el nuevo régimen era preciso algo mucho más sustancial que la labia o la simulación.
La presencia de algunas fotografías de Martín Santos Yubero en la documentación de la Causa General me permite suponer, sin las necesarias pruebas y solo a modo de hipótesis, que el fotógrafo trabajó para la prensa republicana y los servicios de información de los sublevados. Como profesional acreditado, tendría acceso a numerosos puntos sensibles de las defensas republicanas, que pudo fotografiar clandestinamente para que las tropas sitiadoras dispusieran de una información lo más precisa posible. Martín Santos Yubero habría trabajado, pues, para la Quinta Columna, como su colega José M.ª Díaz Casariego según la información facilitada por el periodista Diego San José. El trabajo también supondría la posibilidad de convertirse en delatores de sus propios compañeros, tal y como queda apuntado en uno de los testimonios recopilados en el sumario que estoy analizando.
La hipótesis solo pretende ser una explicación verosímil para una evolución insólita en aquel marco represivo. Ahora mismo permanezco en contacto con varios especialistas universitarios en historia de la fotografía de aquella época. Todos me confirman que Martín Santos Yubero era capaz de hacer lo indicado e, incluso, mucho más con tal de disfrutar de una situación acomodada. La investigación tal vez resuelva esta incógnita, pero no debemos olvidar que numerosas actividades de aquel Madrid trágico nunca dejaron huellas. Ni siquiera testimonios. A veces, el historiador debe recurrir a la imaginación, aunque sea la más sujeta posible a las pruebas localizadas. Las fotos de puños en alto y brazos extendidos que obtuvo Martín Santos Yubero necesitan de un nexo que permita justificar su continuidad sin pasar por la represión. Y, claro está, no me extraña que acabara en actitud orante ante Franco y José Antonio.

domingo, 29 de octubre de 2023

Las armas contra las letras, en prensa y en la prensa


Los libros suelen contar con reseñas o algún eco en la prensa cuando aparecen publicados, pero a veces también los periodistas se hacen eco de la próxima publicación de alguno de ellos. Así ha ocurrido con Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento-Universidad de Alicante, 2023), que saldrá publicado a finales de año y, desde hoy y gracias a Cristina Martínez del diario Información, ya cuenta con su primera presencia en la prensa.
En el año 2015 publiqué Nos vemos en Chicote (Renacimiento-Universidad de Alicante), donde por primera vez analicé algunos casos de la represión ejercida contra los escritores, periodistas y dibujantes durante la posguerra. El ensayo tuvo una buena acogida en los medios académicos y fue reeditado en 2019, pero también fue objeto de una demanda judicial donde se me descalifica como investigador universitario. Al margen de la debida respuesta en sede judicial, mi obligación como catedrático es tomar nota de lo expuesto por el demandante y, en la medida de lo posible, intentar rebatir esa descalificación mediante una investigación exhaustiva y rigurosa sobre todo lo relacionado con la represión ejercida contra los citados colectivos, especialmente desde el Juzgado Militar de Prensa.
La tarea tuvo su primer hito con la publicación de Los consejos de guerra de Miguel Hernández (Madrid, Ministerio de Defensa-Universidad de Alicante, 2022) y continuará con una trilogía de ensayos iniciada con Las armas contra las letras. Sus más de cuatrocientas páginas recopilan la información sobre una veintena de casos, pero todavía quedan por investigar otros muchos y será necesario contar con dos nuevos volúmenes para abarcar la práctica totalidad de los consejos de guerra cuyas víctimas fueron periodistas, escritores, dibujantes y fotoperiodistas.
La investigación me llevará varios años porque el trabajo en los archivos militares es lento y requiere mucha paciencia a la búsqueda de la documentación. Su finalización tal vez coincida con mi jubilación si tengo la suerte de disfrutar de una aceptable salud. Anunciar tareas ciclópeas a los sesenta y cinco años supone una osadía, pero el conocimiento de las penalidades sufridas por quienes ejercieron la libertad de expresión durante la etapa republicana me estimula a la hora de encontrar las necesarias fuerzas. Me habría gustado jubilarme abordando temas relacionados con el humor, que siempre han sido de mi agrado, pero sin abandonarlos lo haré con unos sumarísimos de urgencia absolutamente dramáticos. No obstante, y aunque parezca sorprendente, en algunos también es posible encontrar rasgos humorísticos, pues en lo más negro de una época atroz a veces surge el motivo para la sonrisa.
Mientras tanto, el blog irá dando noticia de mis investigaciones y está abierto a las indicaciones que me pueda hacer la comunidad académica o cualquier interesado por los temas aquí abordados. Por otra parte, y como es mi obligación, siempre estaré dispuesto a rectificar porque soy consciente del riesgo de cometer errores. La evolución de la ciencia pasa, de hecho, por una continua rectificación, pero siempre respetando la libertad de expresión y de cátedra, que es compatible con la controversia cuando el objetivo común es el conocimiento.



La presencia en la prensa se ha completado estos días con la noticia publicada en La Verdad, de Murcia, acerca de la mesa redonda del pasado día 30 dedicada a la memoria histórica en la que que participé junto a mis colegas César Oliva y Pedro María Egea:



viernes, 27 de octubre de 2023

El periodista Francisco Escola Besada seguía en el punto de mira


 

Foto: coronel Enrique Eymar Fernández

Los represaliados del franquismo siempre estaban en el punto de mira de la represión, aunque ya hubieran pasado por las cárceles y procuraran vivir en silencio su derrota. El periodista gaditano Francisco Escola Besada ejemplifica esta circunstancia propia de una condición indeleble a partir de una Victoria donde se era vencedor o vencido, con todas las consecuencias y a perpetuidad, siempre que las habilidades personales no obraran milagros de difícil e indecorosa explicación. Los hubo; y con el añadido de no dejar huellas documentales más allá del asombro provocado, en algunas ocasiones, por sus resultados verdaderamente milagrosos.

Francisco Escola Besada fue redactor de La Libertad durante la Guerra Civil y censor de prensa nombrado por el ministro de Gobernación Ángel Galarza, según declarara el periodista en el sumario seguido contra los miembros de la Alianza Republicana (AGHD, 139.728). Ambas tareas las llevó a cabo en Madrid hasta la entrada de las tropas del general Franco. El militante de Izquierda Republicana que había sido gobernador civil de Castellón desde abril de 1931 hasta junio de 1933, además de masón entre 1909 y 1921, reunía todos los atributos para que las autoridades militares le instruyeran un sumarísimo de urgencia. Sus consecuencias serían preocupantes a la vista de lo sucedido con los compañeros de las cabeceras republicanas. Sin embargo, y por razones que ignoramos, Francisco Escola Besada se libró de sufrir ese destino común entre los dedicados a las hojas volanderas que definiera Ramón M.ª del Valle-Inclán en Luces de bohemia (1924).

La buena suerte durante la inmediata posguerra le haría confiado y discreto a sus casi sesenta años, cuando el periodista procuraría pasar desapercibido en su domicilio de la calle Infantas, 23, entresuelo derecho. Lo peor de la represión había quedado atrás, pero la casi olvidada presencia en la logia Progreso, de Madrid, dejaría alguna huella documental en Salamanca, que al cabo del tiempo reaparecería para desgracia del azañista. Francisco Escola Besada fue detenido en abril de 1943 y puesto a disposición del TERMC (CDMH, ficheros 70, 76 y 77), que acabó condenándole a veinticinco años de prisión. La amortización de la pena le habría llevado a fechas solo imaginables en un nonagenario. Sin embargo, por fortuna el 15 de enero de 1945 salió en libertad provisional o atenuada, con la obligación de presentarse mensualmente en la Dirección General de Seguridad. El periodista podía pasear por la calle, pero se sentiría controlado y, a su edad, las ganas de aventuras políticas eran tentaciones del pasado. Su concreción en un presente tan coercitivo suponía una quimera.

Los relatos de los sumarios despiertan la imaginación del historiador. Al salir de la cárcel, los represaliados debían tener un imán especial, casi inexorable, y terminaban encontrándose por las calles de Madrid. Además de recordar los tiempos pasados en la prisión a la búsqueda de la supervivencia, los camaradas o simpatizantes tomaban café y, de acuerdo con las declaraciones, incluso hablaban de la situación política. Eso sí, en términos genéricos y meramente reflexivos o teóricos. La Brigada Político Social no les solía creer y sospechaba que, cuando dos o tres de ellos tomaban demasiados cafés juntos, había un inicio de confabulación contra el régimen. La consiguiente actuación no se hacía esperar.

Francisco Escola Besada conocía al abogado Justo Feria Salvador, un republicano de cincuenta y dos años que a veces aparece como José en el extenso sumario. Ambos correligionarios habían coincidido en la cárcel, se encontraron casualmente en Madrid y, a partir de ese momento, cambiaron «impresiones sobre la situación política y sus esperanzas en que el triunfo de las Naciones Unidas redundara en beneficio de la causa republicana», según la declaración del 16 de febrero de 1947 ante los agentes de la Brigada Político Social. La fecha es sorprendente si olvidamos la reiterada voluntad de reconstruir los sumarios con una cronología ficticia y algo singular. De hecho, en la posterior declaración del periodista ante el coronel Enrique Eymar Fernández, responsable de la instrucción, aparece que Francisco Escola Besada fue detenido el 17 de febrero de 1947; es decir, un día después del interrogatorio al que le sometió la Brigada Político Social. Los reconstructores de los sumarios, o quienes los redactaban cuando ya estaban más o menos finalizados, nunca tuvieron excesivo cuidado en lo referente a la coherencia cronológica.

El problema para Francisco Escola Besada es que el amigo también en libertad provisional estaba siendo investigado porque su bufete era el centro de reunión de varios republicanos. El periodista acudió al mismo en reiteradas ocasiones «conversando siempre sobre sus aspiraciones e ideales políticos». Allí encontró a su colega Manuel Otero Seco y otros republicanos, pero el redactor de La Libertad dice desconocer la existencia de una clandestina Alianza Republicana, que estaría promoviendo Justo Feria Salvador para agrupar distintos colectivos políticos, sociales y culturales. Es más, el veterano periodista era pesimista con respecto a la futura reunificación de los republicanos y, por su edad, los promotores de esa alianza tampoco confiarían demasiado en sus posibilidades de contribuir al empeño. El antiguo masón lo reconoce; aunque sin lamentarlo, claro está.

Así declara Francisco Escola Besada ante la Brigada Político Social poco después de haber vuelto a la prisión, que a su edad ya era un grave peligro para la salud con independencia de la futura condena. El 24 de febrero de 1947, el abogado Feria Salvador ratifica lo dicho por su amigo: «en las conversaciones sostenidas con un tal Escola no ha existido más que comentarios y anécdotas del tiempo viejo por ser un periodista del parlamento y buen conocedor de la política antigua». El coronel Enrique Eymar Fernández interroga como instructor al redactor de La Libertad al día siguiente. Francisco Escola Besada ratifica lo dicho en la primera declaración, pero matiza un párrafo que le parecería comprometedor. En concreto, no era verdad que ambos amigos cifraran sus esperanzas en «el triunfo de las Naciones Unidas», pues en sus amistosas reuniones «no se habló más que de la cuestión política en general, sin tratar del beneficio para la causa republicana del triunfo de las Naciones Unidas». Quien citara a Víctor Ruiz Albéniz como avalista nunca pensó que el organismo internacional pudiera alterar el discurrir político de la dictadura. Al menos, según una declaración donde la presencia del coronel, aunque resultara intimidatoria, debió ser menos coercitiva. La circunstancia se repite en otros muchos sumarios de la época.

Enrique Eymar Fernández pensaría que, habiendo tantos comunistas dispuestos a la subversión en las calles madrileñas, apenas merecía la pena insistir en el caso de un anciano republicano que discutía solo en términos teóricos y sin salir de su declarado pesimismo. El 1 de marzo de 1947, el coronel escribe al capitán general de la región militar y le propone la libertad provisional del periodista. La misma le llegaría trece días después, pero con la obligación de presentarse mensualmente en la Dirección General de Seguridad. Vista la cantidad de personas con esa obligación, suponemos que la espera en aquellos pasillos debió ser un acto tan habitual como masificado. La correspondiente foto no me consta, de la misma manera que no he encontrado todavía otras que testimoniaran estos actos administrativos, jurídicos o policiales. Ni siquiera en Redención, donde Martín Santos Yubero prefería mostrar presos atentos a las sabias palabras de Amancio Tomé, el director de la cárcel de Porlier que les arengaba para devolverlos a la buena senda.

La voluminosa instrucción del caso de la Alianza Republicana, que afectó a más de una docena de viejos republicanos, siguió adelante. En lo que respecta a Francisco Escola Besada, la Guardia Civil redacta un informe el 26 de noviembre de 1947. El mismo reitera circunstancias de filiación ya presentes en el sumario y añade una conclusión: el represaliado «es persona de ideal izquierdista y está considerado desafecto al Régimen». Cinco días después, la Dirección General de Seguridad reitera los datos acerca del periodista, pero añade que «observa buena conducta haciendo una vida retraída y se le considera como desafecto al Régimen». Este último rasgo era, como es lógico, indeleble y permitía encasillar al afectado como sospechoso habitual sin necesidad de pruebas. El derecho de autor imperante durante el franquismo no precisaba de estas últimas.

Un sesentón republicano ya no suponía demasiado peligro cuando había pasado una buena temporada en la cárcel y, además de pesimista, hacía vida retraída. El 10 de enero de 1948, el auditor general Ramón de Orbe ratifica la orden de libertad provisional dada por el juez instructor y Francisco Escola Besada, junto a otros republicanos, se libró de ser procesado en el consejo de guerra que presidiera el teniente coronel Domingo Martínez de Pisón y Nebot el 12 de marzo de 1948. Ese día varios recalcitrantes, a los ojos de los militares, fueron condenados a penas menores por su intento de organizar una Alianza Republicana capaz de agrupar a quienes podrían verse beneficiados por «el triunfo de las Naciones Unidas».

Las condenas fueron desde los seis años del citado abogado hasta uno para algunos de los correligionarios. Nada que ver con las dictadas cuando los procesados eran comunistas o similares. La verdadera cuestión era mantener controlada cualquier posibilidad de disidencia, por minoritaria o moderada que pudiera resultar. Así ningún viejo republicano albergaría la tentación de alterar su «vida retraída». El periodista Francisco Escola Besada tomó buena nota y sus huellas se perdieron hasta el presente. Ni siquiera tuvo la ocasión de justificar su pesimismo. El origen del mismo radicaría en la condición de quien, cumplidos los sesenta, sabría de una derrota sin tiempo para abrigar la esperanza, aunque fuera la remota de unas Naciones Unidas donde nadie manifestó preocupación por estas historias tan menores como anónimas. Ahora solo merecen la atención de quienes cultivamos la microhistoria documentada porque el resto de las metodologías, en cierta medida, tiende a la especulación, que permite afirmaciones contundentes y hasta imaginativas.

 

miércoles, 25 de octubre de 2023

Santiago de la Cruz: de novelista galante a redactor de Mundo Obrero

 


La preparación del segundo volumen de Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 me ha permitido conocer la trayectoria de Santiago de la Cruz Touchard (1901-1968), del cual ya hemos hablado en este blog con motivo de sus colaboraciones en el diario Mundo Obrero, que junto a sus actividades como miliciano le llevaron al procesamiento en consejo de guerra y posterior condena.

Uno de los datos hasta cierto punto sorprendentes de su trayectoria es que, antes de la Guerra Civil, era letrista de canciones populares como «Gol del Madrid» o «¡Viva la mujer!», incluso de «El negro salió mandanga», que por sus títulos parecen poco acordes con su militancia comunista y colaboración en el citado órgano del PCE. El recuerdo del caso de José Luis Salado, el director de La Voz, nos permite suponer que esta dualidad entre lo frívolo y lo comprometido no era tan extraña en aquella época de cambios tan drásticos como acelerados.

A la búsqueda de esos antecedentes de quien pasó por las cárceles franquistas antes de marchar a México, he consultado el volumen Pecados que Dios perdona (1925), donde el debutante Santiago de la Cruz y Touchard -la aristocrática «y» desaparecería durante la guerra- recopila cinco narraciones breves de carácter galante y con una orientación cercana a la de Álvaro Retana, a quien el joven narrador dedica el libro.


El volumen prologado por Juan Ferragut, otro habitual de la prensa republicana durante la guerra, agrupa los relatos titulados La loca del cuarto de azul, Pecados que Dios perdona, ¡Bendita ilusión!, La quería él y La venganza, todos en la línea de una literatura galante bastante menos atrevida que la de Álvaro Retana

El mismo volumen anuncia otras novelas del autor cuya aparición sería sucesiva: De la vida canalla, A conquistar Madrid con once reales -novela autobiográfica-, La odiosa familia y Muñecos de bazar, calificada como «novela no recomendable» para suscitar el interés del lector aficionado a los relatos galantes. Asimismo, al final del volumen se anuncia la inmediata aparición de Lo que estaba escrito. Un drama de la vida canalla, presentada como una «novela de emoción, fina sensualidad y arte».

El catálogo de la Biblioteca Nacional de España no da cuenta de estas obras, que ni siquiera sabemos si acabaron publicándose. La circunstancia es habitual en las colecciones de narraciones breves de los años veinte. No obstante, haremos nuevas búsquedas por si podemos localizar alguna de ellas, en especial la presentada como novela autobiográfica, porque nos interesa conocer la trayectoria de quien en 1925 se fotografiaba como un joven elegante capaz de poner una aristocrática «y» entre sus apellidos y, apenas diez años después, llevaba el casi reglamentario mono azul de los milicianos. Su evolución, como la del citado José Luis Salado, rompe los moldes de una bibliografía solo atenta a los nombres consagrados por el canon. Y, por cierto, recordemos que el singular Álvaro Retana también acabó en las cárceles franquistas, donde la frivolidad y la sensualidad de la galantería serían un lejano recuerdo.

martes, 24 de octubre de 2023

Miguel Hernández por primera vez en una imagen en movimiento

 


Cuando todo parece haber sido escrito y las novedades apenas las esperamos, a veces surge la sorpresa para los investigadores que dedicamos nuestro trabajo a autores como Miguel Hernández. Gracias a un atento espectador y el trabajo de RTVE, hemos podido identificar al poeta en una grabación realizada con motivo del congreso de escritores antifascistas celebrado en Valencia durante la Guerra Civil. La aparición de algunas fotos donde se le puede ver en aquel encuentro, como la utilizada en esta entrada, es reciente. No obstante, todavía lo es más esa imagen en movimiento que no cambia nada, pero emociona porque nos acerca a un hombre joven lleno de talento que fue masacrado por la represión franquista:

https://www.rtve.es/noticias/20231024/miguel-hernandez-primera-vez-video/2459077.shtml

Mientras tanto, ya he terminado la corrección de las pruebas de imprenta de mi nuevo libro, Las armas contra las letras. Los consejos de guerra de periodistas y escritores, 1939-1945 (Sevilla, Renacimiento, en prensa), que aportará más información acerca de la represión sufrida por el poeta oriolano y tantos otros escritores, periodistas y dibujantes que fueron encarcelados o fusilados por ejercer su derecho a la libertad de expresión.